martes, 29 de marzo de 2011

CAPÍTULO XVIII. LA AVENTURA CON LOS REBAÑOS

Con dificultades Sancho alcanzó a don Quijote. Cuando llegó, don Quijote le dijo que vio cómo lo manteaban, pero que no lo pudo evitar porque se encontraba encantado y le fue imposible saltar las tapias para evitarlo. Sancho le contestó que no era cosa de encantamientos, que eran hombres con nombre y apellido, como fue el caso del ventero Juan Palomeque el Zurdo. De lo anterior, sacaba la experiencia de que aquello les había ocurrido por ir tras de aventuras de las que no se sacaba nada. Consideraba que sería mejor volver a casa  y no andar de un sitio en otro y de mal en peor.

Don Quijote argumentaba que era propio de caballeros andantes verse envueltos en achaques de caballerías y que pronto vería cómo triunfaban en alguna batalla. Sancho replicó que hasta ahora la única batalla en la que se había vencido fue contra el vizcaíno, y aún salió mal parado don Quijote, pues perdió media oreja y media celada; desde entonces lo único que han recibido han sido palos y más palos y él, en concreto, un duro manteo.

Sentía don Quijote lo que le había ocurrido a Sancho y le decía que deseaba encontrar una espada que sirviera contra los encantadores, similar a la de Amadís. Sancho, con ironía,  le contestó que él era una persona con suerte, y la espada serviría como el Bálsamo de Fierabrás, útil para el caballero, pero no para el escudero.

Estando en esto divisaron dos grandes polvaredas que en sentido opuesto se acercaban. Se trataba de dos manadas de ovejas y carneros. Creyó don Quijote que iba a entrar en una nueva aventura y así se lo dijo a Sancho.  En su calenturienta fantasía, Don Quijote vio dos ejércitos y supuso que uno era el del emperador Alifanfarón y el otro, el de su enemigo Pentapolín del Arremangado Brazo, rey de los garamantas y buen cristiano. Se pondría de parte de este y ganaría noble y eterna fama.

Don Quijote explicó la causa del enfrentamiento y por qué deberían intervenir. Sancho dijo que la causa era noble y que él también participaría; pero que le preocupaba su rucio, porque no estaba para tales batallas. Contestó don Quijote que lo dejara a su ventura, pues con su intervención conseguirían muchos caballos. Así pues, decidieron subirse a una loma para ver el enfrentamiento.

Don Quijote de inmediato, llevado de su loca fantasía empezó a ver los personajes de sus novelas enfrentándose los unos con los otros.

Sancho le advirtió de inmediato que aquellos no eran ejércitos, sino dos bandadas de ovejas y corderos. Don Quijote le respondió que el miedo que tenía le impedía ver la realidad, pues “uno de los efectos del miedo es que turba los sentidos y hace que las cosas no parezcan lo que son”. Sin explicar más se lanzó contra ellos. Los pastores le pidieron que se alejase, pero al ver que don Quijote no hacía caso, cogieron las hondas y lo machacaron a pedradas, dejándolo por muerto. A la primera pedrada, don Quijote quiso reponerse con el Bálsamo de Fierabrás, así que tomo un trago. Cuando Sancho llegó, después de maldecirse por ir con don Quijote, éste le pidió que le viese la boca, pues le faltaban dientes. Cuando Sancho se acercó, don Quijote vomitó sobre él. Del asco que sintió vomitó a su vez Sancho sobre el caballero, quedando los dos como de perlas.

Se levantó don Quijote y se acercó a Sancho para consolarlo, pues se encontraba muy triste por lo acontecido. Don Quijote le dijo: “Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto se ha de serenar el tiempo, porque no es posible que ni el mal ni el bien sean durables”.

Le dice don Quijote que las desgracias son para él, pero Sancho replica que también tiene sus quebrantos, que van desde la pérdida de las alforjas al manteo que recibió. Se sorprende don Quijote de que no lleve las alforjas, pues en ellas iba la comida, pero trata de consolar a Sancho, argumentándole que “Dios que es proveedor de todas cosas, no nos ha de faltar, pues no falta a los mosquitos del aire, ni a los gusanillos de la tierra, ni a los renacuajos del agua”. Oído o anterior, Sancho le contesta que sirve para predicador, respondiendo don Quijote que de todo han de saber los caballeros andantes, pues nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza.

Decide don Quijote que sea Sancho el que elija el sitio para dormir, pero le pide antes que le mire las muelas que le quedan en la boca. Le dice Sancho que solamente tiene dos muelas y media arriba y ninguna en la parte de abajo, a lo que contesta don Quijote que hubiera preferido que le hubieran derribado un brazo, pues “la boca sin muelas es como molino sin piedras, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante”.

Prosiguieron su jornada, quejándose don Quijote del dolor de sus quijadas.

Comentario

Uno de los aspectos principales del libro son los diálogos como ya hemos dicho antes. Son tan específicos estos diálogos, como apunta Bloom, en el Canon de la Literatura Occidental, que han quedado marcados por la cortesía con que se van oyendo los dos personajes. Angus Fletcher, en Los colores de la mente, nos dice sobre don Quijote y Sancho que “Todo lo que piensan cada uno de ellos es sometido a examen o crítica. Mediante un desacuerdo, casi siempre cortés, gradualmente establecen una zona donde dan rienda suelta a sus pensamientos, y de cuya libertad se aprovecha el lector para reflexionar sobre ellos”.

En efecto, en estos diálogos encontramos la voz de Cervantes sobre los provechos que deseaba que los libros tuvieran. Se han destacado en negrita las advertencias que Cervantes realiza. Dentro de estas, es de destacar la que don Quijote le dice a Sancho sobre el saber que han de tener los caballeros andantes, pues “nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza”. En esta frase hay un atisbo de la vida de Cervantes: su actuación como soldado y su oficio de escritor.  

Otro aspecto importante es el valor que la experiencia tiene para conocer la realidad. Cuando don Quijote le dice a Sancho que desea tener una espada que sea útil frente a los encantadores, Sancho, llevado de su experiencia con el Bálsamo de Fierabrás, le contesta con una adveración tan cierta como sufrida por él mismo con dicho Bálsamo: útil para el caballero, pero no para el escudero.

Cuestión aparte es la gracia chocarrera de los vómitos, que nos recuerdan el humor primitivo y crudo del siglo XVII.


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