viernes, 25 de mayo de 2012

SEGUNDA PARTE.CAPÍTULO LXXIV. MUERTE DE DON QUIJOTE. EL QUIJOTISMO COMO ANTÍDOTO CONTRA LA MUERTE



Por causa de la melancolía que cogió cuando fue vencido, o porque el cielo lo quiso, se le arraigó una calentura que lo tuvo seis días en la cama y la vida de don Quijote llegó a su fin.  Lo visitaba el cura, el bachiller, el barbero y, especialmente, Sancho Panza, que no se apartaba de él.  Éstos creían que se encontraba en esa situación a causa de la frustración de verse vencido o por no haber visto cumplido su deseo de ver desencantada a Dulcinea. Lo animaba el bachiller, diciéndole que se levantase para emprender la vida pastoril.

Llegó el médico, después de reconocerlo, dijo que estaba grave y que atendiesen la salud de su alma. También les comentó que, según su parecer, la causa era disgusto y melancolía. Don Quijote oyó estas palabras con tranquilidad, pero las acompañantes, el ama y la sobrina, con tierno lloro.

Rogó don Quijote que lo dejasen solo porque quería dormir un poco. Durmió más de seis horas y cuando se despertó prorrumpió en alabanzas a Dios por la mucha misericordia que con él había tenido. Dijo que había recuperado el juicio y se encontraba libre de las sombras a las que lo llevaron los embelecos de los libros de caballerías. Pidió que llamaran a sus amigos porque quería confesarse y hacer testamento.

Entraron y don Quijote les pidió que lo felicitasen, pues había dejado de ser don Quijote de la Mancha para pasar a ser Alonso Quijano “el bueno”. Volvió a decir que detestaba los libros de caballerías, cosa que los amigos no se creyeron; Sansón Carrasco lo animó a que volviera en sí y se dejase de cuentos. Don Quijote le replicó que los cuentos vividos hasta ahora le han sido muy perjudiciales y que con la ayuda del cielo, la muerte los volvería en su provecho. Les dijo que sentía que se iba “muriendo a toda prisa”. Les pidió un confesor y un escribano, porque “en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma”.

Se sorprendieron los amigos de que fuese verdad lo que decía, pero las abundantes razones que daba, confirmaban que estaba cuerdo.

Entró el cura y lo confesó; el bachiller fue a por el escribano. Ante él hizo testamento, ordenando lo siguiente: que del dinero que Sancho tenía en su poder por haber sido su escudero, se le pagase lo que se le debiere; si después sobrare algo, que se le diese porque “la sencillez de su condición y la fidelidad de su trato lo merecían”. Le pidió perdón por haberlo metido en una aventura de locos al hacerle creer que hubo caballeros andantes en el mundo.

 Sancho, emocionado,  le contestó: “No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía”. Insistió en que se levantara de la cama, porque como los libros de caballerías decían, los caballeros se derribaban unos a otros y “el que es vencido hoy ser vencedor mañana”. Se unió a las razones de Sancho el bachiller, y don Quijote les contestó: “vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño” (los tiempos han cambiado).

Dispuso que toda su hacienda fuera a parar a su sobrina Antonia Quijana, después de haberle pagado al ama por el tiempo que le ha servido. Dejó como albaceas al cura y al bachiller y ordenó que si su sobrina se casare con un hombre del que se sepa fehacientemente que conoce los libros de caballerías, se le desposee de los bienes que le deja.

Termina el testamente pidiendo perdón al autor del falso Quijote por haberle dado, sin pensarlo, ocasión para escribiera tanto disparate como dice.

Acabado el testamento entró en coma; no obstante estaba la casa alborotada por la inquietud de los presentes,  porque “esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto”

Después de recibir todos los sacramentos y de abominar una vez más de los libros de caballerías, don Quijote murió. Para quitar la ocasión de que cualquier otro autor le resucitase, pidió el cura al escribano que diera fe de que Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente don Quijote de la Mancha,  había muerto de muerte natural.

Sansón Carrasco escribió:


Tuvo el mundo en poco, / fue el espantajo y el coco / del mundo, en tal coyuntura, / que acreditó su ventura / morir cuerdo y vivir loco. //

Finalmente dejó Cide Hamete colgada su pluma en la espetera, diciéndole que si alguien se atreviera a tocarla dijere que “Para mí sola nació don Quijote, y yo para él: él supo obrar y yo escribir, solos los dos somos para en uno”.  Termina el autor diciendo que “no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías…”



Comentario


La prueba de que don Quijote es un clásico es que se ha leído e interpretado por muchísimos lectores a lo largo del tiempo y desde puntos de vista distintos. Es un hecho lógico, puesto que en el libro está “toda la vida”, en palabras de García Márquez.  Quiero comentar este capítulo final desde dos lecturas divergentes que demuestran que la búsqueda de una interpretación única que pueda imponerse a todas,  como dice Eisemberg, “es quijotesca imposible”.  (Eisemberg). Una de las lecturas nos remite a la cultura religiosa y existencial de la época; la otra, a la ética que desde la ilustración, como dice Savater, se imponen en el pensamiento filosófico.

a)      La visión religiosa y existencial de los últimos días de don Quijote.

En el capítulo anterior intuyó don Quijote que la muerte estaba próxima porque su ilusión de ver desencantada a Dulcinea se desvanecía. Este capítulo se abre con un marco narrativo, en el que, con gran naturalidad, se cuenta el final de la vida de nuestro héroe: “Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente la vida de los hombres”. Con esta sencillez narra Cervantes los días y las horas finales de nuestro héroe.

Tuvo que meterse en la cama a causa de una calentura, provocada o bien por la depresión melancólica que le ocasionó su derrota, o bien, porque el cielo así lo dispuso. Sus amigos no dejaban de visitarle y Sancho no se apartaba de su lado. Ellos, que intuían que el estado de don Quijote tenía que ver con las causas antes señaladas, no dejaban de animarlo, incitándole en todo momento para que siguiera viviendo. Para ello, le hablaban de sus proyectos pastoriles; especialmente el Bachiller, que había sido el causante de su derrota, se desvivía ahora por demostrarle su aprecio a la vida pastoril, para la cual “tenía ya compuesta una écloga y que ya tenía comprados de su propio dinero dos famosos perros para guardar el ganado”.

En vista de que no mejoraba y su tristeza no remitía, llaman al médico y este diagnostica que “melancolías y desabrimientos le acaban”. Don Quijote oye las palabras del médico con serenidad, pero no así los acompañantes: el ama, la sobrina y Sancho.  Pide que le dejen solo porque quiere dormir un poco. -Es conveniente recordar como observa Avalle Arce en Don Quijote como forma de vida, que el sueño era uno de los tratamientos que en la época se daban contra el desequilibrio de los humores.- Cuando se despierta, irrumpe diciendo:  ¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho!. El bien al que se refiere don Quijote es a la misericordia de Dios, que le ha perdonado sus pecados y le ha devuelto la razón. En esta línea de pensamiento, recuperar la razón significa sentir a Dios, disponerse a bien morir y ver la locura que la vida ha sido: un breve instante, sintetizado en el verso del epitafio que le escribe el Bachiller: “Morir cuerdo y vivir loco”.  Por este motivo, cuando entran sus amigos, después de que don Quijote hubiera dicho que quiere confesarse y hacer testamento, el Bachiller le dice que se deje de cuentos, a lo cual responde el Caballero: “Los de hasta aquí, (…) que me han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho”. Lo anterior, como sostiene Casalduero, es uno de los principios de la Literatura ascética: Don Quijote morirá desengañado: “su muerte debe desengañar al hombre”. En parecidos argumentos se expresa Avalle Arce, en el libro antes mencionado, cuando dice que en su lecho de don Quijote queda empequeñecido, pero ya ha obtenido “la más alta de todas las victorias morales, la más alta porque esta vez es el triunfo sobre sí mismo”.

El cura lo confiesa y confirma que ha recuperado el entendimiento. Testigos del testamento son el Bachiller, el ama, la sobrina, Sancho y el escribano. Partiendo de la memoria de su vida,  Don Quijote redacta el testamento y dispone los tres mandatos a los que hago referencia en el resumen. En su memoria testamentaria señala las locuras y mentiras que ha vivido; las quiere corregir y para ello dispone que a Sancho, que por su causa ha caído en la locura de creer que existen los caballeros andantes, no se le exija nada del dinero que llevaba por ser su escudero.  Sancho pretende engañarlo, una vez más, y le dice que no se muera: “vámonos al campo vestidos de pastores (…) quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora Dulcinea desencantada…”. Don Quijote contesta con la famosa frase “En los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”: se ha ido la locura y ha vuelto la cordura y con ella el sentido religioso de la vida.

Terminado el testamento, sufrió desmayos durante tres días, al cabo de los cuales murió. Durante este tiempo, “Andaba la casa alborotada, pero, con todo, comía la sobrina, brindaba el ama y se regocijaba Sancho Panza, que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto”. Cervantes parece que quiera decirnos que no tiene por qué haber ruptura entre la muerte y la vida. Con la misma naturalidad con que se abre el capítulo se cierra.

b)      La visión ética de la muerte de don Quijote.

 Tomada en un sentido axiológico, la ética es la vivencia de un mundo de valores que nos permiten llevar una existencia plena. La vivencia de esos valores no la hacemos por imposiciones de ningún tipo, ni porque nos lo imponga ninguna institución social, sino porque nos sentimos dichosos y nos hacen humanos en tanto que vemos en nosotros la humanidad del otro. Don Quijote se sentía dicho en su propia humanidad, porque buscaba lo que a los otros, como humanos, les hacía falta: el desencanto a Dulcinea, la justicia para la hija de doña Rodríguez, o la compasión y humanidad con Andrés  cuando sufre los azotes. Don Quijote se sacrifica por los otros, porque su propia humanidad de caballero andante se lo exigía. De esa forma pretendía hacer de su vida una obra de arte, surgida del arte caballeresco.  Desde estos principios, dos ensayos son útiles para leer la muerte de don Quijote:

1. Vida de Don Quijote y Sancho, de Unamuno; 2. Don Quijote y la muerte, de Fernando Savater.

Unamuno defiende la tesis de que el despertar de don Quijote del sueño de la locura que había vivido, le llevó a la muerte; pero por otra parte, ya sabemos en qué consistió su locura: en combatir el mal. Entonces, la pregunta que nos tenemos que hacer es: ¿Es conveniente dejar de soñar que hay que combatir el mal?. Está claro que cuando se vuelve a la pura realidad, el alma muere, como le aconteció a don Quijote. Mientras tuvo esos sueños, se consideró inmortal. No vivió con la muerte. 

La antorcha de don Quijote la toma Sancho. Esta es la conclusión a la que llega Unamuno cuando Sancho le aconseja a don Quijote que no se muera y vuelvan a retomar la vida pastoril: “!Oh heroico Sancho, y cuán pocos advierten el que ganaste la cumbre de la locura cuando tu amo se despeñaba en tal abismo de la sensatez y que su lecho de muerte irradiaba tu fe, tu fe, Sancho, la fe de ti, que ni has muerto no morirás!. Don Quijote perdió su fe y muróse; tú la cobraste y vives”.

Fernando Savater en el ensayo antes señalado, sostiene una línea de argumentación próxima a la de Unamuno. Para el autor de La tarea del héroe, y Ética para Amador, las palabras de Sancho a don Quijote:  No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía”., constituyen el núcleo fundamental de la obra. Cervantes, según el filósofo, nos presenta a Sancho Panza que, en todo su realismo, se da cuenta de que las indomables aventuras en las que se metía don Quijote, lo despertaban en su humanidad. Le eran necesarias para vivir. En este sentido, “Don Quijote es el santo patrono y el mártir de la invención humana de propósitos para la vida”.

Cuando estos propósitos para la vida desaparecen, cuando la melancolía se adueña de nosotros, es cuando la verdadera locura nos mata. “Para combatir la muerte hay que escoger una empresa, una cruzada (generalmente ética), en pos de la cual, cabalgar por la faz de la tierra; identificar un mal y romper lanzas contra él”.

El objetivo de Cervantes, dice Savater, “es denunciar y combatir la melancolía. Porque la melancolía es la enfermedad mortal que nos aqueja…El humorismo cervantino desafía la melancolía y propone a un personaje delirante y grave que se enfrente a ella. ..El proyecto de don Quijote es un proyecto ético…El verdadero, el único fracaso de la ética es no poder vencer a la pereza paralizadora. Don Quijote no muere de quijotismo, sino de renunciar finalmente a serlo y volver al alonsoquijanismo melancólico.”

Don Quijote recobra la razón, pero pierde el sentido de la vida, parafraseando a Viktor E. Frankl, en El hombre en busca de sentido, cuyo norte lo sintetizó Nietzsche en las siguientes palabras: “Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo



  


viernes, 18 de mayo de 2012

SEGUNDA PARTE.CAPÍTULO LXXIII. DON QUIJOTE INTUYE SU FINAL






A la entrada del pueblo, vieron a unos niños riñendo. Uno le decía al otro: “No te canse Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida”.  Don Quijote interpretó la frase como un signo de mal agüero y le dijo a Sancho que nunca más volvería a ver a Dulcinea. En ese momento, una liebre perseguida por galgos y cazadores, se agazapó debajo del rucio. Sancho cogió la liebre, y junto con la jaula de grillos por la que reñían los niños, se las dio a don Quijote, diciéndole que se imaginase que fuese Dulcinea, perseguida por unos encantadores: los cazadores. Continuó don Quijote diciendo que todo aquello era signo de mal agüero y Sancho le contestó que “no es de personas cristianas ni discretas mirar en estas niñerías, y aún vuesa merced mismo me lo dijo los días pasados, dándome a entender que eran tontos todos aquellos cristianos que miraban en agüeros”.

En un pradecillo, en la entrada del pueblo, estaban rezando el cura y el bachiller Carrasco. Desmontó don Quijote y se abrazaron estrechamente. Los muchachos, que son linces no excusados (todo lo ven), acudieron a ver lo que el rucio portaba.

Rodeados de muchachos y, acompañados del cura y el bachiller, llegaron a casa de don Quijote. Lo esperaban el ama y su sobrina; Teresa, que también se había enterado, acudió, desgreñada y medio desnuda, con su hija, y al ver a Sancho le dijo que más parecía “desgobernado que gobernador”. Sancho le contestó que muchas veces, “donde hay estacas no hay tocinos” ( Las apariencias engañan. Una vez más, Sancho trastrueca el refrán para darle a entender que traía dinero).  Sanchica, que lo esperaba “como agua de mayo” (pondera que algo es muy bien recibido o deseado) se abrazó a su padre, y los tres, muy alegres se fueron a su casa.

Don Quijote, sin guardar términos ni horas (actuando precipitadamente), se reunió a solas con el cura y el bachiller y les dijo que venía vencido, que cumpliría su promesa de permanecer un año en su aldea  y su propósito de llevar una vida pastoril, invitándolos a que lo acompañasen en el proyecto, para lo cual tenía ya pensado los nombres que tendrían.

Quedaron asombrados cuando lo oyeron, pero para que no se les rebelase, le siguieron la corriente, esperando que en ese año se pudiera curar.  Sansón Carrasco les dio nombre a las posibles pastoras sobre las que versarían sus versos. Se despidieron y le rogaron que cuidase su salud.

La sobrina, que había oído la conversación le recriminó tales intenciones, argumentando que “está ya duro el alcacel para zampoñas” (que no está ya para esos trotes; el alcacel: hierba verde de la cebada, que al soplar suena a modo de silbato, pero no si ya se ha secado). Le comentaron lo duro que era vivir a la inclemencia en el campo y le aconsejaron que se estuviese tranquilo en su casa y cuidase de su hacienda. No se sintió bien don Quijote; pidió que lo llevaran a su lecho. La sobrina y el ama lo trataron lo mejor que pudieron, como si fueran hijas suyas.



Comentario
El capítulo se concentra en dos bloques: a) Los malos augurios que intuye don Quijote; b) La entrada en la aldea.

a) Los agüeros
Se inicia el capítulo presentándonos los augurios adversos que tiene don Quijote cuando entra en su pueblo: dos niños riñendo por una jaula de grillos. Uno le dice al otro: “No  te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida”; además, una liebre, perseguida por galgos y cazadores, se agazapa debajo de los pies del rucio. Estos hechos los interpreta don Quijote como un presagio de que no volverá a ver a Dulcinea. Sancho rechaza tales interpretaciones porque el Cura, y en este caso la Iglesia, no las aceptaba; también, porque el mismo don Quijote, en II, LVIII, le había advertido a Sancho que “esto que el vulgo suele llamar comúnmente agüeros, que no se fundan sobre natural razón alguna, del que es discreto han de ser tenidos y juzgados por buenos acontecimientos”.

 El asunto de estos augurios ha merecido la atención, entre otros, de Ana García Chichester, en D. Quijote y Sancho en el Toboso: Superstición y Simbolismo. La autora parte de la opinión del profesor Edward. Riley, que en Simbolism in Don Quixote, Part. II. Chapter 73, señala que las imágenes de la liebre y la jaula de los grillos forman un doble código simbólico: a) La liebre y la jaula de grillos son imágenes de Dulcinea encantada; b) La compra de la jaula por Sancho y su entrega a don Quijote es un símbolo del control que ejerce sobre el desencanto de Dulcinea, lo cual lleva a cabo, gracias al dinero que le da don Quijote.

A partir de la opinión anterior, Ana García, después de analizar los malos augurios de don Quijote en II, IX, cuando entra en el Toboso, concluye diciendo que los agüeros de este capítulo, “anuncian el final de la aventura quijotesca, o gloria del mundo de los caballeros andantes, para entrar en la santidad o gloria eterna”.

Siguiendo el curso de los razonamientos anteriores podemos inferir: a) Si don Quijote piensa que ha perdido a Dulcinea para siempre, no tiene razones para seguir viviendo, pues ya les dijo a los duques en II, XXXII, las siguientes palabras premonitorias: “quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que mira y el sol con que se alumbra y el sustento con que se mantiene. Otras muchas veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo a decir: que el caballero andante sin dama es como árbol sin hojas, el edificio sin cimiento y la sombra sin cuerpo de quien se cause.”; b) De las anteriores premisas quijotescas se extrae claramente la conclusión de la próxima muerte literaria de nuestro héroe.

b) La entrada en la aldea.

La segunda parte del texto se concentra en los recibimientos que les hacen. Teresa, en un principio se siente desolada por el aspecto que traía Sancho, que para ella más parecía desgobernado que gobernador; pero cuando éste la consuela, diciéndole que traía dineros, forma un grupo familiar muy bien avenido, con su hija y con Sancho, y se marchan a casa.

Don Quijote, cuando entra en su casa, sin guardar términos ni horas, les cuenta al Cura y al Bachiller sus proyectos. Con estos planes se da fin también al mundo de la caballería andante, pero especialmente a las ilusiones de don Quijote para que imperen en el mundo: la justicia, la generosidad, la integridad, el valor, en definitiva la virtud. Esta vida de acción, como dice Casalduero, se transformará en los amorosos pensamientos de la vida pastoril.  


martes, 15 de mayo de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LXXII. DECLARACIÓN JUDICIAL DE DON ÁLVARO TARFE




Pasaron aquel día en el mesón, esperando la noche: Sancho para terminar los azotes; don Quijote para verlos terminar. Llegó al mesón un caballero, acompañado de sus criados. Uno, lo llamó don Álvaro Tarfe. Don Quijote le dijo a Sancho que ese nombre lo había visto él cuando hojeó la segunda parte.

La mesonera le dio al caballero una habitación al lado de la de don Quijote. En el portal del mesón se presentaron; Don Álvaro le dijo que era amigo de don Quijote y que en Zaragoza intervino para que no le azotase el verdugo.

Después de haberle contado estos incidentes, don Álvaro llegó a la conclusión de que estaba delante de los auténticos don Quijote y Sancho. Dijo Sancho que nada tenía que ver él, con el falso, soso y ladrón Sancho Panza; que era él quien tenía más gracias que lluvias y su señor era el valiente y generoso caballero don Quijote de la Mancha. Le manifestó su conformidad don Álvaro y para demostrarle don Quijote que no era el mismo que el de Avellaneda, le dijo que nunca había estado en Zaragoza; que no quiso ir allí, “por sacar a las barbas del mundo su mentira, y, así, me pasé de claro a Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y belleza, única”. Le pide a continuación que declare delante del alcalde del lugar que ni él, ni Sancho eran los que aparecían en la ya impresa segunda parte.

Era la hora de la comida. Entró el alcalde del pueblo con un escribano. A petición de don Quijote, don Álvaro declaró que no era el mismo don Quijote “que estaba allí presente que el que aparecía impreso en una historia intitulada Segunda parte de don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal de Avellaneda, natural de Tordesillas.”

Llegó la tarde, abandonaron el mesón y a eso de media legua cada uno tomó su camino: don Quijote a su aldea; don Álvaro a Granada, calificada por don Quijote como ¡buena patria!. Aquella noche Sancho cumplió la penitencia con su fingida flagelación, con lo que quedó don Quijote contento e ilusionado, esperando la llegada del día para poder ver desencantada a Dulcinea y topársela en su camino a la aldea.

Con estos pensamientos y deseos subieron una cuesta, desde la cual se divisaba su aldea. Sancho se apeó del rucio e hincándose de rodillas, saludó emocionado a su patria a la que regresaba, “si no muy rico, muy bien azotado”; don Quijote, vencido por brazos ajenos, pero vencedor de sí mismo, que era la mayor victoria que pudiera desearse. Dice Sancho haber salido con dinero por los azotes que se ha dado, hecho que es recriminado por don Quijote y, imaginándose la nueva vida pastoril, bajaron la cuesta, camino de su aldea.



Comentario

En la venta en la que Sancho termina de darse los fingidos azotes que le faltan para desencantar a Dulcinea, encuentra don Quijote a uno de los personajes importantes del Quijote de Avellaneda: Don Álvaro Tarfe. No cabe duda de que Cervantes muestra simpatía por este personaje porque va a ser el testigo que le diga al mundo la falsedad del Quijote ya impreso, compuesto “por un tal de Avellaneda, natural de Tordesillas”; pero además, nos lo presenta como un caballero, acompañado de sus criados, que busca pasar la siesta en una posada que “parece limpia y fresca”.  El caballero muestra buenas costumbres, ya que después de llegar, se vistió con ropas adecuadas al verano. En el Quijote de Avellaneda también fue muy bien tratado Alvaro Tarfe. Se decía que “descendía del antiguo linaje de los moros Tarfes de Granada, deudos cercanos de sus reyes y valerosos por sus personas”.  

Pues bien, este caballero, cuyas opiniones son significativas, es el que elige don Quijote para que realice una declaración judicial en la cual constase que “él no era ese desventurado que ha querido usurpar mi nombre y honrarse con mis pensamientos”. La declaración se hizo con todos los requisitos legales, “con lo cual quedaron don Quijote y Sancho muy alegres, como si les importara mucho semejante declaración y no mostrara claro la diferencia de los dos don Quijotes y la de los dos Sanchos sus obras y sus palabras”. Cervantes nos quiere decir que en ciertas circunstancias, en el mundo social, los documentos judiciales legalizados son las pruebas necesarias para validar hechos como éstos: las falsedades literarias

 Abandonaron la venta y se despidieron: Don Quiote a su aldea y don Álvaro a Granada. Se ha comparado el regreso de Tarfe a Granada con el de Ricote, vecino de Sancho, a su pueblo: los dos son moriscos, en buena posición económica y por los cuales muestra simpatía Cervantes.

Una vez más, el tema del engaño, muy presente en la obra, y que he ido analizando a lo largo de los capítulos, lo encontramos aquí: el de Avellaneda ha querido engañar al mundo, llevado de la fama del Quijote auténtico y, Sancho, una vez más engaña a don Quijote con sus falsas flagelaciones. Don Quijote ha vivido engañado con la promesa de Merlín “y siguiendo su camino no topaba mujer ninguna que no iba a reconocer si era Dulcinea del Toboso, teniendo por infalible no poder mentir las promesas de Merlín”.

Cuando ven su aldea, Sancho manifiesta el sentido que tuvo para él su salida. Quiso solventar su situación económica y ganar dinero, como muchos labradores contemporáneos suyos, de ahí que diga: “Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza tu hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe también tu hijo don Quijote, que, si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo, que según él me ha dicho, es el mejor vencimiento que desearse puede”. Otra vez, dos valores opuestos: el realismo económico frente a la autenticidad y la aceptación de sí mismo.  Don Quijote “viene vencedor de si mismo”, porque ha aceptado su derrota con lo que esto implica: entrar en la vida pastoril, donde según él “daremos  vado a nuestra imaginaciones” .  Este vencerse a sí mismo, es una máxima estoica, que tiene, según Fernando Ramos Feito, en Dos notas sobre el Quijote y la tradición clásica, su origen el Libro I de la Leyes de Platón Allí, en el diálogo entre un cretense un lacedemonio, después de revisar las clases de guerras, se refieren a la guerra personal que puede tener una persona cuando hay discordancia entre los impulsos: “Y en esta guerra huésped, el vencerse uno a sí mismo es la primera y la mejor de todas victorias”.                                                   
Dejo para el final del comentario el fervoroso elogio de Cervantes a Barcelona, pues como muy bien escribe Agustín -G de Amezúa, en" Cervantes, creador de la novela corta española" "De ninguna otra provincia de España ni habitadores suyos escribió Cervantes tantos y tan calurosos elogios...". Hay que señalar, como muy bien resalta Martín de Riquer en Cervantes en Barcelona, que el autor del Quijote tenía un gran aprecio por esta ciudad, lo puso de manifiesto ya en Las dos doncellas, impresa en 1613, y lo vuelve a reiterar en este capítulo LXXII, impreso en 1615. 
Los encomios de Cervantes a Barcelona "fueron objeto de dos pormenorizados estudios, titulados  Elogios de Cervantes a Barcelona , de Juan Suné Benages, y el segundo Cervantes y sus elogios a Barcelona, de Manuel Montoliu y José Mª Casas.
De los mencionados encomios a Barcelona, la tradición ha querido inferir que Cervantes vivió en Barcelona, y de hecho se señala la casa situada en el Paseo Colón nº2, como la casa de Cervantes. Es
fácil pensar que "Cervantes fue muy bien acogido en Barcelona... "albergue de los extranjeros", donde se le trató con extrema cortesía "archivo de cortesía". Pero es rigurosamente cierto que Cervantes, en ninguna de sus obras, afirmó que hubiese residido en Barcelona y que no se conoce ningún documento fehaciente contemporáneo que atestigüe que en algún momento de su existencia el escritor morara en la capital catalana". Riquer, libro citado, pág.17
Estos encomios a Barcelona le sirven de acicate al lector para entender mejor esta hermosa ciudad. 

viernes, 11 de mayo de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LXXI. LOS AZOTES DE SANCHO Y LA COEXISTENCIA DE DOS MUNDOS: GENEROSIDAD FRENTE A PRAGMATISMO




Iba don Quijote triste por haber sido vencido y alegre porque la virtud de Sancho había resucitado a Altisidora. Sancho se sentía decepcionado porque ni había recibido las camisas prometidas por la doncella, ni había cobrado honorarios como los médicos; por esta razón se prometió “que si me traen a las manos otro algún  enfermo, antes que le cure me han de untar las mías, que el abad de donde canta yanta (que cada uno vive de lo que trabaja), y no quiero creer que me haya dado el cielo la virtud que tengo para que yo la comunique con otros de bóbilis, bóbilis (gratuitamente, de balde).

Don Quijote se hizo eco de las palabras de Sancho y le contestó que se azotase por Dulcinea y cobrase del dinero que llevaba. A Sancho se le abrieron las orejas un palmo, dijo que cobraba por el amor que sentía por sus hijos y su mujer. Sacó la cuenta con todo detalle: cobrando por azote un cuartillo, sacaría un total de ochocientos veinticinco reales. Terminó diciendo que entraría en su casa rico y contento, pero azotado porque no se toman truchas…(el refrán termina …a bragas enjutas, suprimida esta última parte por ser muy conocido, indica que el que quiere truchas tiene que mojarse).

Don Quijote, emocionado, le dio su aprobación, Sancho le contestó que empezaría esa misma noche. Después de cenar, una vez que Sancho hizo un látigo con el cabestro y la jáquima del rucio, se retiró de su amo y se metió entre unas hayas. Le dijo don Quijote que se diera los azotes que correspondían y, para que no perdiera “por carta de más ni de menos”,( que se diera el número exacto),  él los contaría.  

Sancho empezó azotándose, pero a los seis o siete azotes cambio de parecer y comenzó a azotar los árboles cercanos con unos suspiros tan grandes que parecía que se le arrancaba el alma. Don Quijote, temeroso por su salud, consideró que “se le debía de dar tiempo al tiempo, que no se ganó Zamora en una hora” y dado que le había contado más de mil azotes, decía que “el asno, hablando en grosero, sufre la carga, más no la sobrecarga” (la paciencia tiene sus límites). Sancho, el socarrón, le replicó que se daría otros mil más, para que no se pudiera decir de él: “a dineros pagados, brazos quebrados” (cuando ya se ha cobrado no se cumple lo acordado).

A la mañana siguiente reanudaron su camino. Llegaron a un mesón, que don Quijote reconoció como tal, pues desde que fue vencido discurría con mejor juicio. De las paredes de la habitación en la que se alojaron colgaban unos tapices con temas clásicos,  muy mal pintados, alusivos al rapto de Elena y, a la separación de Dido y de Eneas. Sancho comentó que no pasaría mucho tiempo en que se vieran las historias de sus hazañas en las ventas, mesones y tiendas de barbero, pero mejor pintadas que aquellas. Don Quijote le dio la razón, añadiendo que el pintor sería como  Orbaneja, pintor de Úbeda, que cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: “Lo que saliere”. Esta forma de trabajar es la que cree don Quijote que tiene el “pintor o escritor” del falso Quijote.  A continuación le preguntó a Sancho que cuándo finalizaría con la tanda de azotes que le faltaban, a lo que éste contestó con una serie de refranes, aludiendo a que cuanto antes se acabaran, mejor: “en la tardanza está el peligro,(la demora en la ejecución de una acción puede hacerla fracasar) y a Dios rogando y con el mazo dando (hay que trabajar para conseguir lo que se desea)y más vale un toma que dos te daré, (no hay que dejar lo seguro por cosas mejores, pero dudosas), y el pájaro en la mano que el buitre volando”. Una vez más, le rectificó don Quijote su forma de expresarse, diciéndole: “habla a lo llano, a lo liso, a lo no intrincado, (…), y verás como te vale un pan por ciento” (sacarás mucho provecho). Sancho prometió enmendarse.

Comentario

Empieza el capítulo señalando las dos actitudes antitéticas en las que se movía don Quijote: la tristeza, por haber sido vencido y obligado a renunciar a su labor de caballero andante, y la alegría porque había descubierto que el poder de Sancho para curar maleficios, aseguraba el desencanto de Dulcinea. Sancho, coherente con su personalidad y su cultura, se lamentaba de no haber cobrado nada; por lo tanto, se dijo que si los médicos “que con matar al enfermo que curan, quieren ser pagados de su trabajo, que no es otro sino firmar unas cedulillas de algunas medicinas, (…) a mi, que la salud ajena me cuesta gotas de sangre, pellizcos, alfilerazos y azotes, no me dan un ardite”. De lo anterior se infiere que no está dispuesto a servir a nadie si no cobra. Esto da lugar a una relación diferente a la que antes había entre Caballero y Escudero. En la primera parte del libro, Sancho vive pendiente de la ínsula y de las quimeras de don Quijote; en esta, es don Quijote quien vive pendiente de la voluntad de Sancho.

Al darse cuenta del razonamiento de Sancho, basado en el refrán: “no se toman truchas a bragas enjutas”, decide que tiene que pagarle quien requiera su poder.  Sancho se ha dado cuenta de que ya no tiene que buscar la ínsula, la lleva con él; sólo tiene que explotarla, por eso “abrió Sancho los ojos y las orejas de un palmo”, cuando don Quijote le dijo que le pagaría al contado, vio que el gran negocio estaba hecho. También se da cuenta de que fácilmente puede engañar a don Quijote y empieza a azotar los árboles, en vez de azotarse él.

Tanto Sancho como don Quijote vuelven a resaltar sus dos rasgos diferenciadores: la generosidad y liberalidad en uno, frente al realismo egoista en el otro. Son dos mundos que, como dice Casalduero, coexisten, queriendo el segundo imponer sus leyes al primero. Una vez más, vemos dos fenómenos intemporales anclados en la naturaleza humana.

Don Quijote y Sancho han llegado al mesón en el que se hallan unos tapices sobre temas antiguos, muy mal pintados. Tanto Sancho como don Quijote se ven ya como héroes de su época, puestas sus hazañas en las ventas, mesones y tiendas de barbero. La calidad del arte de la pintura le sirve a don Quijote para reflexionar sobre el arte verdadero, frente al falso. El primero, tiene sentido y sabe lo que quiere decir; el falso se parece al del pintor Orbaneja,” que cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: “Lo que saliere”; y si por ventura pintaba un gallo, escribía debajo: “Este es gallo”. De esta manera me parece a mí, Sancho, que debe ser el pintor o escritor, que todo es uno, que sacó a la luz la historia de este nuevo don Quijote: que pintó o escribió lo que saliere”. “El nombre Orbaneja, desde entonces se convirtió en proverbial para designar a cualquier pintamonas”. Avalle Arce.

Calvo Serraller, en un  artículo periodístico: Las mil caras de Don Quijote, después de repasar las pinturas más significativas que sobre el libro se han realizado, concluye diciendo que gracias a que la pintura se desliteraturizó en el XX, paradójicamente se agudizó la inspiración plástica; con esto “se provoca un mayor desafío creador. En este sentido, los artistas contemporáneos han llevado a cabo versiones más personales…todos ellos rinden un tardío homenaje al vituperado Orbaneja, porque lo que a ellos les salen son originalidades en paralelo, parezca gallo o lo que fuere”



   


martes, 8 de mayo de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LXX. EL INGENIO DE DON QUIJOTE Y LA PERSPICACIA DE SANCHO DESCUBREN LAS TRAZAS DE ALTISIDORA




Sancho durmió aquella noche en la misma habitación que don Quijote, pero se hubiese excusado de ello si hubiera podido,  porque sabía que su señor no le dejaría dormir. En efecto, nada más entrar en la habitación, don Quijote le preguntó por la opinión que le merecía lo que había presenciado de la muerte de Altisidora. Sancho le contestó que la salud de la doncella,  “una joven más antojadiza que discreta”, nada tenía que ver con los alfilerazos que a él le habían dado, sino más bien con encantadores que había en el mundo, y que por favor, le dejara dormir porque “el sueño es alivio de las miserias de los que las tienen despiertos”.

(Cide Hamete cuenta a continuación, que el bachiller Sansón Carrasco pasó por el castillo de los duques, porque el mensajero que le llevó la carta a Teresa le dijo que éstos estaban allí. Se presentó y le contó su plan al duque. Este, a su vez, le habló de  las burlas y engaños que les habían hecho. El bachiller salió en busca de don Quijote. El duque le había pedido que una vez se enfrentase con  don Quijote, pasase por allí y le contase lo ocurrido. Enterado el duque de que don Quijote regresaba vencido, camino de su aldea, mandó a sus hombres que lo buscasen por todos los caminos y lo trajesen. Cide Hamete, concluye diciendo que “tiene para sí ser tan locos los burladores como los burlados…”.)

A la mañana siguiente se presentó Altisidora, en el aposento en que ellos se encontraban. Don Quijote rápidamente se cubrió con la ropa de la cama. Altisidora, sentada junto a la cabecera de don Quijote, le contó que había perdido la vida por haber reprimido honestamente el amor que por él sentía y que no la hubiese recuperado si Sancho no se hubiera martirizado. Le preguntó Sancho por lo que había visto en el infierno.

Le dijo Altisidora que desde la puerta vio cómo unos diablos jugaban a la pelota con unas palas de fuego. Lo hacían con libros muy poco provechosos y todos los destrozaban. Se sorprendió porque uno de esos libros, nuevo y reciente, compuesto por un autor que dice ser de Tordesillas, titulado: Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha, lo destrozaron por completo y lo arrojaron a los abismos. Dijo don Quiote que no le sorprendía nada la visión de Altisidora, porque “No hay otro yo en el mundo”. A continuación le dijo don Quijote que sentía que hubiese sufrido y muerto por él, pues nada podía hacer porque su corazón era de Dulcinea y “nadie se puede obligar a lo imposible”. Altisidora, llena de ira le increpó llamándolo “don bacalao” y “don vencido”, que su amor había sido fingido y que jamás hubiese dejado morirse por él. Sancho intervino para decir que “esto del morirse los enamorados es cosa de risa: bien lo pueden ellos decir, pero hacer, créalo Judas”.

A continuación entró el músico que entonó las estancias la noche anterior y dado que algunos de los versos pertenecían a Garcilaso le preguntó don Quijote que qué tenían que ver con la muerte de Altisidora. El músico le respondió: “No se maraville vuestra merced de eso (…), que ya entre los intonsos poetas (principiantes) de nuestra edad se usa que cada uno escriba como quisiere y hurte de quien quisiere, venga o no venga a pelo de su intento, y ya no hay necedad que canten o escriban que no se atribuya a licencia poética”. Entraron después los duques. La duquesa le pidió su opinión sobre Altisidora; don Quijote le contestó que “todo el mal de esta doncella nace de la ociosidad, cuyo remedio es la ocupación honesta y continua”. Sancho coincidió con don Quijote. Entró Altisidora y volvió a escenificar improperios contra don Quijote. El duque respondió con los versos de un romance que decía: “Porque aquel que dice injurias / cerca está de perdonar”.

Después de comer con los duques, partieron del castillo.



Comentario

Analizado el capítulo desde el realismo filosófico, nos llevaría a los siguientes hechos: Sancho, si hubiera podido, no hubiera dormido en la misma habitación que don Quijote porque sabía que no lo dejaría dormir, ya que había vivido muchas sorpresas, especialmente la muerte de Altisidora por el desamor que éste le demostró. Sus pronósticos se cumplen y nada más entrar en la habitación, don Quijote le pregunta: “¿Qué te parece, Sancho, del suceso de esta noche?. Sancho le responde que nada tenía nada que ver con ella, que era una “doncella más antojadiza que discreta (…) Ahora sí que vengo a conocer clara y distintamente que hay encantadores y encantos en el mundo, de quien Dios me libre, pues yo no me sé librar”. Los encantadores son los hombres y los encantos, las mentiras y engaños que trazan. Sancho se dio cuenta ya, en el capítulo anterior,  cuando le echaron encima el sambenito y le pusieron el capirucho pintados con llamas y diablos: “como no le quemaban no las estimaba en dos ardites”.  Cuando le dicen que tiene que sufrir los alfilerazos y los pellizcos, contesta: “¡Esas burlas a un cuñado, que yo soy perro viejo, y no hay conmigo tus, tus!”, es decir, a otro con estas bromas, que a mi no me engañáis. De acuerdo con lo anterior, lo único que desea es dormir, porque “el sueño es alivio de las miserias de los que las tienen despiertos”. Efectivamente, desgracia e infortunio, es lo que tuvo él, por culpa de las mentiras y burlas de los duques.

Esta interpretación realista, basada en la identificación encantadores con embusteros y mentirosos, se vuelve a reiterar más adelante cuando Cervantes explica por boca de Cide Hamete cómo los duques le dijeron al bachiller: 1. La burla que Sancho había hecho a don Quijote “dándole a entender que Dulcinea estaba encantada y transformada en labradora; 2. La burla que ellos le habían hecho a don Quijote “con la traza del desencanto de Dulcinea, que había de ser a costa de las posaderas de Sancho; 3. El engaño de la duquesa a Sancho, queriéndole hacer creer que Dulcinea estaba encantada; 4. La brutal llamada de Altisidora a don Quijote: ¿Pensáis por ventura, don vencido y don molido a palos que yo me he muerto por vos?. Todo lo que habéis visto esta noche ha sido fingido”.; 5.  La interpretación de Sancho sobre las mentiras del desamor: “…esto del morirse los enamorados es cosa de risa: bien lo pueden ellos decir, pero hacer, créalo Judas”.

Asistimos después a la escena de Altisidora, sentada junto al lecho de don Quijote, como se sentó doña Rodríguez en el capítulo XLVIII. Sancho le pregunta por lo que ha visto en el infierno y ésta contesta narrando una escena quevedesca en la que los diablos van jugando con palas de fuego con los malos libros. Destaca entre ellos el falso don Quijote, tan malo que ni siquiera lo quieren para jugar.  Esto le sirve a él para decir que “No hay otro yo en el mundo”. Una frase a la que Unamuno, en Vida de don Quijote y Sancho, le atribuye una especial significación: “He aquí una sentencia que no hemos de olvidar nunca (…)Cada uno de nosotros es único e insubstituible(…)Cada cual de nosotros es absoluto.”. Personalmente entiendo que la frase anticipa la teoría de la individualidad del yo. El hecho de que se forma la conciencia por la interacción de la mente con el mundo que la rodea. Proceso individual que da origen a la persona. (Los que estén interesados por estos problemas pueden consultar el libro de Popper: El yo y su cerebro ).

La última escena en la que la duquesa le pregunta a don Quijote que si Altisidora ha vuelto a su gracia, éste le responde que “todo el mal de esta doncella nace de ociosidad, cuyo remedio es la ocupación honesta y continua”. Lo anterior, entiendo que lo dice don Quijote, desde un punto de vista irónico, ya que Altisidora le ha dicho que en el infierno, las doncellas pasan el tiempo haciendo randas (encaje de bolillos). “Y pues ella las debe de saber hacer, no las deje de la mano”.
Lo anterior viene a confirmar una interpretación del libro que me parece bastante fructífera: “La verdad la falsean las personas cuando


Otras interpretaciones

Avalle Arce, en Don Quijote como forma de vida, analiza toda la aventura de Altisidora como una parodia esperpentizadora del amor cortés: “El regocijado tono de las aventuras no nos debe hacer perder de vista el hecho fundamental de que todo el episodio está montado sobre lugares comunes del amor cortés. Si invertimos una vez más los papeles podemos decir que Altisidora es a Grisóstomo lo que don Quijote es a Marcela, y en la base de la tragedia, o de su parodia se halla el fiel amante”.

Para Casalduero, la actuación de Altisidora habría que situarla en el sentido educador de la novela, pues “la comedia de Altisidora –lo mismo sucederá con cierta comedia del Barroco, y aún más del Rococó- tiene como verdadero desenlace una lección para la vida práctica.”

jueves, 3 de mayo de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LXIX. FUNERAL POR ALTISIDORA Y JUICIO INQUISITORIAL A SANCHO



Los jinetes se apearon, cogieron a don Quijote y a Sancho y los llevaron en peso y arrebatadamente al patio del castillo. Estaba iluminado por casi cien hachas y más de quinientas luminarias. En el centro del patio se levantaba un túmulo y sobre él yacía el cuerpo de una muchacha de gran hermosura, coronada de flores. A un lado del patio se levantaba una tarima, en cuyo centro estaban sentados los jueces mitológicos del infierno: Minos y Radamanto, con sendas coronas y cetros en las manos. A un lado de la tarima había dos sillas en las que los jinetes  sentaron a don Quijote y a Sancho, ordenándoles que estuviesen callados. Poco después subieron los duques y ocuparon dos sillas de honor junto a las de los jueces.

Apareció un criado del duque, se acercó a Sancho y le echó encima una ropa negra, pintada con llamas de fuego y le puso en la cabeza una coroza (cucurucho de cartón) pintada de diablos, pareciéndosele a los penitenciados del Santo Oficio. Tal imagen daba que don Quijote no paraba de reírse. En medio del silencio se oyó un agradable sonido de flautas. Inesperadamente apareció un joven, vestido de romano y, al sonido de un arpa que tocaba, entonó unas estancias dedicadas a Altisidora, muerta por el desdén de don Quijote, deseándole que recupere la vida al sonido de su voz.

Ordenó Minos que terminara la canción porque ya era conocida la fama y gracia de Altisidora. Su vuelta a la vida habría de pasar por la tortura que debería sufrir  Sancho Panza, pidiéndole a continuación a su compañero Radamanto que dicte sentencia sobre Sancho para que, ejecutándola,  Altisidora recupere la vida.  Puesto en pie Radamanto ordenó a sus ministros que le diesen a Sancho veinte y cuatro cachetes, doce pellizcos u seis alfilerazos en los brazos y en los lomos. Sancho se opuso de inmediato, argumentando que nada tenía que ver con la muerte de Altisidora. Dado que también le habían pedido que se azotase por Dulcinea, dijo los siguientes refranes: “Regostose la vieja a los bledos… ( “Se aficionó la vieja a las acelga; no dejó verdes ni secas; se refiere al empeño con que se persevera en un gusto o una manía); “!Esas burlas a un cuñado, que yo soy perro viejo, y no hay conmigo tus, tus” ( “a otro con esas burlas; a mí no me engañarán).

Le imprecó duramente Radamanto para que permitiese que unas dueñas que estaban entrando le hiciesen lo que él había ordenado. Intervino don Quijote diciéndole que lo permitiese porque  el cielo le había dado la virtud de desencantar a los desencantados y resucitar a los muertos. Cedió Sancho. Permitió los cachetes y los pellizcos, pero no pudiendo sufrir los alfilerazos, cogió un hacha y corrió a las dueñas y a los verdugos.

Altisidora, cansada de estar en posición supina, se volvió de lado. Todos gritaron que Altisidora estaba viva. Don Quijote le pidió a Sancho que se azotase, pero Sancho se negó, argumentando que –“Esto me parece argado sobre argado (enredo sobre enredo), y no miel sobre hojuelas” ( prov. utilizado para decir que una cosa es doblemente buena).  Dice que se siente mal porque “para curar los males ajenos tengo yo de ser la vaca de la boda” (vaquilla que se corría en las bodas como diversión y recibía los consiguientes golpes).

Se levantaron los duques. Sonó la música. Todos fueron a recibir a Altisidora que bajaba del túmulo. Al pasar junto a don Quijote le echó en cara su crueldad.  A Sancho le agradeció lo que había hecho por ella. En prueba de ello le prometió regalarle seis camisas.



Comentario

En el capítulo siguiente nos enteraremos de que los duques habían ordenado que trajesen a don Quijote y a Sancho, para que Altisidora escenificase su muerte. Todo en el palacio se había dispuesto para poner de relieve el aparato de un gran funeral.

El espectáculo que ofrecía el funeral por Altisidora me recuerda el soneto que Cervantes escribió a la muerte del rey Felipe II, burlándose del soberbio túmulo levantado en la catedral de Sevilla. : “!Voto a Dios que me espanta esta grandeza / y que diera un doblón en describilla!. Si Cervantes en el soneto ironiza sobre la grandiosidad de estos funerales barrocos, no menos lo hace aquí. Alrededor del patio del castillo “ardían casi cien hachas, puestas en sus blandones, y por los corredores del patio, más de quinientas luminarias; de modo que a pesar de la noche, que se mostraba algo oscura, no se echaba de ver la falta del día”.  El túmulo “estaba cubierto con un grandísimo dosel de terciopelo negro, alrededor del cual ardían velas de cera blanca sobre más de cien candelabros de plata”. El cuerpo muerto de Altisidora era tan hermoso “que hacía parecer con su hermosura hermosa a la misma muerte”. La cabeza descansaba “sobre una almohada de brocado, coronada con una guirnalda de diversas y odoríferas flores tejida”.

 Una lectura social de estos ostentosos funerales que a veces se realizan en épocas de crisis, como la que España estaba viviendo en esta época, pone de manifiesto la irrealidad de las personas. Sabemos por doña Rodríguez, en el capítulo XLVIII, que le había pedido al duque que le ordenara al joven que se había burlado de su hija, que se casara con ella.  El duque hacía oídos sordos, “y es la causa que como el padre del burlador es tan rico y le presta dineros y le sale por fiador de sus trampas …”. Los duques, como gran parte de las grandes fortunas de la época, habían vivido por encima de sus posibilidades. Las grandes rentas feudales o coloniales que habían llevado unas vidas de loco artificio se habían evaporado. (Pierre Villar. El tiempo del Quijote. . ) De lo anterior se puede inferir que en este gran espectáculo del aparato funeral , hay cierta crítica social al irrealismo español de la época.  

Se asiste después a la parodia de una escena inquisitorial.  Al igual que en estos procesos, se dispone de “un teatro” o tarima; en el centro aparecen sentados los jueces, que en este caso son los personajes mitológicos del infierno: Minos y Redamanto, y el juicio se centra en Sancho, vestido con el sambenito que se les ponía a los acusados, con la coroza o capirote que les colocaban en la cabeza, todo pintado de llamas y diablos. El testigo canta la muerte de Altisidora: “-En tanto que en sí vuelve Altisidora, /muerta por la crueldad de don Quijote, /y en tanto que en la corte encantadora/se vistieren las damas de picote…”.  A Sancho se le condena y don Quijote se ríe. Solamente al recordarle don Quijote que tiene la virtud de desencantar y resucitar admite Sancho la sentencia. Resucita Altisidora, acusando a don Quijote que por su crueldad “había estado en el otro mundo, a mi parecer, más de mil años”.

Toda la serie de despropósitos que aparecen en la parodia inquisitorial, entiendo que corresponde al humor como lo interpretaba Cervantes: “el contraste entre lo que ocurre y lo que el lector piensa que sería lo adecuado” ( Eisemberg. La interpretación cervantina del Quijote).  

martes, 1 de mayo de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LXVIII. DON QUIJOTE Y SANCHO SUFREN UNA NUEVA AFRENTA





En una noche sin luna, dormían don Quijote y Sancho; el primero se despertó y, desvelado,  llamó a Sancho y le dijo que era propio de los criados sentir los sentimientos de sus señores. Le pedía que se diese trescientos o cuatrocientos azotes a cuenta de los del desencanto de Dulcinea. Después le propuso pasar la noche cantando, a imagen de la vida pastoril que de ahora en adelante llevarían. Sancho, indignado le contestó que no, pues no era un fraile que tuviese que levantarse por la noche y azotarse. Le pidió que lo dejase dormir y que no se le ocurriera tocarle con intención de obligarlo.  Le dio una serie de razones por las que tenía que dormir porque “en tanto que duermo ni tengo temor ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que inventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita el hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el ardor y, finalmente, moneda general con que todas cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto. Sola una cosa tiene mal el sueño, según he oído decir, y es que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia”   

 Don Quijote elogió la forma de hablar de Sancho, diciéndole que se cumplía el refrán “No con quien naces, sino con quien paces” (En la vida influyen más las compañías que el origen de cada uno).

Estaban en esto cuando oyeron un fuerte ruido que se aproximaba. Puso mano don Quijote a la espada y Sancho se agazapó debajo del rucio y se parapetó con las armas y la albarda como mejor pudo. Pero no pudieron evitar que una piara de más de seiscientos cerdos que unos hombres llevaban a una feria se les echaran encima. Los derribaron y les pasaron por encima. Sancho le pidió la espada a don Quijote porque quería acometer a los cerdos, pero don Quijote le dijo que los dejara porque era un castigo del cielo por haber sido vencido. Sancho le replicó que bien lo podría ser para don Quijote, pero no para él, su escudero, que no era su heredero, pues nada tienen que ver los Panzas con los Quijote. Le sugiere que vuelvan a dormir  y “amanecerá Dios y medraremos” (exp. coloq. utilizada “para indicar que el tiempo puede cambiar favorablemente las cosas”) Sancho volvió a dormirse, mientras que don Quijote, arrimado a un tronco de un árbol cantó un madrigal sobre el amor, la vida y la muerte, en clara alusión a su derrota y a la ausencia de Dulcinea.

 Al día siguiente, cabalgaron todo el día. Al declinar de la tarde vieron que se aproximaban un grupo de hombres armados, a caballo. Se sobresaltaron y don Quijote le dijo que si no fuera porque tiene la palabra dada de no hacer uso de las armas, esos que llegaban serían “tortas y pan pintado” (se dice de aquello que es bueno en comparación con otra cosa). Sin mediar palabra, los rodearon y los forzaron a seguirles, mientras, los insultaban llamándolos trogloditas, antropófagos y Polifemos. Sancho decía entre sí que llamarlos a ellos tortolitas, barberos y estropajos era no conocerlos,  y que “a mal viento va esta parva” ( prov. “este asunto va por mal camino”). Llegaron al castillo del duque y don Quijote al recordar lo bien que fue tratado dijo: “para los vencidos el bien se vuelve en mal y el mal en peor”.



Comentario

Una vez más don Quijote se desvela. En esta ocasión porque piensa que mientras Sancho no se flagelara, no sería desencantada Dulcinea. Lo despierta para pedirle que se azote por ella, y una vez dados, pasarían a vivir el sueño de la vida pastoril. Se inicia una discusión entre ellos y, Sancho, asumiendo la realidad, reflexiona sobre la importancia del sueño. Este es uno de los pasajes que prueban la influencia recíproca entre caballero y escudero como señaló muy bien Salvador de Madariaga en Guía del lector del Quijote: “D. Quijote y Sancho se van aproximando gradualmente, mutuamente atrayendo, por virtud de una interinfluencia lenta y segura que es, en su inspiración y desarrollo, el mayor encanto y el más hondo acierto del libro”.  Esta tesis de la interinfluencia entre uno y otro que defiende Madariaga se corrobora en las palabras que don Quijote le dice a continuación:

“-Nunca te he oído hablar, Sancho –dijo don Quijote -, tan elegantemente como ahora; por donde vengo a conocer ser verdad el refrán que tú algunas veces sueles decir: “No con quien naces, sino con quien paces” .

Viene a continuación el paso de la piara de cerdos por el mismo sitio en el que estaban cuando los atropellaron los toros. Curiosamente donde habían vivido las escenas de la fingida arcadia del cap. LVIII, don Quijote sueña con la vida pastoril. Sin embargo, el contrate es enorme. La ilusión que vive don Quijote es barrida por los toros en el cap. LVIII y por los cerdos en éste. Una lectura que remita al dominio lingüístico de Cervantes y de sus lectores contemporáneos, nos llevaría a pensar en:

a)      el autor quiere mover al lector a unas situaciones cómicas y de burla a don Quijote;

b)      el contraste entre el mundo de la realidad y el mundo poético;

c)       “El enfrentamiento entre el mundo de lo social, representado por el trabajo que el hombre realiza con los toros y con los cerdos, y la vida soñada, representada por las ilusiones de don Quijote de vivir la vida idealizada de la arcadia.” (Casalduero)

Los sufrimientos que tiene por Dulcinea y por verse vencido, le inspiran un madrigal a don Quijote que canta cuando Sancho duerme. Antes le había dicho a Sancho que manifestará sus pensamientos en un madrigal. Sancho, con gran ingenio, le dice “que los pensamientos que dan lugar a hacer coplas no deben de ser muchos”.  Efectivamente, estos pensamientos son tres: el amor, la vida y la muerte. Mezclando los tres temas, don Quijote compone un madrigal con el que “desfoga” sus sentimientos sobre Dulcinea.

Hechos prisioneros por unos hombres que no les explican el por qué,  son llevados al palacio de los duques.

“-¡Válame Dios! –dijo así como conoció la estancia-, ¿y qué será esto? Sí, que en esta casa todo es cortesía y buen comedimiento; pero para los vencidos el bien se vuelve en mal y el mal en peor”

  

jueves, 26 de abril de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LXVII. LOS PROYECTOS DEL PASTOR QUIJÓTIZ






Después de comer con Tosilos, Sancho fue hasta donde estaba don Quijote. Se encontraba bajo la sombra de un árbol; allí, como moscas a la miel, le acudían  y picaban pensamientos” (Prov. la expresión “como moscas a la miel”, es una forma de exagerar la atracción que se siente por algo o alguien). Iban desde el desencanto de Dulcinea, al enamoramiento de Altisidora, pasando por la transformación del Caballero de los Espejos en Sansón Carrasco. Dado que don Quijote se interesó por el estado sentimental de Altisidora y Sancho le había respondido que cómo era posible que estuviera indagando ahora en los pensamientos amorosos de la doncella, don Quijote le respondió que “mucha diferencia hay de las obras que se hacen por amor a las que se hacen por agradecimiento”. Añadió que un caballero andante no debe ser desagradecido, haciendo referencia a los tocadores que ella le regaló; también afirmó que cuando Altisidora lo maldijo cuando se marchaba fue porque estaba enamorada, pues “las iras de los amantes suelen parar en maldiciones”. Le recordó a Sancho lo desagradecido que era con Dulcinea porque no se azotaba y éste le replicó que no entendía que el azotarse tuviera que ver con los desencantos de los encantados, pues esto era como decir “Si os duele la cabeza, untaos las rodillas” (Refr. “en ocasiones el remedio que se aplica a un problema es disparatado).

Iban con estas pláticas caminando cuando llegaron al lugar donde se encontraron con las bellas pastoras de la fingida Arcadia y fueron atropellados por los toros (cap. LVIII).  Se le ocurrió entonces a don Quijote que el año de retiro de la caballería andante lo debería pasar, junto con Sancho, dedicado a la vida pastoril. A Sancho le pareció bien, y además de ellos dos,  se podrían incorporar  el bachiller, el barbero e incluso el cura. Se inventó don Quijote los nombres que tendrían que adoptar: “pastor Quijótiz” y “pastor Pancino”, para él y para Sancho; Carrascón, para el bachiller,  Niculoso, para el barbero y Curiambro, para el cura. Le pareció bien la idea a Sancho. También planteó el ponerle nombre a las pastoras  y Sancho le contestó que a su mujer la llamaría Teresona, por su gordura, pero no buscaría nombres para las de los otros pastores porque “no ando a buscar pan de trastrigo por las casas ajenas” (prov. “buscarse líos”; el mejor pan es el de trigo). Respecto a la pastora del bachiller, “su alma en su palma” (“el verá lo que hace”). Se imaginó a continuación  los instrumentos musicales que oirían en esa nueva vida: gaitas zamoranas, tamborines, sonajas, rabeles, albogues.

Animado en la conversación, don Quijote dio muestra de sus conocimientos filológicos, examinó los nombres que empiezan por al y las que terminan en i y dijo que eran arábigos.  Sancho se sintió fascinado por ese mundo pastoril y aseguró que haría cucharas polidas, migas, natas, guirnaldas y zarandajas pastoriles. Comentó que su hija podría llevarles la comida, pero tuvo dudas porque era de  buena presencia y podría despertar lascivia entre los pastores. Añadió una serie de refranes en relación con lo anterior como: “quitada la causa, se quita el pecado”, “ojos que no ven, corazón que no quiebra” (“que no sufre”) ”más vale salto de mata que ruego de hombres buenos” (refr. más vale una buena retirada que todos los buenos consejos”).

Le reprendió don Quijote por el abuso que hacía de los refranes, utilizando otro refrán: “castígame mi madre, y yo trompógelas”. (“te lo digo una y otra vez, y tú ni caso”). Esto da lugar a que Sancho le responda “Dijo la sartén a la caldera: Quítate allá, ojinegra” (refr. “se ven los defectos ajenos, pero no los propios”).  Volvió don Quijote a  amonestarlo, diciéndole: “yo traigo los refranes a propósito, y “vienen como anillo al dedo” (prov.“oportuno y adecuado en un momento concreto” ) porque “los refranes son sentencias breves, sacadas de la experiencia y especulación de nuestros antiguos sabio, y el refrán que no viene a propósito antes es disparate que sentencia”.

Se hizo de noche;  “Cenaron tarde y mal”; Sancho pasó la noche durmiendo y su amo, velando.



Comentario

Después de la derrota de don Quijote por Sansón Carrasco, el Ingeniosos Hidalgo vive una crisis espiritual. Ya no puede pensar en nuevas aventuras. Las ideas  no lo dejan vivir: “como moscas a la miel, le acudían y picaban pensamientos”: son aquellos recuerdos que más le afectaron cuando estuvo en el palacio de los Duques. Se los trajo la presencia de Tosilos. De estos recuerdos destacan los que más le han hecho sufrir: el estado encantado en que se encuentra Dulcinea y el sufrimiento que dijo tener su enamorada Altisidora porque él se marchaba. Don Quijote le preguntó a Sancho que si Tosilos le había referido algo de Altisidora. Sancho, desazonado porque había perdido las esperanzas de ser conde, le espetó lo de ¡Cuerpo de mí!. ¿está vuestra merced ahora en términos de inquirir pensamientos ajenos, especialmente amorosos?.

Las iras de Altisidora le trajeron los sufrimientos de Dulcinea. Solamente los puede evitar Sancho,  dándose los azotes, según dije en el resumen. Don Quijote le agradece su decisión “de ayudar a mi señora, que lo es tuya, pues tú eres mío”. Estas últimas palabras justifican la opinión del licenciado Martín González de Cellorigo: “No parece sino que se han querido reducir estos reynos a una república de hombres encantados que vivan fuera del orden natural”. (Pierre Vilar, El tiempo del Quijote).

Dice Cervantes que mientras caminaban llegaron al sitio en que fueron atropellados por los toros y se encontraron con las bellas pastoras. Don Quijote no se acuerda de los toros, pero sí de la fingida Arcadia en la que pueden pasar tranquilamente los días sin preocuparse de los trabajos cotidianos de la vida. No tienen que trabajar para comer, pues la naturaleza les otorga de todo. A Sancho le gusta la idea por el tipo de vida regalada. Piensa en los amigos de su pueblo y don Quijote de inmediato les pone nombre. Previamente don Quijote, para responder a su nueva circunstancia vital le ha propuesto a Sancho el cambio de nombre, llamándose él, pastor Quijótiz, y Sancho, “pastor Pancino”. Según Avalle Arce en, en “El último episodio pastoril de don Quijote de 1615”, el cambio de nombre “obedece al viejísimo ideal onomástico de que el nombre debe definir al individuo”.

Después de explicarle a Sancho el nombre de “albogues” y de las palabras que empiezan por al y las que terminan en i, vuelve don Quijote al tema del amor y en especial a “las pastoras de quien hemos de ser amantes”, dice : “Yo me quejaré de ausencia; tú te alabarás de firme enamorado; el pastor Carrascón, de desdeñado, y el cura Curiambro, de lo que él más puede servirse, y, así, andará la cosa, que no haya más que desear”.  Las anteriores quejas de amor, eran las viejas fórmulas del amor cortés, que, “tamizados por el petrarquismo”,  llegan a Cervantes (Avalle Arce).



Por último, por boca de Sancho, se trae un tema que era muy tratado en la Literatura de la época: el de la ciudad y el campo. Se introduce a través de la perspicacia de Sancho en creer que el físico de su hija despertaría la lujuria de los pastores cuando fuera a llevarles la comida al hato, porque “suelen andar los amores y los no buenos deseos por los campos, como por las ciudades, y por las pastorales chozas, como por los reales palacios”. Cervantes, por boca de Sancho, no está diciendo que el mal está por todas partes. Lo que no se encuentra en todas partes es el bien, creación del hombre con ayuda de Dios” ( Casalduero)


sábado, 21 de abril de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LVI. DETERMINISMO FRENTE AL LIBRE ALBEDRÍO. EL PUNTO DE VISTA DEL INGENIOSO HIDALGO





Don Quijote cuando salió de Barcelona recordó el lugar en el que había sido vencido con palabras que expresaban su adiós a las aventuras y al olvido de sus hazañas. Sancho trató de reconfortarlo diciéndole que no había que estar pesaroso por lo que nos acontece, pues todo era obra de la Fortuna, y ésta es “una mujer antojadiza, y sobre todo ciega, y, así, no ve lo que hace, ni sabe a quién derriba ni a quién ensalza”. Don Quijote, después de elogiarle a Sancho su manera de hablar, le contesta que discrepa de lo que dice, pues “no hay Fortuna en el mundo, ni las cosas que en él suceden, buenas o malas que sean, vienen acaso, sino por particular providencia de los cielos, y de aquí viene lo que suele decirse: que cada uno es artífice de su ventura.”. Dice que ha sido vencido porque debería haber pensado que el débil Rocinante no podría hacerle frente al poderío físico del caballo de la Blanca Luna. Se siente humillado en su honra, porque fue vencido y la perdió; sin embargo, “no perdí, ni puedo perder, la virtud de cumplir mi palabra.”

 Sancho se quejó de lo fatigoso que era hacer el camino a pie porque el rucio llevaba las armas; por eso le propuso a don Quijote que las armas e incluso Rocinante los deberían dejar colgados de algún árbol, a lo que don Quijote respondió que no lo permitiría, porque no se diga que “a buen servicio, mal galardón!” (refr. “los ingratos no reconocen la ayuda recibida”). Sancho reconoció que tenía razón don Quijote y le contestó que le parecía muy bien, porque “la culpa del asno no se ha de echar a la albarda” ( refr. “algunos por disculpar sus errores, los atribuyen a otros que no han tenido que ver con ellos”).

Con este tipo de diálogos se les pasó cuatro días; al quinto divisaron varias personas en la puerta de un mesón. Cuando llegaron, un labrador le pidió a don Quijote que diera su opinión sobre una apuesta que dos vecinos se habían echado sobre quién corría más rápido.  Uno estaba gordo y pesaba once arrobas (ciento veintisiete kilos), mientras que el otro sólo pesaba cinco arrobas (cincuenta y ocho kilos). El gordo le pedía al flaco que corriera cargado con seis arrobas (sesenta y nueve kilos) de hierro para igualar el peso. Don Quijote le dijo a Sancho que respondiera porque “no estoy para dar migas a un gato” ( prov. “no estoy para nada).  Sancho les dio la solución: el gordo debería de adelgazar seis arrobas (sesenta y nueve kilos). Los aldeanos elogiaron la respuesta, cancelaron la carrera y se fueron a la taberna a gastarse en vino la apuesta.

Los labradores, -con cierta ironía, pues hablaban de dos personas que no eran jóvenes-,  comentaron que si ambos fueran a estudiar a Salamanca, pronto los veríamos como alcalde o  magistrado, pues “todo es estudiar y más estudiar, y tener favor y ventura; y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la mano o con una mitra en la cabeza.”.

Don Quijote y Sancho, que habían declinado la invitación de beber con los lugareños, continuaron su camino. Durmieron esa noche en medio del campo. Al día siguiente se encontraron un hombre que llevaba unas alforjas al cuello y un chuzo en la mano. Era Tosilos (II, 54, 56), el lacayo del duque, que iba a Barcelona, con cartas de su señor para el virrey. Les contó que por desobedecer al duque recibió cien palos; que la hija de doña Rodríguez entró en un convento, y que doña Rodríguez  se volvió a Castilla.

Los invitó a que compartiesen con él un poco de vino y unas lonchas de queso de Tronchón. Rehusó don Quijote porque no quería comer con un personaje que estaba encantado. Sancho se quedó con él para comer y beber. Le dijo Tosilos a Sancho “Este tu amo, Sancho amigo, debe de ser un loco.  ¿Cómo debe? –respondió Sancho-. No debe nada a nadie, que todo lo paga, y más cuando la moneda es locura. Asegura Sancho que se lo dice a don Quijote, pero que de nada vale, “y más ahora que va rematado, porque va vencido del Caballero de la Blanca Luna”.



Comentario

Se inicia el capítulo con un problema que aún sigue estando vivo. Se trata del determinismo en la persona, frente al indeterminismo o libre albedrío. Sancho, a su manera, parte de un punto de vista determinista. Estamos sometidos a la ley del azar o de la Fortuna. La describe como “una mujer antojadiza, y sobre todo ciega y, así no ve lo que hace, ni sabe a quién derriba ni a quién ensalza”.  Él cree que no podemos hacer nada frente a ella, por lo tanto, hay que aceptarla y ponerle buena cara: “cuando era gobernador estaba alegre, ahora que soy escudero de a pie no estoy triste”. Frente a esta postura se sitúa el libre albedrío o capacidad que tiene la persona para hacer  opciones libres de ciertos tipos de restricciones. La literatura Española de esta época está impregnada del libre albedrío. Desde este punto de vista entiendo que se ha de leer este capítulo. La doctrina del libre albedrío fue defendida en la época por el jesuita Luis de Molina. Trató de conciliar la predeterminación con la libertad, planteando que el hombre viene de Dios en cuanto a su ser y del propio hombre en cuanto a su manera de ser. Es decir, estamos determinados por Dios, pero elegimos la forma de actuar. Don Quijote ha discrepado de Sancho, y sostiene una tesis similar a los planteamientos de Molina. No hay Fortuna en el mundo, -nada está determinado-. Lo que sucede es “por particular providencia de los cielos; “cada uno es artífice de su ventura”. Lo anterior corresponde a la tesis defendida por el jesuita Molina. Era la aceptada por la Iglesia. Para muchas teorías modernas, si tomamos a Dios por la naturaleza, el 50% correspondería a Dios o naturaleza y el 50%, a la voluntad humana.

 Otro aspecto que se destaca en el capítulo tiene que ver con la descripción que de sí mismo realiza don Quijote. Nos da a entender que lo que le importa no son los éxitos, sino el esfuerzo de obrar y cumplir su palabra. Decepcionado porque lo había vencido el caballero de la Blanca Luna, le dice a Sancho:

“Atrevime, en fin; hice lo que pude, derribáronme, y, aunque perdí la honra, no perdí, ni puedo perder la virtud de cumplir mi palabra”.

Cierta consideración educativa es la que tienen las palabras de los labradores cuando Sancho ha resuelto el pleito de los corredores: “estudiar y más estudiar, y tener favor y ventura; y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la mano o con una mitra en la cabeza”.  Cervantes, como dice Daniel Eisenberg, en La interpretación cervantina del Quijote, “creía firmemente que la literatura tenía que ser didáctica, que no solamente tenía que entretener y producir un placer estético, sino que también tenía que educar”

En el encuentro con Tosilos, vuelve a salir de nuevo la locura. El ingenio de Sancho se pone de manifiesto una vez más en el uso de debe, expresando probabilidad:” debe de ser”. Frente a éste se sitúa el “debe”, de tener deudas: ¿cómo debe?;  “no debe nada a nadie, que todo lo paga”