miércoles, 26 de octubre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXIII. LA CUEVA DE MONTESINOS: LA EXPERIENCIA ÓRFICA Y LA NECESIDAD REAL

Serían las cuatro de la tarde cuando don Quijote empezó a contarles a Sancho y al primo lo que había visto en la Cueva de Montesinos. Empezó diciéndoles que a los doce estados de profundidad se abre un espacio grande. Como no sabía la profundidad total de la cueva, decidió quedarse allí. Al poco tiempo sintió sueño. Se despertó y se halló en un sitio memorable por su belleza: era el mejor prado que puede criar la naturaleza. No se creía lo que estaba viendo: un hermoso castillo de paredes transparentes.  Montesinos en persona, con la apariencia de un viejo venerable lo recibió. Tenía una barba muy larga e iba vestido con una larga capa que arrastraba por el suelo. Llevaba por los hombros una beca de colegial. Lo primero que le dio fue la bienvenida, diciéndole que llevaba muchos años esperándolo para que le dijera al mundo las muchas bellezas que encierra la cueva. Guiado por Montesinos, fue llevado a una gran sala de alabastro. En un sepulcro estaba el cuerpo de Durandarte. La mano derecha estaba puesta sobre el lado del corazón. Como Montesinos vio que don Quijote estaba sorprendido, retomó la conversación y le dijo que se encontraban allí encantados por obra del mago Merlín. Nadie sabe por qué los encantó. Don Quijote le preguntó a Montesinos que cómo estando muerto Durandarte, algunas veces se quejaba como si estuviera vivo. En ese momento, Durandarte dijo parte de un romance en el que le recordaba a su primo Montesinos que cuando muriera su corazón se le debería llevar a Belerma.

Le respondió Montesinos que hizo lo que le dijo: llevó su corazón, con un  poco de sal para que no oliese mal, a Belerma; el mago Merlín los encantó a todos: a ella, a Durandarte y su escudero, Guadiana; a Ruidera, sus siete hijas y dos sobrinas y a él mismo, Montesinos. Este, le sigue diciendo a Durandarte que su escudero fue convertido en un río; tuvo tanta tristeza cuando lo dejó y ascendió a la superficie de la tierra, que de cuando en cuando sale y se deja ver por las gentes.

Después le comentó que estaba en su presencia el caballero del que le habló Merlín, don Quijote de la Mancha, y que podría ser que por los méritos de tal caballero, fueran desencantados. Durandarte le respondió que si así no fuera, que no se preocupara: “cuando así no sea, ¡oh, primo!, paciencia y barajar” (paciencia y seguir jugando)

A continuación contó don Quijote que vio, a través del cristal de las paredes, una procesión en dos hileras, de hermosas mujeres, vestidas de negro, que lloraban. Detrás de ellas venía Belerma, vestida de negro, era cejijunta, de nariz algo chata, boca grande y dientes colorados. Traía en las manos el corazón amojamado de Durandarte. Montesinos se atrevió a decir que si no fuese por el dolor y malas noches que Belerma pasaba, sería más hermosa que Dulcinea. Tanto irritó esto a don Quijote que le dijo a Montesinos “ya sabe que toda comparación es odiosa, y así, no hay que comparar a nadie con nadie”. Montesinos le pidió perdón.

Intervino a continuación Sancho y el primo. El primero para decirle a don Quijote que por qué no castigó a Montesinos por decir que Belerma era más hermosa que Dulcinea. Don Quijote le respondió que “estamos todos obligados a tener respeto por los ancianos”. Sancho y el primo interrumpieron a Don Quijote, para expresar sus dudas sobre los tres días que decía que había pasado en ese otro mundo, durante los cuales, ni siquiera había comido ni bebido. Como había estado entre encantados, Sancho comentó que aquí se cumplía el refrán “dime con quién andas: decirte he quien eres”. También les dice don Quijote que Montesinos le mostró tres labradoras que por aquellos campos iban saltando: una de ellas era Dulcinea del Toboso. Le dijo también que por allí se veía a otras señoras de los siglos pasados como la reina Ginebra y su dueña Quintañona, dándole vino a Lanzarote.

Sancho cuando oyó todo esto pensó que don Quijote había vuelto a perder el juicio y hubiera sido mejor haberse quedado arriba, “hablando sentencias y dando consejos a cada paso”. Don Quijote añadió que cuando le habló a Dulcinea y no respondió la quiso seguir, pero Montesinos le comentó que no lo hiciese, pues de nada valdría y que había llegado la hora de salir de la sima. Cuando esto decía Montesinos, se acercó una de las labradoras que acompañaban a Dulcinea y en nombre de ella le pidió seis reales. Se sorprendió y le preguntó a Montesinos que cómo era posible que estando encantada tuviese necesidad. Montesinos le contestó que “esta que llaman necesidad adondequiera se usa y por todo se extiende y a todos alcanza”. Solamente le pudo dar cuatro reales, que era lo que llevaba encima. Además le dijo a la labradora que por desencantar a Dulcinea, hará como el Marqués de Mantua para vengar a su sobrino Baldovinos: no comer pan a manteles hasta vengarle.

Se volvió a quejar Sancho de que don Quijote había vuelto a perder el conocimiento, más éste le dijo que todo lo que había visto era verdad y que más adelante le iría contando más cosas.   



Comentario



El tema de este capítulo, la parodia del mundo quijotesco, se nos dio al final del capítulo anterior, cuando don Quijote invoca a los personajes del romance de Montesinos: ¡Oh desdichado Montesinos! ¡Oh malferido Durandarte! ¡oh sin ventura Belerma! ¡Oh lloroso Guadiana, y vosotras sin dicha hijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las que lloraron vuestros hermosos ojos! La invocación se interrumpe porque don Quijote siente hambre y pide que le den de comer, quedando dispuesta la escena para los acontecimientos del cap. XXIII. Dos planos van a configurar la articulación del capítulo: el de la fantasía y el de la realidad. El primero representado por el mundo de los sueños de don Quijote y el segundo por la presencia de Dulcinea, descubriéndonos la Necesidad: diosa agobiante de la realidad social del XVII. También contribuyen a aumentar el plano real, las apreciaciones de Sancho y el primo.

Se inicia la narración dramática, especificando las notas sombrías del  tiempo: “Las cuatro de la tarde serían”;  la luz de la tarde se atenúa por “el sol, entre nubes cubierto, con luz escasa y templados rayos”, ambientando de esta manera los dramáticos hechos que don Quijote va a contar. El auditorio de la escenificación de la tragedia lo forman únicamente dos “clarísimos oyentes”: Sancho y el primo.

A partir de ahora toma la palabra don Quijote contándonos su sueño. Como muy bien señala Ángel Rosemblat, en La lengua del “Quijote”, “Cervantes juega con la tradición poética, porque don Quijote, que hace el relato, cree a pie juntillas en esa tradición y en todo lo que ha visto, con su cruda mezcolanza de épocas, sentimientos y usos”. Don Quijote inicia su descenso a la cueva, contándonos, como señala Avalle Arce, de una manera “artística e hiperbólica”, a base de sinónimos o cuasisinónimos (concavidad y espacio; resquicios o agujeros; bello, ameno y deleitoso) e hipérboles (al hablar del rosario…). A continuación se le aparece Montesinos con una “beca de colegial”. Hay que entender que al último que ve don Quijote al descender a la cueva es al estudiante; por lo tanto, y siguiendo a Avalle Arce, “lo que ha habido es un proceso de contaminación, o de libre asociación, entre los términos estudiante-guía y cueva de Montesinos. Las características externas de uno se han trasvasado al otro”.  Montesinos lo saluda y le da la bienvenida. A continuación encontramos a un don Quijote que, como señala Andrés Murillo, manifiesta incertidumbre acerca de si fue Montesinos quien extrajo el corazón de Durandarte. Estos rasgos de incertidumbre es una señal de un don Quijote más evolucionado que el del 1605, ya que el primero creía  ciegamente en el mundo legendario del romancero.

Después de explicar Montesinos cómo extrajo el corazón de Durandarte y entregárselo a Belerma, nos dice que ella, Guadiana, escudero de Durandarte, la dueña Ruidera, sus hijas y sobrinas, se encuentran allí encantados. Diego Clemencín, explica este suceso, diciéndonos que “Cervantes amplió los rumores populares: supuso que por la cueva de Montesinos pasaba un gran río, como creían los naturales, y fingió que Belerma tuvo una dueña llamada Ruidera, y Durandarte un escudero, llamado Guadiana. De esta manera, Cervantes parodia, de una manera burlesca las metamorfosis mitológicas”.

Montesinos quiere darle esperanza a Durandarte, de que don Quijote los puede desencantar. Se produce aquí una alternancia de niveles lingüísticos, como señala Rosemblat: al lenguaje de los sueños de don Quijote se opone la respuesta de Durandarte, proveniente del lenguaje de los jugadores de naipes: “paciencia y barajar”: fenómeno que le da cierto estilo esperpéntico.

Termina el capítulo con la presencia de Dulcinea, descubriéndonos la cruda realidad económica del siglo: la Necesidad. La labradora le pide en nombre de Dulcinea “media docena de reales, él solamente le puede dar cuatro y la respuesta de Montesinos a la pregunta que don Quijote hace sobre la necesidad económica, responde: “Créame que esta que llaman necesidad adonde quiera se usa y por todo se extiende y a todos alcanza, y aun hasta los encantados no perdona”. Una vez más vemos cómo Cervantes nunca se olvida de escrutar la realidad social de su época.






sábado, 22 de octubre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXII. HACIA LA CUEVA DE MONTESINOS. EL PRIMO. EL SENTIDO DE LA VIDA


Después de pasar tres días en casa de los novios, en los que recibieron copiosas muestras de agradecimiento, don Quijote defendió a Basilio diciendo que No se pueden ni deben llamar engaños los que ponen la mira en virtuosos fines, añadiendo a continuación que El de casarse los enamorados era el fin de más excelencia. Añade a continuación unos avisos a Basilio sobre la importancia de saber llevar la hacienda de la casa, aconsejándole que deje de ejercitarse sobre las habilidades que le dan fama, pero no dinero advirtiendo que el mayor contrario que el amor tiene es el hambre y la continua necesidad, porque el amor es todo alegría, regocijo y contento, y más cuando el amante está en posesión de la cosa amada, con quien son enemigos opuestos y declarados la necesidad y la pobreza”. Sigue con bellos consejos sobre la buena fama de la mujer: “El pobre honrado (si es que puede ser honrado el pobre) tiene prenda en tener mujer hermosa, que cuando se la quitan, le quitan la honra y se la matan. La mujer hermosa y honrada cuyo marido es pobre merece ser coronada de laureles y palmas de vencimiento y triunfo. La hermosura por sí sola atrae las voluntades de cuantos la miran y conocen, y como a señuelo gustoso se le abaten las águilas reales y los pájaros altaneros; pero si a la tal hermosura  se le junta la necesidad y estrecheza, también la envisten los cuervos, los milanos y las otras aves de rapiña: y la que está a tantos encuentros firmes bien merece llamarse corona de su marido. Añade que si alguien le pidiese consejo sobre cómo debe ser la mujer que se elija por esposa, le diría lo siguiente: “Lo primero, le aconsejaría que mirase más a la fama que a la hacienda, porque la buena mujer no alcanza la buena fama solamente con ser buena, sino con parecerlo, que mucho más dañan a las honras de las mujeres las desenvolturas y libertades públicas que las maldades secretas. Si traes buena mujer a tu casa, fácil cosa sería conservarla y aun mejorarla en aquella bondad; pero si la tres mala, en trabajo te pondrá el enmendarla, que no es muy hacedor pasar de un extremo a otro. Yo no digo que sea imposible, pero téngolo por dificultoso.”

Sancho comentó que podría ser un excelente predicador, pues “no hay cosa donde no pique y deje de meter su cuchara” (Lo sabe todo y por lo tanto opina). Al preguntarle don Quijote sobre lo que murmuraba, Sancho le contestó que si ese discurso lo hubiera oído antes de casarse, ahora hubiera podido decir “El buey suelto bien se lame” (Quien es libre hace lo que quiere). Se inició a continuación un breve diálogo sobre los tropiezos que hay en el matrimonio.

Al final se despidieron con intención de ir a ver la cueva de Montesinos y las lagunas de Ruidera. Don Quijote le pidió al diestro licenciado que los acompañó a las Bodas, que les diese un guía que los llevase a las cuevas. El estudiante le dijo que le daría un primo suyo muy aficionado a la lectura de libros de caballerías. Llegó el primo, Sancho aderezó al rucio, proveyó las alforjas y tomaron el camino de las cuevas.

En el camino don Quijote le preguntó al primo cuál era su ocupación. Este le contestó que era humanista, aficionado a las novelas de caballerías y componía libros de provecho y entretenimiento para la república.  A continuación le fue contando los libros que había escrito: de las libreas; Metamorfóseos o Ovidio español;  Suplemento a Virgilio Polidoro, que trata de la invención de las cosa, donde explicaba quién fue el primero que cogió un catarro. Esto, lógicamente, provocó comentarios burlones de Sancho por las necedades y disparates que el primo decía.  

Llegó la noche y se albergaron en una aldea. Al día siguiente, después de comprar cien brazas de soga, se dirigieron a la cueva a la que llegaron a las dos de la tarde. La boca de la cueva era espaciosa, pero estaba llena de arbustos, zarzas y malezas. Sancho sintió miedo por don Quijote. Don Quijote mandó que lo atasen a la soga.  El primo le pidió que averigüe bien lo que hay dentro, pues algunas de las cosas que hallare las podría poner en un  nuevo libro que pensaba escribir, llamado de las  Transformaciones. A esto respondió Sancho que En manos está el pandero que le sabrá bien tañer (Ya sabe lo que tiene que hacer). Después de encomendarse a Dios y a Dulcinea descendió.

Soltaron las cien brazas de soga que tenían. A la media hora empezaron a recoger la soga. Como no pesaba, creían que don Quijote se había quedado dentro. A las ochenta brazas, sintieron peso. Don Quijote salió dormido. Consiguieron despertarlo, pero renegó, porque “le habían quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto y ha pasado”, añadiendo a continuación que “ahora acabo de conocer que todos los contentos de esta vida pasan como sombra y sueño o se marchitan como flor del campo”.

Se sorprendieron de sus palabras y le dijeron que les contase lo que en aquel infierno había visto. Les dijo que se sorprenderían. Pidió de comer: se sentaron, merendaron y cenaron. Después les comunicó que estuviesen atentos a lo que les iba a contar.

Comentario

 Este capítulo enlaza con el anterior a través del tema del matrimonio, que para Cervantes es el fin de los enamorados. Vienen a continuación los consejos que don Quijote le da a Basilio, en el sentido de que abandone las habilidades que le hacen famoso: el lanzamiento de la barra, jugar a los bolos y con la espada. Esto ni da dinero, ni aumenta la hacienda de la casa. El sentido que tienen estas palabras hay que verlo en relación con lo que don Quijote advirtió en el cp. XIX sobre la influencia que los padres deben tener en la elección del matrimonio por los hijos, pues si no “tal habría que escogiese al criado de su padre, y tal al que vio pasar por la calle, a su parecer bizarro y entonado, aunque fuese un desbaratado espadachín”. Como vemos, Cervantes está exponiendo su visión del amor dentro del matrimonio como institución social: “el mayor contrario que tiene el amor es el hambre y la continua necesidad, porque el amor es todo alegría, regocijo y contento…”.

Después de oír el discurso de don Quijote, Sancho murmuraba diciendo que si don Quijote estuviera casado, no hablaría así: El buey suelto bien se lame. Don Quijote le dice: -¿Tan mala es tu Teresa, Sancho? –No es muy mala, pero no es muy buena: o al menos, no es tan buena como yo quisiera. – Mal haces, Sancho –dijo don Quijote-, en decir mal de tu mujer, que en efecto es la madre de tus hijos. –No nos debemos nada –respondió Sancho-, que también ella dice mal de mí cuando se le antoja, especialmente cuando está celosa, que entonces súfrala el mismo Satanás”. El diálogo anterior representa la dimensión humana del viejo matrimonio que tiene que ir salvando los múltiples obstáculos económicos, sociales y psicológicos que la vida le ha ido presentando; es una ligera pincelada de la condición humana, uno de los rasgos por los que El Quijote es un clásico.

El capítulo entra ahora en el viaje a la cueva de Montesinos. Se nos presenta al guía del viaje: el primo: el primo del diestro licenciado, compañero de Corchuelo, que apareció en el capítulo XIX. Es humanista y aficionado a la lectura de los libros de caballerías. Viene en un “pollina preñada”; escribe libros eruditos y sabe quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo y el primero que tomó ungüentos para curarse la sífilis. Como vemos, el primo es la herramienta que utiliza Cervantes para ridicularizar la tendencia que había en el Renacimiento por conocer hechos que no sirven para nada. Don Quijote se lo dice a Sancho – “Más has dicho –Sancho (…), que hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que después de sabidas y averiguadas no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria”.

Las palabras anteriores cobran su valor a la luz de la interpretación que realiza don Quijote sobre el hijo de don Diego de Miranda, en el cap. XVI. No quería escribir poesía en romance. Don Quijote interpreta que no es correcto. Argumenta, utilizando los ejemplos de Homero y Virgilio que escribieron en su lengua; por la misma razón, el hijo de don Diego debería escribir en la suya. Esto es lo que Cervantes quiere destacar: no basta con la erudición pedante y la investigación absurda. Los hechos son significativos si sirven para algo.

 Otro de los aspectos significativos de este capítulo es lo que nos dice de don Quijote cuando de noche llegaron al pueblo: tomaron albergue en la aldea. Don Quijote, en esta segunda parte pasó unos días en la casa del Caballero del Verde Gabán; otros, con Basilio, y ahora se alberga en la aldea. Han ido a comprar soga a una tienda. Estamos viendo a un caballero que cada vez más está dejando de ser “andante”: a Cervantes le interesa resaltar el medio social, como veremos en capítulos posteriores.

El capítulo termina con el descenso de don Quijote a la sima, con el despertar y las impresiones de lo que ha soñado: “me habéis quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado”. Añade a continuación: “ahora acabo de conocer que todos los contentos de la vida pasan como sombra y sueño o se marchitan como la flor del campo”.  Lo anterior es el modo o sentido de entender la vida. Vida, cuyo sentido es tiempo, que hemos de vivir de acuerdo con un ideal. Avalle Arce, en Don Quijote como forma de vida,  lo expresa con estas palabras: “Verdadera lección de heroísmo profundamente humano, de quijotismo esencial: saber que la vida es sombra y sueños, pero vivirla como si no lo fuese. El hidalgo manchego, para dejar de serlo, se empeñó en vivir la vida como una obra de arte...Don Quijote ha descubierto que intentar vivir la vida como una obra de arte es todo vanidad, porque la vida es sombra y sueño. Sin embargo, él no abandonará el ideal, a pesar de estar corroído hasta las entrañas por las dudas."


martes, 18 de octubre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXI. LA ASTUCIA DE BASILIO. EL MATRIMONIO

Estaban don Quijote y Sancho aún en la conversación sobre el poder de la muerte, cuando oyeron todo el fragor de la fiesta. Se aproximaban los novios, acompañados de los participantes en la boda.

Sancho elogió la grandeza con que iba vestida la novia. A don Quijote le parecía que, después de Dulcinea, no había visto una mujer más hermosa que ésta. Cuando los novios llegaban a una plataforma adornada de Alfombras y ramos, en las que se iban a realizar los desposorios, oyeron a sus espaldas una voz que les pedía que se esperaran. Era la de un hombre que iba vestido de negro y rojo, llevaba puesta una corona de ciprés y traía en las manos un bastón grande. Era Basilio. Se dirigió a Quiteria y la acusó de ingrata e injusta por querer hacer “señor de lo que es mío a otro cuyas riquezas le sirven no sólo de buena fortuna, sino de buenísima fortuna”. Después de decirle con despecho a Camacho que para que fuese feliz con Quiteria , lo mejor es que él se suicidara, se arrojó sobre la mitad del estoque que había clavado en la tierra, quedando atravesado de parte a parte en un baño de sangre.

Todos acudieron a ayudarle y don Quijote, cogiéndolo quiso sacarle el estoque, pero el cura aconsejó que no le sacasen el estoque hasta que se confesase del pecado cometido. Basilio puso una condición para hacerlo; antes debería Quiteria aceptarlo por esposo. Todos influyeron en Camacho y en Quiteria para que se aceptase la petición de Basilio, pues sólo le quedaban minutos de vida.

Después de oír tanta petición por parte de los presentes, y entre ellos don Quijote, asintió Camcho. También lo aprobó Quiteria  y, triste y pesarosa, se acercó a Basilio; se puso de rodillas y por señas le pidió la mano. Este, con los ojos desencajados le dijo que en un momento como éste no se podía jugar con la verdad.

Ella, cogiéndole la mano, le contestó que nadie torcería su voluntad y le daba la mano de “legítima esposa” y recibía la de él de su libre albedrío. La respuesta de Basilio fue recíproca. Sancho sospechó que algo raro estaba ocurriendo porque Basilio hablaba demasiado. El cura les echó su bendición. En ese momento, Basilio se puso de pie, se sacó el estoque, al cual servía de vaina su cuerpo. Todos quedaron sorprendidos, diciendo que se había producido un milagro, mientras que Basilio dijo que de milagro nada, sino que había sido maña y astucia, puesto que la espada no había atravesado su cuerpo, sino un tubo lleno de sangre que llevaba preparado.

Todos se tuvieron por burlados y afrentados;  tanto los seguidores de Camacho como los de Basilio desenvainaron las espadas. De inmediato intervino don Quijote para decir que “no es razón toméis venganza de los agravios que el amor nos hace, y advertir que el amor y la guerra son una misma cosa, y así como en la guerra es cosa lícita y acostumbrada usar de ardides y estratagemas para vencer al enemigo, así en las contiendas y competencias amorosas se tienen por buenos los embustes y marañas que se hacen para conseguir el fin que se desea, como no sean en menoscabo de la cosa amada. Quiteria era de Basilio, y Basilio de  Quiteria, por justa y favorable disposición de los cielos (…) a los dos que Dios junta no podrá separar el hombre”.

También intervino el cura y se apaciguaron los ánimos. Camacho pensó que si Quiteria quería a Basilio de soltera, también lo seguiría queriendo después de casada, por lo cual “debía dar gracias al cielo más por habérsela quitado que por habérsela dado”.

Basilio y Quiteria se fueron a su pueblo y allí continuaron las fiestas de Camacho como si realmente se desposara. Los primeros se llevaron consigo a don Quijote por el valor que había mostrado. También los siguieron gran número de personas, pues “también los pobres virtuosos y discretos tienen quien los siga, honre y ampare como los ricos tienen quien los lisonjee y acompañe”.

Sancho, que llevaba en el alma las ollas de la fiesta, se alejó con gran pesar porque tenía que dejarlas.



Comentario  



Se pone fin en este capítulo a las Bodas de Camacho y vamos a ver complementadas ciertas ideas que se van reiterando en el libro.

En el capítulo XIX asistimos al enfrentamiento de los dos estudiantes. Uno utilizaba la fuerza y el otro el arte. Venció el último. El mismo Cervantes, haciéndose eco de las ideas de su época, nos dice que “el cual testimonio sirve y ha servido para que se conozca y vea con toda verdad cómo la fuerza es vencida por el arte”.

La misma idea la volvemos a encontrar en este capítulo, a través de la nueva versión que nos da de la fábula de Píramo y Tisbe. Recordemos que el estudiante, cuando le habla de las bodas de Camacho a don Quijote, le dice que las bodas retomaban los amores olvidados de Píramo y Tisbe. El Píramo del capítulo es Basilio que aparentemente está dispuesto a morir por Tisbe, Quiteria. Ya dije allí que Cervantes le da una nueva solución al problema a través de la oposición arte frente a naturaleza, venciendo el primero.

Antes del desenlace asistimos a la llegada de los novios, a manera de una alegre marcha  procesional, acompañada del cura y la “parentela de entrambos”. El elogio de Sancho a la novia culmina la belleza de este movimiento,  al presentárnosla en el talle “como una palma que se mueve cargada de racimos de dátiles, que lo mismo parecen dijes que trae pendientes de los cabellos y de la garganta”.  Esta admiración se suspende por el suceso que ocurre a continuación: “a la sazón que llegaban al puesto, oyeron a sus espaldas grandes voces…”Es la entrada de Basilio, el nuevo Píramo. Este último se suicida con un puñal cuando ve que las ropas de Tisbe están bañadas de sangre; Basilio también utiliza su espada al creer que el corazón de su amada Quiteria ha sido devorado por las riquezas de Camacho, pero a diferencia del primero utiliza la espada con destreza y artificio. Los asistentes, al levantarse Basilio, gritaron: “!Milagro, milagro!”, pero Basilio replicó ¡No milagro, milagro, sino industria, industria!.  Como señala Casalduero, se ha producido “el triunfo del amor sobre lo social”. El poder económico de Camacho ha sido vencido por la destreza y arte de Basilio, repitiéndose una vez más la tesis que anteriormente Cervantes nos presentó.

Otro de los temas que se presentan en este capítulo es el del matrimonio. Este es para Cervantes la consecuencia perfecta del amor. En el capítulo XIX, nos dice “Quiere hacer uno un viaje largo, y si es prudente, antes de ponerse en camino busca alguna compañía segura y apacible con quien acompañarse”. El juicioso Don Diego de Miranda, cap. XVI. Está casado con una mujer de “sólito agrado”, y es feliz.

En este capítulo se encuentra coincidencias entre Quiteria y Luscinda.  (Historia de Cardenio. cap. 24 … Quijote 1605). Ambas fueron separadas de los amantes de su niñez, por el mismo motivo: los padres preferían para sus hijas un marido rico. Basilio ha sufrido al verse separado de su amada, este sufrimiento nos recuerda el que Luscinda le produjo a Cardenio; sin embargo, las direcciones que siguen ambos son diferentes: Cardenio, la de la desesperación; Basilio la de la astucia y el ingenio.

A lo largo de la acción dramática de las Bodas de Camacho, vamos viendo diversas posturas de don Quijote y Sancho. El primero se pone del lado de Basilio cuando el estudiante cuenta lo que le ocurrió a don Quijote. Sancho se coloca a su lado porque piensa como su mujer, “la cual no quiere sino que cada uno se case con su igual, ateniéndose al refrán de “cada oveja con su pareja”. Añade que “lo que yo quisiera es que el buen Basilio , (…), se casara con esa señora Quiteria, que buen siglo hagan…”. Don Quijote, en el cap. XIX empieza por estar a favor de Camacho – Recordemos que apoya “la elección de los padres de casar a sus hijos con quien  y cuando deben”- . Posteriormente se deja ganar gradualmente por Basilio. De todo lo anterior podemos inferir que los requisitos que Cervantes considera necesarios para que los que se casen puedan llegar a ser felices son que las circunstancias sociales sean semejantes, las diferencias de la edad apropiada y que ambos se quieran.

Lo anterior justifica la tesis de Américo Castro: “Hay determinadas realidades que para él (Cervantes) son de existencia tan evidente como esta luz que nos alumbra. Entre esas realidades morales hay algunas cuya existencia se establece dogmáticamente, y que son en Cervantes verdaderas tesis de combate; entre ellas ninguna de importancia mayor que la libertad amorosa”. La historia de Quiteria y Basilio lo demuestra.




viernes, 14 de octubre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XX. LAS BODAS DE CAMACHO O EL DESBORDAMIENTO DE LOS SENTIDOS

Amaneció. Don Quijote se levantó y llamó a Sancho, pero éste roncaba. Antes de despertarlo,  invocó la suerte que tenía por ser criado, frente a él que es señor y como tal tiene que procurar el sustento a quien le sirve; Sancho dormía, mientras que él velaba.

Sancho se despertó y a lo primero que se refirió es al buen olor a comida que llegaba. A continuación manifestó su opinión sobre la boda, diciendo que el pobre Basilio fue un ingenuo al creer que Quiteria se casaría con él, porque “el pobre debe de contentarse con lo que hallare y no pedir cotufas en el golfo” (no pedir imposibles). Mantiene Sancho que hizo bien Quiteria en casarse con Camacho porque éste tiene bienes y el otro, gracia y habilidades y con esto no se vive, pues sobre un buen cimiento se puede levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es el dinero.

Subieron en sus monturas y se dirigieron al lugar de las bodas. Sancho de inmediato se fijó en la abundancia de comida: se estaba asando un novillo, en cuyo vientre había doce tiernos y pequeños lechones; en las ollas de alrededor se embebía y encerraban carneros enteros. Las liebres sin pellejo, las gallinas sin plumas y las aves, colgadas para que se orearan, eran numerosas. Contó Sancho más de sesenta zaques de vino, había rimeros de pan y una muralla de quesos. Era rústico el aparato de la boda, pero suficiente para sustentar un ejército.

Sancho le pidió a uno de los cocineros que le dejase mojar un mendrugo de pan en una de aquellas ollas; el cocinero le dio un caldero con tres gallinas y dos gansos.

Don Quijote, a través de la enramada vio que entraban doce labradores subidos en sus yeguas, con ricos y vistosos jaeces de campo y con muchos cascabeles en los petrales. Al poco entraron diferentes danzas y entre ellas una de espadas. En una de las danzas bailaban al son de la gaita zamorana jóvenes doncellas hermosas, guiadas por un venerable viejo y una anciana matrona. A continuación entró una danza de artificio, hablada y con figuras alegóricas entre las que se encontraban la Poesía, el Buen linaje, la Valentía, la Liberalidad, el Tesoro y el Interés. Se disputaban la posesión de una hermosa doncella. Al final de la disputa venció el interés. Don Quijote comentó la representación diciendo que el autor de la misma debía de ser un autor satírico, más amigo de Camacho que de Basilio.

Sancho se disponía a chascar su desayuno y, después de contemplar  la escena, dijo: El rey es mi gallo: A Camacho me atengo (Expresión que quiere decir apuesto por el poderoso). Después de recriminarle don Quijote que era de los que “Viva quien vence”, Sancho contesta que “dos linajes solos hay en el mundo (…), que son el tener y el no tener; (…) y el día de hoy, (…) antes se toma el pulso al haber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo enalbardado.

Don Quijote le reprochó lo mucho que hablaba; que antes moriría él que Sancho, con lo cual no lo vería callado. Sancho contestó diciendo que” no hay que fiar en la descarnada, digo en la muerte, la cual tan bien come cordero como carnero; y a nuestro cura he oído decir que con igual pie pisaba las altas torres de los reyes como las humildes chozas de los pobres. Tiene esta señora más de poder que de melindre; no es nada asquerosa: de todo come y a todo hace, y de toda suerte de gentes, edades y preeminencias hinche sus alforjas. No es segador que duerme las siestas, que a todas horas siega, y corta así la seca como la verde yerba; y no parece que masca, sino que engulle y traga cuanto se le pone delante, porque tiene hambre canina, que nunca se harta; y aunque no tiene barriga, da a entender que está hidrópica y sedienta de beber a solas las vidas de cuantos viven, como quien se bebe un jarro de agua fría.”

 Por las palabras anteriores le dijo don Quijote que podría ser un buen predicador, a lo que contestó Sancho que” Bien predica quien bien vive” (El ejemplo persuade más que la palabra).



Comentario

Casalduero comenta los capítulos de las Bodas de Camacho, tomando como referentes ciertas claves de la época: El Barroco. Lo que dice de este capítulo es lo siguiente: “Un diálogo comienza el capítulo XX y lo termina otro diálogo de los mismos personajes; estos diálogos encuadran las vituallas abundantes de la comida de la boda y las damas que la preceden. Un pequeño arabesco ricamente decorativo –blanca aurora, luciente Febo, líquidas perlas , cabellos de oro- sirve de escenario al primer gesto de Don Quijote al despertarse, dramatizando Cervantes el tema del Beatus ille: Don Quijote contempla a Sancho dormido. En cuanto Don Quijote ha dicho su aria ¡Oh tú, bienaventurado! Sancho despierta. El tema aparece completamente renovado; sin embargo, conserva todo el movimiento de gran escuela, en fuerte y poderosos contraste con el despertar del gracioso, quiero decir de Sancho. “Despertó en fin soñoliento y perezoso, y volviendo el rostro a todas partes dijo: -“De la parte de esta enramada sale un tufo y olor harto más de torreznos asados que de juncos y tomillos: bodas que por tales olores comienzan (…) deben ser abundantes y generosas”.

En seguida discuten de la boda, y Don Quijote manda a Sancho que calle. El último diálogo comienza discutiendo la boda de nuevo; dice Don Quijote a su Escudero que calle, y entonces Sancho introduce la muerte: “No hay que fiar en la descarnada, digo, en la muerte, la cual tan bien come cordero como carnero…” Se ve cómo las Bodas de Camacho, todo ese rebosar de la glotonería de los sentidos –olfato, gusto, vista- ha jugado de una manera muy barroca con una muerte muy tragona y devoradora.

“Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado en un asador de un olmo entero, un entero novillo…” Así comienza la descripción de los preparativos del banquete, la cual termina “En el dilatado vientre del novillo estaban doce tiernos y pequeños lechones que, cosidos por encima, servían de darle sabor y enternecer”. Dentro de este encuadre, el espectáculo enorme: carneros, liebres, gallinas, pájaros y caza, arrobas de vino, rimeros de pan, murallas de queso, aromándolo todo un arca de especies. Y para expresar las incapacidades de Sancho para alejar su deseo, le acerca al cocinero, quien le dice que busque un cucharón, y como no lo encuentra, él mismo pone en un caldero gallinas y gansos; pero Sancho no tiene donde echarlos, “Pues llevaos –dijo el cocinero- la cuchara y todo”.

Sancho el glotón se retira al margen de la escena, y las danzas comienzan. Entra primero un tropel de jinetes, que con sus correrías llenan de alboroto el prado, rápidamente seguidos de la danza de las espadas; un cuerpo de doncellas hermosísimas aquieta con su baile esa pulsación para dar lugar a la danza hablada”

Desde un punto de vista social enmarca las Bodas de Camacho Pierre Vilar en El tiempo del Quijote. Este historiador, después de explicar la crisis del XVII, sitúa como una excepción las figuras de los labradores ricos que aparecen en la obra. El momento económico es muy difícil, debido a la fuerte inflación que se ha producido en los precios y en los salarios. Valga como ejemplo que “un hortelano de Castilla que cobraba 3470 maravedís en 1599, percibe 9000 en 1603; entre 1602 y 1605 la fanega de trigo andaluz pasa de 204 a 1301 maravedís”. Ante esta situación de inflación, el dinero del nuevo rico se gana y se desvaloriza tan de prisa que le parece mejor gastarlo en bodas gargantuescas”  (Pierre Vilar)   

Otro aspecto interesante de este capítulo nos lo ofrece la mudanza que pronuncia el Interés en la danza hablada de las ninfas.: Soy el Interés, en quien/ pocos suelen obrar bien,/y obrar sin mí es gran milagro;/por siempre jamás, amén.

Las personas se mueven en su gran mayoría por intereses. Este es un tema recurrente en El Quijote y desde este tema de la filosofía realista  sugiere A. Parker su interpretación. Ya en el cap.XI.I nos dijo Cervantes, cuando habló de la Edad Dorada, que “no había fraude, ni se mezclaba el engaño y la malicia con la verdad y la llaneza”. La verdad, nos viene a decir,  se oscurece por el engaño, la mentira y los intereses de las personas. Como dice A. Parker: “si la causa por la cual las acciones de los hombres se conforman con la realidad o se oponen a ella, la buscamos en el interés de los personajes porque las cosas sean de un modo o de otro, entonces la visión de la vida humana en El Quijote se presta a un análisis que da a la novela, tan valioso en nuestro siglo como el XVII.”

En este sentido, la aserción del interés,- constituye un milagro actuar sin tenerme en cuenta-, es tan verdadera que se constituye en axioma de la vida cotidiana.

  






miércoles, 12 de octubre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XIX. BASILIO Y LA RENOVACIÓN DE LA FÁBULA DE PÍRAMO Y TISBE. TRIUNFO DEL INGENIO


Al poco de alejarse don Quijote de la casa de don Diego de Miranda se encontró con dos estudiantes y dos labradores, subidos en sus asnos, que al verlo se sorprendieron de su figura. Don Quijote los saludó y, después de unirse al grupo de los cuatro, porque llevaban el mismo camino, se presentó diciendo quién era y en lo que se ocupaba: a los labradores todo esto les resultaba incomprensible.

Uno de los estudiantes lo invitó a que los acompañara a una de las bodas más importantes que se iban a celebrar, no lejos de allí: habría danzas de espadas, de “cascabel menudo”  y muchísimos zapateadores. Se casaba Camacho “el rico” con  Quiteria “la hermosa”; aunque están hechos el uno para el otro, los que conocen sus linajes dicen que el de Quiteria aventajaba al de Camacho, pero el dinero puede con todo, pues “las riquezas son poderosas de soldar muchas quiebras”. Le dijo el estudiante que las bodas iban a ser famosas, no sólo por la riqueza con que el novio se disponía a agasajar a los invitados, sino por el despecho que había sufrido el antiguo novio de Quiteria, Basilio. Tal desesperación le recordaba los amores olvidados de Píramo y Tisbe. Basilio, el mozo más completo que se conoce en la zona, tanto en sus cualidades físicas como psicológicas, se enamoró de Quiteria desde muy joven, pero carecía de fortuna.  El padre de la joven, llegado un momento le impidió la entrada en su casa y le ordenó a su hija que se casara con Camacho “el rico” porque tenía más bienes.

Cuando don Quijote oyó la descripción de las cualidades de Basilio, comentó que era merecedor de casarse no solamente con Quiteria, sino con la misma reina Ginebra. Sancho, que oyó lo que dijo don Quijote, le advirtió de que su mujer no era del mismo parecer, pues, según ella, cada uno debe seguir el refrán de “cada oveja con su pareja”. Continúa Sancho, con bastantes prevaricaciones, diciendo otro refrán y poniéndose a favor de los matrimonios por amor.  A lo anterior, don Quijote le respondió que no era de ese parecer, pues “si todos los que se quieren se hubiesen de casar, quitaríase la elección y jurisdicción a los padres de casar sus hijos con quien y cuando deben, y si a la voluntad de las hijas quedase escoger los maridos, tal habría que escogiese al criado de su padre (…) que el amor y la afición con facilidad ciegan los ojos del entendimiento, tan necesarios para escoger estado, y el del matrimonio está muy en peligro de errarse, y es menester gran tiento y particular favor del cielo para acertarle. (…)La de la propia mujer no es mercaduría que una vez comprada se vuelve o se trueca o cambia, porque es accidente inseparable, que dura toda la vida: es un lazo que, si una vez le echáis al cuello, se vuelve en nudo gordiano, que, si no le corta la guadaña de la muerte, no hay desatarle”.

A lo anterior añadió uno de los estudiantes que cuando perdió a Quiteria, Basilio, daba la impresión de que había perdido el juicio. Intervino Sancho, una vez más,  para decir que “Dios, que da la llaga, da la medicina. Nadie sabe lo que está por venir: de aquí a mañana muchas horas hay (…); yo he visto llover y hacer sol, todo a un mismo punto; tal se acuesta sano la noche, que no se puede mover otro día. Y díganme: ¿por ventura habrá quien se alabe que tiene echado un clavo a la rodaja de la fortuna . No, por cierto; y entre el sí y el no de la mujer no me atrevería yo a poner una punta de alfiler, porque no cabría. (…)El amor, según yo he oído decir, mira con unos ojos que hacen parecer oro al cobre, a la pobreza riqueza, y a las lagañas, perlas”.

Increpó don Quijote a Sancho por haber volcado tantos refranes, llamándolo “prevaricador del buen lenguaje”. Sancho se disculpó diciendo que no había estudiado en Salamanca.

A las razones de Sancho, añadió el licenciado que  “no pueden hablar tan bien los que se crían en las Tenerías y en Zocodover (barrios de mala fama) como los que se pasean casi todo el día por el claustro de la Iglesia Mayor, y todos son toledanos. El lenguaje puro, el propio, el elegante y claro, está en los discretos porque hay muchos que no lo son, y la discreción es la gramática del buen lenguaje, que se acompaña con el uso. (…) he estudiado en Salamanca y pícome algún tanto de decir mi razón con palabras claras, llanas y significantes”.

El otro estudiante, que se llamaba Corchuelo y era el más fuerte,  después de ofenderle por las explicaciones que había dado su compañero,  lo retó a que demostrase el arte de su espada. Don Quijote quiso actuar como árbitro. El duro enfrentamiento se resolvió con la victoria del más diestro, demostrándose así cómo el arte vence a la fuerza.  El bachiller Corchuelo quedó extenuado. Se levantó y abrazó a su compañero. Anochecía y se dirigieron al pueblo donde se celebraría la boda. En el prado cercano sonaba la música, corría la alegría y saltaba el contento. Todos se disponían para celebrar las bodas del rico Camacho y las exequias de Basilio. Don Quijote, fiel a su costumbre, y contra la voluntad de Sancho, prefirió dormir en el campo, antes que en el poblado.



Comentario 

Este capítulo, de acuerdo con Casalduero, a quien sigo en el  comentario,  nos muestra el pensamiento de Cervantes sobre el  arte que, a su vez, es la opinión de su época.  De entrada se nos dice que don Quijote se encuentra con dos estudiantes y dos labradores. Los dos primeros se oponen entre sí porque el primero conoce mejor el arte de la espada que el segundo. Los labradores se oponen a los estudiantes por la rusticidad de los segundos, frente a la cultura de los primeros. Nos dice Cervantes que cuando don Quijote dijo que se llamaba “don Quijote de la Mancha” y por apelativo “el Caballero de los leones”, a los labradores “era hablarles en griego o en jerigonza”.

Después de la presentación, uno de los estudiantes lo invitó a las bodas de Camacho “el rico”. Estas bodas eran interesantes, no solamente por la riqueza del contrayente, sino por la tristeza del despechado Basilio. Dicho personaje le recordaba al estudiante la fábula de Píramo y Tisbe: “Es este Basilio un zagal vecino del mismo lugar de Quiteria, el cual tenía su casa pared y medio de la de los padres de Quiteria, de donde tomó ocasión el amor de renovar al mundo los ya olvidados amores de Píramo y Tisbe”. Recordemos que, según el mito,  los dos personajes mueren por amor cuando huyeron  de sus casas para encontrarse junto al monumento de Nino, al lado de una fuente. De esta manera, Cervantes nos trae la tragedia de este mito a la época Barroca, pero dándole un desenlace diferente. El arte se opone a la Naturaleza, resolviéndose dicho contraste con una victoria del primero.  

A continuación viene el diálogo entre Sancho y don Quijote sobre la influencia que los padres deben tener en la elección y jurisdicción de casar a sus hijos “con quien y cuando deben”. Sobre el matrimonio nos dice que “es un lazo que, si una vez le echáis al cuello, se vuelve en el nudo gordiano, que, si no lo corta la guadaña de la muerte, no hay desatarle”. Lo anterior es un reflejo de las costumbres de la época. Frente a esto se sitúa la opinión de Sancho, tomando partido por “que se casen los que bien se quieren”; comete ciertas prevaricaciones lingüísticas: “friscal por fiscal”, que le sirven a don Quijote para introducir el tema de la pureza de la lengua. Si la opinión de Cervantes la identificamos con la de don Quijote, tenemos aquí una prueba  de que los consejos de Cervantes, en la actualidad, no serían aceptados por muchos, en lo que se refiere al matrimonio cristiano.

A continuación se nos presenta el enfrentamiento entre el estudiante que domina el arte de la espada y el que representa la fuerza. Vence el primero: “el cual testimonio sirve y ha servido para que se conozca cómo la fuerza es vencida por el arte”.

Este planteamiento de Cervantes, el de la superioridad del ingenio, lo vemos una vez más en las palabras del estudiante cuando dice que presume “de decir mi razón con palabras claras, llanas y significantes”; este tema, la pureza de la lengua, y el del arte de la esgrima están expresando lo mismo: la Naturaleza es vencida por el arte. “Esta nota repetida de ingenio, traza, está apuntando al desenlace de las bodas de Camacho” ( Casalduero)


miércoles, 5 de octubre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XVIII. LA CASA DE DON DIEGO DE MIRANDA. INGENIO Y POESÍA





Era la casa de don Diego Miranda ancha como de aldea. El blasón familiar estaba encima de la puerta; la bodega, en el patio; la cueva en el portal y, a su alrededor, muchas tinajas. Recibieron a don Quijote con gran cortesía, su esposa doña Cristina y su hijo don Lorenzo. Ambos se sorprendieron de su extraña figura.

Don Quijote entró en una habitación y, ayudándose de Sancho, se quedó en valones y en jubón. Estaba muy sucio y tuvo que utilizar cinco o seis calderos de agua para lavarse; debido a los requesones, el agua se quedó de color de cuero. Después se cubrió con un herreruelo de buen paño.

Salió don Quijote al comedor de la casa; doña Cristina dio a entender que conocía la cultura de la buena mesa y todo lo dispuso con mucho orden. Su hijo, don Lorenzo, le había preguntado a su padre por don Quijote y le contestó que realizaba acciones de loco, pero que hablaba con gran discreción. Le pidió que hablara con él y juzgara si era discreción o tontería lo que don Quijote opinaba. Cuando se encontraron le dijo don Quijote a don Lorenzo que su padre le había hablado de lo buen poeta que era. Este contestó que no se consideraba importante en la poesía. Don Quijote le respondió que no le parecía mal esa humildad, “porque no hay poeta que no sea arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mundo”.  Después de preguntarle por los versos que componía, le dijo que “si son de justa literaria, procure vuestra merced llevar el segundo premio, que el primero siempre se le lleva el favor o la gran calidad de la persona, el segundo se le lleva la mera justicia, y el tercero viene a ser segundo, y el primero, a esta cuenta, será el tercero, a modo de licencias que se dan en las universidades; pero con todo esto, gran personaje es el nombre de primero”. Dado que se interesó por la ciencia que había cursado don Quijote, éste le respondió que la de la caballería andante. A continuación le dijo que era la más completa del mundo. Negó don Lorenzo que hubiera en la actualidad caballeros andantes; don Quijote le replicó que rezaría por él para que saliera del error,  pues hacían mucha falta,  debido a que se había impuesto la pereza, la ociosidad, la gula y el regalo. Don Diego le preguntó a su hijo su impresión sobre don Quijote y éste le contestó que era un loco, lleno de lúcidos intervalos.

Comieron. La comida, tal y como le dijo don Diego fue limpia, abundante y sabrosa. Don Quijote se sorprendió del silencio que había en la casa. Le pidió a don Lorenzo que dijese los versos que había preparado para la justa literaria. Don Lorenzo dijo dos poemas: a) una glosa, cuyo tema era el conflicto entre el deseo de volver al tiempo pasado o la desesperación que puede suponer ver el futuro; b) un soneto a la fábula de Píramo y Tisbe, que viviremos después en las Bodas de Camacho.  Una vez oídos, don Quijote los elogió mucho. Don Lorenzo, aunque don Quijote estaba loco, estimó mucho el encomio; con razón se dice “¡Oh fuerza de la adulación, a cuánto te extiendes, y cuán dilatados límites son los de tu jurisdicción agradable

Después de cuatro días en casa de don Diego, pidió licencia para marcharse, pues quería seguir con su oficio, buscando aventuras.  Se despidió, diciéndole que tenía que ir a Zaragoza, donde iba a intervenir en unas justas que se celebraban. Antes visitaría la Cueva de Montesinos.  Sancho partió con tristeza porque dejaba la casa de don Diego y su abundante comida. Antes de salir quiso don Quijote darle un último consejo a don Lorenzo, diciéndole que “sólo me contento con advertirle a vuesa merced que siendo poeta podrá ser famoso si se guía más por el parecer ajeno que por el propio, porque no hay padre ni madre a quien sus hijos le parezcan feos, y en los que lo son del entendimiento  corre más este engaño”.

Dicho lo cual partieron don Quijote y Sancho, no sin que quedaran sorprendidos el padre y el hijo de las razones de don Quijote así como de sus obsesiones por las aventuras.

Comentario 

Una de las ideas que se reiteran en este capítulo es la oposición entre apariencia y realidad. Este tema, desde el libro de Américo Castro, El pensamiento de Cervantes, se viene interpretando como una de las cuestiones centrales en Don Quijote. Este planteamiento se aprecia, tanto en el Caballero del Verde Gabán, como en su hijo Don Lorenzo.

El profesor Joaquín Casalduero, en el libro Sentido y forma del Quijote, cuando analiza este capítulo, lo hace desde la oposición que se establece entre La Casa y el Camino, así como entre Ingenio y Naturaleza.

Casalduero analiza este capítulo junto con el XVI y el XVII, pues los tres constituyen una unidad narrativa en torno a la figura del Caballero del Verde Gabán. “En el XVI, don Diego, narra su vida, cuyo sentido lo revela ingenuamente Sancho, cuando se arrodilló para besarle la mano, porque lo considera un santo; en el XVII, la aventura de los leones delimita lo social; Don Quijote hace y dice; por último, en el capítulo XVIII, haciendo juego con la exposición de la ciencia de la poesía, habla don Quijote de la otra ciencia, la única que la supera, la ciencia de la caballería”  (Casalduero).

Después de comer, don Lorenzo dijo sus dos poemas: un glosa en la que con el tema del conflicto entre el deseo de volver al tiempo pasado o la desesperación que puede suponer ver el futuro, nos expone Cervantes una de las temáticas de la poesía del Barroco. “Vivir en perpleja vida, / ya esperando, ya temiendo”, es una desesperación que sólo tiene salida con la muerte, pero aquí se encuentra, como dice Casalduero, el espíritu de la época,: el temor al más allá. Esto es lo que dicen los versos: “me da la vida el temor/ de lo que será después”.

Otra de las ideas que Cervantes expuso por boca de don Quijote es la de la oposición entre Naturaleza e Ingenio; si recordamos, lo hizo en el capítulo XVI, cuando aconsejó a Don Diego sobre el respeto que debía tener a la elección que en los estudios hacía su hijo. Allí nos dijo que el poeta nace y se perfecciona con las reglas del arte. Pero hizo hincapié en que es la Naturaleza la que da el poeta. Estas ideas se prolongan en este capítulo en los poemas de don Lorenzo.

Según Casalduero, la casa de Don Diego de Miranda, encierra una clara oposición con las que anteriormente hemos visto y especialmente se opone al camino. Sancho se marcha con pena pues “rehusaba de volver a la  hambre que se usa en las floresta y los poblados”.

Nos encontramos con “Don Quijote enfrente de una dama y dos caballeros: la familia de los Miranda. El padre sabe latín; el hijo latín y griego; doña Cristina “sabía y podía regalar a los que a su casa llegaban. Don Diego nos aleja definitivamente del tipo de vida del Renacimiento, y aunque separando la enorme distancia, nos dirige hacia la forma de vida del siglo XVIII. Es la vida del Caballero perfecto…El silencio que se respiraba en la casa es una forma de vida espiritual” (Casalduero).  

En este capítulo hemos visto cómo la dialéctica de la vida entre el pasado y el futuro, Cervantes la ha elevado a la zona de la poesía; la de los hidalgos, nos ha elucidado lo que, según Casalduero, será el modelo de caballero del  siglo XVIII.