lunes, 27 de junio de 2011

CAPÍTULO LII. EL ENFRENTAMIENTO CON LOS DISCIPLINANTES. LLEGADA DE DON QUIJOTE A SU ALDEA








A todos les gustó el relato del cabrero Eugenio. El canónigo resaltó que el cura había dicho la verdad cuando dijo que los montes criaban letrados.

Don Quijote se le ofreció para ayudarle a sacar a Leandra del monasterio, cumpliendo con su misión de favorecer a los necesitados. El cabrero, que desconocía a don Quijote, quedó confundido al oírlo y ver el aspecto que tenía. Por este motivo preguntó quién era. El barbero se lo explicó, diciéndole que era don Quijote de la Mancha. El cabrero respondió que por su forma de hablar “debía tener vacío los aposentos de la cabeza”. Don Quijote se sintió molesto y le contestó diciendo que tenía mejor cabeza que jamás tuvo “la muy hideputa puta que os parió”.

No se quedó en esto don Quijote, sino que cogiendo un pan se lo lanzó al cabrero a la cara. Se enzarzaron en un remolino de mojicones y quedaron los dos con las caras ensangrentadas. Los que los miraban se reían y los azuzaban, sólo Sancho quería intervenir para ayudar a su amo, pero un criado del canónigo se lo impedía.

Estando en la refriega oyeron el sonido triste de una trompeta. Don Quijote le pidió al cabrero que detuvieran la pelea por una hora, dado que podría haber algún necesitado de sus favores. Prestaron atención y vieron una procesión de hombres vestidos de blanco, a modo de disciplinantes que imploraban al cielo que lloviese.

Los disciplinantes traían en procesión una imagen de la Virgen María, vestida de negro. Don Quijote pensó que llevaban a una señora secuestrada y llamando a Rocinante, cogió su armadura y,  haciendo caso omiso a todos, que le pedían que se parase, tomando la espada, se plantó delante de ellos y les dijo que dejasen en libertad a la hermosa y triste dama,  que tanto iba sufriendo.

Los disciplinantes cuando lo oyeron empezaron a reír. Esto enfureció más a don Quijote y, cogiendo la espada se dirigió contra ellos. Uno de los que llevaban las andas en las que iba la Virgen, se enfrentó a don Quijote con la horquilla en la que descansaban las andas. Don Quijote se la partió con la espada, pero con el trozo de horquilla que le quedó le dio tal palo a don Quijote en el hombro que cayó al suelo como un muerto.

Todos los que acompañaban a don Quijote, corrieron a socorrerlo. La procesión de los disciplinantes, al verlos venir, creyeron que iban a por ellos; se aglutinaron en torno a la virgen. Los disciplinantes alzaron los capirotes y empuñaron las disciplinas; los clérigos, los cirios. Estando  los dos batallones enfrentados, uno de los curas conoció a otro. Pronto, uno le dijo al otro quién era don Quijote.

Sancho realizó una lamentación a don Quijote, diciéndole ¡Oh humilde entre los soberbios y arrogante con los humildes, acometedor de peligros…imitador de los buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines, en fin, caballero andante, que es todo lo que decir se puede!. Con las voces y gemidos, revivió don Quijote y le pidió a Sancho que lo pusiese en el carro encantado porque iba malherido y no podía subir sobre Rocinante, esperando poder realizar otra salida que fuera de más provecho.

Todos se volvieron a poner en marcha. Los disciplinantes continuaron en su procesión. Los acompañantes de don Quijote se separaron, pidiéndole el canónigo al cura que le informase de la salud de don Quijote.

Continuó el carro con don Quijote. Llegaron a su aldea a los tres días; era domingo y todos se apresuraron a ver lo que el carro traía. Un muchacho se lo dijo al ama y a la sobrina, éstas, con lágrimas y gritos, lanzaban maldiciones a los libros de caballerías.

También llegó la mujer de Sancho y de inmediato le preguntó por los regalos que les traía a ella y a su hija. Sancho le contestó que se sentía muy orgulloso de ser escudero de un caballero andante. Que en la próxima salida esperaba poder hacerla condesa u ofrecerle alguna ínsula. Al desconocer ella el significado, Sancho le contestó que “no es la miel para la boca del asno”.

A don Quijote lo llevaron a su casa. El cura les pidió al ama y a la sobrina que procurasen que no se volviese a escapar. A su vez volvieron a maldecir a los libros de caballerías y a sus autores.

El ama y la sobrina se imaginaron que cuando don Quijote sanase se volvería a marchar.  El autor de la historia quiso indagar en los hechos de la tercera salida, pero sólo pudo hallar vagas noticias en unos pergaminos encontrados en una caja de plomo en poder de un médico.



Comentario

El último capítulo se organiza en tres bloques en torno a la figura de don Quijote: a) La pelea con el cabrero; b) El enfrentamiento con los disciplinantes; c) El regreso a su aldea.

El enfrentamiento con el cabrero , Eugenio, nos recuerda el que tuvo don Quijote con Cardenio en su primera intervención en el capítulo 24. Si recordamos, cuando Cardenio se sintió ofendido por don Quijote, le lanzó “un guijarro que halló junto así y dio con él en los pechos tal golpe a don Quijote, que le hizo caer de espaldas”. En este capítulo es don Quijote quien se siente maltratado por el cabrero y “arrebató de un pan que junto así tenía y dio con él al cabrero en todo el rostro, con tanta furia que le remachó las narices”.

c) El enfrentamiento con los disciplinantes. Las procesiones basadas en creencias supersticiosas se han dado desde el siglo XV en España. Era frecuente realizar deprecaciones o plegarias, en algunas ocasiones acompañadas de disciplinas, que utilizaban los disciplinantes para flagelarse. Las disciplinas eran unos instrumentos hechos de cáñamo, con varios ramales, cuyos extremos o canelones son más gruesos y sirven para azotar. Estos azotes se los daban públicamente en las procesiones como un acto de fe. Goya, cuyo cuadro pongo al principio, los inmortalizó.

La escena resulta cómica: por una parte los que acompañan a don Quijote, acercándose a él al creerlo muerto; por otra, los disciplinantes, preparados con las disciplinas para hacerles frente.

Es de destacar también el perspectivismo lingüístico de Sancho cuando realiza el planto porque cree que don Quijote ha muerto a consecuencia del golpe que le da uno de los que portaban las andas con la horquilla. Este llanto de Sancho es doloroso para él y risible para los demás (Basanta). También merece resaltarse la apreciación hiperbólica de Sancho en torno al tiempo que lleva con don Quijote, después de la segunda salida, “hace poco más de dos semanas (17 días, según el cálculo de Vicente de los Ríos; Sancho da ocho meses” (A. Basanta).

c) El regreso de don Quijote a su aldea. Unamuno, al ver en el personaje el símbolo de la fe, destaca el desprecio que sienten hacia don Quijote, “al llevarlo a su aldea, al mediodía de un domingo, para mayor burla y chacota.”

En este mismo bloque vemos a un Sancho bastante quijotizado, pues adopta una postura superior hacia su esposa. Pasa de aprender con don Quijote a enseñar a su esposa, Juana Panza, polionomasia que es frecuente en el libro. Ya antes se le llamó Juana Gutiérrez y Mari Gutiérrez.

El capítulo termina planteando la continuación de la novela, El Quijote de 1615. Don Quijote saldrá con intención de ir a Zaragoza, pero luego dejará su ruta para ir a Barcelona y así dejar por mentiroso a Avellaneda, autor del apócrifo Quijote.












jueves, 23 de junio de 2011

CAPÍTULO LI. HISTORIA DE LEANDRA



Comenzó el cabrero su historia contando que cerca de allí hay una aldea muy rica. En ella habitaba un rico y honrado labrador y tanto que aunque es anejo al ser rico el ser honrado (es decir, recibir honores y tener honra), él lo era más por la virtud que por los bienes. De lo que más orgulloso se sentía, según él, era de tener una hija de dieciséis años,  famosa por su virtud y elogiada por todos por su belleza.  Su fama se extendió por todas partes; su padre miraba por ella, y ella por sí misma, puesto que “no hay candados, guardas ni cerraduras que mejor guarden a una doncella que las del recato propio”.

La riqueza del padre y las cualidades de la hija provocaron que fueran muchos los pretendientes que tenía; pero especialmente había dos con más posibilidades: Anselmo y Eugenio (el cabrero que cuenta la historia). El padre no se pronunciaba por ninguno de los dos, pues cumplía con su obligación: dejar que Leandra, su hija, escogiera de acuerdo con su voluntad.

Por esta época llegó a la aldea un joven soldado, se llamaba Vicente de la Roca y era hijo de un labrador pobre. A los doce años se marchó con un capitán que por allí pasó. Regresó después de doce años, vestido a la soldadesca. Aunque sólo tenía tres trajes, los combinaba con arte y aparentaba que tenía un gran vestuario. Se adornaba con plumas, se colgaba dijes y contaba fantasiosas aventuras.  Era muy fanfarrón, decía que había matado más moros que hay en Marruecos y en Túnez, juntos. Se las daba de poeta y componía romances de cualquier cosa que pasase. De este Vicente de la Roca se enamoró Leandra y como “en los casos de amor no hay ninguno que con más facilidad se cumpla que aquel que tiene de su parte el deseo de la dama”, se marcharon los dos, llevándose ella muchas joyas de casa de su padre.

Todos quedaron  impresionados, especialmente Anselmo y Eugenio; su padre triste y sus parientes afrentados. Los buscó la justicia. Se encontró a Leandra a los dos días, semidesnuda en una cueva. Según ella, Vicente la había engañado y la había robado. Reiteró varias veces que no le había quitado el honor; solamente le robó las joyas y el dinero que llevaba.

El mismo día que apareció Leandra, su padre la encerró en un monasterio. Todos opinaron del asunto: unos decían que había sido debido a su poca edad; otros, a causa de su desenvoltura.

Todos los pretendientes quedaron desconsolados, pero especialmente Anselmo y Eugenio. Ambos se hicieron pastores; vagaron con sus rebaños por los valles y montes vecinos y juntos con otros que también sufrieron el desengaño, convirtieron el lugar en una pastoral Arcadia en la que por todas se oye el nombre de la hermosa Leandra. Está en boca de todos: unos la maldicen y otros la perdonan; pero todos las deshonran y todos la adoran.



Comentario

Ya Menéndez y Pelayo destacó que el Quijote es todo un mundo poético completo en que aparecen reflejadas todas las novelas contemporáneas de Cervantes. Este se las asimiló y las incorporó a su  obra, subordinándolas a la pareja inmortal que le sirve de guía. A este respecto, cita Menéndez y Pelayo, la novela pastoril en el episodio de Marcela y Grisóstomo, (capítulo XII - XV) y la de Basilio y Quiteria, que veremos en los capítulos 19, 21 y 22 de la 2ª parte.

La novela sentimental, cuyo prototipo sería la Cárcel de Amor, de Diego de San Pedro, explica las relaciones sentimentales que contienen las historias de Cardenio, Luscinda y Dorotea ( capítulos 24, 25, 27-32, 36, 37, 42, 44, 45, 47).

La novela psicológica se ensaya en El curioso impertinente (cap. 33-35)

La afirmación anterior de Menéndez Pelayo, en el sentido de que las novelas anteriores tenían una estrecha relación entre ellas y los protagonistas principales del Quijote, ha sido analizada por Porras Collantes.  Cuando comparamos los personajes de Cardenio – Luscinda con Vicente y Leandra, encontramos las siguientes relaciones: Cardenio pide a Luscinda por esposa al padre, pero quien finalmente la engaña es Fernando. Eugenio pide por esposa a Leandra a su padre, pero quien la convence con sus vistosas apariencias es Vicente de la Roca.

A Dorotea salen a buscarla cuando se marcha de su casa con su criado. También a Leandra, encontrándola semidesnuda a los tres días.

Luscinda se encierra en un monasterio, al igual que Camila, la del Curioso Impertinente (capítulos 33-35). También a Leandra la encierra su padre en un monasterio.

Cardenio se marchó a los bosques cuando don Fernando le quitó a Luscinda. Desde allí los maldecía y quedó enajenado. También Eugenio y Anselmo se hacen pastores, se retiran al valle y se quejan de Leandra.

Cuando la comparamos con la historia de Marcela y Grisóstomo encontramos las siguientes relaciones: Tanto Marcela como Leandra son mujeres muy hermosas, conocidas por sus cualidades en sus aldeas y en los alrededores; sin embargo hay una diferencia fundamental: Marcela es una mujer orgullosa, con voluntad propia. Pedro, el pastor que nos habla de ella, la maldice porque muchos hombres se enajenan por ella. Ella discurre con total autonomía y racionaliza un discurso que perfectamente se puede equiparar con el de la mujer en el siglo XXI. Sin embargo, Leandra es una mujer antojadiza que se deja llevar por el oropel y las palabras de Vicente. En este sentido serían mujeres antitéticas.

Grisóstomo comparte con Eugenio y Anselmo que se marchan a los bosques para mitigar el dolor que les produce la pérdida de Marcela y Leandra.

Con esta última y breve novelita se cumple una categoría más de Don Quijote: ser el crisol de las novelas del tiempo de su autor.    









   

martes, 21 de junio de 2011

CAPÍTULO L. DON QUIJOTE, EL CANÓNIGO, EL CABALLERO DEL LAGO. EL CABRERO



Después de la intervención del canónigo volvió a tomar la palabra don Quijote para ensalzar los libros de caballerías. Da respuesta al canónigo, utilizando los siguientes argumentos: a) El uso que se hace de los mismos: les gustan a todos: son leídos y celebrados por los letrados y los ignorantes; b) Nos explican todo lo referente al linaje del héroe; c) No pueden ser mentira, pues se imprimen con licencia de los reyes; d) Provocan alegría en quien los lee y destierran la melancolía.

 Para explicar esto último, recrea el célebre episodio del Caballero del Lago, tomado del libro segundo del Amadís de Gaula, relatándolo con todo lujo de detalles. Un caballero está mirando un lago, lleno de serpientes y otros animales espantables. Una voz triste le pide ayuda y, sin pensárselo dos veces se arroja en él. De pronto se encuentra en un bello paraje ante un castillo rodeado de piedras preciosas que le hacen pensar que “el arte, imitando a la naturaleza, parece que allí la vence”

Estando en esta situación, salen del castillo unas doncellas bellísimas que lo acogen, lo lavan y llevándoselo a una sala le ofrecen toda clase de deliciosos manjares; estando mondándose los dientes, entró la más hermosa doncella de todas ellas, se sentó a su lado y le entretuvo contándole la historia del castillo. Le aconseja que lea estos libros, pues le quitarán la tristeza y el abatimiento, si tiene alguno. A continuación afirma que desde que es caballero andante, se siente valiente, liberal, generoso y cortés. Añade que en el momento  que tenga oportunidad, demostrará el agradecimiento que su pecho encierra, pues “el pobre está inhabilitado de poder mostrar la virtud de liberalidad con ninguno, aunque en sumo grado la posea, y el agradecimiento que sólo consiste en el deseo es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras”. Pide a continuación que la fortuna le dé ocasión de poder realizar alguna aventura por la que pueda favorecer a sus amigos y especialmente a Sancho con algún condado, aunque teme que no lo sepa gobernar.

Sancho, que oyó lo anterior, le replicó que conquistase condados, que ya los gobernaría; si no supiera, los arrendaría a alguien que se los administrase, como hacen muchos terratenientes. El canónigo que lo oyó le dijo que “al administrar justicia ha de atender el señor del estado, y aquí entra la habilidad y buen juicio, y principalmente la buena intención de acertar: que si ésta falta en los principios, siempre irán errados los medios y los fines, y así suele Dios ayudar al buen deseo del simple como desfavorecer al malo (al mal deseo) del discreto”. Le replica Sancho con una serie encadenada de razones basadas en la codicia. Intervino don Quijote para afirmar que quiere hacer a Sancho conde, lo mismo que Amadís de Gaula hizo a su escudero conde de la Ínsula Firme.

El canónigo se admiró tanto de los disparates del don Quijote sobre la aventura del Caballero del Lago, como de las simplezas de Sancho en su deseo de alcanzar el condado.

Entre tanto volvieron de la venta de Juan Palomeque los criados del canónigo con víveres. Se sentaron todos a comer. Llegó hasta ellos una cabra que se había separado del rebaño. Detrás llegó el cabrero. Dirigiéndose a la cabra le dijo que volviera al rebaño, pues si vos que las habéis de guiar y encaminar andáis tan sin guía y tan descaminada, ¿en qué podrán parar ellas?

El canónigo invitó a echar un trago al cabrero para tranquilizarlo. Este les dijo que no lo tomaran por loco, pues sabía cómo tratar con los hombres y con las bestias. A lo anterior contestó el cura diciendo que por experiencia sabía muy bien “que los montes crían letrados y las cabañas de los pastores encierran filósofos”.

El cabrero pidió permiso para sentarse y contar un cuento que pusiera de manifiesto lo que el cura había dicho. Sancho quiso salir de la reunión y retirarse a un arroyo a comer tranquilamente una empanada. El canónigo le pidió al cabrero que iniciase su cuento.



Comentario



Edward C. Riley  analizó el Quijote en Teoría de la novela en Cervantes. Sostuvo allí la tesis de que la crítica a las novelas de caballerías se realiza en el libro de dos maneras: a) desde juicios sobre estas novelas, ejemplo de ello es el capítulo dedicado al escrutinio de la biblioteca de don Quijote, en el que Cervantes, por boca del cura nos realiza la crítica de estos libros (capítulo VI); b) mediante la ficción misma. Recordemos que ya en el capítulo I, don Quijote pensó en acabar el libro de don Belianís de Grecia: “muchas veces le vino el deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbasen”. Por lo tanto, vemos que don Quijote vivía de tal manera la ficción caballeresca que hasta se llegó a sentir escritor y escribir sobre ella.

En otras ocasiones, vive de tal manera las historias caballerescas que se las inventa. Recordemos que en el capítulo XXI, Sancho le dice a don Quijote que se deben de poner al servicio de algún Emperador para cobrar nombre y fama, pues las aventuras que están realizando se desconocen. A esto replica don Quijote que previamente “es menester andar por el mundo, como en aprobación, buscando las aventuras, para acabando algunas se cobre nombre y fama…”A partir de aquí se inventa la historia del Caballero del Sol, al que reciben en el reino, se enamora de la princesa y termina heredando el reino, después de casarse con la princesa.

Esta crítica a las novelas en forma de ficción son parodias. “La originalidad de Cervantes, dice Riley, no reside en ser él mismo quien las parodie, sino en hacer que el hidalgo loco las parodie involuntariamente en sus esfuerzos por darles vida, imitando sus hazañas”. En este afán por vivir la literatura se encuentra este capítulo, en el que aparece El Caballero del Lago. Don Quijote, a imitación de este caballero, que se enamoró de la doncella,  se siente “valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido…etc.”

Otro de los aspectos que hay que destacar en el “gran lago de pez hirviendo a borbollones” es que, el caballero, después de tirarse al agua para ayudar a la doncella, después de agasajarlo con una suculenta comida, se sienta y tranquilamente se monda los dientes, señal inequívoca de que había comido, cosa que nos recuerda, en el Lazarillo, el episodio del Escudero. Se pone de manifiesto, una vez más la ironía y la burla cervantina en la evocación del hambriento Escudero, que aparecía saciado, cuando en realidad estaba hambriento.

Como ya he señalado las perspectivas del Quijote son muchas. En esta, el canónigo nos ofrece la visión de una persona juiciosa, que busca la verdad y trata con respeto a don Quijote. También es de destacar la quijotización de Sancho. Este, desde la codicia, le pide a su amo que le dé un condado, que ya se las arreglará para administrarlo y poder vivir de las rentas que le produzca.

No menos importancia tienen los valores que nos comunica el Canónigo sobre la justicia, corolario de otros muchos valores que Cervantes nos ha ido comunicando a lo largo del libro.
Las palabras del Canónigo a Sancho sobre el buen gobierno adveran ya, como sostiene Vicente delos Ríos, en su Análisis del Quijote," que Cervantes las preparó de antemano -se refiere a los dictámines y disposiciones de Sancho durante el gobierno, en II, 45 -,pues al hablarle del buen modo de gobernar, le asegura que lo principal es la buena intención de acertar".

   


viernes, 17 de junio de 2011

CAPÍTULO XLIX. DISTINCIÓN ENTRE LO HISTÓRICO Y LO LITERARIO



Sancho, cuando le hizo la pregunta a don Quijote sobre sus necesidades, se dio cuenta de que siguiendo ese argumento, podría demostrarle el engaño con que le llevaban. Así pues, le planteó otra similar: si los encantados son los que se sienten tan tristes que ni comen, ni duermen, ni sienten necesidades corporales;  él no estaría encantado, pues come, bebe y según dice siente los mismos apremios que todos. A lo anterior replica don Quijote que las formas de encantamiento pueden cambiar con los tiempos y “contra el uso de los tiempos no hay qué argüir ni de qué hacer consecuencias”. Por lo tanto insiste en que va encantado, pues si no lo sintiera así tendría escrúpulos de conciencia, pues habría dejado de ejercitar su vocación: ayudar a los necesitados. Sancho, que quería que don Quijote volviese a la realidad de sus aventuras, insiste en que procure salir de la jaula en la que va; diciéndole que él le ayudaría.

Llegaron a un lugar en el que los estaban esperando el cura y los demás. Cuando los alcanzaron, Sancho le pidió al cura que dejase en libertad a don Quijote, pues si no lo hacía, habría olores insoportables en la jaula. El cura asintió, después de que también se lo pidiera el canónigo y don Quijote prometiera no marcharse.

Después de que don Quijote saliera de la jaula, el canónigo, con el interés de distinguir la mentira de la verdad, le argumentó a don Quijote que las lecturas de los libros de caballerías, por la cantidad de falsedades que dicen, habían convertido a un entendimiento juicioso como el suyo, como se probaba cuando no hablaba de caballerías, en una persona que tiene que ir en una jaula, encerrado, como si fuese un tigre o un león. Cuando a él le caía en las manos un libro de estos, lo arrojaba contra la pared por las falsedades que cuentan. Le aconseja a don Quijote que lea la Sagrada Escritura y libros, cuya referencia sea la historia: sobre Viriato, César, Anibal,…etc.

Don Quijote, después de oír, atentamente al canónigo, inició un diálogo con él con la intención de mostrarle lo mal informado que estaba, que tales libros de caballerías no le habían hecho daño alguno, que no podían ser mentirosos, pues eran leídos masivamente, que los Amadises existieron y que el engañado y encantado era él.

En su alegato anterior en favor de los libros de caballerías, don Quijote fue mezclando personajes históricos con ficticios. Por esta razón volvió otra vez a intervenir el canónigo para realizarle algunas precisiones en lo que se refiere a las diferencias entre unos personajes y otros. Insiste, una vez más, en que hay que leer con juicio y no creerse “tantas y tan extrañas locuras como las que están escritas en los disparatados libros de caballerías”. 



Comentario

Lo más significativo de este capítulo es una vez más los diálogos entre don Quijote y Sancho primero y, entre don Quijote y el canónigo después. Son mucho los críticos que han resaltado este aspecto del Quijote. Dámaso Alonso, en el ensayo anteriormente comentado: Sancho-Quijote; Sancho-Sancho, ha señalado la gran trascendencia literaria que alcanza el diálogo en la  gran obra de Cervantes. A este respecto dice: “Son escasas, en el Quijote, las acotaciones del propio Cervantes, las veces  en que el autor trata de comentar las reacciones psicológicas de los personajes. Unid las escasas, mínimas e indispensables indicaciones de las circunstancias que ( en contraposición a sus novelas breves) se dan en el Quijote. Toda la obra resulta así dramatizada, concierto y oposición de almas que se nos hacen transparentes en el diálogo”.

El diálogo se anuncia ya en el prólogo. Si lo recordamos, el autor se inventa un amigo con quien dialogar para poder desdoblar la acción, es decir, crear la perspectiva, por lo tanto no es de extrañar que el diálogo constituya la estructura principal de la novela.

Desde esta línea de pensamiento, Criado de Val, dice que “Muchos de los problemas con que tropieza la crítica  del Quijote hallarían su solución si pudiésemos cambiar el plano en que tradicionalmente se ha colocado el libro; si en lugar de encasillarlo en el concepto tradicional de novela, antepusiéramos el de coloquio al que en realidad pertenece por su estructura estilística, especialmente con los coloquios, cuyo precedente es, entre otros autores, Erasmo “

Claudio Guillén, -según cita John J. Allen, en su edición para la ed. Cátedra,- nos dice que “el diálogo activo que sostiene Cervantes con las normas explícitas e implícitas de la literatura de su tiempo, se encuentra entre otros en el diálogo sobre la literatura entre don Quijote y el canónigo”.

En este capítulo se centra el canónigo en dos aspectos: a) Hay que distinguir la ficción de la historia; b) Se debe leer de manera crítica.

Este personaje es uno de los que en el libro buscan la verdad en el sentido que en capítulos anteriores expliqué. La verdad es la correspondencia con los hechos. Sus juiciosas palabras vienen siempre ahormadas por la certeza y la sinceridad; al mismo tiempo trata de elucidar los textos que deben leerse y los que son perjudiciales. 




miércoles, 15 de junio de 2011

CAPÍTULO XLVIII. OPINIONES DEL CANÓNIGO SOBRE EL TEATRO


Tomó la palabra el cura para decir que se debería reprender a los que escriben libros de caballerías sin tener en cuenta las reglas del arte. El canónigo le reveló que él mismo tuvo la tentación de escribir un libro de caballerías y que incluso llegó a tener escritas más de cien hojas, que incluso se las dio a leer a personas entendidas y a ignorantes, gustándoles a todos, pero que no siguió adelante por no ser cosa de su profesión y por ser mayor el número de ignorantes que el de entendidos que las celebraban, y no quería someterse al juicio del vulgo.

 Pasa a continuación a criticar la teoría dramática que se está imponiendo, en alusión al Arte nuevo de hacer comedias, de Lope de Vega. Divide las comedias en “imaginadas e históricas”; unas y otras se caracterizan por los disparates que dicen y la falta de verosimilitud. Estas comedias que ahora se representan no guardan las tres unidades: lugar, tiempo y acción; están llenas de anacronismos y atribuyen verdad histórica a lo que es puramente imaginado. Estas obras les gustan al vulgo; sus autores las escriben y los actores las representan porque les dan dinero. No obstante, hay comedias que siguen las reglas del arte. Se refriere a la Isabela, La ingratitud vengada, La Numancia, El Mercader amante y La enemiga favorable. Las que se escriben de acuerdo con las reglas del arte, muy pocos las entienden, y no se venden.

La razón anteriormente dicha: escribir un libro de caballerías, de acuerdo con las normas del arte, no sería vendible. Por eso él dejó de escribirlo, pues le pasaría como “al sastre del cantillo”  ( “de la esquina, que cosía de balde y ponía el hilo”).

El cura es de la misma opinión que el canónigo, y  parte de la siguiente  premisa: “la comedia, según le parece a Tulio, (debe ser) espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres y imagen de la verdad, las que ahora se representan son espejos de disparates, ejemplo de necedades e imágenes de lascivia”. Pone ejemplos que demuestran que las comedias que se representan no respetan las tres unidades. Las de tema religioso tampoco dicen la verdad. Los extranjeros, al ver con qué descuido hacemos nuestras comedias, sin guardar las leyes de las mismas, nos toman por bárbaros e ignorantes.

A partir de los argumentos anteriores considera que en las repúblicas bien ordenadas, el fin principal del teatro es “entretener a la comunidad”, pero esto se conseguiría mejor con buenas comedias que critiquen el vicio y ensalcen la virtud. Pone el ejemplo de autores perfectamente dotados para conseguirlo, aludiendo a Lope de Vega, si no lo realizan es porque el público le pide otro tipo de obras y en consecuencia los autores escriben obras que sean vendibles.

Sugiere que para evitar lo anterior, personas entendidas en la corte deben dar su aprobación para poderlas representar. A la misma conclusión llega con los libros de caballerías “que de nuevo se compusiesen”, enriqueciendo nuestra lengua del agradable y preciosos tesoro de la elocuencia, dando ocasión que los libros viejos se oscureciesen a la luz de los nuevos que saliesen”.

En esta conversación iban cuando llegaron al valle que había dicho el barbero. El canónigo dijo que comerían allí. Mandó a un criado a la venta de Juan Palomeque el Zurdo, a por comida.

Sancho, apartándose del cura, le dijo a don Quijote que no iba encantado, sino engañado. Don Quijote no se lo creyó, contestando que todo era obra de encantadores. Sancho le dijo que le haría unas preguntas cuya respuesta le dirían a don Quijote la verdad. Le dice Sancho que los encantadores no sienten necesidad “de hacer aguas mayores o menores”.  Al no entender don Quijote la expresión hacer aguas, Sancho le dice que si ha “sentido ganas de hacer lo que no se excusa”, a lo que don Quijote replica: “!Sácame de este peligro, que no anda todo limpio!”



Comentario

La primera cuestión que se plantea en este capítulo es la revelación que el canónigo le hace al cura sobre el proyecto ya iniciado de un libro de caballerías del que tiene escritas más de cien páginas, pero como se atiene a las reglas del arte, es decir, que sea verosímil lo que se cuenta y apoyado en los hechos, esto al público no le interesa y por lo tanto desiste de continuar.

El cervantista, Daniel Eisenberg, en La interpretación cervantina del Quijote, al que en capítulos anteriores nos referimos, cree que el tal libro de caballerías existió, se trataba de Bernardo. Este libro, anunciado en el prólogo a su último libro, Persiles, tendría como referencia la figura de Bernardo del Carpio, “arquetipo del héroe hispano”. En capítulo anterior, expuso el canónigo cuál debería de ser el libro de caballerías ideal: que ensalzara la virtud y tomara como referencia las cualidades de los héroes clásicos.  Esta sería la obra, que según Eisenberg, le daría a Cervantes la misma fama que a Homero y Virgilio.

El siguiente aspecto que hay que destacar en el capítulo son las opiniones del canónigo sobre el teatro. Sobre este asunto opina Alborg “Cervantes, coinciden los críticos, sintió cierta frustración teatral. Su preocupación por el teatro se manifiesta, no solamente en lo que dice el canónigo en este capítulo, sino en las referencias que hay en El coloquio de los perros, en la Adjunta al Parnaso, y en el Prólogo a las ocho comedias.  Del conjunto de las ideas expuestas por Cervantes en todos estos pasajes, los comentaristas cervantinos  extraen dos consecuencias básicas: primera, la escasa consistencia o densidad del pensamiento teórico de Cervantes sobre el arte dramático, pensamiento dictado más por su resentimiento de autor fracasado contra su triunfador rival, Lope de Vega, que por su coherente sistema de principios; segunda, la falta de adecuación entre sus palabras y sus obras, puesto que en sus propias comedias se sirve muchas veces de los mismos recursos que censuraba a los demás.

 








domingo, 12 de junio de 2011

CAPÍTULO XLVII. LA SALIDA DE LA VENTA Y LA LLEGADA DEL CANÓNIGO DE TOLEDO



Don Quijote, al verse enjaulado en un carro de bueyes, llamó a Sancho para mostrarle su extrañeza, diciéndole que lo que él había leído en los libros de caballerías sobre los caballeros, cuando eran encantados, era que solían ser trasladados, bien en alguna nube o subidos en algún hipogrifo; en cambio iba él subido en un carro de bueyes, moviéndose con gran lentitud. Sancho le contestó que “no era católico” (no era cierto) todo lo que decía. No entendió el sentido don Quijote y respondió que era evidente que no podía ser católico, puesto que eran demonios los que allí iban. Sancho, que notaba el perfume de don Fernando, contestó que de demonios nada, pues estos huelen a azufre y allí se olía a ámbar.

Se adelantó la salida para que Sancho no le explicase a don Quijote lo que estaba pasando. El grupo, organizado por el cura, salió de la siguiente manera: abría la marcha el carretero con el carro, don Quijote, sentado en la jaula, con las manos atadas, tendidos los pies y arrimado a la verja; flanqueaban el carro los dos cuadrilleros de la Santa Hermandad, con sus escopetas. Sancho, subido sobre el rucio, tiraba de Rocinante; algo más retrasados, el cura y el barbero sobre sus mulas. La ventera, su hija y Maritornes, fingiendo que lloraban salieron a despedirlo.

Don Quijote al verlas llorar quiso consolarlas, diciéndoles que lo que le ocurría era propio de los caballeros andantes importantes, porque los que no lo son les tienen envidia; “pero al final se impondrá la virtud, vencedora de todo trance y dará luz en el mundo como la da el sol en el cielo.”. Después pidió perdón por si algún mal había hecho. Se despidieron también los que en la venta estaban, especialmente don Fernando, que le insistió al cura que le escribiese contándole cómo le iba a don Quijote. Especial despedida tuvo el ventero, pues, ya que no sabía leer, le entregó al cura un cartapacio en el que iba la novela de Rinconete y Cortadillo, junto con la del Curioso impertinente.

Después de haber andado dos leguas, la comitiva fue alcanzada por un grupo a cuyo frente venía un canónigo de Toledo. Al verlo de esta manera les preguntó a los cuadrilleros la razón por la que lo llevaban así.  Al no saber decirla ellos, Don Quijote le contestó que sólo respondería si sabía algo de la caballería andante. Al decirle el canónigo que la conocía muy bien, don Quijote le dijo que iba encantado en la jaula por la envidia y mala fe de los encantadores, pues “la virtud más es perseguida de los malos que amada por los buenos”. El cura, que lo estaba oyendo, reiteró lo que dijo don Quijote, argumentando que era “el Caballero de la Triste Figura, cuyas valerosas hazañas serán escritas en bronces duros y en eternos mármoles”.

Sancho, que se había dado cuenta de todo, le espetó al cura que don Quijote no iba encantado, sino preso, pues los encantados, según él ha oído decir ni comen, ni duermen ni hablan, y su amo “habla más que veinte procuradores”. Le echa en cara al cura lo mal que lo está haciendo, porque “donde reina la envidia no puede vivir la virtud, ni donde hay escaseza la liberalidad”. Después de decirle que por su culpa don Quijote no se ha casado con la princesa Micomicona, comprendía lo que se suele decir: “que la rueda de la fortuna anda más lista que una rueda de molino y que los que ayer estaban en pinganitos (arriba) hoy están por el suelo”. Especialmente lo sentía por sus hijos, que no lo verían entrar en el pueblo “como gobernador o visorrey de alguna ínsula o reino”. Después de recriminarle el barbero a Sancho que se estaba volviendo como su amo, Sancho le replicó diciendo que “si ínsulas deseo, otros desean cosas peores, y cada uno es hijo de sus obras; y debajo de ser hombre puedo venir a ser papa (y por el hecho de ser hombre, puedo ser papa); pasa después a decirle que “algo va de Pedro a Pedro”, es decir, no todos somos iguales, por lo tanto, diferencias hay entre él y don Quijote.

El barbero no le quiso responder para no descubrirle a don Quijote lo que pasaba. El cura le hizo una señal al canónigo de que se adelantara para explicarle todo lo que pasaba a don Quijote.

El canónigo comentó el daño que hacen los libros de caballerías, pues “este género de escritura cae dentro de las fábulas milesias, que son cuentos disparatados, que atienden solamente a deleitar, y no a enseñar, al contrario de lo que hacen las fábulas apólogas, que deleitan y enseñan juntamente”. Parte del principio de que es agradable aquello que es verosímil y se adapta a la realidad, por lo tanto es desagradable aquello que manifiesta desproporción y falta de realidad. Pone como ejemplo el caso de una batalla en el que se enfrentan el protagonista del libro “contra un millón de competientes …. ¿habemos de entender que el tal caballero alcanzó la victoria por solo el valor de su fuerte brazo?. Pasa a continuación a dar reglas sobre cómo escribir: “Hanse de casar las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren, allanando las grandezas, suspendiendo los ánimos, admiren, suspendan alborocen y entretengan, de modo que anden a un mismo paso la admiración y la alegría juntas; y todas estas cosas no podrá hacer el que huyere de la verosimilitud y de la imitación, en quien consiste la perfección de lo que escribe”.

A pesar de todo lo anterior, dijo que la materia era adecuada para un buen escritor, siempre que describiera bien el ambiente y las cualidades del protagonista, no perdiendo nunca el fin de los escritos: “enseñar y deleitar juntamente”.



Comentario

Don Quijote, lo ha dicho muy bien Lázaro Carreter, es una novela “que va transitando por el mundo del lenguaje y la literatura, por lo tanto parece lógico que nos preguntemos por los antecedentes de la escena en la que vemos a don Quijote enjaulado en el carro de bueyes. La parodia vuelve a hacer acto de presencia, en este caso de una novela de caballerías medieval, de las leyendas artúricas, Li chevaliers de la charrete, (El Caballero de la Carreta) de Cherétien de Troyes, de la segunda mitad del siglo XII, en la que el protagonista, Lancelot, Lanzarote en los textos hispanos, es transportado en una carreta, conducida por un enano. En esta parodia caballeresca, que es el Quijote, Cervantes, la tuvo en cuenta cuando imaginó el regreso de don Quijote a su aldea. (Martín de Riquer)

Importancia tiene también en este capítulo el habla de Sancho, ya explicada en el comentario del capítulo anterior.

El tercer aspecto que hay que destacar en este capítulo tiene que ver con la teoría literaria de Cervantes que ha empezado a exponer el canónigo de Toledo. Antes debemos recordar que en el prólogo nos dijo Cervantes  por boca del amigo “…que, si bien caigo en la cuenta, este vuestro libro…todo él es una invectiva contra los libros de caballerías…”. Por lo tanto, la premisa inicial del libro es la de ser un alegato contra estos libros. Lo hemos visto con ejemplos, especialmente de don Quijote. Este pierde la razón cuando alguna cuestión caballeresca se cruza por su imaginación. Cuando esto no ocurre, razona con cordura. A este respecto conviene recordar a Huarte de San Juan en su Examen de Ingenios, ya explicado.

Hemos visto a otros personajes como el ventero o Maritornes, con un nivel cultural muy bajo, que son también seguidores de estos libros.

Entre las razones que da el canónigo están: “atienden solamente a deleitar y no enseña”; están llenos de disparates; hay desproporción de las partes con el todo y del todo con las partes: pone el ejemplo de un mozo que da una cuchillada  a un gigante, tan grande como una torre y lo divide en dos partes.

Pasa a continuación a decir que aunque los que los componen los escriben tratando cosas falsas y por lo tanto, “no están obligados a mirar con delicadezas ni verdades”, no por ello se ha de evitar que traten las mentiras como si fueran verdades, es decir, lo que digan ha de ser creíble.

Los libros de caballerías podrían ser buenos si la historia se contase bien, es decir, que fuera razonable. Para ello se ha de unir la fantasía con la verosimilitud. Se han de explicar bien las cualidades del héroe. Pone a continuación una serie de antonomasias, identificando las cualidades con las personas que más destacaron: Ulises, en la astucia; Eneas, en la piedad; Aquiles, en la valentía…etc. Pues bien, estas cualidades “son las que pueden hacer a un varón ilustre, ahora poniéndolas en uno solo, ahora dividiéndolas en muchos “.

Este capítulo es especialmente significativo porque la teoría literaria de Cervantes, queda acrisolada con ejemplos positivos y negativos sobre la manera de escribir un libro.














jueves, 9 de junio de 2011

CAPÍTULO XLVI. DON QUIJOTE ENJAULADO



Los cuadrilleros persistían en llevarse preso a don Quijote, pero el cura se opuso argumentando que don Quijote estaba loco. Esto lo eximía de sus actos, por lo tanto lo deberían dejar en libertad.

También arregló el cura el problema de la bacía, para ello le entregó al barbero, a escondidas de don Quijote, ocho reales, considerando saldada la deuda. Consiguió también que Sancho le  cambiase la albarda, pero no las cinchas y la jáquimas

Los criados aceptaron que don Luis, acompañado de uno de ellos, se marchara con don Fernando. Esto le produjo mucha satisfacción a doña Clara.  El ventero, a la vista de que el barbero cobró la bacía, también exigió que se le pagase por los destrozos que don Quijote causó en los cueros de vino. Los abonó don Fernando, también se ofreció a pagarlos el oidor. Zoraida entendió que había llegado el sosiego y todos quedaron tan tranquilos que aquello había dejado de ser el campo de Agramante.

Viéndose don Quijote libre quiso continuar con el compromiso que tenía con  Micomicona  y le rogó que partieran ya, pues tenía ganas de verse con su contrario, ya que “la diligencia es madre de la buena ventura, y en muchas y graves cosas ha mostrado la experiencia que la solicitud del negociante trae a buen fin el pleito dudoso; pero en ningunas cosas se muestra más esta verdad que en las de la guerra, adonde la celeridad y presteza previene los discursos del enemigo.” Dorotea contestó que quedaba a su disposición.

Don Quijote, al argumento de que “en la tardanza está el peligro” le dijo a Sancho que ensillara a Rocinante para salir de inmediato. Sancho, con voz y gesto socarrón, le contestó que por lo que había visto aquella señora que dice ser reina de Micomicona, no lo era más que su madre, pues “andaba hocicándose con alguno de los presentes”. Oído esto, don Quijote, tartamudeando,  montó en cólera contra Sancho. Intervinieron Dorotea y don Fernando para decirle que lo perdonara, pues algún encantador le habría hecho ver a Sancho lo que decía.  Don Quijote lo perdonó; Sancho contestó que aceptaba lo del encantamiento, pero el manteo que recibió no era cosa de encantadores, sino de gente de la venta.

Pasaron dos días y al cura le pareció lógico que deberían volver con don Quijote a su aldea para curarle la locura. Decidió que lo llevarían enjaulado, diciéndole que iba encantado. Aprovecharon que pasaba por allí un carro de bueyes, para pedirle al carretero que le preparase en la carreta una jaula con palos enrejados. Una noche, cuando don Quijote dormía, se cubrieron los rostros y se disfrazaron. Entraron en la habitación de don Quijote y le ataron de pies y manos. Cuando se despertó, creyó estar nuevamente encantado, y las extrañas figuras, fantasmas del castillo. Cuando a hombros lo sacaban del aposento, se oyó una voz que infundía pavor. Era la del barbero, que en lenguaje refinado y extravagante, le anunciaba que aquella aventura terminaría cuando el “león manchado” yaciera con “la blanca paloma tobosiana”, fruto de lo cual nacerían unos bravos cachorros que imitarían al padre. Posteriormente, dirigiéndose a Sancho le dijo que no dejaría de percibir el salario que don Quijote le había prometido.

Oído lo anterior, don Quijote dijo sentirse dichoso por la buena profecía que le habían hecho. Respecto a Sancho le pidió que no lo dejara, pues en el supuesto de no poder darle la ínsula prometida, había dejado en su testamento lo que se le debería de entregar. Sancho, le besó las manos. Posteriormente cogieron la jaula en hombros para acomodarla en el carro de los bueyes.





Comentario

Poderoso caballero es don dinero. Qué verdad encierra el refrán. El cura tiró de él y pronto se suprimió la discordia del campo de Agramante. Por ocho reales, el barbero se dio por satisfecho para dejar de reclamar su bacía. Sancho le cambió la albarda y todos tan contentos. Si a eso sumamos que el ventero cobró por los destrozos de don Quijote,  ¡aquí paz y después gloria!. Razón tiene en este caso Unamuno cuando al comentar este capítulo, nos dice que el dinero puede con todo, también con la fe. No es la fe del carbonero, sino la del barbero, como dice don Miguel.     

Don Quijote no se podía librar de su locura. Sigue pensando como un caballero andante, pero en el que alternan, como sostenía Huarte de San Juan, rasgos inteligentes.  Le dice a Micomicona que hay que salir pronto, partiendo de una premisa cierta: “La diligencia es madre de la buena ventura…”. Más adelante sus palabras lo buen a situar en el estatus del orate al identificar la venta de Juan Palomeque el Zurdo, por un castillo. A Dorotea no le interesa buscar la verdad, porque esto irritaría a don Quijote, así que le sigue la corriente y decide cumplir lo que don Quijote le diga. A la razón de que “en la tardanza está el peligro”  le apremia a Sancho para que ensille a Rocinante.

Lázaro Carreter, explicó en un luminoso artículo: La prosa de El Quijote, que el mayor mérito del libro está en recoger la realidad del habla de su tiempo y ponerla en boca de sus personajes, independizarlos por completo de su creador. “Cuando se asegura que éste funda la novela moderna, esto es lo que esencialmente quiere afirmarse: que Cervantes ha enseñado a acomodar el lenguaje a la realidad del mundo cotidiano”. El lenguaje de don Quijote, es el de su mundo: el de los libros de caballerías.

La heterofonía del mundo cotidiano la encontramos en este capítulo en el habla de Sancho. Este, proviene de una clase humilde, baja, tanto económica como cultural. Su habla, de acuerdo con la premisa anterior, tiene que ser rústica. Cuando don Quijote le dice que ensille a Rocinante para seguir en la aventura de la princesa Mitomicona, contesta con voz socarrona: “!Ay, señor, señor, y cómo hay más mal en el aldegüela que se suena, con perdón sea dicho de las tocadas honradas!. Martín de Riquer, advierte que la expresión “tocadas honradas” se solía usar para pedir perdón cuando se tenía que decir algo desagradable o picante en presencia de damas. Sancho hace un pícaro y grosero juego de palabras porque ha visto ciertas actitudes amorosas de don Fernando para con Dorotea.”: “esa señora que se dice ser reina del gran reino Micomicón no lo es más que mi madre, porque a ser lo que ella dice no se anduviera hocicando con algunos de los que están en la rueda”.

Después de la ira de don Quijote, el habla vuelve a la normalidad y expresa la lucidez e inteligencia de Dorotea para convencer a don Quijote, pidiéndole que  disculpe a Sancho por haber sufrido el encantamiento que ocurre en el castillo “podría ser que hubiese visto por esta diabólica vía lo que él dice que vio tan en ofensa de mi honestidad”.

El lenguaje vuelve a tomar la prosa alambicada y ridícula de los libros de caballerías en la voz del barbero cuando advierte a don Quijote que no se sienta humillado por ir como va, pues terminará cuando yazga con Dulcinea.

En estos breves registros lingüísticos hemos visto cómo la palabra queda ahormada, una vez más, a la procedencia social y cultural de los interlocutores














martes, 7 de junio de 2011

CAPÍTULO XLV. CAMPO DE AGRAMANTE





Una vez que Sancho dijo que aquello era un baciyelmo, el barbero se esforzó en demostrar que era una bacía: la suya. Intervino el barbero, maese Nicolás, el amigo de don Quijote. Se puso de parte de don Quijote, para seguir la burla; argumentaba que su oficio era barbero, que llevaba cuarenta años de servicio y que aquello no era bacía, sino yelmo, aunque no entero, pues también había sido soldado y tenía conocimientos para hablar así. Lo confirmaron también los amigos de don Quijote: el cura, Cardenio y don Fernando.

El barbero no salía de su asombro de ver convertido su bacía en yelmo y su albarda en jaez de caballo. Don Quijote intervino para decir que en lo del albarda-jaez, él no entraba, pero sí volvía a reiterar que aquello era un yelmo. Dado que la disputa persistía, don Fernando lo sometió a votación, con el resultado de que aquello era jaez de caballo.

Los que conocían a don Quijote se reían, pero los que los desconocían, como era el caso de  don Luis, sus criados y los cuatro hombres que acababan de llegar a la venta, lo consideraban un disparate.  El dueño de la albarda dijo que estaba en lo cierto que lo era, pero allá van leyes, donde manda reyes ( Los poderosos actúan como quieren”). Don Quijote que oyó esto, intervino para decir que cada uno coja lo suyo y a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga (“es necesario resignarse ante la suerte de cada uno”).

Uno de los criados de don Luis y uno de los cuadrilleros de la Santa Hermandad afirmaron que aquello era una albarda y el que dijere lo contrario, mentía. Don Quijote que se creyó insultado, cogiendo con rabia la lanza, la quiso romper en la cabeza del cuadrillero que lo dijo. Por suerte no le dio, pero la lanza se hizo pedazos. Los cuadrilleros se dispusieron a prender a don Quijote. Sus amigos lo protegían y, “la venta se convirtió en un campo de batalla en el que la confusión era tan grande que nadie sabía con quién luchaba, entre llantos, voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, palos y desmayos.”  A la vista de lo que estaba ocurriendo, don Quijote se creyó metido en la discordia del campo de Agramante y, viendo la trifulca,  dijo: “quiero que veáis por vuestros ojos cómo se ha pasado aquí y trasladado entre nosotros la discordia del campo de Agramante (Fig. “Lugar en el que hay mucha confusión y en que nadie se entiende”. Agramante es un personaje del Orlando furioso). Todos se tranquilizaron y dejaron de aporrearse, quedándose, hasta el día del juicio,  la albarda por jaez, la bacía por yelmo y la venta por castillo en la imaginación de don Quijote.

Los criados de don Luis persistían en que se fuera con ellos, pero como el oidor había hablado con él y con don Fernando, éste llevado de su rango social convenció a los criados de que don Luis lo acompañaría a Andalucía. Estaría bajo la protección de su hermano, pues se negaba a regresar a su casa.

Todo transcurría con tranquilidad hasta que uno de los cuadrilleros reconoció a don Quijote como el que había liberado a los galeotes. Quiso apresarlo porque así lo ordenaba una orden y, cogiendo a don Quijote de la camisa, pidió ayuda a sus compañeros de la Santa Hermandad. Don Quijote respondió cogiéndole a él por el cuello. Una vez que don Fernando los soltó, inició don Quijote un discurso justificando lo que había hecho: “¿Saltear de caminos llamáis al dar libertad a los encadenados, soltar a los presos, socorrer a los miserables, alzar los caídos, remediar los menesterosos?. Con varias preguntas  más trató de persuadir a los que querían detenerlo que el caballero andante tiene como ley su espada, por fuero sus bríos y por premáticas (o decretos), su voluntad.



Comentario

Vemos hoy un capítulo que considero axil, por las interpretaciones que los críticos dan, para entender la verdad en el Quijote. Se trata de la polémica sobre el yelmo de Mambrino y la albarda-jaez que se entabla en la venta.

Una vez más recurrimos al tantas veces nombrado Pensamiento de Cervantes, de Américo Castro. Para este autor, Cervantes continúa la línea de pensamiento que se abre en el Renacimiento, definida, a partir de Descartes,  como idealismo. Las cosas no son lo que son, sino lo que parecen ser. Este parecen ser, surge de nuestra interpretación, la cual está modelada por la idea o conciencia que tengamos de las cosas. Por lo tanto, parece lógico que haya distintos pareceres, ya que la conciencia que tengamos de la cosa está modelada por la experiencia, exclusivamente personal,  que tenemos de ella.  Coge Américo Castro para demostrarlo, el siguiente pasaje, sacado de este capítulo: “ Andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan…, y así, eso que a ti te parece bacía de barbero me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa”.

De acuerdo con la tesis anterior, don Quijote es el mayor representante de la opinión estrictamente personal. Este punto de vista da lugar a sostener una ética o  comportamiento que es coherente con la naturaleza de cada uno, es decir, la realidad, la valoro o la refracto en función de mi experiencia. Castro dice lo siguiente: “El tema y la preocupación de Cervantes giraban en torno a cómo afectase a la vida de unas imaginadas figuras el hecho de que el mundo de los hombres y de las cosas se refractara en incalculables aspectos. Hoy llamamos a eso “relatividad de los juicios de valor”. En esta línea de pensamiento encontramos estas palabras de don Quijote, cuando le dice a los cuadrilleros de la Santa Hermandad, que lo van a apresar: ¿Quién ignoró que en los caballeros andantes su ley es su espada, sus fueros sus bríos, sus premáticas su voluntad?.

Alexander A. Parker, publicó un artículo “El concepto de verdad en el Quijote”, en el que partiendo del análisis que realizó Castro, sostiene una tesis completamente opuesta. Castro, como vimos, sostiene la tesis de que la verdad, está modelada por la conciencia u opinión que cada uno tenga de las cosas: es nuestra naturaleza quien modela la verdad. Parker analiza uno de las afirmaciones de don Quijote, a la que se refirió Castro y cité anteriormente: “Andan entre nosotros…. Las cosas, dice Parker, “parecen hechas al revés, no porque lo sean en realidad, sino por obra de encantadores…Estos encantadores son los hombres mismos”. Son los hombres los que transforman la realidad en función de lo que les interesa. Don Quijote, transforma la bacía en Yelmo de Mambrino, llevado de la megalomanía con la que quiere convivir. Megalomanía que aprendió en los libros de caballerías, que son una fuente de mentiras. Don Fernando, Maese Nicolás -el barbero-, Cardenio y el Cura, mienten por reírse de don Quijote y porque quieren llevárselo a su casa y no le quieren contradecir. Sancho sabe que la albarda no es el jaez del caballo, pero apoya esto último porque le interesa. Cuando se tiene que pronunciar por la bacía, dice que es baciyelmo: con esto complace a don Quijote.

Unamuno, en Vida de don Quijote y Sancho, sostiene una tesis en la línea de Américo Castro. Lo importante en don Quijote es la fe. Esta es la que mueve a la voluntad. Es más importante que la inteligencia, pues si la voluntad mueve montañas, voluntad es lo que hace falta en la vida para salir adelante. Don Quijote, símbolo de la fe, cree ciegamente que aquello es yelmo. La creencia, sostiene Unamuno, es necesaria para mantener despierta la voluntad. Necesitamos creer en algo, nos dice don Miguel.










sábado, 4 de junio de 2011

CAPÍTULO XLIV. EL OIDOR Y DON LUIS. EL ENREDO DEL BACIYELMO





Tales gritos daba don Quijote que todos se despertaron asustados. Maritornes, que supuso de inmediato lo que pasaba,  se dirigió al pajar y le soltó la muñeca. Cayó al suelo a la vista de todos. Se levantó con gravedad, se quitó la soga de la muñeca y, subiéndose sobre Rocinante, adarga en el brazo y lanza en ristre, se dirigió a todo aquel que osase desmentir el encantamiento que había sufrido.

El ventero les advirtió de la locura de don Quijote a los hombres que estaban en la puerta. Estos le preguntaron por un mozo de unos quince años que andaban buscando, vestía de mozo de mulas y tenían órdenes de su padre de llevarlo a su casa. El ventero dijo no saber nada por el mucho personal que había en la venta. Uno de ellos vio el coche del oidor y supo que era el coche que el joven seguía. Pronto se distribuyeron para dar con él.

Tanto Dorotea como Clara se levantaron, una para conocer y la otra para ver a la persona que cantaba. Don Quijote se irritaba más al no recibir el aprecio de nadie. Uno de los hombres se acercó al mozo, llamándolo don Luis y le dijo que la aventura había terminado. Le explicó la pena que su padre sentía por la ausencia del hijo y cómo tenía orden de llevarlo a su casa. Después de explicarle cómo habían dado con él, lo invitó a que se volviera con ellos. Al oponerse don Luis, argumentando “soy libre y volveré si me diere gusto”,  el mozo que dormía a su lado se dirigió a Cardenio y le contó lo que pasaba. Pronto intervinieron todos los demás, advertidos por Dorotea sobre la historia que Clara había contado. Los hombres estaban empecinados en llevárselo. Tuvo que intervenir el oidor que pidió conocer los sucesos desde el principio. Al darse cuenta que era su vecino don Luis, le preguntó por los motivos del disfraz. Al muchacho se le saltaron las lágrimas. El oidor prometió que arreglaría la situación.

En ese momento se oyeron voces, ruidos y golpes en la puerta de la venta. Se trataba de dos hombres que se querían ir sin pagar. El ventero trató de impedirlo y le dieron una tunda de golpes. La ventera y su hija se dirigieron a don Quijote pidiéndole que interviniera. Se negó alegando que tenía que resolver antes otro problema: se dirigió a la princesa Mitomicona y le pidió permiso para intervenir; Dorotea se lo dio, pero cuando llegó a donde estaban peleando se limitó a contemplar la escena argumentando que las leyes de caballería le impedían enfrentarse con villanos, que se lo dijesen a su escudero.

Mientras, don Luis le había contado al oidor, tratándolo de padre, que estaba enamorado de su hija, cómo era su posición económica y sus pretensiones: casarse con ella, aunque su padre no lo admitiese, pero “más fuerza tiene el tiempo para deshacer y mudar las cosas que las humanas voluntades”. Estimó el oidor que necesitaba tiempo para tomar una decisión y consideró lo bien que le vendría ese matrimonio a su hija, a pesar del padre de don Luis, que querría algún título para su hijo.

Mientras, se había producido la paz en la venta. Don Quijote había conseguido, mediante razones, que le pagasen al ventero; pero, como el demonio no duerme, entró en la venta el barbero al que don Quijote y Sancho le quitaron la bacía y la albarda. Se dirigió a la cuadra a dejar el rucio. Allí estaba Sancho; pronto lo reconoció el barbero y al grito de ladrón le dijo que le entregase la albarda y la bacía que le había quitado. Sancho replicó con un mojicón en las narices. Llegó don Quijote; Sancho dijo ante los presentes que su señor había ganado “esos despojos en buena guerra”. Don Quijote intervino para decir que, a petición de Sancho le quitó los jaeces al caballo del barbero y se los dio a Sancho; que si se habían convertido en albarda, era propio de la caballería. De lo que no había duda era que lo que lo que él quitó fue el yelmo de Mambrino y no la bacía como le parecía al barbero. Sancho, que no quería disgustar a don Quijote, lo refrendó llamándolo baciyelmo.

Comentario

El capítulo se organiza en torno a dos historias que, aparentemente, no tienen ningún vínculo entre sí, pero como demostraré, no es así.

Una vez que se descubre la agnición de don Luis, el hijo del vecino del oidor, se establece el problema de si es lícito dejar que los jóvenes que están enamorados se unan o no. Las razones que se dan son: a) don Luis arguye que no tiene que ir a su casa “porque soy libre y volveré si me diere gusto”: quiere unirse con Clara y da sus razones;  b) Dorotea y Cardenio, que saben las dificultades con que se encuentra la persona cuando, estando enamorada, encuentra oposición que impida la relación, aparentan estar con Clara y don Luis. Hay una realidad fruto de una estima natural y hay que respetarla; d) El oidor reflexiona, se toma tiempo y considera que don Luis, heredero de buena fortuna, es un buen partido para su hija. (Recuérdese lo que Domínguez Ortiz decía sobre las clases sociales en el artículo La España de Cervantes, comentado en capítulos anteriores); e) Sabemos por boca del oidor que al padre de don Luis, probablemente no le haga gracia, pues llevado por su riqueza, quisiera casar a su hijo con una mujer de la nobleza.

De los anteriores argumentos podemos extraer dos conclusiones: a) Cada uno da unas razones llevado por el interés que le mueve: tesis de A. Parker, como se demostró en capítulos anteriores; b) Hay tantos pareceres como personas: tesis de Américo Castro, también ya demostrada.

En el capítulo siguiente enlazaré con estos dos puntos de vista para analizar el problema del baciyelmo que presenta Sancho. Que el lector saque sus consecuencias.




jueves, 2 de junio de 2011

CAPÍTULO XLIII. EL MOZO DE MULAS LE CANTA A CLARA. DON QUIJOTE COLGADO EN LA VENTANA



CAPÍTULO XLIII

EL MOZO DE MULAS LE CANTA A CLARA.  DON QUIJOTE COLGADO DE LA MANO EN LA VENTANA

La voz que sonaba en la madrugada se quejaba afligidamente de no ser atendido por su amada. Su canto era tan tierno y melodioso que Dorotea despertó a Clara para que lo oyera. Esta, cuando lo oyó experimentó tal temblor que Dorotea, con gran ternura, le pidió que le  explicase lo que le pasaba. Clara contó que se trataba de un joven, dueño de su alma, desde que se vieron la primera vez. Volvió a oírse la canción en la que se decía que iba a porfiar en conseguir el cielo, aunque le sea difícil, cantando una canción que decía:

 “Que amor sus glorias venda

caras, es gran razón y es trato justo,

pues no hay más rica prenda

que la que se quilata por su gusto,

y es cosa manifiesta

que no es de estima lo que poco cuesta.

Dado que Clara se volvió a echar a llorar, Dorotea quiso conocer la causa de su lloro. Clara le confesó que el mozo de mulas que cantaba, no era tal, sino un vecino suyo, hijo de una noble y rica familia de Aragón, que se había enamorado de ella y ella de él; pero por el decoro con que su padre la criaba, nunca habían podido hablarse, limitándose a comunicarse los sentimientos por medio de miradas y gestos.  Le había insinuado que la quería para casarse, pero como había muerto su madre, a nadie se lo había podido decir. Cuando su padre salió de Aragón, no se pudieron despedir y él, disfrazado de mozo de mulas, la iba siguiendo.

Dorotea, la abrazó y la tranquilizó, diciéndole que al día siguiente le daría un  buen final a las tribulaciones que entre ellos había.

Todos dormían en la venta, excepto la hija del ventero y Maritornes, que, como sabían que don Quijote estaba haciendo la guardia, habían decidido burlarse de él. En efecto, don Quijote, subido en Rocinante y a la luz de la Luna, evocaba a Dulcinea, pidiéndole que se acordase de él  y, dirigiéndose a la Luna y al Sol les pedía que no le provocaran celos cuando rozaran la frente de Dulcinea.

La hija del ventero que estaba oyendo lo que don Quijote decía, desde el ventanuco de un pajar, le pidió que se acercara a donde ellas estaban. A don Quijote le pareció que el oscuro ventanuco iluminado por la luna era el dorado ventanal del castillo y, desde allí la hija del ventero le requería su amor. Para no ser descortés, dándole la vuelta a Rocinante, se aproximó, diciéndole que por fidelidad a Dulcinea no le podría ofrecer nada que rozara el amor, pero que le pidiera cualquier otra cosa, que se la entregaría. Maritornes le dijo que su señora sólo quería su mano, con ella le bastaba para poder desahogar el deseo que le tenía. Se la ofreció don Quijote por la ventana y Maritornes, cogiendo el cabestro del jumento de Sancho Panza, le hizo un nudo a la mano y, tirando de la soga, la ató al cerrojo de la puerta del pajar. Don Quijote quedó colgado de la mano encima de Rocinante. Sintió malestar y dijo “Mirad que quien quiere bien, no se venga tan mal”.

Se maldijo don Quijote por haber vuelto a la venta de la que tan mal parado salió cuando el moro encantado del arriero lo vapuleó. Y más sabiendo por experiencia de caballeros andantes que “cuando han probado una aventura y no ha salido bien, es señal que no está para ellos guardada, sino para otros, y, así, no tienen necesidad de probarla una segunda vez”.

Don Quijote se encomendaba a todos deseando que alguien viniera a socorrerlo, pero el día iba llegando y nadie lo hacía. Al amanecer llegaron un grupo de jinetes con sus escopetas. Llamaron a la venta y nadie les abrió. Don Quijote les recriminó que llamasen a esas horas a la puerta del castillo.  Al ver a don Quijote en esa situación, colgado de la mano, y hablando de esa manera, encima de Rocinante, le dijeron que si era el ventero, que diera orden de que abriesen, mas don Quijote se molestó por haberlo confundido con el ventero.

Tuvo la desgracia de que una de las mulas que llegaron se acercó a acariciar a Rocinante, el cual respondió siguiendo a la mula. Don Quijote quedó colgado de la muñeca, sufriendo muchísimo, pues creía que el brazo se le arrancaba.



Comentario

Una vez más se puede ver en este capítulo  a dónde nos lleva el error en la naturaleza. Don Quijote, llevado de su locura, vuelve a confundir la venta con el castillo, provocando la risión de los huéspedes de la Venta de Juan Palomeque el Zurdo.  La risa, según López Pinziano, en la Philosophia antigua poética, se encuentra en dos cosas: “obras y palabras”. Cervantes, según D. Eisenberg, encarnó esta teoría en don Quijote y Sancho. Sin embargo, lo que en aquella época podía dar lugar a risa, hoy hiere la sensibilidad del lector, las burlas que le hacen a don Quijote la hija del ventero y Maritones, nos impresiona y nos golpea, en una lectura del siglo XXI.

Don Quijote, como comenta Unamuno en Vida de don Quijote y sancho, comete un error más. Las damas le piden su mano e ingenuamente cree que era para admirar “la contextura de sus nervios, la trabazón de sus músculos, la anchura y espaciosidad de las venas”, sin darse cuenta de que era para burlarse y reírse, pues Maritornes y la hija del ventero “se fueron muertas de risa y le dejaron asido de manera que fue imposible soltarse”. Ahí estuvo su error, creer que era para admirarlo, sin darse cuenta de que el pasárselo bien ellas era lo único que deseaban. El engaño tenía un interés: reírse y pasárselo bien sin importarles lo que a don Quijote le ocurriera.

Error es también el que tiene Clara al ser tan tímida que, aunque está enamorada del “mozo de mulas”, se resiste, por miedo a su padre, a hablar con él: “En mi vida le he hablado palabra y, con todo eso, le quiero de manera que no he podido vivir sin él”. Dorotea, que es mujer juiciosa y sensible, le promete que a la mañana siguiente arreglará el asunto. “El amor, nos dice Américo Castro, en el libro ya citado, es la máxima esencia vital…la naturaleza ha hecho del amor un principio armónico per se, malhaya, pues, quien ignorando tan tremenda verdad rompe la ecuación vital representada por el amor concorde”: El candor sentimental de Clara no se puede desviar del canon del amor  que defiende Cervantes.