viernes, 11 de marzo de 2011

CAPÍTULO VII. SEGUNDA SALIDA. SANCHO PANZA



Don Quijote oyó el ruido que se hacía en su biblioteca y se despertó. Empezó a gritar y a ponerse furioso. El cura lo tranquilizó; don Quijote se dirigió a él como si fuera  el arzobispo Turpín, uno de los personajes de los libros de caballerías. Entre todos, después de haberle dado de comer, consiguieron que volviera a dormir.
El ama, esa noche, harta de tanto libro, los echó todos al fuego, con lo cual pagaron justos por pecadores. Tapió la biblioteca, según había acordado con los amigos de don Quijote. Cuando éste se levantó al día siguiente, buscó la biblioteca y no la encontró. Le preguntó al ama y esta contestó, junto con la sobrina, que el mago Frestón los hizo desaparecer. Don Quijote contestó que tenía una lucha pendiente contra ese mago, a lo cual le contestó el ama que sería mejor quedarse en casa y no buscar pan de trastrigo, pues son muchos los que van a por él y vuelven trasquilados
Pasó don Quijote quince días en su casa, con distintos altibajos. Lo visitaba el cura y don Quijote le decía que lo que el mundo necesitaba eran caballeros andantes. El cura, a veces le quitaba la razón, otras se la daba porque era la única manera de entenderse.
Por esos días le pidió don Quijote a “un labrador, vecino suyo, hombre de bien – si es que este título se puede dar al que es pobre- pero de muy poca sal en la mollera”, que le acompañara. Le prometió una isla en cuanto la ganara; a él lo nombraría gobernador. Movido por esto, Sancho dejó a su mujer y a sus hijos  y, como escudero,  acompañó a don Quijote.
Acordaron salir del pueblo de noche. Le pidió don Quijote a Sancho que llevase unas alforjas y fuese acompañado de su rucio.  Don Quijote, de acuerdo con lo que le dijo el ventero, cogió dineros y camisas y compuso su armadura.
Por la mañana, cuando salió el sol, estaban lejos de su pueblo. Sancho iba muy a gusto en su rucio, pensando que sería gobernador.
La conversación que mantenían giraba en torno al gobierno de la ínsula. Le decía don Quijote que era costumbre entre los caballeros darles a sus escuderos, al final de sus días, alguna ínsula, pero que él no esperaría tanto, pues en  seis días la tendría, y quizá no como gobernador, sino como rey. Sancho no veía a su mujer como reina, ni siquiera como duquesa. Finalmente dice Sancho que espera poder llevar bien lo que su amo le dé.

Comentario



Edward C. Riley, en Teoría de la novela en Cervantes, sostiene que “La crítica de las novelas de caballerías se hace de dos maneras: mediante juicios más o menos directos dentro de la ficción, y también mediante la ficción misma “. Esta tesis de Riley se demuestra fácilmente con la lectura del capítulo anterior y éste.  En el anterior vimos el escrutinio; en éste vemos la ficción misma: asistimos a la parodia de las mismas novelas.

Una vez más volvemos a hallar a don Quijote dándole vida a la parodia de los libros de caballerías. Estos lo han llevado a la alienación y su alma vaga dramática en el espacio de la ficción caballeresca.

Encontramos en el capítulo la voz del narrador que, comentando  la asepsia del ama por los libros, al quemarlos todos, nos dice que pagan justos por pegadores. Un refrán muy veraz y con el que la lengua alude a que pagan los inocentes las culpas que otros han cometido.  Frente al pensamiento irracional de don Quijote, se opone la racionalidad del refrán: es la voz cervantina, cuya didáctica quiere transmitir al lector

La oposición locura cordura la volvemos a hallar en la conversación entre don Quijote y el ama. Cuando éste le dice que piensa ir a buscar al mago Frestón, le contesta esta que “no busque pan de trastrigo, pues muchos van a por él y vuelven trasquilados”.  Expresión que se utiliza para decir que se buscan líos y cosas inadecuadas, consiguiendo lo contrario de lo que se buscaba. Las dos expresiones, que son propias de la razón y el sentido común, siguen estando vigentes y con mucha fuerza.

La voz de Cervantes, refiriéndose a Sancho, como “hombre de bien - si es que este título se puede dar al que es pobre.-, bosqueja su sensibilidad por las personas humildes.

Con este genial personaje, llegado de la literatura popular, cuyos antecedentes se encuentran en el más antiguo libro de caballerías conocido, El Caballero Cifar ( Menéndez Pidal: Un aspecto de la elaboración del Quijote,), entra en escena el escudero, con alforjas llenas de refranes, cuyo candor “tanto precio dará a la locura del hidalgo”.

En El Personaje de Sancho Panza y los lectores del siglo XVII, Javier Salazar, explica el contexto socioeconómico del “labriego prototipo, simple y agudo, malicioso y bobo, muy similar al que Cervantes nos presenta en su novela”.
Vicente de los Ríos, en el libro anteriormente señalado, asiente, según el sentir de la época -1790-que "el carácter de Sancho es el de una labrador interesado, pero ladino por naturaleza, y sencillo por su crianza y condición, que procede siempre según le inclina el interés."

Muy importantes son los estudios de Agustín Redondo, sobre la tradición carnavalesca en El Quijote. El autor estudia la obra desde este punto de vista y, en concreto, en Tradición carnavalesca y creación: Del personaje de Sancho Panza al episodio de la Ínsula Barataria, muestra con gran acuidad los dos aspectos de la cultura: el popular, proyectado en lo carnavalesco y el oficial o culto, reflejado en lo cuaresmal. Ambos se manifiestan en un reversible juego de espejos, cuyos protagonistas son don Quijote y Sancho. Este último es "por varias de sus características, un loco carnavalesco".

 


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