jueves, 26 de abril de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LXVII. LOS PROYECTOS DEL PASTOR QUIJÓTIZ






Después de comer con Tosilos, Sancho fue hasta donde estaba don Quijote. Se encontraba bajo la sombra de un árbol; allí, como moscas a la miel, le acudían  y picaban pensamientos” (Prov. la expresión “como moscas a la miel”, es una forma de exagerar la atracción que se siente por algo o alguien). Iban desde el desencanto de Dulcinea, al enamoramiento de Altisidora, pasando por la transformación del Caballero de los Espejos en Sansón Carrasco. Dado que don Quijote se interesó por el estado sentimental de Altisidora y Sancho le había respondido que cómo era posible que estuviera indagando ahora en los pensamientos amorosos de la doncella, don Quijote le respondió que “mucha diferencia hay de las obras que se hacen por amor a las que se hacen por agradecimiento”. Añadió que un caballero andante no debe ser desagradecido, haciendo referencia a los tocadores que ella le regaló; también afirmó que cuando Altisidora lo maldijo cuando se marchaba fue porque estaba enamorada, pues “las iras de los amantes suelen parar en maldiciones”. Le recordó a Sancho lo desagradecido que era con Dulcinea porque no se azotaba y éste le replicó que no entendía que el azotarse tuviera que ver con los desencantos de los encantados, pues esto era como decir “Si os duele la cabeza, untaos las rodillas” (Refr. “en ocasiones el remedio que se aplica a un problema es disparatado).

Iban con estas pláticas caminando cuando llegaron al lugar donde se encontraron con las bellas pastoras de la fingida Arcadia y fueron atropellados por los toros (cap. LVIII).  Se le ocurrió entonces a don Quijote que el año de retiro de la caballería andante lo debería pasar, junto con Sancho, dedicado a la vida pastoril. A Sancho le pareció bien, y además de ellos dos,  se podrían incorporar  el bachiller, el barbero e incluso el cura. Se inventó don Quijote los nombres que tendrían que adoptar: “pastor Quijótiz” y “pastor Pancino”, para él y para Sancho; Carrascón, para el bachiller,  Niculoso, para el barbero y Curiambro, para el cura. Le pareció bien la idea a Sancho. También planteó el ponerle nombre a las pastoras  y Sancho le contestó que a su mujer la llamaría Teresona, por su gordura, pero no buscaría nombres para las de los otros pastores porque “no ando a buscar pan de trastrigo por las casas ajenas” (prov. “buscarse líos”; el mejor pan es el de trigo). Respecto a la pastora del bachiller, “su alma en su palma” (“el verá lo que hace”). Se imaginó a continuación  los instrumentos musicales que oirían en esa nueva vida: gaitas zamoranas, tamborines, sonajas, rabeles, albogues.

Animado en la conversación, don Quijote dio muestra de sus conocimientos filológicos, examinó los nombres que empiezan por al y las que terminan en i y dijo que eran arábigos.  Sancho se sintió fascinado por ese mundo pastoril y aseguró que haría cucharas polidas, migas, natas, guirnaldas y zarandajas pastoriles. Comentó que su hija podría llevarles la comida, pero tuvo dudas porque era de  buena presencia y podría despertar lascivia entre los pastores. Añadió una serie de refranes en relación con lo anterior como: “quitada la causa, se quita el pecado”, “ojos que no ven, corazón que no quiebra” (“que no sufre”) ”más vale salto de mata que ruego de hombres buenos” (refr. más vale una buena retirada que todos los buenos consejos”).

Le reprendió don Quijote por el abuso que hacía de los refranes, utilizando otro refrán: “castígame mi madre, y yo trompógelas”. (“te lo digo una y otra vez, y tú ni caso”). Esto da lugar a que Sancho le responda “Dijo la sartén a la caldera: Quítate allá, ojinegra” (refr. “se ven los defectos ajenos, pero no los propios”).  Volvió don Quijote a  amonestarlo, diciéndole: “yo traigo los refranes a propósito, y “vienen como anillo al dedo” (prov.“oportuno y adecuado en un momento concreto” ) porque “los refranes son sentencias breves, sacadas de la experiencia y especulación de nuestros antiguos sabio, y el refrán que no viene a propósito antes es disparate que sentencia”.

Se hizo de noche;  “Cenaron tarde y mal”; Sancho pasó la noche durmiendo y su amo, velando.



Comentario

Después de la derrota de don Quijote por Sansón Carrasco, el Ingeniosos Hidalgo vive una crisis espiritual. Ya no puede pensar en nuevas aventuras. Las ideas  no lo dejan vivir: “como moscas a la miel, le acudían y picaban pensamientos”: son aquellos recuerdos que más le afectaron cuando estuvo en el palacio de los Duques. Se los trajo la presencia de Tosilos. De estos recuerdos destacan los que más le han hecho sufrir: el estado encantado en que se encuentra Dulcinea y el sufrimiento que dijo tener su enamorada Altisidora porque él se marchaba. Don Quijote le preguntó a Sancho que si Tosilos le había referido algo de Altisidora. Sancho, desazonado porque había perdido las esperanzas de ser conde, le espetó lo de ¡Cuerpo de mí!. ¿está vuestra merced ahora en términos de inquirir pensamientos ajenos, especialmente amorosos?.

Las iras de Altisidora le trajeron los sufrimientos de Dulcinea. Solamente los puede evitar Sancho,  dándose los azotes, según dije en el resumen. Don Quijote le agradece su decisión “de ayudar a mi señora, que lo es tuya, pues tú eres mío”. Estas últimas palabras justifican la opinión del licenciado Martín González de Cellorigo: “No parece sino que se han querido reducir estos reynos a una república de hombres encantados que vivan fuera del orden natural”. (Pierre Vilar, El tiempo del Quijote).

Dice Cervantes que mientras caminaban llegaron al sitio en que fueron atropellados por los toros y se encontraron con las bellas pastoras. Don Quijote no se acuerda de los toros, pero sí de la fingida Arcadia en la que pueden pasar tranquilamente los días sin preocuparse de los trabajos cotidianos de la vida. No tienen que trabajar para comer, pues la naturaleza les otorga de todo. A Sancho le gusta la idea por el tipo de vida regalada. Piensa en los amigos de su pueblo y don Quijote de inmediato les pone nombre. Previamente don Quijote, para responder a su nueva circunstancia vital le ha propuesto a Sancho el cambio de nombre, llamándose él, pastor Quijótiz, y Sancho, “pastor Pancino”. Según Avalle Arce en, en “El último episodio pastoril de don Quijote de 1615”, el cambio de nombre “obedece al viejísimo ideal onomástico de que el nombre debe definir al individuo”.

Después de explicarle a Sancho el nombre de “albogues” y de las palabras que empiezan por al y las que terminan en i, vuelve don Quijote al tema del amor y en especial a “las pastoras de quien hemos de ser amantes”, dice : “Yo me quejaré de ausencia; tú te alabarás de firme enamorado; el pastor Carrascón, de desdeñado, y el cura Curiambro, de lo que él más puede servirse, y, así, andará la cosa, que no haya más que desear”.  Las anteriores quejas de amor, eran las viejas fórmulas del amor cortés, que, “tamizados por el petrarquismo”,  llegan a Cervantes (Avalle Arce).



Por último, por boca de Sancho, se trae un tema que era muy tratado en la Literatura de la época: el de la ciudad y el campo. Se introduce a través de la perspicacia de Sancho en creer que el físico de su hija despertaría la lujuria de los pastores cuando fuera a llevarles la comida al hato, porque “suelen andar los amores y los no buenos deseos por los campos, como por las ciudades, y por las pastorales chozas, como por los reales palacios”. Cervantes, por boca de Sancho, no está diciendo que el mal está por todas partes. Lo que no se encuentra en todas partes es el bien, creación del hombre con ayuda de Dios” ( Casalduero)


sábado, 21 de abril de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LVI. DETERMINISMO FRENTE AL LIBRE ALBEDRÍO. EL PUNTO DE VISTA DEL INGENIOSO HIDALGO





Don Quijote cuando salió de Barcelona recordó el lugar en el que había sido vencido con palabras que expresaban su adiós a las aventuras y al olvido de sus hazañas. Sancho trató de reconfortarlo diciéndole que no había que estar pesaroso por lo que nos acontece, pues todo era obra de la Fortuna, y ésta es “una mujer antojadiza, y sobre todo ciega, y, así, no ve lo que hace, ni sabe a quién derriba ni a quién ensalza”. Don Quijote, después de elogiarle a Sancho su manera de hablar, le contesta que discrepa de lo que dice, pues “no hay Fortuna en el mundo, ni las cosas que en él suceden, buenas o malas que sean, vienen acaso, sino por particular providencia de los cielos, y de aquí viene lo que suele decirse: que cada uno es artífice de su ventura.”. Dice que ha sido vencido porque debería haber pensado que el débil Rocinante no podría hacerle frente al poderío físico del caballo de la Blanca Luna. Se siente humillado en su honra, porque fue vencido y la perdió; sin embargo, “no perdí, ni puedo perder, la virtud de cumplir mi palabra.”

 Sancho se quejó de lo fatigoso que era hacer el camino a pie porque el rucio llevaba las armas; por eso le propuso a don Quijote que las armas e incluso Rocinante los deberían dejar colgados de algún árbol, a lo que don Quijote respondió que no lo permitiría, porque no se diga que “a buen servicio, mal galardón!” (refr. “los ingratos no reconocen la ayuda recibida”). Sancho reconoció que tenía razón don Quijote y le contestó que le parecía muy bien, porque “la culpa del asno no se ha de echar a la albarda” ( refr. “algunos por disculpar sus errores, los atribuyen a otros que no han tenido que ver con ellos”).

Con este tipo de diálogos se les pasó cuatro días; al quinto divisaron varias personas en la puerta de un mesón. Cuando llegaron, un labrador le pidió a don Quijote que diera su opinión sobre una apuesta que dos vecinos se habían echado sobre quién corría más rápido.  Uno estaba gordo y pesaba once arrobas (ciento veintisiete kilos), mientras que el otro sólo pesaba cinco arrobas (cincuenta y ocho kilos). El gordo le pedía al flaco que corriera cargado con seis arrobas (sesenta y nueve kilos) de hierro para igualar el peso. Don Quijote le dijo a Sancho que respondiera porque “no estoy para dar migas a un gato” ( prov. “no estoy para nada).  Sancho les dio la solución: el gordo debería de adelgazar seis arrobas (sesenta y nueve kilos). Los aldeanos elogiaron la respuesta, cancelaron la carrera y se fueron a la taberna a gastarse en vino la apuesta.

Los labradores, -con cierta ironía, pues hablaban de dos personas que no eran jóvenes-,  comentaron que si ambos fueran a estudiar a Salamanca, pronto los veríamos como alcalde o  magistrado, pues “todo es estudiar y más estudiar, y tener favor y ventura; y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la mano o con una mitra en la cabeza.”.

Don Quijote y Sancho, que habían declinado la invitación de beber con los lugareños, continuaron su camino. Durmieron esa noche en medio del campo. Al día siguiente se encontraron un hombre que llevaba unas alforjas al cuello y un chuzo en la mano. Era Tosilos (II, 54, 56), el lacayo del duque, que iba a Barcelona, con cartas de su señor para el virrey. Les contó que por desobedecer al duque recibió cien palos; que la hija de doña Rodríguez entró en un convento, y que doña Rodríguez  se volvió a Castilla.

Los invitó a que compartiesen con él un poco de vino y unas lonchas de queso de Tronchón. Rehusó don Quijote porque no quería comer con un personaje que estaba encantado. Sancho se quedó con él para comer y beber. Le dijo Tosilos a Sancho “Este tu amo, Sancho amigo, debe de ser un loco.  ¿Cómo debe? –respondió Sancho-. No debe nada a nadie, que todo lo paga, y más cuando la moneda es locura. Asegura Sancho que se lo dice a don Quijote, pero que de nada vale, “y más ahora que va rematado, porque va vencido del Caballero de la Blanca Luna”.



Comentario

Se inicia el capítulo con un problema que aún sigue estando vivo. Se trata del determinismo en la persona, frente al indeterminismo o libre albedrío. Sancho, a su manera, parte de un punto de vista determinista. Estamos sometidos a la ley del azar o de la Fortuna. La describe como “una mujer antojadiza, y sobre todo ciega y, así no ve lo que hace, ni sabe a quién derriba ni a quién ensalza”.  Él cree que no podemos hacer nada frente a ella, por lo tanto, hay que aceptarla y ponerle buena cara: “cuando era gobernador estaba alegre, ahora que soy escudero de a pie no estoy triste”. Frente a esta postura se sitúa el libre albedrío o capacidad que tiene la persona para hacer  opciones libres de ciertos tipos de restricciones. La literatura Española de esta época está impregnada del libre albedrío. Desde este punto de vista entiendo que se ha de leer este capítulo. La doctrina del libre albedrío fue defendida en la época por el jesuita Luis de Molina. Trató de conciliar la predeterminación con la libertad, planteando que el hombre viene de Dios en cuanto a su ser y del propio hombre en cuanto a su manera de ser. Es decir, estamos determinados por Dios, pero elegimos la forma de actuar. Don Quijote ha discrepado de Sancho, y sostiene una tesis similar a los planteamientos de Molina. No hay Fortuna en el mundo, -nada está determinado-. Lo que sucede es “por particular providencia de los cielos; “cada uno es artífice de su ventura”. Lo anterior corresponde a la tesis defendida por el jesuita Molina. Era la aceptada por la Iglesia. Para muchas teorías modernas, si tomamos a Dios por la naturaleza, el 50% correspondería a Dios o naturaleza y el 50%, a la voluntad humana.

 Otro aspecto que se destaca en el capítulo tiene que ver con la descripción que de sí mismo realiza don Quijote. Nos da a entender que lo que le importa no son los éxitos, sino el esfuerzo de obrar y cumplir su palabra. Decepcionado porque lo había vencido el caballero de la Blanca Luna, le dice a Sancho:

“Atrevime, en fin; hice lo que pude, derribáronme, y, aunque perdí la honra, no perdí, ni puedo perder la virtud de cumplir mi palabra”.

Cierta consideración educativa es la que tienen las palabras de los labradores cuando Sancho ha resuelto el pleito de los corredores: “estudiar y más estudiar, y tener favor y ventura; y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la mano o con una mitra en la cabeza”.  Cervantes, como dice Daniel Eisenberg, en La interpretación cervantina del Quijote, “creía firmemente que la literatura tenía que ser didáctica, que no solamente tenía que entretener y producir un placer estético, sino que también tenía que educar”

En el encuentro con Tosilos, vuelve a salir de nuevo la locura. El ingenio de Sancho se pone de manifiesto una vez más en el uso de debe, expresando probabilidad:” debe de ser”. Frente a éste se sitúa el “debe”, de tener deudas: ¿cómo debe?;  “no debe nada a nadie, que todo lo paga”


jueves, 19 de abril de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LXV. RICOTE EXPONE SUS RAZONES PARA QUEDARSE A VIVIR EN ESPAÑA






A don Antonio Moreno, “no se le cocía el pan hasta saber quién fuese” ( prov. señala la inquietud hasta conseguir lo que se desea) el caballero que venció a don Quijote, por lo tanto, lo siguió junto con una caterva de muchachos por la ciudad. Entraron los dos  en un mesón y el de la Blanca Luna le dijo que era del mismo pueblo de don Quijote; lo llamaban el bachiller Sansón Carrasco; había venido en su búsqueda porque consideraba que el reposo mejoraría su salud. Hacía tres meses que se enfrentó a él con el mismo propósito, pero fue vencido por don Quijote y tuvo que desistir. Dado que don Quijote era muy cumplidor de la palabra dada, ahora lo conseguiría. Le pidió que no dijera quién era. Don Antonio se lo prometió, pero le hizo la siguiente observación: ¡Dios os perdone el agravio que le habéis hecho a todo el mundo en querer volver cuerdo al más gracioso loco que hay en él! ¿No veis, señor, que no podrá llegar el provecho que cause la cordura de don Quijote a lo que llega el gusto que da con sus desvaríos?

El bachiller Sansón Carrasco regresó a su casa; el Virrey, enterado por don Antonio de quién era el de la Blanca Luna, se lamentó de que hubiera hecho esto, argumentando parecidas razones a las de don Antonio. Don Quijote, melancólico, cavilaba sobre lo ocurrido. Sancho lo consolaba, diciéndole que no tenía nada roto, y que como decía el refrán, donde las dan las toman” (refr. “a quien hace daño se le suele pagar con la misma moneda” y que “no siempre hay tocinos donde hay estacas” ( refr. “las apariencias engañan) y “dé una higa al médico” (alude al refr. “Mee yo claro y una higa para el médico”). También trató de hacerle ver que era él quien más había perdido, pues “así vienen a volverse en humo mis esperanzas”. Don Quijote trató de animarlo diciéndole que cuando pasase un año volvería a buscar nuevas aventuras y le conseguiría algún condado. Sancho, para animarse dijo que “más vale buena esperanza que ruin posesión” (refr. es preferible aguardar una ocasión mejor que conformarse con lo poco que se tiene”).

Estando en lo anterior entró don Antonio para darle la buena noticia de que don Gregorio había regresado. Don Quijote hubiera querido ser el héroe del rescate, pero, vencido como estaba, nada podía hacer. Sancho trató de animarlo a que se levantara de la cama y recibiera a don Gregorio,  diciéndole los siguientes refranes: “ Viva la gallina, aunque sea con su pepita”  (“vivamos, aunque sea con dificultades”), que “hoy por ti y mañana por mí  (refr. Tenemos que ser solidarios en el intercambio de favores) y

Llegó don Gregorio. Salió a recibirlo Ricote y su hija Ana Félix; no se abrazaron unos a otros, porque “donde hay mucho amor no suele haber demasiada desenvoltura”, pero el silencio y los ojos de los amantes expresaban el profundo amor que se tenían.

Don Antonio habló con el Virrey, de la forma de gestionar la estancia en España de Ricote y su hija. Aprovecharía que tenía que ir a la corte para tratar otros negocios, dando a entender que “por medio del favor y las dádivas, muchas cosas dificultosas se acaban”.  Ricote, que estaba presente, dijo que don Bernardino de Velasco, encargado por el Rey Felipe III de expulsar a los moriscos, cumplió con su deber y no valen ni dádivas ni favores, aunque es cierto que “mezcla la misericordia con la justicia”. Don Antonio respondió que haría en la Corte todo lo que estuviese en su mano, y que “el cielo decida”.

Llegó el día de las salidas y despedidas: don Antonio para la corte; muy conmovedora la don Gregorio - que iba a ver a sus padres-, de Ana Félix, que se quedaba con la mujer de don Antonio; don Quijote y Sancho partieron  a los dos días. El Ingenioso Hidalgo, desarmado sobre Rocinante; Sancho, a pie, por ir el rucio cargado con las armas.

Comentario

El aspecto más interesante que encuentro en este capítulo lo veo en las palabras de Ricote a don Antonio, diciéndole que con don Bernardino de Velasco, no caben dádivas ni favores. En el capítulo LIV, Ricote reconocía que la expulsión de los moriscos de España, había sido justa. Lo decía con estas palabras: “me parece que fue inspiración divina la que movió a su majestad a poner en efecto tan gallarda resolución…Finalmente, con justa razón fuimos castigados con la pena del destierro”. Ricote, partió para Alemania porque “allí me pareció que se podía vivir con más libertad, porque sus habitantes no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte de ellas se vive con libertad de conciencia”. Por lo tanto, según Ricote, la expulsión de los moriscos fue: a) justa; b) acertada. También decidió ir a Alemania porque había “libertad de conciencia”.

 En este capítulo, Ricote reconoce: a) El encargado de expulsar a los moriscos: don Bernardino de Velasco o Conde de Salazar, era una persona con una rectitud que rayaba en la severidad; b) Deseaba vivir en España, porque la echaba de menos y porque se sentía mejor. Hay que destacar que en España: a) no había libertad de conciencia; b) gobernaba un régimen autoritario.

La pregunta que surge es ¿podemos pensar que fuera éste el pensamiento de  Cervantes? Personalmente, entiendo que no por las siguientes razones:

a)      El gran mérito de Cervantes, como demostró Bajtin,  en Teoría y estética de la novela, es que El Quijote engrandece el género novelesco porque da entrada a los distintos lenguajes que encontramos en la sociedad. Desde este planteamiento han analizado la obra, entre otros, los profesores Lázaro Carreter en La prosa del Quijote, y Darío Villanueva en El Quijote: Dialogismo y verosimilitud. Para Bajtin, esta obra es el modelo de lo que él denomina  “novela dialógica” o de diálogo de lenguajes. Cada personaje se expresa de acuerdo con su cultura y con los intereses que lo mueven.  El autor sería un mero notario que recogería lo que los personajes dicen y sienten.

b)      Ricote ha vivido en Alemania donde había una gran libertad de conciencia; pero él no se identificaba con este tipo de sociedad, en la que cada uno podía pensar y actuar de acuerdo con sus creencias.  No olvidemos que estamos en el siglo XVII, y lo mismo que hoy también hay personas que les gustaría vivir en épocas dictatoriales, no nos debe extrañar la actitud de Ricote. Este quiere vivir en una sociedad autoritaria. Por otra parte, en la novela se nos dice que tanto él como su hija, Ana Féix, eran fervientemente católicos; él, además, generoso con sus riquezas, como lo demuestra pagando el viaje para sacar de Berbería a don Gaspar Gregorio. Si a esto unimos: 1. La belleza de su hija; 2. Su religiosidad; 3. La mezcla de” misericordia con la justicia” con que había llevado el encargo de expulsión el Conde de Salazar, parece lógico pensar, que Ricote le diga a don Antonio que argumente desde estas premisas el permiso para poderse quedar en España.

martes, 17 de abril de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LXIV. EL CABALLERO DE LA BLANCA LUNA VENCE A DON QUIJOTE



Ana Félix fue muy bien recibida por la mujer de don Antonio Moreno en su casa. Don Quijote hubiera querido ir con sus armas a liberar a don Gregorio, tomando como ejemplo lo que don Gaiferos hizo con Melisendra, (lo contó maese Pedro en II, 26.). Sancho que lo oyó, le contestó que hubiese sido imposible porque entre Berbería y España estaba la mar por medio. Don Quijote le replicó que “Para todo hay remedio, si no es para la muerte”.  Sancho le replicó que “del dicho al hecho hay un gran trecho” (refr. “Es más fácil hacer promesas que cumplirlas”. Al final lograron disuadirle.

Don Quijote salió una mañana a pasear por la playa, a caballo y armado con todas sus armas. Desde lejos le dio voces otro caballero, tan armado como él, vestido de blanco y con un escudo en el que llevaba pintada una luna resplandeciente. Se presentó como el Caballero de la Blanca Luna y venía  a desafiar a don Quijote para hacerle confesar que su dama, “sea quien fuere”,  es más hermosa que Dulcinea. Si vencía el de la Blanca Luna, don Quijote estaba obligado a retirarse a su pueblo por el tiempo de un año, sin echar mano de la espada y sin salir de aventuras.

Don Quijote, se sorprendió, pero “con reposo y ademán severo”, aceptó el desafío y le dijo que eligiera la parte del campo que quisiera, y “a quien Dios se la diere, San Pedro se la bendiga” (refr. “es necesario resignarse ante la suerte de cada uno”).

Desde la ciudad habían avisado al virrey de la presencia del Caballero de la Blanca Luna. Se presentó con don Antonio y con otros caballeros allí. Creyendo que se trataba de una burla más a don Quijote, permitió el enfrentamiento.

Don Quijote se encomendó al cielo y a Dulcinea. Se distanciaron; volvieron las riendas a sus caballos y se arrojaron, especialmente el de la Blanca Luna,  con tal ímpetu sobre don Quijote, que éste cayó junto con Rocinante al suelo. Le puso la lanza en la visera y con “voz debilitada y enferma manifestó: “Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra”.

El de la Blanca Luna, después de elogiar la fama de la hermosura de Dulcinea, le exigió que se retirara a su lugar un año, como habían concertado antes del combate. Aceptó don Quijote en presencia de todos; el de la Blanca Luna, después de hacer una reverencia al Virrey, se dirigió  a la ciudad.

Recogieron a don Quijote desvaído y trasudado;  Sancho, lleno de tristeza, creyó que todo aquello era sueño y encantamiento; se imaginó oscurecidas las glorias pasadas y se representó deshechas sus esperanzas como el humo en el viento.

Llevaron a don Quijote a la ciudad en una silla de manos y El Virrey quiso saber quién era el Caballero de la Blanca Luna.



Comentario

Todas las interpretaciones del capítulo tienen como rasgo en común la muerte del plan de vida de don Quijote. Empiezo por destacar la de Avalle Arce en Don Quijote como forma de vida”. Parte Avalle de que cada uno lleva en su interior un quijote, en dosis y exteriorizaciones variables, según los individuos. Ya lo observó Ortega y Gasset, en Historia como sistema.  La clave del vivir, consiste en inventarse un plan de vida, vivirlo de acuerdo con el personaje que uno se ha creado,  teniendo en cuenta las circunstancias que nos rodean. De acuerdo con lo anterior, Alonso Quijano se ha inventado como don Quijote de la Mancha, imitando al caballero andante Amadís de Gaula. Su misión es deshacer agravios y conseguir honra y fama. Esto lo enajena y lo lleva a la locura. El plan de vida que se ha inventado está basado en obras de ficción, en libros de caballerías, en personajes de obras de arte.

“En este capítulo, asistimos a la expulsión de don Quijote del mundo caballeresco al derrotarle y obligarle a volver a su aldea. Esto equivale a obligar a don Quijote a salirse de las páginas de los libros de caballerías donde obstinadamente ha vivido hasta el momento. Con involuntaria crueldad el caballero de la Blanca Luna ha obligado a Don Quijote, con la punta de su lanza, a abandonar un ideal de vida como obra de arte” ( Avalle Arce)

Joaquín Casalduero considera que con la caída de don Quijote ante el Caballero de la Blanca Luna se da término a “una época, una ilusión, en estilo que se acaba, cuando todavía no se sabe cómo será el mundo del Caballero de los Espejos y de la Blanca Luna.”

Uno de los aspectos más significativos de este capítulo es lo que nos dice el narrador cómo queda don Quijote cuando el de la Blanca Luna le puso la lanza en la visera: Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma dijo:

Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra…Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra”.  Don Quijote ha perdido su honra y con ella la fe en sus ideales. Su plan de vida se ha roto. Sancho lo confirma cuando el narrador nos dice: “Veía a su señor rendido y obligado a no tomar armas en un año; imaginaba la luz de la gloria de sus hazañas escurecida, las esperanzas de sus nuevas promesas deshechas, como se deshace el humo con el viento”.




viernes, 13 de abril de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LXIII. DON QUIJOTE Y SANCHO VISITAN LAS GALERAS. HISTORIA DE ANA FÉLIX




Todas las cavilaciones de don Quijote sobre las respuestas de la cabeza encantada terminaban en la creencia de que Dulcinea sería desencantada. “Sancho, aunque aborrecía ser gobernador, como queda dicho, todavía deseaba volver a mandar y a ser obedecido, que esta mala ventura trae consigo el mando, aunque sea de burlas”.

Cuando don Quijote y Sancho llegaron a las galeras acompañados por don Antonio y unos amigos, los recibió el general y la marinería con vivas muestras de alegría; dispararon los cañones, en señal de bienvenida. Don Quijote se alegró por el tratamiento recibido. El general abrazó a don Quijote y para destacar su presencia le dijo: “Este día lo señalaré yo con piedra blanca, por ser uno de los mejores que pienso llevar en mi vida”. Entraron por la popa y se sentaron en los bandines. El cómitre le dio orden a la chusma de que se quitasen las ropas y se preparasen para remar. Sancho se sorprendió de verlos medio desnudos, “pero esto todo fueron tortas y pan pintado” (prov.” fue bueno en comparación con otra cosa”), porque los galeotes cogieron a Sancho y lo fueron volteando de banco en banco por encima de sus cabezas, a lo largo de toda la nave, dejándolo molido y trasudando y, a don Quijote encolerizado por lo que habían hecho.

Después de lo anterior, dejaron caer rápidamente la entena desde arriba sorprendiendo a don Quijote y a Sancho; la volvieron a izar rápidamente, levantaron el ancla, los remeros empezaron a remar y el cómitre a mosquearles las espadas. Sancho se sorprendió de que un hombre pusiera azotar a tantos y dijo que aquello parecía el infierno o el purgatorio. Don Quijote le pidió que se pusiese entre ellos y recibiera algunos latigazos por Dulcinea.

Un vigía, desde el castillo de Montjuich, avisó de que se acercaba un bergantín argelino. El general dio orden de que las cuatro galeras salieran en su persecución. Al apresarlo, dos turcos dispararon y mataron a dos soldados. Capturado el bergantín, el general juró que ahorcaría a todos sus tripulantes y regresó con el bajel a la playa. Acusó al arráez de impudente y arriesgado,  y de que eso no era valentía, porque, “las esperanzas dudosas han de hacer a los hombres atrevidos, pero no temerarios”.  Mandó amainar la  entena para llevar a cabo la ejecución. El virrey, que acababa de subir a bordo, al ver la belleza y el pudor del joven arráez, le preguntó que quién era. Contestó que una mujer cristiana y rogó que le permitieran contar su historia.

A pesar de que siempre había sido cristiana, lo mismo que sus padres, tuvo que salir de España cuando expulsaron a los moriscos. Lo hizo con un tío suyo que la llevó a Argel,  y con don Gaspar Gregorio, un caballero que la amaba y que le había prometido no abandonarla nunca. Cuando llegó a Argel, el rey se interesó por su hermosura y sus riquezas: un tesoro oculto que su padre había dejado antes de salir de España. También sintió deseos de conocer a don Gregorio. Dado que entre los turcos se estima más a un joven hermoso que a una mujer, le dijo al rey que la persona que la acompañaba era mujer. Se reunió con don Gregorio y lo disfrazó de mujer. El rey se lo creyó y, con intención de ofrecérsela después al Gran Turco, le recluyó en casa de unas moras principales. A ella, acompañada de dos turcos, de un renegado español y de chusma para remar, le había dado el bergantín para que volviese a España y desenterrase el tesoro que su padre dejó. Se estaban aproximando a la costa cuando fueron descubiertos por las galeras

Terminado el relato, empezó a llorar, pero el virrey, conmovido mandó que la soltasen. En ese momento, un anciano que presenciaba la escena se arrojó a sus pies. La llamó por su nombre, Ana Félix, y le dijo que era su padre, Ricote. Sancho, que estaba presente lo confirmó. También dijo Ricote que había recuperado el tesoro, pero especialmente el tesoro que él más amaba. Contó cómo había partido para Alemania y que había regresado a buscar a su hija y a desenterrar el tesoro que había ocultado.

El general mandó que colgasen a los dos turcos que dispararon, pero el virrey le pidió que no los ahorcase, el general, pensando que “no se ejecutan bien las venganzas a sangre helada”, paró la ejecución. Planificaron el rescate de don Gregorio, usando el tesoro que Ricote había desenterrado y llevaba consigo. Se ofrecieron a hacerlo el renegado y seis remeros cristianos. Resuelto lo anterior, don Antonio Moreno se llevó a su casa a Ana Féix y a su padre. El virrey le encargó que los tratase con afecto y atención.

Comentario

Las cábalas de don Quijote y Sancho reflejaban sus experiencias vitales: la de don Quijote, su preocupación por los demás, en este caso, Dulcinea; la de Sancho, su pragmatismo del poder.

Con estos pensamientos llegaron a las galeras. Contemplaron con gran curiosidad el espectáculo que se les ofrecía: las galeras recogieron las lonas que las cubrían, sonaron las chirimías, arrojaron el bote al agua y cuando subieron dispararon los cañones; los galeotes lo vitorearon y el capitán le dijo que siempre recordaría ese día. Tal era la actividad que había que a Sancho le pareció que “todos los diablos andaban allí trabajando”. Don Quijote, se sintió alegre porque por todos era tratado “tan a lo señor”. Sin embargo, como siempre ocurre, la burla y con ello la risa humillante vuelve a aparecer y a Sancho la chusma lo voltea de una punta a otra del barco. Siguen las burlas y están a punto de que les caiga encima la entena de la nave. Tales sorpresas estaban viviendo que Sancho, asombrado, dice que “Estas sí son verdaderamente cosas encantadas, y no las que mi amo dice”.  Una vez más, vemos que se cumple la tesis de Parker: las personas conocen la realidad, pero la modifican en función de lo que les interesa. Tanto el general, el cómitre y los galeotes conocen quiénes son don Quijote y Sancho, pero quieren divertirse a costa de ellos y los tratan como juguetes que pueden utilizar.

A partir de aquí, describe Cervantes la escena bélica de la caza del bergantín. Dada la diferencia entre el poderío de las galeras y la pequeñez del bergantín, utiliza la imagen de un juego en el que se trata de pescar el pequeño bajel: dos galeras, casi volando, salen a cogerlo; otra lo fue costeando; lo alcanzan, pero vira y se escapa por debajo de la palamenta; vira la nave principal, lo adelanta y lo cogen, echándole la palamenta encima; pero dos turcos que venían en el bergantín dispararon sus escopetas "con que dieron muerte a dos soldados que sobre nuestra arrumbada venían. Como explica Martín de Riquer en su bello librito, Cervantes en Barcelona "Don Quijote ...que en sus libros predilectos había leído tantas batallas de mar y tierra ...no se enfrentará a una acción bélica de veras hasta llegar a Barcelona"

El juego dramático de la escena sirve para presentarnos al arráez del bergantín, la hermosa Anan Félix y su triste historia. A modo de relato bizantino, cuenta su lamentable vida amorosa con don Gaspar Gregorio. Entre ellos existe concordancia y armonía, máximo valor, que como ya señaló Américo Castro, le concede Cervantes al amor. Surgirán accidentes y peripecias, pero la ecuación natural se impondrá.

Asistimos al encuentro de Ricote con su hija, Ana Féix; se nos evoca los problemas que conllevó el destierro de los moriscos: el dolor del destierro, la vida del desterrado, las pérdidas económicas, la severidad de la ley.








sábado, 7 de abril de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LXII. DON QUIJOTE ANTE EL ESCARNIO SOCIAL




El caballero que recibió a don Quijote se llamaba don Antonio Moreno. Quería que la gente conociera sus locuras, pero estaba preocupado por si ocurría algo, porque “no son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos que valgan, si son con daños de terceros”, por lo tanto, lo primero que hizo fue hacer desarmar a don Quijote y sacarlo a un balcón para que la gente lo viese.

Se sentaron a comer ese día don Antonio, varios de sus amigos, don Quijote y Sancho; don Antonio, en alusión al falso Quijote, le dijo a Sancho que por allí se decía que “era tan amigo de manjar blanco y de albondiguillas, que si sobran las guardáis en el seno para el otro día” (que era comilón y sucio). Él respondió que no era verdad, lo que si era cierto es que actuaba de acuerdo con el refrán: si te dan la vaquilla, corre con la soguilla (no dejo pasar una buena oportunidad). Don Quijote elogió la limpieza de Sancho cuando comía y añadió que sus formas de comer mejoraron desde que fue gobernador. Desconocía don Antonio lo del gobierno de Sancho y éste contestó: “Diez días la goberné (Barataria) a pedir de boca; en ellos perdí el sosiego y aprendí a despreciar todos los gobiernos del mundo”.

Terminada la comida don Antonio llevó a don Quijote a una sala en la que había una mesa con pies de jaspe, que tenía en el centro un cabeza de bronce que, según don Antonio, respondía a las preguntas que le hacían. Lo podría comprobar al día siguiente, sábado, para interrogarla porque los viernes estaba muda.

Aquella tarde sacaron a pasear a don Quijote, no armado, vestido con un balandrán de paño leonado y subido en un mulo, por las calles de Barcelona. Le habían cosido al balandrán, por la espalda un pergamino en el que se leía: “Éste es don Quijote de la Mancha”. Don Quijote se admiraba de que todos lo conocieran. Se lo dijo a don Antonio y éste contestó que “la virtud no puede dejar de ser conocida, y la que se alcanza por la profesión de las armas resplandece y campea sobre todas las cosas”.

Un castellano que ya lo conocía le dijo que iba contagiando locura por donde pasaba, que se marchara a su casa y se preocupara de su hacienda, de su mujer y de sus hijos. Don Antonio le contestó: “no deis consejos a quien no os lo pide” y “la virtud se ha de honrar donde quiera que se hallare”. El castellano, desanimado, respondió que aconsejar a don Quijote era “dar coces contra el aguijón”  (Obstinarse en luchar contra aquello que no puede ser vencido. Lo único que conseguiremos es perjudicarnos ). Siguieron paseando y la gente se apiñó tanto para verle que don Antonio tuvo que quitarle el pergamino.

Aquella noche llevaron a don Quijote a un sarao que había organizado la esposa de don Antonio en su casa. Entre las asistentas había algunas picaronas y burlonas que con atrevidos requiebros sacaron a bailar a don Quijote; viéndose totalmente acosado, alzó la voz y dijo:  ¡Fugite, partes adversae!  (¡Huid, enemigos!).  Les pidió que lo dejaran tranquilo, pues su corazón era de Dulcinea y, extenuado, se sentó en el centro de la sala. Sancho lo llevó a su aposento y lo acostó.

Al día siguiente, don Antonio, con algunos amigos, y con don Quijote y Sancho les estuvieron haciendo preguntas adivinatorias a la cabeza encantada. Todas las contestó con gran ingenio y sorpresa de los presentes.  Una de las mujeres le preguntó que si su marido la quería bien o mal. La cabeza le respondió que mirara las obras que le hacía. La mujer añadió que la respuesta era obvia, pues “las obras que se hacen declaran la voluntad que tiene el que las hace”.  Otra mujer le preguntó que qué tenía que hacer para ser muy hermosa. La cabeza le contestó: “Sé muy honesta”. Don Quijote y Sancho le preguntaron sobre la Cueva de Montesinos, el desencanto de Dulcinea y el gobierno de la ínsula, pero las respuestas les dejó insatisfechos, especialmente a Sancho.

Cide Hamete declaró cómo don Antonio, para desterrar misterios y sorpresas, y seguir los dictados de “los oídos de las despiertas centinelas de nuestra fe”  (de la Inquisición),  dijo donde estaba el secreto: Tanto la cabeza como el pie de la mesa eran huecos. A través de ese hueco, y desde la cabeza a otra habitación inferior, había un cañón de hoja de lata,  por el que hablaba y escuchaba un sobrino de don Antonio, estudiante agudo y discreto.

Al día siguiente salió don Quijote a pasear por la ciudad acompañado de Sancho. Vio una imprenta y entró. Entabló conversación con el autor de la traducción  de  le bagatele y le hizo burlescos elogios de sus trabajos. Comparó las traducciones con tapices mirados al revés, por lo mal que estaban hechas. Entre los libros que había en la imprenta se encontraba uno titulado Segunda parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal, vecino de Tordesillas. Le lanzó improperios y dijo que su San Martín se le llegará como a cada puerco  (ya le llegará la hora de su castigo, en alusión al refrán “A cada puerco le llega su San Martín, por la matanza del cerdo, que se produce en el mes de noviembre). Dicho esto, con muestras de despecho, salió de la imprenta. Aquel mismo día, acompañado de don Antonio, fue a ver las galeras que estaban en la playa.

El capítulo tiene, entre otras, las siguientes lecturas:

a)      Desde el ámbito del realismo filosófico, según la interpretación de Alexander Parker en “El concepto de verdad en el Quijote”, nos preguntamos por qué don Quijote es tratado de esta manera por don Antonio, sus amigos y las damas. La respuesta parece clara: para divertirse. Se burlan de don Quijote porque les interesa pasar un rato placentero a costa de las simplezas y locuras del Caballero. Esta es la verdad que se impone en la novela. Las personas obran movidas por sus intereses. A deformar la verdad contribuyen las opiniones y las estrategias de las  personas. La cabeza de bronce puede engañar a las personas sensatas e inteligentes: “había sido fabricada por uno de los mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo”.  A don Quijote lo viste y lo saca al balcón don Antonio, “a vista de la gente y lo muchachos, que como a mona lo miraban”, para que todos se rieran.  Los personajes del capítulo, a excepción del castellano, mienten. Éste le aconseja que se vaya a su casa, pero lo hace de tal manera que, incluso, el lector se molesta por la forma de decírselo.  La verdad existe, pero en la vida, como nos dijo don Quijote, en el capítulo XI, “se mezcla el engaño y la malicia con la verdad y la llaneza”.

b)      Desde un punto de vista existencia. Es lo que realiza Casalduero en Sentido y forma del Quijote. Las acciones del capítulo: en el balcón (presentación grotesca de don Quijote) y sobremesa (visión picaresca que de Sancho se da en el Quijote apócrifo); primera aparición de la cabeza encantada; paseo de don Quijote a caballo, sin Sancho; sarao de las damas; cabeza encantada; paseo de don Quijote a pie con Sancho. Son siete pasos, siete estaciones. Estamos viviendo la befa y el sentimiento de la pasión.” Una línea similar de análisis es la que realiza Unamuno en Vida de don Quijote y Sancho: "!Pobre don Quijote, paseado por la ciudad con tu ecce homo a espaldas! Ya estás convertido en curiosidad ciudadana"




martes, 3 de abril de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LXI. DON QUIJOTE LLEGA A LAS PLAYAS DE BARCELONA







Tres días pasaron juntos don Quijote, Sancho y Roque. Los primeros se quedaron sorprendidos de la vida tan intranquila que Roque llevaba. Tanto temía que lo cogiese el virrey de Barcelona, como que los suyos lo entregasen.

“Por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas”, salieron los tres, juntos con seis hombres de Roque para Barcelona. Llegaron la noche de San Juan. Allí se despidieron con muestras de afecto.

Roque se marchó y don Quijote, a caballo, se quedó esperando el amanecer. Era la primera vez que veían el mar. Su inmensidad espacial les sorprendió. En la playa había galeras adornadas de flámulas y gallardetes. Desde ellas, los soldados disparaban la artillería, que era contestada por los que estaban en las murallas y fuertes de la ciudad.

Un grupo de caballeros, entre los que estaba el avisado por  Roque Guinart, esperaba a don Quijote. Lo recibieron con vítores por ser el verdadero don Quijote y le rogaron que les acompañase.  A estas manifestaciones de afecto, don Quijote contestó: “Si cortesías engendran cortesías, la vuestra , señor caballero, es hija o parienta muy cercana de las del gran Roque”. Se dirigieron a Barcelona al son de chirimías y atabales, pero como el demonio está en todas partes, unos muchachos les pusieron a Rocinante y al rucio unas aliagas debajo de la cola, lo que provocó el desasosiego de los animales que terminó con don Quijote y Sancho en el suelo. .

Volvieron a montar y se dirigieron a la magnífica casa del caballero que los guiaba.

Comentario

Se inicia el capítulo recordándonos cómo es la vida de los  que huyen de la justicia: es una vida en constante temor y miedo: “aquí amanecían, acullá comían; unas veces huían sin saber de quién y otras esperaban sin saber a quién; dormían en pie, interrompiendo el sueño, mudándose de un lugar a otro. Todo era poner espías, escuchar centinelas, soplar las cuerdas de los arcabuces...Vida, por cierto, miserable y enfadosa”.

Después de despedirse de Roque en la playa de Barcelona la noche de San Juan, contemplaron al amanecer la inmensidad del mar, “-parecioles espaciosísimo y largo,”-. De inmediato perciben el sonido de “los clarines, trompetas y chirimías, mezclados con los belicosos acentos de la infinita artillería que disparaban las galeras.   La tranquilidad de la naturaleza actúa como catalizador del ánimo de don Quijote y del lector, transformándolo en placer y deleite: “El mar alegre, la tierra jocunda, el aire claro, sólo tal vez turbio del humo de la artillería, parece que iba infundiendo y engendrando gusto súbito en todas las gentes”. En dos líneas, Cervantes nos ha bosquejado un amanecer en el que el humo de la artillería se esparce por el aire limpio y claro.

Cervantes nos muestra el contrapunto entre los dos Quijotes, por medio del afecto que los caballeros muestran al verdadero don Quijote: “no el falso, no el ficticio, ni el apócrifo que en falsas historias estos días nos han mostrado, sino el verdadero, el legal y el fiel que nos describió Cide Hamete, flor de los historiadores.”

Lamentablemente, lo mismo que les ocurrió cuando fueron a saludar a los duques, en el capítulo treinta, cayeron al suelo señor y escudero. Una vez más, el humor se hace necesario y,  nuestros personajes sirven de bufones, en este caso, por acciones atribuidas a otros: “los muchachos que son más malos que el malo”, han puesto debajo de las colas del rucio y de Rocinante, sendos manojos de aliagas.

Volvieron a subir y entre aplausos y músicas llegaron a la casa del caballero que los guiaba, que era grande y principal, en fin como de caballero rico”






lunes, 2 de abril de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LX. SANCHO OBLIGA A SU AMO A RESPETAR LOS PRINCIPIOS DE LA LIBERTAD QUE ANTES CANTÓ






Para desmentir al autor del falso Quijote, el Ingenioso Hidalgo se dirigió a Barcelona. Al final del sesto día, les llegó la noche y se pararon a descansar. Sancho se durmió en seguida, pero don Quijote no podía pegar ojo; sus pensamientos iban de un lugar a otro, siempre pensando en Dulcinea: “Ya le parecía hallarse en la cueva de Montesinos, ya ver brincar y subir sobre su pollina a la convertida en labradora Dulcinea, ya que le sonaban en los oídos las palabras del sabio Merlín que le referían las condiciones y diligencias que se habían de hacer y tener en el desencanto de Dulcinea”. A la vista de que Sancho apenas se había azotado, llegó a la conclusión de que lo haría él mismo. Cogió las riendas de Rocinante para azotarle y empezó a quitarle a Sancho las cintas de sus greguescos. Sancho se despertó y, al darse cuenta de lo que don Quijote se proponía, se enfrentó a él, le echó la zancadilla y lo tiró al suelo; le puso la rodilla en el pecho y le obligó a que le prometiera que jamás intentaría azotarlo. Don Quijote respondió que jamás volvería a hacerlo y que quedaba en libertad para que se azotase cuando quisiese.

Sancho se retiró a descansar en otro lugar; cuando se aproximó a un árbol, se dio cuenta de que lo rozaban unos pies. Lo mismo ocurría en los otros árboles. Asustado, llamó a don Quijote y éste le contestó que se trataba de bandoleros a los que la justicia había ahorcado, por lo cual entendía que estaban próximos a Barcelona.

Empezaba a amanecer y, de pronto, se vieron rodeados por cuarenta bandoleros. Don Quijote estaba desarmado y no tuvo más remedio que inclinar la cabeza y tener paciencia.  Comenzaron a quitarles sus pertenencias. Sancho, que se había guardado las monedas que le entregaron en la casa del duque, en una faja, fue registrado. Cuando se las iban a quitar llegó el jefe de la banda, Roque Guinart y les ordenó a sus hombres que devolvieran lo que les habían robado. Don Quijote se presentó y Guinart se alegró de conocerlo porque había oído hablar mucho de él. Al verlo alicaído, lo animó diciéndole que no se preocupara, pues a veces hay tropiezos que sirven para cambiarle a la persona la suerte, porque “el cielo, por extraños y nunca vistos rodeos, de los hombres no imaginados, suele levantar los caídos y enriquecer los pobres”.

Estaban en esta situación cuando llegó hasta ellos una mujer vestida de hombre. Se trataba de Claudia Jerónima, hija de un amigo de Roque, llamado Simón Forte. Llegaba allí para pedirle a Roque que la ayudara a pasar a Francia. Había dejado malherido al hombre que le había dado palabra de casarse: don Vicente Torrellas. Se veían a escondidas del padre de ella, “porque no hay mujer, por retirada que esté y recatada que sea, a quien no le sobre tiempo para poner en ejecución y efecto sus atropellados deseos.” Don Quijote se ofreció a ayudarla, pero Roque partió con ella de inmediato en busca de don Vicente. Estaba agonizando y dio pruebas de que era falso que se fuera a casar con otra; fue víctima de un rumor sin fundamento. En prueba de su amor la tomaba allí por esposa y minutos después murió. Martirizada por el hecho, Claudia entró en un convento. La trama de esta lamentable historia fue tejida por “las fuerzas invencibles y rigurosas de los celos”.

Roque volvió a donde estaba don Quijote. Les ordenó a sus hombres que sacaran todo el botín que desde el último reparto habían robado. Lo distribuyó prudencialmente. Visto lo cual dijo Sancho: “es tan buena la justicia, que es necesaria que se use entre los mismos ladrones”. Quedaron solos don Quijote, Roque y Sancho. Roque le dijo a don Quijote que se hizo bandolero por venganza y, “como un abismo llama a otro (una falta conduce a otra) y un pecado a otro pecado”, desde entonces vivía en riesgo constante. Don Quijote le respondió que “el principio de la salud está en conocer la enfermedad y en querer tomar el enfermo las medicinas que el médico le ordena”. Le dijo que Dios le mandaría las medicinas que le sanasen, que dejase esa vida y se hiciese caballero andante; esto provocó una sonrisa en Guinart.

Llegaron dos bandoleros de Guinart con un grupo de personas que habían apresado. En total llevaban novecientos escudos. Roque les pidió sesenta para repartirlos entre sus hombres, porque “el abad de lo que canta yanta” (el refr. alude a que cada uno vive de su trabajo). Los dejó en libertad y les dio un salvoconducto para que pudieran llegar a Barcelona sin ser molestados por otras cuadrillas de sus bandoleros.

Guinart, con uno de los suyos, le mandó una carta a un amigo diciéndole que el día de San Juan llegaría a las playas de Barcelona el famoso caballero don Quijote de la Mancha.



Comentario



El capítulo se organiza en torno a las siguientes historias: a) El camino a Barcelona y la rebelión de Sancho; b) El bosque de los ahorcados y Roque Guinart; c) La historia de Claudia Jerónima


Para desmentir al autor que le había hecho vituperios, don Quijote se dirige a Barcelona sin pasar por Zaragoza. Los días se suceden de manera monótona, pero en la mente de don Quijote vive constantemente la preocupación por el desencanto de Dulcinea. Si en las dos primeras salidas, ésta era la luz que lo guiaba, de la que salían la Belleza, la Justicia y el Bien, por obra de unos encantadores, en la tercera salida, en el capítulo décimo, en el Toboso, la ve convertida en zafia labradora. Esta preocupación por el encantamiento de Dulcinea se intensifica cuando desciende a la Cueva de Montesinos en el capítulo veinte y tres. Se conoce la forma de desencantarla en el capítulo treinta y cinco cuando Merlín le dice que Sancho se tiene que dar tres mil azotes.

Era normal que don Quijote se preocupara por desencantarla, pues los valores que su luz le transmitía los tenía que recuperar. Llega un momento en que no puede dormir: “Ya le parecía hallarse en la cueva de Montesinos…desencanto de Dulcinea”. En estos momentos de desesperación porque Sancho no se azotaba,  le viene a la imaginación la forma de romper el nudo gordiano de Alejandro Magno: “Tanto monta cortar como desatar” (Da igual una cosa que otra), por lo que ataría a Sancho y lo azotaría él mismo. Sin embargo, don Quijote olvidaba uno de los principios que él mismo había exaltado unos capítulos antes: el de la libertad. La soberanía de decidir uno sin apremio ni coacción. Además había partido de una premisa falsa: la que, según Alejandro,  vale lo mismo “cortar como desatar”. Pues no, las formas hay que respetarlas.  Por eso Sancho se le rebela. Ni lo puede maltratar, ni lo puede obligar. Don Quijote creó a Sancho y ahora depende de él. Estamos unidos y todos dependemos de todos. Esta es la lección que nos transmite este capítulo.

A lo largo de estos comentarios me he ido refiriendo a la España del Quijote, a la crisis de finales del XVI y del XVII, tomando como referencia el artículo de Pierre Vilar El tiempo del “Quijote”. Parte de este capítulo nos introduce también en los tiempos que corren. Cuando don Quijote y Sancho despertaron una mañana bajo un racimo de bandoleros colgados “por donde me doy a entender –dice-que estoy cerca de Barcelona”, no se trata de ningún cuento: es la exacta realidad. Cuando el duque de Alburquerque tiene que llegar a Barcelona para poner orden por el mucho bandolerismo que había, tiene que hacerlo por mar, pues los “bandoleros, -como dice el obispo de Vic-, son más señores de la tierra que el rey”.  Se ha llegado casi a una disidencia. El pueblo, como don Quijote, siente simpatía por ellos. Les temen menos que a la represión oficial. (Pierre Vilar).

La trágica historia de Claudia Jerónima, interpuesta en la historia de los bandoleros, es una de las añadidas en esta segunda parte de la novela. Está motivada por los celos y nos recuerda la de Anselmo, en El curioso impertinente (I, 33-35)