jueves, 31 de marzo de 2011

CAPÍTULO XIX. LA AVENTURA DEL CUERPO MUERTO



Caminaban don Quijote y Sancho y este último le decía que es probable que la causa de lo que les estaba ocurriendo la tuviera el que don Quijote hubiera faltado a las leyes de caballería, ya que no había recuperado el almete de Mambrino. Don Quijote le contesta que tiene razón y que lo del manteo pudiera ser que fuera porque Sancho es primerizo en lo de la caballería, pero que todo se volvería a recomponer. Le dice Sancho que él no juró nada al respecto y que por lo tanto nada debía. Que cumpliera don Quijote lo prometido, no fuera a ser que los fantasmas se volvieran a solazarse con ellos.

Estando en esta conversación se les echó la noche encima. Tenían hambre y a ello se les unió el miedo que pasaron cuando vieron que a lo lejos se les iba aproximando una gran multitud de lumbres que se hacían más grandes a medida que se acercaban.

Don Quijote, al darse cuenta del miedo que empezaba a sentir Sancho, trató de tranquilizarlo diciéndole que en esta nueva aventura que se presentaba mostraría toda su valentía, pero  la experiencia le decía a Sancho que si el enfrentamiento era con fantasmas, sus costillas lo pagarían. Don Quijote lo volvió a tranquilizar diciéndole que no lo pesaría nada.

Se apartaron un poco del camino y vieron a un grupo de veinte encamisados que llevaban unas antorchas encendidas. Detrás venía una litera cubierta de luto, seguida por otros seis encamisados todos de luto. Don Quijote se imaginó alguna situación propia de sus libros, se plantó delante del camino y le preguntó a uno de ellos por lo que llevaban en las andas y que le dijera de dónde venían y a dónde iban. No se sintió a gusto don Quijote con la contestación que le dio y le cogió la mula al encamisado por el freno. Esta se asustó, el que iba subido se cayó y uno que vino a ayudarlo, denostó a don Quijote. Embistió este contra todos con tal furia que parecía el diablo. Los apaleó y echaron todos a correr con sus lumbres encendidas, pensando que el tal diablo les quería quitar el cuerpo muerto que llevaban.

Se acercó don Quijote al que estaba en el suelo. Le conminó a que le dijese quién era. Contestó este que se llamaba Alonso López, bachiller, natural de Alcobendas y que se dirigía a Segovia a llevar el cuerpo de un hombre muerto, con otros once sacerdotes, que son los que huyeron con las lanzas. Se disculpó don Quijote por lo ocurrido, pues era hombre cristiano.

Llamó a Sancho, pero este no acudió hasta que no sacó de una de las mulas que llevaban los sacerdotes todos los alimentos que pudo. Se acercó a donde estaba don Quijote con el que había caído al suelo. Se dirigió Sancho al bachiller diciéndole que el que los había combatido era “el Caballero de la Triste Figura”, explicándole posteriormente a don Quijote que así era como lo vio a la luz de la antorcha, debido al cansancio que manifestaba  y la falta de muelas.

Lo anterior le sirve a don Quijote para replicarle que no era lo que Sancho pensaba, sino que el sabio a quien corresponde escribir sus hazañas habría considerado bien que así se llamara y sería el nombre que tomaría de ahora en adelante.

Le recrimina el bachiller lo que don Quijote ha hecho y le contesta que él se siente cristiano y jamás pensó ofender a la Iglesia. Siempre había tenido en cuenta por qué excomulgaron al Cid Campeador. Oído esto, el bachiller se marchó.

Quiso don Quijote conocer lo que llevaban en la sepultura, pero Sancho se lo impidió argumentando que se debían pronto marchar, pues si se daban cuenta los vencidos que solamente un hombre había peleado contra ellos, podían volver y les diesen en qué entender. Dicho lo cual deberían marcharse y como dice el refrán: váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza.

Se marcharon y tanta era el hambre que llevaban que cenaron, desayunaron y comieron, pero no disponían de agua.

Comentario



La crítica literaria sobre El Quijote se puede agrupar en dos grandes bloques: a) Los que realizan una interpretación del libro, siguiendo la propia visión de Cervantes: la historia de un loco embebido de Literatura caballeresca. Es lo que se ha dado en llamar interpretación dura; b) Los que lo interpretan como un héroe, también llamada interpretación blanda.  Esta última postura corresponde principalmente al Romanticismo y corriente afines.

En esta última corriente se sitúan las de Unamuno en “Vida de don Quijote y Sancho” y la de Bloom en “El Canon Occidental”. Una y otra entran de lleno en la corriente hermenéutica de Gadamer.  Para este filósofo, interpretar es entrar en juego con el escritor. Este a su vez entra en juego con la realidad. Entrar en juego es crear ámbitos. De acuerdo con esta teoría, Cervantes entra en juego con la realidad del alma hispánica en su doble vertiente quijotesca y sanchopancesca. Siguiendo con esta interpretación podemos decir que Cervantes vivió de cerca estos dos modos de encarar la realidad de la existencia española: por una parte, aquellos que viven la vida movidos por altos ideales, tienen una visión heroica de la misma; por otra la que la viven desde lo plebeyo, desde lo rutinario y deprimente. Es  la oposición entre don Quijote y Sancho.

Don Quijote vive su existencia desde el ámbito de la heroicidad, del ayudar al otro, de la fe en la solidaridad. Sin embargo a veces, como muy bien demostró Américo Castro, la realidad va oscilando y lo que creemos ser ejércitos, resultan se rebaños de ovejas y carneros y como en este caso, lo que don Quijote cree que son fantasmas que han robado un cuerpo, resultan ser unos humildes sacerdotes que llevan un féretro. Por lo tanto, los sentidos nos engañan muchas veces. Esta sería la lectura que desde un punto de vista hermenéutico y ambital haríamos del capítulo. Hay que tener mucho cuidado porque nuestras acciones, llevadas de buenos propósitos, a veces pueden ser perjudiciales como en este capítulo le ha ocurrido a don Quijote.

Otro de los hechos significativos en este capítulo es cuando don Quijote le dice al bachiller que nunca tuvo el propósito de ofender a la Iglesia, pues en su memoria estaba lo que “le pasó al Cid Ruy Díaz cuando su Santidad del Papa lo descomulgó”.  En este caso don Quijote recuerda la Historia que se cuenta en el romance del Cid “A concilio dentro de Roma”. Esto tiene que ver con un tema que surgió al principio: La influencia del “Entremés de los Romances” en El Quijote. El protagonista del Entremés, Bartolo se vuelve loco de leer romances. Valiéndose de este hecho, Menéndez Pidal aprecia la influencia del Entremés en la primera parte del Quijote. Una vez más, cuando lo caballeresco le vuelve a la mente, se cruza en don Quijote un romance.




martes, 29 de marzo de 2011

CAPÍTULO XVIII. LA AVENTURA CON LOS REBAÑOS

Con dificultades Sancho alcanzó a don Quijote. Cuando llegó, don Quijote le dijo que vio cómo lo manteaban, pero que no lo pudo evitar porque se encontraba encantado y le fue imposible saltar las tapias para evitarlo. Sancho le contestó que no era cosa de encantamientos, que eran hombres con nombre y apellido, como fue el caso del ventero Juan Palomeque el Zurdo. De lo anterior, sacaba la experiencia de que aquello les había ocurrido por ir tras de aventuras de las que no se sacaba nada. Consideraba que sería mejor volver a casa  y no andar de un sitio en otro y de mal en peor.

Don Quijote argumentaba que era propio de caballeros andantes verse envueltos en achaques de caballerías y que pronto vería cómo triunfaban en alguna batalla. Sancho replicó que hasta ahora la única batalla en la que se había vencido fue contra el vizcaíno, y aún salió mal parado don Quijote, pues perdió media oreja y media celada; desde entonces lo único que han recibido han sido palos y más palos y él, en concreto, un duro manteo.

Sentía don Quijote lo que le había ocurrido a Sancho y le decía que deseaba encontrar una espada que sirviera contra los encantadores, similar a la de Amadís. Sancho, con ironía,  le contestó que él era una persona con suerte, y la espada serviría como el Bálsamo de Fierabrás, útil para el caballero, pero no para el escudero.

Estando en esto divisaron dos grandes polvaredas que en sentido opuesto se acercaban. Se trataba de dos manadas de ovejas y carneros. Creyó don Quijote que iba a entrar en una nueva aventura y así se lo dijo a Sancho.  En su calenturienta fantasía, Don Quijote vio dos ejércitos y supuso que uno era el del emperador Alifanfarón y el otro, el de su enemigo Pentapolín del Arremangado Brazo, rey de los garamantas y buen cristiano. Se pondría de parte de este y ganaría noble y eterna fama.

Don Quijote explicó la causa del enfrentamiento y por qué deberían intervenir. Sancho dijo que la causa era noble y que él también participaría; pero que le preocupaba su rucio, porque no estaba para tales batallas. Contestó don Quijote que lo dejara a su ventura, pues con su intervención conseguirían muchos caballos. Así pues, decidieron subirse a una loma para ver el enfrentamiento.

Don Quijote de inmediato, llevado de su loca fantasía empezó a ver los personajes de sus novelas enfrentándose los unos con los otros.

Sancho le advirtió de inmediato que aquellos no eran ejércitos, sino dos bandadas de ovejas y corderos. Don Quijote le respondió que el miedo que tenía le impedía ver la realidad, pues “uno de los efectos del miedo es que turba los sentidos y hace que las cosas no parezcan lo que son”. Sin explicar más se lanzó contra ellos. Los pastores le pidieron que se alejase, pero al ver que don Quijote no hacía caso, cogieron las hondas y lo machacaron a pedradas, dejándolo por muerto. A la primera pedrada, don Quijote quiso reponerse con el Bálsamo de Fierabrás, así que tomo un trago. Cuando Sancho llegó, después de maldecirse por ir con don Quijote, éste le pidió que le viese la boca, pues le faltaban dientes. Cuando Sancho se acercó, don Quijote vomitó sobre él. Del asco que sintió vomitó a su vez Sancho sobre el caballero, quedando los dos como de perlas.

Se levantó don Quijote y se acercó a Sancho para consolarlo, pues se encontraba muy triste por lo acontecido. Don Quijote le dijo: “Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto se ha de serenar el tiempo, porque no es posible que ni el mal ni el bien sean durables”.

Le dice don Quijote que las desgracias son para él, pero Sancho replica que también tiene sus quebrantos, que van desde la pérdida de las alforjas al manteo que recibió. Se sorprende don Quijote de que no lleve las alforjas, pues en ellas iba la comida, pero trata de consolar a Sancho, argumentándole que “Dios que es proveedor de todas cosas, no nos ha de faltar, pues no falta a los mosquitos del aire, ni a los gusanillos de la tierra, ni a los renacuajos del agua”. Oído o anterior, Sancho le contesta que sirve para predicador, respondiendo don Quijote que de todo han de saber los caballeros andantes, pues nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza.

Decide don Quijote que sea Sancho el que elija el sitio para dormir, pero le pide antes que le mire las muelas que le quedan en la boca. Le dice Sancho que solamente tiene dos muelas y media arriba y ninguna en la parte de abajo, a lo que contesta don Quijote que hubiera preferido que le hubieran derribado un brazo, pues “la boca sin muelas es como molino sin piedras, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante”.

Prosiguieron su jornada, quejándose don Quijote del dolor de sus quijadas.

Comentario

Uno de los aspectos principales del libro son los diálogos como ya hemos dicho antes. Son tan específicos estos diálogos, como apunta Bloom, en el Canon de la Literatura Occidental, que han quedado marcados por la cortesía con que se van oyendo los dos personajes. Angus Fletcher, en Los colores de la mente, nos dice sobre don Quijote y Sancho que “Todo lo que piensan cada uno de ellos es sometido a examen o crítica. Mediante un desacuerdo, casi siempre cortés, gradualmente establecen una zona donde dan rienda suelta a sus pensamientos, y de cuya libertad se aprovecha el lector para reflexionar sobre ellos”.

En efecto, en estos diálogos encontramos la voz de Cervantes sobre los provechos que deseaba que los libros tuvieran. Se han destacado en negrita las advertencias que Cervantes realiza. Dentro de estas, es de destacar la que don Quijote le dice a Sancho sobre el saber que han de tener los caballeros andantes, pues “nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza”. En esta frase hay un atisbo de la vida de Cervantes: su actuación como soldado y su oficio de escritor.  

Otro aspecto importante es el valor que la experiencia tiene para conocer la realidad. Cuando don Quijote le dice a Sancho que desea tener una espada que sea útil frente a los encantadores, Sancho, llevado de su experiencia con el Bálsamo de Fierabrás, le contesta con una adveración tan cierta como sufrida por él mismo con dicho Bálsamo: útil para el caballero, pero no para el escudero.

Cuestión aparte es la gracia chocarrera de los vómitos, que nos recuerdan el humor primitivo y crudo del siglo XVII.


lunes, 28 de marzo de 2011

CAPÍTULO XVII

EL BÁLSAMO DE FIERABRÁS Y LA HUIDA DE LA VENTA

Se despertaron don Quijote y Sancho e iniciaron una conversación refiriéndose a lo mal que se encontraban por la paliza que les habían dado. Don Quijote le dijo que estaba recibiendo a la seductora hija del ventero cuando recibió del guardián de la doncella unos puñetazos tan fuertes que le provocaron sangre por la boca. Sancho se quejaba de que sin ser caballero andante, también lo habían aporreado.

Entró el ventero en el camaranchón  a interesarse por don Quijote. Al verlo despierto, le preguntó en términos amables, pero poco corteses para un caballero andante,  que cómo se encontraba. Don Quijote se sintió ofendido por la forma en que le habló el ventero y contestó desacertadamente. Irritado por la respuesta el ventero lanzó el candil sobre la frente de don Quijote, provocándole unos chichones. Al verse así le pidió a Sancho que le trajese sal, aceite, vino y romero para hacer el Bálsamo de Fierabrás.

Trajo Sancho lo que le pidió don Quijote. Hizo el bálsamo, cociendo los ingredientes anteriores, y se lo tomó, provocándole un fuerte vómito. Durmió después más de tres horas y se levantó muy aliviado.

Debido a la mejoría que experimentó don Quijote, quiso Sancho probar el famoso bálsamo y, tomándose el que quedaba empezó a sudar de una manera que creía morirse. Después tuvo unas diarreas fortísimas. Según don Quijote, a Sancho le habían provocado unos efectos diferentes a los suyos, debido a que Sancho no había sido armado caballero andante.

Don Quijote que se encontraba bien quiso partir rápidamente, así pues ensilló a Rocinante y enalbardó el rucio de Sancho.

Se disponían a salir de la venta. Don Quijote se dirigió al ventero, tomándolo como señor del castillo y diciéndole que, como caballero andante, se ponía a su disposición. El ventero contestó  que no era señor de ningún castillo, que aquello era una venta y que  sólo necesitaba cobrar. Don Quijote lo llamó sandio y mal hostelero y, picando a Rocinante, salió rápidamente de la venta.

El ventero se dirigió a Sancho pidiéndole que le pagara, pero él contestó con el mismo razonamiento de don Quijote. Si los caballeros andantes no pagaban, tampoco lo hacían los escuderos. Ante esta situación, los presentes, entre los que se encontraban unos mozos pillos y algo taimados,  se dirigieron  a Sancho y con una manta lo mantearon. Sancho daba gritos, a estos acudió don Quijote y, desde la tapia pudo ver cómo manteaban a Sancho.  Cuando lo dejaron, quien únicamente acudió en su ayuda fue la compasiva Maritornes, le trajo agua, pero él pidió vino.

Cuando bebió, salió también rápidamente de la venta Sancho, aunque si sus alforjas con las cuales se quedó en prenda el ventero.



Análisis

La psicología de Sancho, apunta Dámaso Alonso, “es, en su desenvolvimiento, un largo proceso de engaño y desengaño, es decir, de un tipo característico del realismo psicológico, de la pintura de las almas en la literatura española…”

Un claro ejemplo de lo anterior es lo que ocurre en este capítulo. Sancho estaba ilusionado con el Bálsamo de Fierabrás. Lo manifestó en los capítulos anteriores, dando a entender que con aquello se podía ganar dinero.

Don Quijote, después de tomárselo y vomitar quedó como nuevo. Sancho, que tenía fe en su amo, quiso seguir su ejemplo, pero le sucedió lo contrario: cuando se lo tomó le produjo vascas, sudores y dolores de muerte.

Cuando don Quijote se lo vuelve a ofrecer, Sancho contesta: “!Guárdese el licor con todos los diablos, y déjeme a mí!.

Sancho ha pasado de la ilusión al desengaño. Es la tosca realidad con la que nos encontramos todos los días.


Cuando Sancho es manteado por los mozos alegres y apicarados que estaban en la venta, lo pasa muy mal y solamente Maritornes le ofrece primero, agua; posteriormente y a ruego de Sancho, vino. Maritornes, la moza que se refocilaba con los arrieros, que les daba satisfacción a lo que le pedían, también accede, como dice Cervantes, con “espíritu cristiano”, a ofrecerle a Sancho vino, pagándolo de su bolsillo. La caridad cristiana se está perdiendo. Actualmente, se funciona  únicamente por dinero. Este es el dios al que se adora.

Otro de los aspectos que destacan en el capítulo es la actitud de Sancho cuando tiene que pagar en la venta. Actúa como su amo, don Quijote. Tenemos que preguntarnos por qué actúa así Sancho. La respuesta está en el concepto de verdad que Cervantes nos da en el libro. Este aspecto ha sido muy bien estudiado por Alexander A. Parker en “El concepto de verdad en el Quijote”. Este autor sigue el concepto de verdad que Cervantes nos da en el capítulo XI: “La verdad se oscurece por el engaño, la malicia y los interese de las personas”. A Sancho le vale el testimonio de don Quijote para irse sin pagar como hizo su amo. La realidad era otra, pero quiso interpretarla como le interesaba.

Digno de destacarse, como explica Lázaro Carreter en La prosa de El Quijote, es  la respuesta de don Quijote al cuadrillero cuando le llama “buen hombre”. Este le contesta: “¿Úsase en esta tierra hablar desa suerte a los caballeros andantes, majadero?. Don Quijote se cree herido idiomáticamente en su dignidad y contesta de esa manera.  Cervantes nos quiere mostrar, una vez más, la heterofonía del caballero, como señala Lázaro Carreter.

jueves, 24 de marzo de 2011

CAPÍTULO XVI. LAS AVENTURAS DE LA VENTA


Don Quijote, atravesado en el asno, llegó a la venta. A la pregunta del ventero, Sancho contestó que se había caído desde una peña. La mujer del ventero, caritativa, su hija y la criada Maritornes: tuerta, fea, algo enana y jorobada, ayudaron a Sancho a acostar a don Quijote en un camaranchón que en otro tiempo fue pajar.
Mientras alumbraba Maritornes, la mujer y la hija del ventero embadurnaron el cuerpo de don Quijote; como le vieron el cuerpo acardenalado, le preguntaron a Sancho y éste contestó que al caerse se había dado contra las piedras. Que dejaran algo de ungüento para él, pues también llevaba algunos cardenales producidos por la lástima que le dio al ver los de don Quijote. Preguntó Maritornes que quién era. Sancho contestó que don Quijote de la Mancha, caballero aventurero, que tan pronto podía verse emperador como ser apaleado. También le dijo que muchas veces se busca una cosa y se halla otra.
Intervino don Quijote para darles las gracias por lo que estaban haciendo, en unos términos que ellas no entendieron.
El arriero había quedado en refocilarse aquella noche con Maritornes. Compartían habitación don Quijote, Sancho y el arriero. Este, que era un rico de Arévalo, debía de ser pariente del autor de la historia, pues, según el narrador editor, nos la cuenta toda, con pelos y señales, y no como los historiadores, que se dejan lo más importante. Del dolor que tenían, tanto Sancho como don Quijote, no podían dormir. Con la venta en silencio y sin luz, el arriero esperaba a Maritornes. Don Quijote se imaginaba que la hija del señor del castillo se había enamorado de él y que aquella noche acudiría a su lecho, pero no yacería con ella por no ser infiel a Dulcinea.
Entró Maritornes en el camaranchón, oliéndole la boca a ensalada trasnochada.  Don Quijote, que pensaba en la hija del ventero, al oírla, extendió los brazos, la cogió, la sentó en la cama y le tocó el vestido.
Don Quijote le dijo, en pulido lenguaje, que le gustaría complacerla, pero que se lo impedía el malestar que tenía y la fidelidad a su dama. El arriero, que esperaba con ansiedad a  Maritornes, oía escamado lo que don Quijote decía. Se acercó con sigilo y le dio tal puñetazo en las quijadas que le dejó la boca llena de sangre. Después se subió encima de él y lo vapuleó.
La cama en la que estaban el arriero, don Quijote y Maritornes, cayó al suelo. El ventero oyó el ruido y de inmediato pensó que sería alguna aventura de Maritornes. Entró en la habitación, Maritornes al verlo, se metió en la cama de Sancho; éste, que soñaba, le empezó a dar golpes a la sirvienta, esta a él, el arriero a Sancho, el ventero a Maritornes y todos contra todos, pues se apagó el candil que llevaba el ventero. 
Un cuadrillero de la Santa Hermandad, que estaba en la venta, entró en el camaranchón, creyó que don Quijote estaba muerto. Quiso detenerlos a todos y cada uno se escapó por donde pudo.    

Comentario
Este capítulo responde muy bien a los consejos que Cervantes nos da en el prólogo: “Procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se nueva a risa, el risueño la acreciente..”.  Daniel Eisenberg, en La interpretación cervantina del Quijote, dedica un capítulo al estudio del humor en la obra. ( Véase lo que se dijo en el comentario del capítulo I). La tesis de López Pinciano se cumple aquí. Curan a don Quijote y se acuesta a descansar; sin embargo, la enfermera de Sancho, les provoca después el peor de los descalabros.
Por otra parte, la simpleza de Sancho conlleva la gracia de la respuesta que le da a la hija del ventero, sobre cómo se le han producido a él los cardenales.
Por otra parte, de la lectura del capítulo se extrae también la conclusión de que cuando las relaciones sexuales son fuera del matrimonio, se obtienen resultados como los que le ocurren a Maritornes y al arriero. Cervantes, que creía que la literatura también tenía que educar, lo ejemplifica en este capítulo.

miércoles, 23 de marzo de 2011

CAPÍTULO XV. LA AVENTURA CON LOS YANGÜESES


Cuenta Cide Hamete que don Quijote y Sancho continuaron por el mismo bosque por el que se metió Marcela, con intención de encontrarla.  No la hallaron; llegaron a un prado a la hora de la siesta y se sentaron a comer y a descansar. Dejaron en libertad a Rocinante y al rucio. Había por allí unas yeguas de unos arrieros gallegos. Rocinante se dirigió a ellas con intención de alegrarse, pero lo repelieron sin miramientos. Los arrieros, al ver que Rocinante seguía  molestando a sus yeguas, le dieron tal sarta de palos que lo dejaron en el suelo. 
Don Quijote cuando vio lo que habían hecho con Rocinante, le dijo a Sancho que tenían que intervenir para vengar al caballo. En un principio, Sancho se resistió, pero al ver a don Quijote cómo le daba un golpe a uno de los arrieros, decidió intervenir. Ellos eran más de veinte; al verlos a los dos solos, cogieron sus estacas y los molieron, dejándolos tirados junto a Rocinante, que aún no se había levantado. Ahí se podía ver –comenta el narrador-  lo que son capaces de hacer las estacas puestas en manos rústicas y agraviadas
Cuando se levantaron, Sancho pidió de inmediato el bálsamo de Fierabrás, del que le había hablado don Quijote, para curarse; éste le contestó que pronto lo tendría. A don Quijote le preocupaba haber tergiversado las leyes de caballería, pues un caballero no debería enfrentarse con gente ruin como aquella. Por esta razón le pedía a Sancho que la próxima vez se enfrentara él con gente de tal ralea. Con voz lastimera, Sancho se lamentaba de haber intervenido, pues era persona pacífica y jamás se había metido ni se metería en trifulca alguna.
Don Quijote le recordó que cuando fuera gobernador de la ínsula debería tener valor para defenderla, pues en las conquistas,  “el nuevo posesor debe tener entendimiento para saberse  gobernar y valor para ofender y defenderse en cualquier acontecimiento”.
Sancho, que estaba molido, le contestó que no estaba para pláticas, que debían ayudar a Rocinante y que jamás creyó lo que vio en él. Lo cual le llevaba a pensar lo que se dice: “que es menester mucho tiempo para venir a conocer las personas, y que no hay cosa segura en esta vida”.
Sancho le preguntó a don Quijote que si era frecuente entre los caballeros andantes salir con tanta frecuencia tan mal parados, a lo que éste contestó que los caballeros andantes siempre estuvieron sometidos a los triunfos y a las derrotas, poniéndole el ejemplo de Amadís de Gaula, que llegó a recibir doscientos azotes y al Caballero del Febo que, a traición, le pusieron una lavativa de arena, nieve y agua. Se quejó Sancho de los estacazos que le dieron, de los cuales se acordaría siempre. Le respondió don Quijote que “no hay memoria que el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma”.
Deciden ir a ver a Rocinante, pues había quedado mal parado y continúan con su diálogo lleno de razonamientos. Dice Sancho que se maravilla de que su rucio haya quedado “libre y sin costas”, a lo que contesta don Quijote que “Siempre deja la aventura una puerta abierta en las desdichas para dar remedio a ellas”, razón por la cual le vendría bien subir en el rucio, pues Rocinante no estaba para tal. A la afirmación de Sancho de que hay diferencia entre ir a caballo ha subido en asno, vuelve a argumentar don Quijote que las heridas que se reciben en las batallas antes dan honra que la quitan”.
Quiso don Quijote terminar el diálogo, pues estaba anocheciendo y era conveniente salir del lugar. Sancho le ayudó a subir en el rucio; detrás iba él llevando a Rocinante del cabestro cuando vieron una venta que don Quijote creyó que era castillo. Llegaron a ella y Sancho se introdujo con toda la recua.

Comentario
Estamos ante uno de los capítulos en los que la alienación de don Quijote está superada por unas expresiones que reflejan agilidad de pensamiento y cordura en la elocución.  A través del diálogo, el lector va viendo las enseñanzas que Cervantes quería que los libros mostrasen. El diálogo sirve como catalizador del pensamiento del lector.
El crítico literario Bloom, en El canon occidental dice que “ La relación entre don Quijote y Sancho, cariñosa y a menudo irascible, constituye la grandeza del libro, más incluso que el vigor con que se representan las realidades naturales y sociales…No se me ocurre una amistad comparable n toda la literatura occidental”.
 En efecto, los dos personajes dialogan con gran cortesía. Los argumentos de uno son analizados rápidamente por el otro. En bastantes de las respuestas de don Quijote,  encontramos sensatez: don Quijote desea intervenir al ver cómo apalean al pobre Rocinante, creyéndose con valor suficiente para enfrentarse a los yangüeses, Sancho rápidamente le advierte del error. Cuando Sancho se queja de que es una persona tranquila y no tiene valor para enfrentarse a nadie, don Quijote rápidamente le comenta que para ser gobernador de la ínsula se ha de tener entendimiento para gobernarse y valor para defenderse.
Cuando Sancho opina sobre el comportamiento de Rocinante dice que “es menester mucho tiempo para venir a conocer a las personas, y que no hay cosa segura en esta vida”.
Al quejarse Sancho de que siempre se acordará de los palos recibidos, don Quijote le contesta que no hay memoria a quien el tempo no acabe.
A los comentarios de Sancho referidos a que su rucio es el único que ha salido bien en esta aventura, rápidamente responde don Quijote que siempre deja la aventura una puerta abierta a las desdichas para dar remedio a ellas.
Por último, cuando Sancho le dice a don Quijote que hay diferencia entre el ir a caballo o atravesado como costal de basura, responde don Quijote que “las heridas que se reciben en las batallas, antes dan honra que la quitan.”
Tanto las respuestas de uno como de otro nos obligan a reflexionar. Con razón dice Bloom que Cervantes, junto con Shakespeare y Montaigne son escritores sapienciales.



martes, 22 de marzo de 2011

CAPÍTULO XIV. LA CANCIÓN DESESPERADA. LAS RAZONES DE MARCELA


Vivaldo empezó a leer la canción desesperada de Grisóstomo. Aparece en ella el autor como una persona terriblemente dolida por el despecho que le ha hecho Marcela. Su dolor es tan grande que ni siquiera el aullido y las quejas de dolor de los más fieros animales pueden comparársele en su intensidad. Sus quejas se extenderán por todo el mundo. No hay asomo de esperanza. Ante esta situación desea vehementemente un hierro o una soga para quitarse la vida. A esto lo lleva la hermosura y frialdad de la amada. Pero no quiere que por ello se turbe, al contrario, que sea para ella una fiesta. Desea que todos los mitos del sufrimiento se refugien en él antes de arrojarse al vacío.
Los presentes dijeron que no se correspondía lo que decía la canción con lo que se comentaba sobre el buen crédito y fama de Marcela. Estando en esto apareció Marcela. Cuando esto ocurrió, Ambrosio le recriminó su presencia, pues, según él, ella había sido la causa de la muerte de Grisóstomo. A esto respondió ella defendiéndose en un largo parlamento
Comienza su discurso Marcela diciendo que está allí para recriminar a todos aquellos que creen en las razones de Grisóstomo. Empieza diciendo que si ella es hermosa es porque el cielo  lo ha querido; pero no por ello está obligada a amar a quien la ama. No debemos desear todo lo que es hermoso, pues siendo esto múltiple, múltiple sería el deseo y la voluntad, lo cual sería un error por lo mucho que nos confundiría. Y “el verdadero amor no se divide y ha de ser voluntario y no forzoso”. A partir de aquí, razona Marcela llevando el argumento al absurdo: “si el cielo la hubiera hecho fea, ¿tendría que quejarse porque no la querían?”. Continúa razonando Marcela desde el plano moral, diciendo que la honra y las virtudes son adornos del alma. Si una persona se enamora del cuerpo, no por eso se debe perder la honestidad que es patrimonio del alma, por complacer al deseo del amante. Dice que vive en la soledad de la naturaleza y ella es su compañera. Si los deseos se mantienen con esperanzas, ella no ha dado ninguna a Grisóstomo, por lo tanto, lo ha matado su porfía contra la esperanza, que nunca ella le mostró. 
 Una vez que terminó, se alejó de los que estaban. Don Quijote que también estaba presente dijo que no se atreviera nadie a seguirla, pues había demostrado con claras y contundentes razones que ella era libre, honrada y honesta y para nada tenía que ver con la muerte de Grisóstomo.
Las razones de don Quijote convencieron a todos y nadie se atrevió a seguirla. Enterraron el cuerpo de Grisóstomo, diciendo Ambrosio que mandaría poner un epitafio en la tumba, explicando la causa de su muerte.
Esparcieron flores en la sepultura y se separaron. Vivaldo le dijo a don Quijote que lo acompañara a Sevilla porque encontraría muchas aventuras. Contestó que antes tenía que limpiar de malhechores aquellas tierras.
Comentario
Nos encontramos con un capítulo en el que se oponen la locura que manifiesta Grisóstomo en la Canción Desesperada a la sindéresis que muestran Marcela y don Quijote en sus razonamientos. Especialmente el discurso de la primera. Como demuestra muy bien Martín de Riquer, en Aproximación al Quijote, “el estilo está perfectamente adecuado a la trama principal de la novela”.
 Con este capítulo termina la novela pastoril de Marcela y Grisóstomo. Era un género de novela muy en boga en la época y Cervantes se hace eco de ella. Los protagonistas eran unos pastores idealizados o pastores poetas como es el caso de Marcela y Grisóstomo.
 El discurso de Marcela pertenece al oratorio y es un ejemplo de la heterofonía de la obra. Con su discurso, Marcela ingresa de pleno en defensa de la dignidad de la mujer. Marcela pretende convencer a los oyentes de su inocencia y lo consigue. Empieza su discurso hablando de la naturaleza de la hermosura, para pasar después a explicar las circunstancias que la acompañan. Se centra después en la muerte de Grisóstomo y las circunstancias relacionadas con la causa, para terminar hablando de la honestidad y su naturaleza a la que prosigue. Su influencia en el ánimo de los oyentes es tal que todos se quedan parados y ninguno la acosa. Don Quijote, con gran cordura asume todo lo dicho por ella.
Cervantes se adelanta en el tiempo y nos describe personas con valores intemporales. Este es el caso de Marcela. Prototipo de mujer independiente, defensora de su libertad. Defiende ella, con gran razón, que no se puede someter una persona a otra simplemente porque uno de ellos esté enamorado del otro. El amor es una ecuación y ha de ser correspondido por los dos. Por encima de todo la persona tiene que ser libre para aceptar al otro. Es una ley de la naturaleza, y esta ley no se puede franquear. Así debe ser, pues cuando ese sentimiento no está establecido, difícilmente se puede crear. Las palabras de Marcela "Yo nací libre, y para poder vivir libre, escogí la soledad de los campos", le sirven, entre otras  razones  a Salvador de Madariaga en Cosas y gentes, ed. Espasa. pág. 94, a preguntarse "¿Cabe considerar a Cervantes como un hombre representativo del siglo español en que vivió?...¿ estas palabras no suenan ya al XVIII y a Rousseau?... Con Rabelais y Montaigne, es Cervantes uno de los precursores de la era de la razón. Los tres grandes libros, Gargantúa,  los Ensayos y el Quijote, jalonan las etapas del espíritu europeo en el camino que lleva de la era caballeresca de los grandes monarcas europeos hacia los tiempos modernos"
 Esta es la lección que Cervantes nos da en este capítulo. Con este discurso, la voz de Marcela se convierte en paladín de los derechos de la mujer e ingresa por derecho propio en las voces próceres de los derechos civiles:  una razón más para saber por qué Cervantes es un clásico.

lunes, 21 de marzo de 2011

CAPÍTULO XIII. ENTIERRO DE GRISÓSTOMO. LA DAMA DEL CABALLERO ANDANTE

Se levantaron muy temprano los pastores para ir al entierro de Grisóstomo. Llamaron a don Quijote y éste le ordenó a Sancho que enalbardase a Rocinante para acompañarlos. Pronto se pusieron en camino. Se incorporaron a un grupo de seis pastores, vestidos de negro, coronadas sus cabezas de ciprés y amarga adelfa. A ellos se les unieron otros dos hombres, a caballo y muy bien vestidos.
Uno de ellos, que se llamaba Vivaldo, le decía a otro que daba por bien el retraso que llevaban, pues de esta manera podían  asistir al entierro de Grisóstomo, que se había quitado la vida por la hermosa Marcela. Intervino don Quijote para interesarse por ella;  pero lo que le dijeron fue lo mismo que la noche anterior había oído de Pedro.
Al ver vestido así a don Quijote, le preguntó Vivaldo que por qué iba así armado por estas tierras tan pacíficas. Don Quijote le contestó que era caballero andante. A continuación explicó el origen de esta caballería, que se asienta en  tiempos del  rey Arturo, fundador de la orden de la Tabla Redonda. Con el tiempo fue extendiéndose por todo el mundo y a ella pertenecían  caballeros tan importantes como  Amadís de Gaula, Felix Marte de Hircania y Tirante el Blanco. También profesaba en la orden de caballería; caminaba en busca de aventuras y ofrecía su ayuda a los necesitados.
La caballería andante –siguió diciendo don Quijote- pasa por muchas estrecheces, al contrario que los cortesanos, que viven regaladamente. No viven con la tranquilidad que tienen los religiosos; estos piden al cielo, pero son los caballeros los que ejecutan la justicia divina. Dándose cuenta de que estaba delante de un orate, le comenta Vivaldo que los caballeros andantes, cuando acometen una aventura, se encomiendan a su dama, en vez de encomendarse a Dios como hacen los cristianos. Don Quijote le contesta que era propio de la caballería andantesca, primero encomendarse a su dama y posteriormente a Dios. Le comenta el caminante que había leído que no todos los caballeros andantes tienen damas y le pone el ejemplo de don Galaor, hermano de Amadís. Don Quijote le contesta que una golondrina no hace verano, para decirle a continuación, de manera secreta, que Galaor también se encomendaba a su dama. Le preguntó a don Quijote por la suya y éste le contestó con una descripción idolatrada de Dulcinea:  “es reina y señora mía, su hermosura, sobre humana”.
Los cabreros oyeron la descripción de don Quijote y se percataron de su falta de juicio. Sancho, que lo conocía, se daba cuenta de que desde que andaba con él, siempre decía lo mismo de Dulcinea, pero que nunca la vio así.
Desde lejos vieron a un grupo de cabreros, vestidos de negro y con guirnaldas en la cabeza. Llevaban una camilla. Pronto se dieron cuenta de que en ella estaba el cuerpo de Grisóstomo. Anselmo hizo una elegía del difunto y de su apasionado amor que lo llevó a la muerte.  Lo iban a enterrar con los papeles que había escrito. Vivaldo le pidió a Anselmo que no lo hiciera, pues podían contener textos importantes. Anselmo le permitió que cogiera uno de esos papeles. Resultó ser la Canción Desesperada.
Comentario                                                                                                                                       
Ya dije anteriormente, de acuerdo con críticos como Segre, que el Quijote es una novela ensartada en la que aparecen otras que guardan alguna relación con la trama amorosa que vive el personaje. En este caso es el del amor que vive Grisóstomo por Marcela. El de don Quijote por Dulcinea, se asienta en la irrealidad; pero el de Grisóstomo lo hace en la realidad. Se quita el amor por Marcela. Toda su historia tiene un aire de verdad y nada resulta extraño cuando el amor se vive como un drama que lleva a la alienación. 
Comparte con don Quijote que adora a su amada, si ser correspondido por ella. Esta adoración es casi religiosa. Don Quijote dice que es “dueña y señora mía”; Grisóstomo, porque lo desdeña, se quita la vida. Vivaldo censura la veneración que los caballeros tienen por sus damas. Esto parece ser lo que critica Cervantes, por ser lo que une a don Quijote y Grisóstomo. Esta es la lección que Cervantes quería que el lector aprendiera y funciona como corolario de la adoración amorosa que lleva a la enajenación.
Con respecto al romance que cita don Quijote cuando se explaya sobre la caballería: Nunca fuera caballero / de damas tan bien servido / como fuera Lanzarote / cuando de Bretaña vino, /, es una prueba del desequilibrio que a don Quijote le ha producido, tanto el romancero como los libros de caballerías. Don Quijote estaba empapado del Romancero. Lo vimos en el capítulo II, en la venta, cuando les dice a las coimas: Nunca fuera caballero / de damas tan bien servido /… También en el capítulo IV, cuando quedó malherido y empezó a pensar en el Romance del Marqués de Mantua: -¿Dónde estás señora mía, / que no te duele mi mal? / Sobre esta base del Romancero, se apoya don Ramón Menéndez Pidal para sostener que al igual que el Bartolo, del Entremés de los Romances, que se vuelve loco del leer el Romancero, Cervantes se inspiró en el Entremés para escribir la primera salida de don Quijote.     

jueves, 17 de marzo de 2011

CAPÍTULO XII. EL AMOR DE GRISÓSTOMO A MARCELA

Estaban curándole a don Quijote la oreja cuando llegó Pedro,  otro pastor y gran prevaricador del lenguaje, con la noticia de lo que había ocurrido en el pueblo. Un estudiante de Salamanca, rico y buen compositor de versos,  Grisóstomo,  había muerto de amor por causa del rechazo de la pastora Marcela, sin que esta le hubiese dado trato de favor ni esperanza alguna. Pidió ser enterrado al pie de un alcornoque, donde por primera vez vio a su amada.  Se opuso a ello el cura y un amigo del estudiante, Ambrosio, que conocía la causa de su muerte. Grisóstomo, cuando venía al pueblo era muy apreciado por sus conocimientos de astrología entre los agricultores. Les hablaba de los eclipses, así como de la abundancia o esterilidad de las estaciones y cosechas. Además componía villancicos y escribía autos sacramentales. Un día se vistió de pastor, junto con su amigo Ambrosio y se marcharon al campo, siguiendo la estela de Marcela.
Esta era huérfana de padre y de madre. El padre fue un rico labrador con más fortuna que la de Grisóstomo. Se casó con una mujer que era admirada en el pueblo por su honestidad y hermosura. Murió en el parto de Marcela. Al poco tiempo, de dolor, murió su marido. A la niña la crió un tío suyo que era sacerdote en el lugar. Desde pequeña se vio que en belleza iba a superar a la madre. A la edad de catorce o quince años, empezaba a ser cortejada por los mozos ricos del lugar, pero su tío, no quería concederles la mano de la sobrina sin su consentimiento, pues era de la opinión de que “no habían de dar los padres a sus hijos estado contra su voluntad”. Cuando se lo decía, ella contestaba que no estaba todavía preparada para el matrimonio, razón por la cual el tío no insistía.
Un día decidió hacerse pastora, se vistió como tal y se marchó al campo. Hizo saber que su intención era permanecer soltera.  Gran parte de los jóvenes se hicieron pastores, siguiéndola. Por su belleza y su afable trato, enamoraba a los jóvenes. Estos suspiraban por ella, pero ella, cuando le proponían el matrimonio, los rechazaba. Grisóstomo, la adoraba.
Comentario
El Quijote es una novela llena de novelas. Unas guardan más relación con la trama que otras. La que trata este capítulo, pertenece a la segunda. Pertenece al género de la novela pastoril, muy en boga en la época.
 Menéndez Pidal, ya notó que el episodio de Cardenio está directamente inspirado por un conocido romance de Juan del Encina.
 Los pastores de esta novela pastoril,  se oponen por la cultura que tienen: cultos e ilustrados, como Marcela y Grisóstomo, y rústicos, que se expresan con muchos vulgarismos, constantemente corregidos por don Quijote, como Pedro. El habla de este último con sus constantes vulgarismos es un ejemplo vivo del realismo expresivo que Cervantes quería reflejar en la novela. Su habla nos produce risa por las confusiones a que da lugar, como es el caso de sarna por Sara, en la confusión de Pedro.  La función que tiene este nuevo narrador es la de introducir este relato pastoril y bosquejar los errores que se producen cuando el amor no está basado en la armonía de las personas.
Sobre el realismo expresivo de Cervantes hay que referirse nuevamente a Lázaro Carreter. Cuando se realiza el escrutinio de la librería, sabemos por boca del cura que el Palmerín de Inglaterra se libra por “las razones cortesanas y claras, que guardan y miran el decoro del que habla con mucha propiedad y entendimiento”.
“El decoro –nos dice Lázaro- es la adecuación  del modo de expresarse el personaje a su calidad y carácter”. En este capítulo nos muestra las diferencias culturales que se dan entre los pastores: Pedro, vulgar e inculto, pero con sentido común, como prueba las valoraciones que realiza de Marcela y su tío, frente a Grisóstomo, convertido en orate por dejarse llevar por sentimientos virtuales.
Otro aspecto importante que se destaca en el capítulo es la connotación moral que Cervantes quiere transmitir con el caso de la muerte por amor de Grisóstomo. Este se enamora tan locamente que pierde el juicio. No llega a amarla, sino a adorarla, sin ser correspondido por ella, pues dice que no lo quiere. Con su actitud bosqueja lo que es el amor para Cervantes:  un dogma, basado en la correspondencia entre dos personas o armonía. Si esta no se da, se produce un error tan grande en el que lo comete que termina en tragedia. Esto es lo que le pasa a Grisóstomo. Marcela es una mujer hermosa y honesta, pero exige un principio que está unido al amor: la libertad, sin ésta no es posible que se dé. La consecuencia del amor, para Cervantes, es el matrimonio, pero Marcela, al no estar enamorada, no lo acepta. Sin embargo, su tío, el sacerdote, que le hubiese gustado que se casase, especialmente porque la veía con edad y  por lo muy solicitada que estaba, lo cual, parece decirnos Cervantes, que una mujer muy hermosa soltera, causa más daño que bien.
El sacerdote se nos presenta como una persona prudente, especialmente cuando se hace eco del viejo apotegma de que en el casamiento el amor ha de estar ahormado por la voluntad.    

miércoles, 16 de marzo de 2011

CAPÍTULO XI. DON QUIJOTE CON UNOS CABREROS. DISCURSO SOBRE LA EDAD DORADA


Los cabreros se disponían a cenar, tendieron unas pieles de ovejas en el suelo e invitaron a don Quijote y a Sancho. Don Quijote se sentó en una artesa, que estaba puerta del revés. Sancho se quedó de pie. Don Quijote le dijo que se sentara a su lado, pues era propio de los caballeros andantes comer en igualdad de condiciones que sus criados, porque “de la caballería andante se puede decir lo mismo que del amor se dice: que todas las cosas iguala”. Sancho le contestó que prefería comer de pie e incluso a solas, “pues el comer acompañado supone respeto y ciertos comportamientos como mascar despacio, beber poco, limpiarse a menudo, no estornudar ni toser si te viene en gana ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo”.
Don Quijote insistió y consiguió que Sancho se sentara a su lado. Después de comer la carne, pusieron los cabreros encima de las zaleas bellotas avellanadas y un medio queso muy duro. Tampoco faltó el vino, que corría abundantemente.  Una vez que hubo don Quijote comido bien, cogió un puñado de bellotas y habló de la bondad de aquellos tiempos en los que no existían las palabras tuyo y mío, en los que no había necesidad de trabajar porque la naturaleza, abundante en todo, nos daba lo que necesitábamos; en los que predominaba la concordia y la paz en la tierra; no había fraude, ni se mezclaba el engaño y la malicia con la verdad y la llaneza; la justicia no se movía por los favores y los intereses, ni existía la ley del encaje en las sentencias; las jóvenes podían andar libremente sin temer a que su honestidad fuese manchada por otros.
Lamentablemente –continuó don Quijote- ahora, en estos tiempos, no ocurre igual: el amor, ha perdido su inocencia y se le busca con requerimiento. Ha crecido la malicia y para defender las doncellas, amparar a las viudas y ayudar a los menesterosos se creó la orden de la caballería. A esta orden pertenecía él. Terminaba dándole las gracias a los cabreros por lo bien que lo habían acogido.
Sancho, por su parte, oyó en silencio el discurso, sin parar de comer bellotas y beber vino
Una vez que don Quijote terminó, lo cabreros lo quisieron agasajar con cancines. Le presentaron a un zagal que cantaba muy bien: Antonio. Éste cantó el romance de sus amores con Olalla, una hermosa pastora a quien deseaba hacer su esposa
Terminado de cantar el romance, antes de irse a dormir, don Quijote se quejó de la oreja. Un cabrero se la curó con hojas de romero y sal.
Comentarios
Estamos ante un capítulo en el que predomina el ingenio y la cordura. Los cabreros invitan a cenar a don Quijote y a Sancho. Este último, dice que no se siente bien cenando en grupo porque se tiene que someter a ciertas normas sociales: comer despacio, beber poco…etc. Este es un ejemplo de lo que Cervantes quería que los libros llevasen de provecho. No quería que las buenas normas de la mesa se vieran ajadas por la mala compostura.  Cómo se han perdido estas normas en la sociedad de hoy. Basta ver las escenas del botellón para comprobarlo.
Otro de los aspectos importantes del capítulo es el discurso de la edad dorada. En un ejemplo de estilo oratorio, el narrador nos avisa de las circunstancias de la enunciación que condicionarán la expresión de don Quijote: “tomó un puño de bellotas en la mano y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones”.
Lázaro Carreter, en un magnífico estudio, “La prosa del Quijote”, señala que tanto los personajes de don Quijote y Sancho, como su habla, hay que entenderlos desde la misma literatura en la que se desenvuelven. Don Quijote y Sancho se van alimentando de literatura. Es desde la misma literatura, nos dice Lázaro Carreter, desde donde hemos de interpretar lo que nuestros personajes manifiestan. Los precedentes del paraíso perdido se encuentran en la literatura latina, en Virgilio y en Ovidio. Este tema se traslada a la novela pastoril del Renacimiento y don Quijote lo utiliza para criticar la época actual, pues no en vano en su discurso, don Quijote perora con la dignidad del tribuno sobre la falta de justicia que se aprecia en sentencias arbitrarias –ley del encaje-.  La verdad se oscurece por el engaño, la malicia y los intereses de las personas. Este último término: los intereses,  se ha de tener muy en cuenta para entender el concepto de verdad cervantina
El título que Cervantes le dio: El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, nos permite explicar las palabras de cordura que don Quijote dijo en este discurso. Si don Quijote es la historia de un loco, es interesante ver el concepto que en la época de Cervantes había de la locura. El doctor Huarte de San Juan había publicado el libro Examen de Ingenios (1575). En este libro se explica el temperamento en función de los humores del cuerpo. Un equilibrio de los mismos, producía personas normales; un desequilibrio, personas maniáticas, que a veces pueden actuar con gran inteligencia. A esta última visión responde don Quijote en su alocución. Sin embargo, también aquí hay parodia, pues, según él, el origen de la caballería a la que pertenece, se encuentra en esta literatura pastoril del Renacimiento
Este entreverar el carácter en don Quijote, actuando unas veces como discreto y otras como loco, fue analizado ya por Vicente de los Ríos, en 1790,  como fruto de la imaginación de Cervantes: “estos razonamientos sobre la edad dorada, aunque discretísimos están enlazados con la locura de D. Quijote… Los dos aspectos de este carácter producen otro efecto tan eficaz como la variedad, para sujetar gustosamente la atención de los lectores.”

Cuando el pastor le pide a Antonio que cante el romance a Olalla diciéndole que “te sientes y cantes el romance de tus amores que te compuso el beneficiado tu tío, que en el pueblo ha aparecido muy bien”, comenta el docto militar, que “esto era muy ordinario cuando solo los eclesiásticos, y los que seguían la carrera de la judicatura, se ocupaban en leer y estudiar, y ellos hacían todas las obras de ingenio, fuesen o no correspondiente a su estado”

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martes, 15 de marzo de 2011

CAPÍTULO X. DIÁLOGOS ENTRE DON QUIJOTE Y SANCHO

Sancho se levantó maltrecho por lo palos que le habían dado los mozos de mulas. De inmediato se dirigió a don Quijote a pedirle una ínsula, pues en la aventura había vencido. Don Quijote le contestó que no se ganaban tan fácilmente y que quizá más adelante se la podría dar.
Seguía Sancho a don Quijote cuando le sugirió que se debían quedar al amparo de alguna iglesia, pues era muy probable que el vizcaíno los hubiese denunciado a la Santa Hermandad. Si los cogían pasarían muchos años en la cárcel. Don Quijote les contestó que dónde había leído él que la justicia hubiera apresado a un caballero andante, acusado de homicidio. Sancho contesta que él no sabía nada de omecillos.
Viendo el estado en que estaba don Quijote, sangrando por la oreja, le dice que se la va a curar con unos hilos y ungüento. Don Quijote le habla de los milagros  del bálsamo de Fierabrás. Le explica sus propiedades y Sancho, que cree que se ganará dinero con la venta del bálsamo le pide que se lo dé. Le contesta don Quijote que tiempo tendrá de enseñarle cosas importantes y que le cure la oreja, pues le duele.
Al darse cuenta don Quijote de que se le había roto la celada en el combate con el vizcaíno, jura que actuará como el marqués de Mantua cuando quiso vengar la muerte de su sobrino Valdovinos: “no comer pan a manteles ni con su mujer folgar” hasta que pueda vengarse. Sancho le contestó que el vizcaíno cumplió su penitencia cuando se presentó ante Dulcinea, por lo tanto no procedía más.
Pensó don Quijote ganarle la lanza al primer caballero que se encontrase. Iban en esto cuando sintió ganas de comer. Le pidió a Sancho que le diese algo de lo que llevaba en las alforjas, pero era unos mendrugos de pan, una cebolla y un poco de queso, cosa que Sancho consideraba inadecuada para un caballero. Don Quijote le contesta que los caballeros andantes comen lo que tienen a mano. Pasa el tiempo, la noche se echa encima y se cobijan junto a las chozas de unos cabreros.
Análisis
Uno de los estudios más lúcidos sobre la naturaleza de Sancho nos lo ofrece Dámaso Alonso en  De los siglos oscuros al de oro.  ( Sancho - Quijote / Quijote - Sancho) Sostiene allí el autor que  la descripción del alma de Sancho que realiza Cervantes se corresponde con el realismo más exacto. La naturaleza humana se mueve entre la ilusión y la realidad: este es el caso de Sancho. En este diálogo lo vemos muy bien: los motivos que centran su ilusión son la ínsula y poseer la propiedad del Bálsamo de Fierabrás. Al lado de esto se encuentra realidades como evitar ser prendidos por la Santa Hermandad o evitar perseguir al vizcaíno porque probablemente haya cumplido con lo que prometió. Lo que define a Sancho, dice Dámaso, “es estar oscilando, pasando constantemente de un plano a otro, de la ilusión a la realidad desilusionada. Es un hombre realísimo; es el hombre”
El humor es importante en el libro. Ya Cervantes nos dijo en el prólogo que había que procurar que cuando se cuente la historia “el melancólico se mueva a risa”; por lo tanto, este es uno de los objetivos del libro. Por otra parte, de Sancho sabemos por el capítulo VII que era una persona simple, amiga de dichos ocurrentes.  Esto es lo que destacamos en este capítulo: la graciosa elocución de Sancho. Temeroso de que la Santa Hermandad los encierre, don Quijote contesta con arrogancia que nunca la Santa Hermandad ha acusado de homicidio a un caballero. Sancho, que desconoce el significado de la palabra, la confunde con “omecillo”, “rencores”. He aquí cómo se cumple la tesis de López Pinciano, explicada antes: “ La risa se encuentra entre dos cosas: obras y palabras, en las cuales se encuentra alguna fealdad y torpeza”.

lunes, 14 de marzo de 2011

CAPÍTULO IX. LOS CARTAPACIOS DE TOLEDO Y LA BATALLA DEL VIZCAÍNO


Nos dice el narrador que se quedó muy intrigado por saber lo que le ocurriría a don Quijote en su pelea con el vizcaíno, pues estaban los dos muy encolerizados. Sospechaba que tan importante historia debía de tener su historiador.  Buscaba ansiosamente información sobre la historia de don Quijote y la halló en el Alcaná (o calle de los mercaderes) de Toledo. Había allí un joven con unos cartapacios que contenían unos papeles que se referían a don Quijote. El título de uno de ellos era Historia de don Quijote de la Mancha, escrito por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Los compró todos. Estaban escritos en árabe. Le dijo a un morisco que hablaba castellano que los tradujese. Le pagó con  dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo. Como tenía interés por saber lo que pasaba, llevó al morisco a su casa y en un mes y medio los tradujo.
En uno de los papeles estaba pintada la batalla entre el vizcaíno y don Quijote. El vizcaíno estaba sobre su mula y debajo estaba escrito “Don Sancho de Azpeitia”. Don Quijote estaba subido sobre Rocinante y debajo ponía “Don Quijote”. Junto a él estaba Sancho Panza y tenía cogido el cabestro de su asno; debajo ponía Sancho Zancas.
El autor de la historia era árabe, los cuales tienen fama de mentirosos. El de ésta es probable que pusiera algo de menos que demás, sin embargo “los historiadores deben ser puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.
La segunda parte de la historia nos cuenta el bravo enfrentamiento entre don Quijote y el vizcaíno. El vizcaíno se lanzó sobre don Quijote y le descargó un fuerte golpe con la espada; tuvo suerte don Quijote porque no le acertó de lleno y logró escapar con solo una herida en la oreja. Cayó, se levantó y se subió sobre Rocinante. Cogió la espada con las dos manos; se lanzó sobre el vizcaíno, que se protegía con la almohada, pero le dio tal golpe que empezó a echar sangre por la boca, narices y oídos;  después cayó de la mula. Don Quijote se acercó al vizcaíno, le puso la espada entre lo ojos y le conminó a que se rindiese so pena de perder la vida. Intervinieron las señoras que iban en el coche para que se la perdonara, contestando don Quijote que así lo haría con la condición de que se presentara ante Dulcinea y se pusiese a su disposición. Las señoras, por librarse de aquel loco furioso, le prometieron que así lo

Comentario
El arte de la ficción cervantina aparece muy bien reflejado en este capítulo. Por lo que se demuestra en el texto,  hay un autor de los primeros ocho capítulos, que deja la historia sin terminar; también hay un autor árabe, Cide Hamete, según lo que está escrito en los cartapacios que el autor editor encuentra en el Alcaná de Toledo; un moro aljamiado que los traduce al castellano y, por último un autor editor, exacto alarife del libro, Cervantes,  que posteriormente nos lo cuenta. Este editor, como sabe que el autor árabe es poco amigo de la verdad y no lo dijo todo sobre don Quijote,  nos hace unas reflexiones sobre la historia en las que se atisba la racionalidad cervantina.

Vicente de los Ríos, que en su Análisis del Quijote, compara a Cervantes con Homero, nos dice que “La diferencia entre las fábulas heroicas y las burlescas está, entre otros hechos en la invocación, que se da en las primeras y no en las segundas…Cervantes conmutó la invocación a las musas, como hizo Homero, por la invocación al recurso a Cide Hamete Benengeli, quien como árabe y manchego debía saber por menor las particularidades de la locura de Don Quijote, que hace verosímil la fábula, y al mismo tiempo indica el origen de nuestras materias caballerescas”.
En el combate con el vizcaíno se vuelve a encontrar uno de los muchos engaños que a la razón cometen los personajes. Este se enfrenta a don Quijote sin percibir que estaba loco. Tiene que ocurrir la lucha para que los que iban en el coche engañen a don Quijote y acepten realizar lo que él desea. El no asumir pronto la verdad de la locura les ha traído estos problemas. 

sábado, 12 de marzo de 2011

CAPÍTULO VIII. LOS MOLINOS DE VIENTO Y OTROS SUCESOS NOTABLES


Iban en su conversación cuando divisaron a lo lejos treinta o cuarenta molinos de viento. Don Quijote, movido por la fama que buscaba, pronto los identificó con gigantes y se dispuso a enfrentarse a ellos. Sancho le advirtió de inmediato que aquellos no eran gigantes, sino molinos. Don Quijote lo tachó de miedoso. Con la rodela en una mano y la lanza en otra, arremetió contra ellos. Debido a que se levantó viento, las aspas se movieron y golpearon a don Quijote, cayendo al suelo, en tal estado que casi no se movía. Recriminado por Sancho, don Quijote contestó diciendo: Calla, amigo Sancho, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza” .
Levantándose como pudo, se dirigieron al Puerto Lápice. Iba don Quijote de medio lado sobre Rocinante y con muy mal aspecto por los golpes recibidos. La lanza se le había roto y le iba comentando a Sancho que cuando encontrase una buena encina se haría otra igual o mejor que la primera. Sancho sintió ganas de comer, don Quijote dijo que lo hiciera él, pues no tenía hambre.
Aquella noche la pasaron entre unos árboles. Sancho, durmiendo a pierna suelta. Don Quijote, después de haberse hecho la lanza, pensando en Dulcinea. A la mañana siguiente tampoco quiso desayunar don Quijote, pues se alimentaba con los recuerdos de Dulcinea. Le pidió a Sancho que si tenía que entrar en una nueva aventura,  solamente le ayudase si se trataba de canalla y gente baja”; no, si eran caballeros andantes.
Estando en esta conversación aparecieron a lo lejos dos frailes subidos en sus mulas. Detrás de ellos venía un coche con cuatro o cinco hombres a caballo y dos mozos a pie. En el coche iba una señora vizcaína que se dirigía a Sevilla. Don Quijote confundió de inmediato a los frailes por encantadores que llevaban secuestrada una princesa. Siguiendo su propósito de deshacer entuertos se dispuso a atacarlos. Sancho le volvió a corregir al igual que en los molinos. Desistió de la advertencia de Sancho y tomando carrera envistió contra los frailes. Uno, al verlo venir, salió corriendo; el otro cayó al suelo. Sancho se dirigió al caído y quiso despojarlo del hábito y de sus pertenencias porque le pertenecían, según había acordado con Don Quijote. Los mozos al ver lo que Sancho hacía, se dirigieron a él, aprovechando que don Quijote se había ido hacia el coche. Golpearon sin compasión a Sancho. El fraile cuando pudo se levantó, se subió en su mula y rápidamente huyó, “haciéndose más cruces que si llevara el diablo a espaldas”.
Do Quijote se dirigió a la señora que iba en el coche, diciéndole que sus secuestradores estaban en el suelo; que él era el famoso don Quijote de la Mancha y que solamente le pedía que fuese al Toboso y le dijera a Dulcinea lo que había visto. Dado que no dejaba pasar el coche, un vizcaíno que acompañaba a la mujer, se dirigió a don Quijote, en una “mala lengua castellana y peor vizcaína”, amenazándolo si  no los dejaba pasar. Don Quijote que oyó la amenaza se dirigió furiosamente contra el vizcaíno. Este, protegiéndose con una almohada blandió su espada contra don Quijote.
Comentario



Este capítulo da pie a plantear algunas de las interpretaciones más importantes que se han dado del Quijote. En concreto, la advertencia de Sancho a don Quijote, diciéndole que “aquellos que allí se parecen  no son gigantes, sino molinos de viento”.  Con este “parecer” se inicia la doble perspectiva con la que don Quijote y Sancho ven la realidad. La teoría del perspectivismo o puntos de vista diferentes con que las cosas se contemplan en el libro, la desarrolló ampliamente Américo Castro en El pensamiento de Cervantes. Antes de referirme a Castro, considero que tengo que hacer referencia a Vicente de los Ríos que ya, en 1780, para el prólogo de la edición de la Real Academia, en su Análisis del Quijote, planteó la tesis del doble punto de vista con el que Cervantes realiza su obra: a) las visiones que don Quijote tiene de las cosas, que están formadas por lo que su fantasía le dicta, moldeada por la lectura de los libros de caballerías. En este capítulo se halla en la confusión de molinos con gigantes y en la de los frailes de la orden de San Benito con encantadores;   b) la que nosotros, lectores, tenemos al ver la realidad como es; b.1) la de percibir el modo de captar don Quijote las cosas que le ocurren: “El lector siente un secreto placer en ver primero estos objetos como son en sí, y contemplar después el estraordinario modo con que los aprende D. Quijote. Este placer  es una de aquellas gracias privativas del Quijote, que no pueden tener las fábula heroicas…, pues estos mismos hechos, mirados con la lente de la locura de este héroe, le representan como un caballero valiente y afortunado. ”(Análisis del Quijote). Anthony Close, en Las interpretaciones del Quijote, definió el punto de vista anterior diciendo que “Lo que Vicente de los Ríos realizó es un penetrante análisis de la dicotomía entre ilusión y realidad en que se funda la novela”

La de Américo Castro, que en El pensamiento de Cervantes, defiende la tesis de que para Cervantes, no hay una forma única de ver las cosas. La realidad es cambiante y los juicios de valor son relativos. Sin embargo hay unas realidades morales cuya existencia es absoluta. Este es el caso de la libertad amorosa. Cuando esta verdad absoluta se rompe porque se ha producido un error o desacuerdo en su apreciación recíproca, se produce una tragedia. Sobre esta base “de la desarmonía (error) y concordancia o (atracción vital, sobre todo en el amor), discurren unos u otros personajes cervantino”.  Cuando el error consiste en la falsa interpretación de una realidad física (venta –castillo; molinos –gigantes…) sus resultados se sitúan siempre en la gama de lo cómico”.  Este es el caso de las aventuras que encontramos en este capítulo.

Sobre el principio del perspectivismo, con el sentido de que “no hay verdad inmutable”, es decir, que “el mundo es engañoso y proteiforme”, analiza Dominique Breton este capítulo en “Una lectura literal del significante aventura”, defendiendo el perspectivismo en la obra.    

A la tesis de Américo Castro se opone Alexander Parker, quien en El concepto de la verdad en el Quijote, defiende la tesis de la objetividad de la verdad: “si la causa por la cual las acciones de los hombres se conforman con la realidad o se oponen a ella la buscamos en el interés de los personajes porque las cosas sean de un modo o de otro, la visión de la vida humana en el Quijote se presta a un análisis que da a la novela un sentido preciso, válido para cualquier época”. Por qué motivo falsea don Quijote la verdad, diciendo que unos molinos son gigantes, se pregunta Parker.  “Porque quiere lograr fama de héroe. Sus lecturas le han enseñado que el heroísmo es algo extravagante y fantástico, es decir, no han dado testimonio de la verdad”

Ya en el título del capítulo podemos ver la ironía con que Cervantes lo enfoca: “Del buen suceso”. Sus afán de notoriedad y fama lo llevan a identificar molinos con gigantes. En la apacible y tranquila Mancha, Don Quijote busca una vez más que el mundo recuerde sus famosas aventuras y para ello vemos su extraño enfrentamiento con los molinos-gigantes y el grotesco resultado.  La respuesta a Sancho sobre su osadía también queda enmarcada por su ingenio: “Calla, amigo Sancho, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza”. Todo cambia y nada permanece; tan pronto se encuentra uno abajo como arriba. Esta parece ser una de las reflexiones morales de Cervantes.
Claudio Guillén en su Comentario a este capítulo acierta plenamente cuando dice: “Han sido otras a lo largo de los siglos las lecturas de esta aventura, familiar y proverbial en tantas lenguas. La posteridad ha recogido la fuerza de voluntad de un David condenado al fracaso, el riesgo desmesurado al servicio de un generoso idealismo, la futilidad del sueño, la valentía inútil, pero admirable por  inútil, la prioridad de la motivación sobre el cálculo del resultado”

 

Uno de los personajes que resultan graciosos por su forma de hablar en este capítulo es el vizcaíno. Su habla refuerza el perspectivismo lingüístico en la obra

  

  

viernes, 11 de marzo de 2011

CAPÍTULO VII. SEGUNDA SALIDA. SANCHO PANZA



Don Quijote oyó el ruido que se hacía en su biblioteca y se despertó. Empezó a gritar y a ponerse furioso. El cura lo tranquilizó; don Quijote se dirigió a él como si fuera  el arzobispo Turpín, uno de los personajes de los libros de caballerías. Entre todos, después de haberle dado de comer, consiguieron que volviera a dormir.
El ama, esa noche, harta de tanto libro, los echó todos al fuego, con lo cual pagaron justos por pecadores. Tapió la biblioteca, según había acordado con los amigos de don Quijote. Cuando éste se levantó al día siguiente, buscó la biblioteca y no la encontró. Le preguntó al ama y esta contestó, junto con la sobrina, que el mago Frestón los hizo desaparecer. Don Quijote contestó que tenía una lucha pendiente contra ese mago, a lo cual le contestó el ama que sería mejor quedarse en casa y no buscar pan de trastrigo, pues son muchos los que van a por él y vuelven trasquilados
Pasó don Quijote quince días en su casa, con distintos altibajos. Lo visitaba el cura y don Quijote le decía que lo que el mundo necesitaba eran caballeros andantes. El cura, a veces le quitaba la razón, otras se la daba porque era la única manera de entenderse.
Por esos días le pidió don Quijote a “un labrador, vecino suyo, hombre de bien – si es que este título se puede dar al que es pobre- pero de muy poca sal en la mollera”, que le acompañara. Le prometió una isla en cuanto la ganara; a él lo nombraría gobernador. Movido por esto, Sancho dejó a su mujer y a sus hijos  y, como escudero,  acompañó a don Quijote.
Acordaron salir del pueblo de noche. Le pidió don Quijote a Sancho que llevase unas alforjas y fuese acompañado de su rucio.  Don Quijote, de acuerdo con lo que le dijo el ventero, cogió dineros y camisas y compuso su armadura.
Por la mañana, cuando salió el sol, estaban lejos de su pueblo. Sancho iba muy a gusto en su rucio, pensando que sería gobernador.
La conversación que mantenían giraba en torno al gobierno de la ínsula. Le decía don Quijote que era costumbre entre los caballeros darles a sus escuderos, al final de sus días, alguna ínsula, pero que él no esperaría tanto, pues en  seis días la tendría, y quizá no como gobernador, sino como rey. Sancho no veía a su mujer como reina, ni siquiera como duquesa. Finalmente dice Sancho que espera poder llevar bien lo que su amo le dé.

Comentario



Edward C. Riley, en Teoría de la novela en Cervantes, sostiene que “La crítica de las novelas de caballerías se hace de dos maneras: mediante juicios más o menos directos dentro de la ficción, y también mediante la ficción misma “. Esta tesis de Riley se demuestra fácilmente con la lectura del capítulo anterior y éste.  En el anterior vimos el escrutinio; en éste vemos la ficción misma: asistimos a la parodia de las mismas novelas.

Una vez más volvemos a hallar a don Quijote dándole vida a la parodia de los libros de caballerías. Estos lo han llevado a la alienación y su alma vaga dramática en el espacio de la ficción caballeresca.

Encontramos en el capítulo la voz del narrador que, comentando  la asepsia del ama por los libros, al quemarlos todos, nos dice que pagan justos por pegadores. Un refrán muy veraz y con el que la lengua alude a que pagan los inocentes las culpas que otros han cometido.  Frente al pensamiento irracional de don Quijote, se opone la racionalidad del refrán: es la voz cervantina, cuya didáctica quiere transmitir al lector

La oposición locura cordura la volvemos a hallar en la conversación entre don Quijote y el ama. Cuando éste le dice que piensa ir a buscar al mago Frestón, le contesta esta que “no busque pan de trastrigo, pues muchos van a por él y vuelven trasquilados”.  Expresión que se utiliza para decir que se buscan líos y cosas inadecuadas, consiguiendo lo contrario de lo que se buscaba. Las dos expresiones, que son propias de la razón y el sentido común, siguen estando vigentes y con mucha fuerza.

La voz de Cervantes, refiriéndose a Sancho, como “hombre de bien - si es que este título se puede dar al que es pobre.-, bosqueja su sensibilidad por las personas humildes.

Con este genial personaje, llegado de la literatura popular, cuyos antecedentes se encuentran en el más antiguo libro de caballerías conocido, El Caballero Cifar ( Menéndez Pidal: Un aspecto de la elaboración del Quijote,), entra en escena el escudero, con alforjas llenas de refranes, cuyo candor “tanto precio dará a la locura del hidalgo”.

En El Personaje de Sancho Panza y los lectores del siglo XVII, Javier Salazar, explica el contexto socioeconómico del “labriego prototipo, simple y agudo, malicioso y bobo, muy similar al que Cervantes nos presenta en su novela”.
Vicente de los Ríos, en el libro anteriormente señalado, asiente, según el sentir de la época -1790-que "el carácter de Sancho es el de una labrador interesado, pero ladino por naturaleza, y sencillo por su crianza y condición, que procede siempre según le inclina el interés."

Muy importantes son los estudios de Agustín Redondo, sobre la tradición carnavalesca en El Quijote. El autor estudia la obra desde este punto de vista y, en concreto, en Tradición carnavalesca y creación: Del personaje de Sancho Panza al episodio de la Ínsula Barataria, muestra con gran acuidad los dos aspectos de la cultura: el popular, proyectado en lo carnavalesco y el oficial o culto, reflejado en lo cuaresmal. Ambos se manifiestan en un reversible juego de espejos, cuyos protagonistas son don Quijote y Sancho. Este último es "por varias de sus características, un loco carnavalesco".