lunes, 7 de marzo de 2011

CAPÍTULO III. EL VENTERO ARMA CABALLERO A DON QUIJOTE


Después de cenar don Quijote  se hincó de rodillas ante el ventero y le pidió que, como señor del castillo, al día siguiente lo armara caballero, pues estaba ansioso por salir en busca de aventuras en pro de los que las necesitaran.  El ventero, al verlo con esa actitud, le dijo que sí. Le contó que él, en sus años mozos también había ejercido de caballero. Recordó los lugares de España en los que había estado, todos coincidían en que eran sitios de mala fama. Además había visitado varias veces los juzgados.
Al no tener el castillo capilla, le dijo que podía velar las armas toda la noche en un corral que al lado de la venta había. Le preguntó que si traía dinero; don Quijote le contestó que no y el ventero le aseguró que un caballero andante debería llevar dinero y otras cosas, como ropa y ungüentos para curarse en caso de necesidad.
Don Quijote se dispuso a velar sus armas. Las colocó sobre un abrevadero que había en el corral para beber agua las bestias. Embrazó la adarga y cogió la lanza; comenzó a pasearse por el patio, a la luz de la luna,  con aire marcial. Todos en la venta contemplaban atónitos el espectáculo.
 Un arriero se acercó a darles agua a sus bestias y como lo impedían las armas, las cogió y las tiró con malas formas. Don Quijote le embistió y el arriero quedó mal herido. Vino otro y le sucedió lo mismo. Cuando los demás arrieros vieron lo que estaba ocurriendo, empezaron a lanzarle piedras a don Quijote. Para nada les valió la advertencia del ventero, diciéndoles que estaba loco.
El ventero, al ver lo ocurrido quiso acelerar el proceso de armarlo caballero; le aseguró que ya había velado las armas suficiente tiempo. Trajo un libro que tenía para asentar las cuentas de la venta y, leyendo como si fuera la Biblia, le mandó que se pusiera de rodillas. Le dio un pescozón y un golpe en la espalda con la espada. Les dijo a las rameras que lo auxiliasen. Una le ciño la espada, otra le calzó la espuela. Les preguntó don Quijote por sus nombres. Una le manifestó que se llamaba la Tolosa, la otra la Molinera. Don Quijote les rogó que se pusiesen don, llamándose doña Tolosa y doña Molinera.
Don Quijote se despidió del ventero; éste, porque se marchara pronto, ni siquiera le exigió dinero por los gastos que había hecho.
Comentario
Don Quijote, acuciado por su deseo de  deshacer entuertos y buscarle equidad a los necesitados, quiere que lo armen caballero. Se encuentra con un ventero, socarrón y viejo truhan, prototipo del pícaro que, al darse cuenta de la enajenación del personaje, le sigue la cantaleta de la caballería: toda una farsa parodia del mundo caballeresco medieval, alejado completamente de la época de la Contrarreforma que está viviendo Cervantes. Es como si el autor nos dijera que lo pasado, pasado estaba y no tenía sentido volverlo a resucitar.  
 Lo promueve a caballero, de una forma grotesca, pero él, fiel a sus principios, no se preocupa por la hora y así, de noche, inicia el proceso, que comienza con el velar las armas, pórtico del título que anhela el héroe. Esta escena, como observa Joaquín Casalduero en Sentido y forma del Quijote, supone la primera aventura que vive el protagonista. Así lo manifiesta cuando se dirige a Dulcinea: “Acorredme, señora mía, en esta primera afrenta que a este vuestro avasallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trance vuestro favor y amparo”.  Cuando entró el segundo arriero, volvió a decir: “Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo. Las anteriores palabras son un remedo grotesco del vasallaje que conllevaba el amor cortés. Como observa Avalle Arce en Don Quijote como forma de vida, “Era obligación del vasallo servir al señor, y era obligación del señor proteger al vasallo”.  “Trasplantado lo anterior a la situación que vive don Quijote, nos da la siguiente ecuación: el caballero amante (don Quijote) es el vasallo que sirve a la mujer amada (Dulcinea), quien, por consiguiente, es la señora, guía y protección del amante.”
El ventero, que sigue el canon de la caballería, musita unas palabras leyendo el libro de su hacienda, golpea a don Quijote con su espada, consiguiendo que este se conjure con los demás caballeros andantes.
Una vez más vemos cómo la verdad está velada por el ventero y las prostitutas. No quieren descubrirle al personaje el estado en que se encuentra. Les interesa seguirle la corriente porque así se ríen de él y al mismo tiempo se evitan un posible enfrentamiento. Al ser investido de caballero, don Quijote le ha dado soporte a la propia Literatura, convirtiéndose oficialmente en un personaje de las novelas de caballerías. Estas novelas don Quijote las va a parodiar, dándoles vida él mismo, pero una vida grotesca: todo ello forma un auténtico esperpento en el que Cervantes ridiculiza y degrada los viejos valores medievales de elevar al caballero a la altura del ideal cristiano.
Martín de Riquer, cuando comenta esta situación ridícula de las rameras dice: "Las Partidas de Alfonso el Sabio establecían que quien hubiese sido armado "por escarnio", es decir por burla, o por no tener las condiciones adecuadas quedaba ya inhabilitado para recibir la legítima orden de caballería. Según ello, don Quijote nunca "hubiera podido ser caballero", de modo que "toda la novela se basa en un error, producto de la locura del protagonista". Francisco Rico, op. cit. pág. 47

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