miércoles, 9 de marzo de 2011

CAPÍTULO V. DON QUIJOTE REGRESA A SU ALDEA




 
DON  QUIJOTE REGRESA  A SU ALDEA
Don Quijote no podía ni levantarse del suelo por lo palos que había recibido. Estando en esta situación se consolaba pensando en el romance del marqués de Mantua, creyéndose el héroe Valdovinos.  Acertó a pasar por allí un labrador vecino suyo que lo recogió, lo subió con gran esfuerzo sobre su jumento y lo condujo a su aldea. Mientras iba sobre el rucio, don Quijote creyó ser el moro Abindarráez, de tal manera que cuando el labrador le preguntó que cómo se encontraba, éste le respondió llamándole don Rodrigo Narváez. El labrador trató de hacerle ver que ellos eran Pedro Alonso y el honrado hidalgo señor Quijana. Don Quijote contestó diciendo “Yo sé quién soy”, añadiendo que si quería podría ser cada uno de los Doce Pares de Francia, pues sus hazañas se aventajarían a las de todos ellos.
Para que en la aldea no pudiesen ver el mal estado en que venía don Quijote, se esperó el labrador a que anocheciera. Cuando llegaron a la casa de don Quijote, estaban allí sus amigos: el cura Pedro Pérez y maese Nicolás, el barbero. El ama les decía que don Quijote hacía ya tres días que faltaba de casa y que no encontraba las piezas de la armadura;  que la culpa de lo ocurrido la tenían  los libros de caballerías que continuamente leía don Quijote, que le habían trastornado el juicio y, a gritos, decía,  que los debían quemar todos. Del mismo parecer era la sobrina. El cura intervino para decir que al día siguiente limpiarían la biblioteca de don Quijote de estos libros.
El labrador y don Quijote oyeron lo que decían en su casa. Don Quijote dijo en voz alta que abrieran al marqués de Mantua y la moro Abindarráez, por lo que se dieron cuenta del estado en que se encontraba. Pidió que lo acostaran porque quería dormir. El cura se informó por el labrador de lo que había dicho don Quijote, pero no pudieron averiguar lo que a este le había pasado, pues decía que lo que tenía era el molimiento por haberse caído de Rocinante y el  cansancio provocado por la lucha que había mantenido con diez atrevidos jayanes.  Al día siguiente se presentó en su casa el cura, acompañado de maese Nicolás para poner orden en la librería.

Comentario

Las identificaciones que realiza don Quijote constituyen el axioma más evidente de su locura. Su enajenación le impone una verdad que él hace suya: su falsa identidad es el producto de una conciencia confundida por la lectura de los libros de caballerías. Sus palabras y el estado de regreso a su casa nos dejan ver su aspecto esperpéntico y su alma fantasiosa y acrisolada por los personajes que dice creer ser. Su verdad tiene tal grado de subjetividad que la convierte en irracional. Tendido en el suelo, acude a su mente el Romance del Marqués de Mantua: cuando el hijo de Carlomagno, Carloto, dejó herido al hijo del Marqués , Valdovinos.

Cuando pasó por el lugar el vecino suyo Pedro Alonso y lo reconoció, don Quijote dijo ser el moro Abindarráez y, su vecino, don Rodrigo de Narváez; el labrador le contestó: “yo no soy don Rodrigo Narváez…ni vuestra merced es Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana”. Don Quijote le replicó: “Yo sé quien soy y sé que puedo ser”. Esta frase ha dado lugar a diversas interpretaciones de acuerdo con el punto de vista adoptado en la interpretación del libro:

a)      Desde una visión romántica, que ha dado lugar al quijotismo, don Quijote, al igual que los grandes héroes, mantiene inalterable su fe, a pesar de los descalabros que pueda sufrir: “Lo heroico en la vida de don Quijote no son sus victorias, ya que no sufre más que derrotas, sino la fe en su misión, lo que equivale a la fe en si mismo. Con la frase “Yo sé quien soy”, se nos dice que el elemento sustantivo y diferenciador en la vida del héroe, es la fe”. (Avalle Arce).

b)      En esta misma línea de interpretación romántica, Unamuno, en Vida de don Quijote y Sancho, sostiene que “Sólo el héroe puede decir “!Yo sé quien soy!”, porque para él ser es querer ser; el héroe sabe quién es, quién quiere ser…”.

c)       Torrente Ballester, en Don Quijote como juego, defiende la tesis de que “Alonso Quijano juega a ser don Quijote, y uno de los medios técnicos es la representación. La frase “yo sé quien soy”, analizada en el contexto en el que se da: en el diálogo con su vecino Pedro Alonso, cuando éste pretende sacarlo de la ficción literaria y devolverlo a su condición de Alonso Quijano, no quiere decir nada y quiere decirlo todo. Es una frase ambigua…Alonso Quijano “socorre” a su personaje; el socorro consiste en permitirle, o ayudarle a permanecer donde está; dentro del juego”.

Cuando llegaron a la aldea, el labrador, después de esperar a que anocheciera, llamó a la puerta de don Quijote y dijo: “Abran vuestras mercedes al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua, que viene malferido, y al señor Abindarraez, que trae cautivo al valeroso  Rodrigo Narváez, alcaide de Antequera.”. Como observa Ángel Rosemblat, en “La lengua del Quijote “, se destaca en la frase el uso arcaizante, que viene a remedar el habla caballeresca.

Con este capítulo se cierra la primera salida de don Quijote que “ha modulado su melodía en tres momentos: primera salida ; segundo, venta; tercero, retorno. (Casalduero)
). La salida ha durado dos días. Salió, de su casa, según nos dice el cap. II, “una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio…”  y salió de la venta temprano: “La del alba sería” (cap. IV. )Lo recogió un vecino suyo, Pedro Alonso;  volvió a su casa al anochecer: “Llegaron al lugar, a la hora que anochecía, pero el labrador esperó a que fuese algo más de noche”

Desde una interpretación ajustada al propósito de Cervantes, los personajes caballerescos constituyen para él el acicate de su vida. Esta viene ahormada por las lecturas de estos libros. Don Quijote les va a dar vida a través de su propia vida. Esta es la gran originalidad de Cervantes, como apunta Riley, en  Teoría de la novela en Cervantes. Don Quijote se va a transformar en los personajes de los libros que ha leído, es decir, va a tratar de darle vida a la literatura, viviéndola él mismo.


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