miércoles, 30 de noviembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXX. ENCUENTRO CON LOS DUQUES




Cabizbajos y pensativos iban don Quijote y Sancho después de la aventura del barco encantado. Don Quijote, pensando en Dulcinea; Sancho, en lo mal que le iba con su amo, por los disparates que cometía y con ello la pérdida del dinero; por todo esto pensaba pronto regresar a su casa; pero la fortuna dispuso que las cosas transcurriesen de otra manera.

Al día siguiente, cuando salían de un bosque, divisó a lo lejos don Quijote un grupo de cazadores de altanería. Entre ellos resplandecía una gallarda señora, vestida de verde y  subida en un palafrén con silla de plata. En la mano izquierda sostenía un azor. Don Quijote le ordenó a Sancho que se presentara a ella y con mucha atención le ofreciese los servicios del caballero de los leones. Especialmente le ordenó que no encajara muchos refranes en su embajada. Sancho, que se sabía con recursos para ejecutar el encargo, contestó que a buen pagador no le duelen prendas (el que tiene razón o medios para realizar las cosas, no le importa comprometerse), y en casa llena presto se guisa la cena (donde hay medios no hay dificultades).

Sancho fue a donde estaba la hermosa señora y cuando llegó se postró de rodillas y en nombre de don Quijote le ofreció sus servicios. Le pidió la duquesa que se levantara, pues había realizado muy bien la embajada y, a continuación, le dijo que ya tenían conocimiento de quién era don Quijote y su escudero, pues su historia andaba escrita en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha; aceptaba complacida tal ofrecimiento y se sentía contenta por tenerlos en sus territorios.

Antes de que don Quijote llegara, la duquesa le había contado a su marido todo lo referente a la embajada de Sancho. Dado que habían leído la primera parte del Quijote, acordaron que, con humor, le seguirían en las peticiones que él hiciera, de acuerdo con lo que habían leído en los libros de caballerías. Llegó don Quijote a donde estaba la duquesa.  Sancho, como de costumbre, fue a bajarse del rucio para tenerle el estribo a don Quijote, pero con tan mala suerte que se le enganchó el pie en unas sogas de la albarda y quedó enredado colgando boca abajo. Don Quijote, que creía que Sancho le estaba sosteniendo el estribo, fue a bajarse y enganchándosele el pie, cayó del rucio, llevándose consigo la albarda de Rocinante, y  quedando en el más deplorable ridículo.

El duque les ordenó a sus cazadores que les ayudasen. Tan pronto como don Quijote se levantó fue a donde estaban los dos señores e hizo ademán de ponerse de rodillas, pero el duque no lo consintió, abrazó a don Quijote y le expresó su disgusto por la mala suerte que había tenido al llegar a sus dominios. Correspondió con cortesía don Quijote, diciéndole que por el solo hecho de servirles a él y a su señora la duquesa, “digna consorte de la hermosura universal”, se daba por satisfecho. El duque le contestó que la única señora de la hermosura era Dulcinea. Sancho, con el lenguaje diplomático del acto que acababa de realizar, quiso cumplir con las dos: “ No se puede negar, sino afirmar, que es muy hermosa mi señora Dulcinea del Toboso, pero donde menos se piensa se levanta la liebre (Hay cosas que ocurren inesperadamente); que yo he oído decir que esto que llaman naturaleza es como un alcaller que hace vasos de barro, y el que hace un vaso hermoso también puede hacer dos y tres y ciento: dígolo porque mi señora la duquesa a fe que no va en zaga a mi ama la señora Dulcinea del Toboso”

Le habló don Quijote a la duquesa de la gracia de Sancho y ésta correspondió, diciéndole que “las gracias y los donaires (…) no se asientan sobre ingenios torpes, por lo cual tenía a Sancho como una persona con gracia, donaire y discreta. A esto añadió don Quijote que también era hablador. El duque quiso justificarlo, diciendo que “muchas gracias no se pueden decir con pocas palabras.”

Dicho lo anterior, los duques le reiteraron la invitación a su casa, como solían hacer con todos los caballeros andantes. Hacia allí se dirigieron los cuatro. La duquesa le manifestó a Sancho lo mucho que disfrutaba oyendo sus discreciones.



Comentario

Empieza el capítulo recordándonos la tristeza de don Quijote y de Sancho. La del primero, porque aún mantiene la desesperación del ¡Basta!..., Yo no puedo más: su anhelo de resucitar la antigua caballería andante, una vez más ha quedado roto; la realidad social se impone a sus quijotescas virtudes; la del segundo, porque veía que los disparates de su amo llevaban también una pérdida de dinero: recordemos que don Quijote últimamente ha tenido que pagar por los disparates cometidos: el destrozo del retablo de maese Pedro y la pérdida del barco encantado.  

Se produce un giro en la marcha de nuestros protagonistas cuando don Quijote divisa a los cazadores de altanería y, entre ellos a la hermosa duquesa. Una vez más don Quijote vuelve a recuperar su deseo de ser útil y  de inmediato le ordena a Sancho que se presente y a modo de embajada le ofrezca sus servicios. Sancho, que se jacta de su profesión de escudero, cuando don Quijote le dice que utilice formas adecuadas, contesta con el refrán “a buen pagador no le duelen prendas”( el que tiene recursos para realizar algo, no teme hacerlo). Aparece don Quijote, otra vez, como personaje del libro, pues los Duques ya han leído la historia del Ingenioso Hidalgo. También se le dice al lector que va a empezar la burla, pues la Duquesa  ha acordado con su marido que le seguirán la corriente para divertirse y pasárselo bien. La reacción de los duques la podemos enfocar desde dos puntos de vista:

a)      La realidad es la que es; don Quijote es un loco, cuyo comportamiento produce risa; por lo tanto, hay que burlarse y estando con él, pasárselo bien. Los Duques obran de acuerdo con lo que les interesa: divertirse aunque sea a costa del sufrido don Quijote;

b)      b ) Don Quijote encarna un ideal; este ideal, como vemos en este capítulo, ha dado lugar a ciertas bufonadas cuando se ha quedado colgado, cayendo al suelo, desde el estribo de Rocinante; el comportamiento de los Duques es el normal en esta época, el siglo XVII: Estas dos formas de ver el mundo, el idealismo del caballero, deformado grotescamente en la caída desde Rocinante y, la realidad social, representada por los duques y el afán materialista de Sancho, son dos tendencias que conviven en la sociedad de la época. Lo que realiza Cervantes es mostrar su ironía, al igual que lo hacen los poetas barrocos, sobre lo grotesco de algunas pretensiones.

El punto de vista a) está en la línea que defiende Alexander Parker; el b), en la que sostiene Casalduero




jueves, 24 de noviembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXIX: LA AVENTURA DEL BARCO ENCANTADO



A los dos días de salir de la alameda, llegaron don Quijote y Sancho al río Ebro. Le produjo gran placer contemplar la amenidad de sus riberas, la abundancia de sus aguas y el sosiego de las mismas. Esta alegría le trajo a la memoria, entre otros recuerdos, la cueva de Montesinos; recordó que el mono de maese Pedro le había dicho que aquellas cosas que había visto, en parte eran verdad y en parte mentira: Él se atenía a la verdad; sin embargo, para Sancho todo era mentira.

Miró don Quijote a su alrededor  y sólo vio en la orilla un pequeño barco sin velas ni jarcias, atado a un árbol. Se apeó de Rocinante y mandó a Sancho que hiciese lo mismo y atase las bestias al tronco de un álamo cercano. Sancho le preguntó que por qué se apeaban. Don Quijote le contestó que, como los libros de las historias caballerescas dicen,  aquel barco era una señal inequívoca de que algún caballero estaba en apuros y él tenía la obligación de ayudarle, por lo tanto se iba a embarcar. Sancho, mientras ataba las bestias,  le dijo que no estaba de acuerdo, pero seguía el refrán que dice “Haz lo que tu amo te manda, y siéntate con él a la mesa”.  (La obediencia a los superiores puede traer beneficios). No obstante, le advirtió que aquel barco no estaba encantado, sino que pertenecía a algún pescador de la zona.

Don Quijote dio un salto y subió al barco; Sancho le siguió. Soltaron amarras y, al ver que el barco se distanciaba, Sancho se entristeció, especialmente al oír rebuznar al rucio y ver que Rocinante trataba de desatarse. Por estas razones dijo Sancho: ¡Oh, carísimos amigos, quedaos en paz y la locura que nos aparta de vosotros, convertida en desengaño, nos vuelva a vuestra presencia! A continuación, empezó a llorar. Don Quijote al verlo le recriminó que era una persona apocada y miedosa, llamándolo “corazón de mantequilla”. A continuación le dijo que ya habían caminado setecientas  u ochocientas leguas y, si tuviera allí un astrolabio para tomar la altura del polo,  le diría lo que habían navegado; no obstante, según él,  ya habían pasado el ecuador o línea equinoccial. Insiste Sancho en saber lo que se ha navegado y don Quijote razona apoyado en la teoría de Ptolomeo: Sancho, que desconoce el nombre, entiende mal las palabras y contesta que le ha puesto por testigo una persona que es “puto y gafo”, además de “meón o meo”.

Don Quijote se rio de lo que Sancho le dijo. A continuación, para demostrarle lo que habían navegado le dijo que los españoles que se embarcaban para las Indias, cuando pasaban la línea equinoccial se le morían los piojos. Lo podía comprobar en su mismo cuerpo. Sancho, vuelve a discrepar de don Quijote, pues podía ver a las bestias atadas, por lo tanto, no habían navegado tanto. Insiste don Quijote en sus cálculos, demostrando que conocía muchos conceptos de astronomía y navegación: coluros, paralelos, zodiacos, equinoccios, …etc. Obedeciendo a don Quijote, Sancho comprobó que estaba lleno de piojos.

Estando en lo anterior, vieron unas grandes aceñas en medio del río. Don Quijote las confundió con algún castillo en el que tenían cautivo algún caballero. Sancho le contestó que aquello era simplemente unas aceñas en las que se molía el trigo.  Dado que el barco se acercaba, los molineros salieron con largas varas para impedir que el barco se aproximara y fuese destrozado por las ruedas de las aceñas. Como salieron enharinados, don Quijote los confundió con gente malvada que retenía contra su voluntad a los caballeros o a las princesas; les amenazó y blandió la espada. Los molineros consiguieron detener el barco, pero no impidieron que cayeran al agua don Quijote y Sancho. Los sacaron y Sancho, puesto de rodillas, le pidió a Dios que lo librase de los atrevimientos de don Quijote. Se acercaron los pescadores dueños del barco, reclamando los daños. Don Quijote, después de pedirles a los molineros que liberaran a quien tenían encerrado y decirles a los pescadores que les pagaría los daños, exclamó:” ¡Basta!, aquí será predicar en el desierto querer reducir a esta canalla a que por ruegos haga virtud alguna, y en esta aventura se deben haber encontrado dos valientes encantadores, el uno estorba lo que el otro intenta: el uno me deparó el barco y el otro dio conmigo al través. Dios lo remedie, que todo este mundo es máquina y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más!”. Después de invocar a los que según él estaban encerrados, llamándolos amigos, pidiéndoles que lo perdonaran por no haber podido liberarlos, Sancho les pagó a los pescadores cincuenta reales. Entristecidos volvieron don Quijote y sancho a sus bestias.



Comentario

Este capítulo se puede leer, entre otras,  desde las siguientes claves:

a)      La que mantiene Casalduero sobre el cansancio vital de don Quijote al no poder cumplir la misión que se proponía.  “Lo esencial en la aventura del barco encantado no es la experiencia del conflicto entre dos elementos opuestos, sino la de la contradicción del mundo moderno. Don Quijote tiene que someterse, no puede realizar su anhelo de resucitar la cultura antigua…El destino de don Quijote ha sido el esfuerzo puro de un corazón intrépido, que se ha entregado a las olas implacables de un mar profundo. Su heroísmo ha consistido en su arrojo y en su lucha con la incontrastable borrasca”. Esto es lo que implica el  “¡Basta!...Yo no puedo más”.

b)      Avalle Arce realiza la lectura comparándola con la de los molinos de viento (I,XIII). “Como en la primera parte, es aquí la imaginación de don Quijote la que transforma la realidad (molinos=gigantes, aceñas=castillo), pero es ésta la que despatarra al caballero, quien se excusa recurriendo a la intervención de encantadores. Al convertir la terrestre aventura de los molinos en la fluvial escena de las aceñas parece como si Cervantes anticipase esa caballeresca marítima que será el Persiles…La aventura del barco encantado está perfectamente articulada dentro del desarrollo en declive de la personalidad de don Quijote. Si comparamos Las dos aventuras vemos que la de los molinos la cierra el héroe con esta indómita afirmación: “Mas al cabo, al cabo, han de poder poco sus males artes  (de los encantadores) contra la bondad de mi espada (I, VIII). La aventura del barco encantado se cierra con la rendición verbal del caballero: “Dios lo remedie; que todo en este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más!

c)       Desde un punto de vista marino analiza el libro Pérez Reverte en Galeras, puertos y corsarios. (El mar y la navegación en El Quijote) “Cuando se enumeran los términos cosmográficos con cierta precisión, don Quijote demuestra que tiene conocimientos, al menos elementales de cosmografía de la época, y conoce el Tratado de la Esfera..

Hasta la higiene naval tiene su referencia en El Quijote, como lo demuestra la prueba del divertido episodio de los piojos de Sancho…no es en absoluto fruto de la imaginación cervantina. Algunos navegantes y geógrafos de la época aseguraban con toda seriedad que piojos, pulgas y chinches morían pasado el meridiano de las Azores. La creencia es recogida en el Teatro del Orbe de Ortelius, publicado en Amberes en 1612…aunque quizá debamos cargar el bulo a la cuenta de Cervantes”


martes, 22 de noviembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXVIII. SANCHO EXIGE SU SALARIO



Don Quijote al ver la reacción de los del rebuzno puso pies en polvorosa, dando lugar a que se cumpliera la verdad que dice: “Cuando el valiente huye, la superchería está descubierta,  (la traición es manifiesta) y es de varones prudentes guardarse para mejor ocasión. Sancho cuando llegó a donde estaba don Quijote se arrojó desde su rucio a las patas de Rocinante. Don Quijote cuando comprobó que no tenía heridas le recriminó que rebuznara tan a destiempo, diciéndole: “¿Y dónde hallastes vos ser bueno el nombrar la soga en casa del ahorcado?( es inoportuno nombrar ciertos temas ante quienes los han sufrido). Sancho le acusó de  que lo abandonara y don Quijote le enmendó, diciéndole que “No huye el que se retira, porque has de saber, Sancho, que la valentía que no se funda sobre basa de la prudencia se llama temeridad, y las hazañas del temerario más se atribuyen a la buena fortuna que a su ánimo”. A continuación le advirtió que no había huido, sino que se había retirado, imitando a muchos valientes como se podía comprobar en la historia.

Sancho se lastimaba de lo que le dolía la espalda. Don Quijote le replica que es debido a que ahí fue donde le dieron los palos. Sancho se enfada por la respuesta y le dice que “el mal ajeno del pelo cuelga (el dolor ajeno pronto se olvida). Se queja de lo poco puede esperar de su ayuda, puesto que cuando lo mantearon también lo abandonó. Lo que debería hacer es regresar a su casa y criar a su mujer y a sus hijos con lo que pueda, y “no andarme tras vuesa merced por caminos sin camino y por sendas y carreras que no las tienen” ( que no llevan a ninguna parte). Don Quijote, con afecto, lo escucha y le llama “hijo mío”. Le dijo que si quería se podía marchas a su casa, que sacara la cuenta de lo que le debía y que se cobrara, pues el dinero lo llevaba él. Sancho hizo las cuentas tomando como referencia lo que cobraba sirviendo al Tomé Carrasco, el padre del bachiller. Este le pagaba dos ducados al mes, además de la comida. Ya que el trabajo de escudero andante es más duro que servir a un labrador, por estar sometido a las durezas e inclemencias del tiempo, considera Sancho que se le deben de pagar dos reales más cada mes. A esto se ha de añadir lo que le corresponde por la promesa de darle el gobierno de la ínsula, que serían otros seis reales. En total serían treinta reales. Está de acuerdo don Quijote y le dice que saque la cuenta tomando como referencia el tiempo que llevan juntos, o sea, veinticinco días. Sancho le contesta que no está de acuerdo, pues se le debe de pagar desde el día que se lo prometió, que según él, “debe de haber  veinte años, tres días más o menos”.

Don Quijote le reprendió con dureza, acusándolo de ser el primer escudero que se había puesto a discutir con su señor por el salario. Añade que es un desagradecido,  pues lo quiere abandonar cuando pensaba darle el gobierno de la ínsula;  lo trata de bestia y le dice que “no es la miel, para la boca del asno” (no está todo el mundo preparado para las cosas buenas).

Sancho le pidió perdón por todo lo le había pedido. Don Quijote le contestó que lo perdonaba con la condición de que “no te muestres de aquí adelante tan amigo de tu interés, sino que procures ensanchar el corazón y te alientes  y animes a esperar el cumplimiento de mis promesas”. Le respondió que así lo haría.

Llegada la noche, la pasaron descansando al pie de unos árboles.  Al alba, reanudaron su camino buscando las riberas del río Ebro.



Comentario

El comentario de este capítulo lo podemos realizar desde dos enfoques distintos: a) Conjugando el binomio idealismo - realismo que encontramos a lo largo de la obra; b) Enfocándolo exclusivamente desde el realismo.

Casalduero, en Sentido y forma del Quijote lo realiza desde el punto de vista a), cuyo enfoque es el siguiente:

Es la segunda vez que don Quijote no ayuda a Sancho cuando es maltratado y golpeado por otros.  La primera vez ocurrió en el capítulo XVII, del Quijote de 1605. La reacción de Sancho, ocurre en el I, XVIII. Al darse cuenta de los tropiezos que tiene con don Quijote le dice: “Y lo que sería mejor y más acertado, según mi poco entendimiento, fuera el volvernos a nuestro lugar, ahora que es tiempo de la siega y de entender en la hacienda, dejándonos de andar de ceca en meca y de zoca en colodra, como dicen”  ( de un lado a otro y de mal en peor).  Sancho invita a don Quijote a que se marchen los dos. La realidad le ha servido como piedra de toque para darse cuenta de que por ese camino no van a ningún sitio; no obstante no pierde totalmente la ilusión, puesto que permanece al lado de don Quijote. Para éste, la realidad siempre le sirve como acicate para resaltar la alegría en la que resplandecen las virtudes teologales que impregnan su ideal.

En esta ocasión don Quijote se ha alejado porque ha comprendido que no tiene sentido perder la vida por una causa que está alejada de su ideal: se da cuenta de que puede morir a manos de unos hombres que no son sus enemigos y a los cuales ha tratado de ayudar. Parece lógico que tiene que conservar el ideal que ha creado; de aquí las palabras: “No huye el que se retira, porque has de saber Sancho, que la valentía que no se funda sobre la base de la prudencia se llama temeridad”.  

Cuando analizamos el comportamiento de Sancho desde una perspectiva realista,  vemos que cuando éste se siente abandonado, reacciona pidiéndole el salario que según él le corresponde. Quiere alejarse porque su ideal era conseguir la ínsula; dado que el tiempo pasaba y esto no se producía, reacciona reduciendo la promesa de la ínsula a dinero. Para Casalduero, “Ambas figuras quedan incluidas en la sociedad y escindidas para siempre. Lo que separa a Sancho de don Quijote es que éste no puede mantenerle en su plano. Creó un ideal para él –la Ínsula-, pero este ideal de necesidad tiene que realizarse en el tiempo. La irritación de don Quijote se debe a verse cercado por lo social, a ver que la sociedad reclama su Ideal; la irritación de Sancho es impaciencia.”

Si enfocamos el análisis desde una perspectiva exclusivamente realista, tal es punto de vista de Alexander A. Parker, expuesta anteriormente y que en síntesis es que las personas reaccionamos a la realidad en función de nuestros intereses, parece comprensible que don Quijote se aleje en las dos situaciones anteriormente expuestas: en la primera I, XVII, porque si se queda allí, el ventero le hubiese hecho pagar todo lo que debía y más por los daños que le causó; la segunda, en este capítulo, porque de haber permanecido allí, enfrentado al batallón de los del pueblo del rebuzno la que le hubiese caído encima hubiese sido enorme. Tanto en una como en otra, su interés le mandaba alejarse de la situación. Cervantes lo dijo bien claro en el capítulo I, X: La verdad se oscurece por el engaño, la malicia y los intereses de las personas.  


jueves, 17 de noviembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXVII. MAESE PEDRO O EL GALEOTE GINÉS DE PASAMONTE. CONSEJOS A LOS DEL REBUZNO



En este capítulo cuenta Cide Hamete quién era maese Pedro y cómo trabajaba con su mono. Éste era Ginés de Pasamonte (I,22), galeote que junto con otros, don Quijote los puso en libertad y que tan mal se lo agradecieron; era un pícaro al que don Quijote lo llamaba “Ginesillo de Parapilla” y fue también el que le robó el rucio a Sancho mientras dormía (II, 4). Como era buscado por la justicia por las muchas delitos cometidos, se pasó al reino de Aragón; escribió un libro con sus bellaquerías; consiguió un retablo; le enseñó trucos a un mono que le compró a unos cristianos que venían de Berbería; se cubrió un ojo y se  buscó la vida como titiritero, engañando a la gente, haciéndoles creer que adivinaba cosas que antes había averiguado. Cobraba dos reales por las respuestas. Cuando entró en la venta conoció a don Quijote y a Sancho, con lo cual le fue fácil responder a lo que se le preguntó.
Cuando don Quijote salió de venta quiso ver primero las riberas del Ebro antes de dirigirse a Zaragoza. Anduvo dos días sin que le aconteciera nada especial. Al tercer día oyó un gran estruendo de atambores, trompetas y arcabuces. Creyendo que era un ejército, se subió a una loma y vio a los pies de ella más de doscientos hombres armados de lanzas, ballestas y arcabuces.  En uno de los  estandartes  que llevaban había pintado un asno rebuznando y debajo  se podían leer los siguientes versos: “No rebuznaron en balde / el uno y el otro alcalde”.
Se lo dijo don Quijote a Sancho y le comentó que los que le habían dado la noticia habían confundido a regidores con alcaldes. Sancho le replicó que esa confusión poco afectaba para la verdad de la historia. Pronto don Quijote se dio cuenta de que se trataba de los del  pueblo del rebuzno que habían salido a luchar contra los de alguna aldea vecina.
Se les acercaron don Quijote y Sancho y, después de presentarse les rogó que le escuchasen, advirtiéndoles que si su razonamiento los llegaba a molestar, a la primera señal, se callaría. Empezó diciéndoles que había sabido de sus desgracias, pero que no se deberían considerar afrentados, pues según las leyes del duelo, la afrenta es personal, no para un pueblo entero. Les pone como ejemplo el romance de Diego Ordóñez y considera que “cuando la cólera sale de madre, no tiene la lengua padre, ayo ni freno que la corrija”. Después de demostrarles que una persona no puede afrentar a un pueblo entero les continúa diciendo que “Los varones prudentes, las repúblicas bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las espadas y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas: la primera, por defender la fe católica; la segunda, por defender su vida, que es de ley natural y divina; la tercera, en defensa de su honra, de su familia y hacienda; la cuarta, en servicio de su rey en la guerra justa; y si quisiéramos añadir la quinta, que se puede contar por segunda, es en defensa de su patria…tomarlas por niñerías y por cosas que antes son de risa y pasatiempo que de afrenta, parece que quien las toma carece de todo razonable discurso; cuanto más que el tomar venganza injusta, que justa no puede haber alguna que lo sea, va derechamente contra la santa ley que profesamos, en la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos y que amemos a los que nos aborrecen, mandamiento que aunque parece algo dificultoso de cumplir, no lo es sino para aquellos que tienen menos de Dios que del mundo y más de carne que de espíritu; porque Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nunca mintió, ni pudo ni puede mentir, siendo legislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga liviana, y así, no nos había de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla. Así que …están obligados por leyes divinas y humanas a sosegarse”.
Sancho quiso abundar en razones y para demostrar que el rebuznar era una cosa graciosa y propia de personas habilidosas, empezó a  hacerlo. Uno de los que estaban a su lado se sintió ofendido y le dio tal palo que lo tumbó. Don Quijote quiso salir en su ayuda, pero al ver el ejército al que se enfrentaba y las piedras que le llovían, salió rápidamente del lugar.
A Sancho lo subieron  sobre su asno; el rucio siguió a Rocinante. Don Quijote al ver que Sancho venía lo esperó. Los del rebuzno, al no aparecer el enemigo, se volvieron a su pueblo.

Comentario

El capítulo se estructura en dos partes: a) La identidad de Maese Pedro; b) Los consejos de don Quijote sobre el uso de las armas.
En la parte primera describe Cervantes a Ginés de Pasamonte como un embaucador, mentiroso, que había escrito un mal libro en el que se contaban maldades y bellaquerías y que a base engañar consiguió bastante dinero. Parte de esta descripción concuerda con la que ofrecía de sí Jerónimo de Pasamonte en su “Vida y trabajos de Jerónimo de Pasamonte”, de 1593 y 1603.
Cuando se publicó el Quijote apócrifo en 1614, compuesto por el Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, la crítica cervantina se preguntó quién podía ser el tal Fernández de Avellaneda.
Martín de Riquer, en diversos estudios, propuso y demostró que el tal Fernández de Avellaneda fue el soldado Jerónimo de Pasamonte. Estos estudios se han corroborado con los de Daniel Eisemberg y Alonso Martín Jiménez, en Cervantes versus Pasamonte  (“Avellaneda”): crónica de una venganza literaria.
Es cierto que se manifiesta cierta antipatía personal entre Cervantes y el personaje Ginés de Pasamonte o “Ginesillo de Parapilla”. Martín Jiménez demuestra en su estudio que la antipatía procede de los servicios militares de ambos soldados cuando formaban parte del tercio de Miguel de Moncada en la batalla de Lepanto.  “En el libro que escribió Pasamonte sobre su vida se adjudicó actitudes heroicas y especialmente en la defensa de la Goleta, en la que, según documentos históricos no hubo verdadero combate. Sin embargo, Cervantes recibió en Lepanto dos arcabuzazos en el pecho y quedó manco. No es de extrañar que satirizara a Pasamonte en la primera parte del Quijote, tratándolo de embustero, cobarde y ladrón”.
Otros estudios han relacionado a Avellaneda con el círculo de amistades de Lope de Vega, tal es el caso de José Luis Pérez López, en “Lope, Medinilla, Cervantes y Avellaneda”.
La segunda parte del capítulo se centra en una especie de consejos o avisos sobre el uso de las armas y la venganza. Como ha expuesto Lázaro Carreter en La prosa del Quijote, Cervantes había leído a Fray Antonio de Guevara, maestro en “la doctrina de avisos de buen gobierno”; su influencia se percibe claramente en el discurso que don Quijote les da a los combatientes del pueblo del rebuzno. Por otra parte, observamos que lamentablemente tiene que salir huyendo por la osadía e ignorancia de Sancho de ponerse a rebuznar. El resultado final: huida apresurada de don Quijote, está en la línea de lo que apunta Daniel Eisemberg cuando explica “El humor en el Quijote”: “Cervantes creía que el humor surge del contrate entre lo que ocurre y lo que el lector piensa que sería lo adecuado”. Don Quijote realiza un discurso convincente y muy persuasivo sobre lo que no se debe de hacer. El resultado es todo lo contrario al fin perseguido.    


 

lunes, 14 de noviembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXVI. LAS VIVENCIAS DE DON QUIJOTE EN EL RETABLO DE MAESE PEDRO





Había un silencio total, solamente roto por el sonido de las trompetas y los atambores cuando el trujamán empezó diciendo que la historia que se iba a representar trataba de la liberación de Melisendra, cautiva por los moros en Zaragoza, por su esposo don Gaiferos.

El trujamán empieza describiendo la escena en la que se ve a  don Gaiferos jugando despreocupadamente a las tablas, en París. Su suegro,  el emperador Carlomagno, le recrimina duramente y se marcha. Don  Gaiferos se indigna, arroja el tablero y le pide la espada a su primo don Roldán, éste rehúsa dársela porque quiere acompañarlo a rescatar a Melisendra. Don Gaiferos lo rechaza, diciendo que se basta él solo para recuperar a su esposa.

 Les pide a continuación el trujamán al público que miren hacia una de las torres del alcázar de Zaragoza, en la que está Melisendra asomada mirando hacia Francia donde se encuentra su esposo. En ese momento aparece un moro por detrás y la besa en la boca. Ella escupe. En ese momento aparece el rey Marsilio; ha visto la acción y manda que lo castiguen con doscientos azotes. El trujamán cuenta a continuación ciertas características del proceso judicial moro.

 Intervino don Quijote para decirle al muchacho “seguid vuestra historia línea recta y no os metáis en las curvas o transversales, que para sacar una verdad en limpio menester son muchas pruebas y repruebas”. También añadió maese Pedro: “sigue tu canto llano y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sutiles” (Uno y otro consejo insisten en contar las cosas de la forma más simple posible)

Aceptó los consejos el trujamán y presentó a don Gaiferos con su capa gascona. Su mujer, sobrepuesta del acoso del moro, mirando desde la torre y hablando después con su esposo. Da entender que lo ha reconocido y se descuelga del balcón para ponerse en las ancas del caballo de su marido, pero se queda enganchada en una punta del faldellín.

Don Gaiferos consigue que baje al suelo. La sube a las ancas de su caballo, le manda que le eche los brazos por la espalda para que no se caiga. El caballo relincha de alegría porque lleva a su señor y su señora y, unidos, emprenden la huida hacia Francia. El trujamán ensalza la acción e interviene maese Pedro para decir “Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala.”

Continuó el intérprete diciendo que el rey Marsilio al enterarse mandó que tocasen todas las campanas que están en las torres de las  mezquitas de Zaragoza to. Intervino don Quijote para rectificarlo y decirle que los moros no tienen campanas sino atambales y un género de dulzainas que parecen nuestras chirimías. Maese Pedro le dijo al muchacho que continuara, pues ¿ No se representan por ahí casi de ordinario mil comedias llenas de mil impropiedades y disparates, y, con todo eso, corren felicísimamente su carrera y se escuchan no sólo con aplauso, sino con admiración y todo?

Terminó el intérprete diciéndoles a los presentes que miraran cómo salía la caballería de la ciudad, al son de los atabales y dulzainas,  persiguiendo a los dos católicos amantes.

Don Quijote cuando vio y oyó lo anterior sacó su espada y, pidiéndoles que se detuvieran, empezó a lanzar cuchilladas sobre las figuras, de tal manera que echó todo el retablo por el suelo, no dejando títere con cabeza. Maese Pedro le pidió que se detuviera, pues le estaba echando a perder su hacienda;  los oyentes se alborotaron, el mono huyó.

Don Quijote se jactaba de su buena acción, pues gracias a él, don Gaiferos y Melisendra se habían salvado. Maese Pedro se quejó amargamente del cambio que había experimentado, si antes era una persona pudiente, ahora se veía desolado, pobre y abatido. Sancho lo consoló diciéndole que cuando don Quijote se diera cuenta de lo que había hecho, le pagaría el agravio. Admitió su error don Quijote argumentando que los encantadores le habían hecho creer que las figuras eran de verdad. Se había limitado a cumplir con su profesión de caballero andante, ayudando a los que huían. No había actuado con malicia y estaba dispuesto a pagar lo que le correspondía en  “buena y corriente moneda castellana”.

Le fueron poniendo precio a cada una de las figuras. En total pagó don Quijote cuarenta y tres reales y tres cuartillos, más dos reales por buscar el mono. Sancho todo lo desembolsó. Se terminó “la borrasca del retablo” y cenaron en paz a costa de don Quijote, que en todo era liberal.

Antes de que amaneciese se marcharon  el de las alabardas, maese Pedro,  el primo y el paje, a este último le dio don Quijote una docena de reales. Al ventero le pagó bien Sancho, por orden de su señor. Eran casi las ocho cuando dejaron la venta y se pusieron en camino.

Comentario

El tema teatral apareció en el capítulo XI, 2. Recordemos que cuando don Quijote se encontró con Las Cortes de la Muerte, representadas por la compañía de Angulo el Malo, don Quijote, después de despedirse de ellos, les dijo: “Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y mirad si mandáis algo en que pueda seros de provecho; que lo haré con buen ánimo y buen talante, porque desde muchacho fui aficionado a la carátula, y en mi mocedad se me iban los ojos tras la farándula”. Como vemos, estas palabras reflejan el interés de Cervantes por el teatro.

Siguiendo en la línea del pensamiento dramático de Cervantes, se pasa ahora de las Cortes de la Muerte al retablo de maese Pedro. Díaz Plaja, en libro En torno a Cervantes sostiene que el origen del  retablo de maese Pedro se encuentra en los puppi  italianos. Las razones que aduce son: a ) los elementos italianos que contienen las frases con que maese Pedro es saludado por el ventero: hombre galante (galantuomo), bon compaño , como dicen en Italia, ¿qué peje pillano?. Loc. Italiana que quiere decir ¿ de qué se trata?; b) los muchos cómicos italianos que circulaban por entonces por los caminos de España; c) los recuerdos italianos de Cervantes. Cuando estuvo convaleciente de las heridas de Lepanto, en Palermo, en 1547.  Allí pudo ver los puppi; en estos las figuras se manejan desde arriba, de la misma manera que lo hacía maese Pedro.

Casalduero, después de comentar los tres actos en que se divide la obra, explica la diferencia entre el Quijote de 1605 y 1615 en función de lo que se dice en este capítulo. En primer lugar, denuncia Cervantes lo grotesco que supone el querer revivir el pasado;  Don Quijote es un loco porque confundía las figuras históricas con las de la imaginación y estas promovían su deseo de vivir de manera semejante a ellas. Esto es completamente ridículo y se ha visto en las confusiones de molinos con gigantes o rebaños con ejércitos, en el de 1605. En 1615 vive las acciones como tomando parte en la obra de arte. Esto es lo que le ocurre en el retablo. El tema lo ha expuesto al principio el muchacho: la libertad de Melisendra. Don Quijote lo vive como espectador y como actor. Ortega y Gasset, en Meditaciones del Quijote, lo expone: Don Quijote es “la arista en que ambos mundos (el de la realidad y la fantasía) se cortan, formando un bisel”





 


miércoles, 9 de noviembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXV. EL CUENTO DEL REBUZNO. MAESE PEDRO



Cuando llegaron a la venta, don Quijote, al que no se le cocía el pan (estaba impaciente), se fue de inmediato a ver al hombre que conducía las armas. Le pidió que le contara lo que le había prometido y al verlo ocupado, preparando el pienso para la bestia,  con el fin de que acabase pronto,  le ayudó en tan humilde ocupación.  Cuando terminaron, el hombre se sentó en un poyo y, teniendo como oyentes a Sancho, al primo y al paje, comenzó a contar la historia.

El arriero le contó que en un lugar no muy lejos de allí sucedió que a un regidor se le perdió un asno. Otro regidor del mismo pueblo le dijo que lo había hallado en el monte, pero cuando fue a cogerlo huyó. Se ofreció a acompañar al dueño a buscarlo. Como no lo hallaron acordaron que se separarían en direcciones distintas y rebuznarían. Así lo hicieron; sus rebuznos eran tan perfectos que cuando se volvieron a encontrar, cada uno de ellos creyó creer que la respuesta a su rebuzno venía del asno que buscaban. Después de mucho rebuznar encontraron al asno muerto y comido por los lobos; no obstante, el dueño del asno dio el trabajo por bien empleado al conocer la habilidad de su amigo para rebuznar, contestándole el otro que si bien canta el abad, no le va en zaga el monaguillo (Si el primero lo hace bien, el segundo no se queda atrás). Descubiertas las habilidades, el segundo corregidor llegó a la conclusión de que   “hay raras habilidades perdidas en el mundo y que son mal empleadas en aquellos que no saben aprovecharse de ellas”.

Volvieron a su aldea desconsolados y roncos, pero contándole a los vecinos las gracias de los rebuznos. El suceso se conoció en las aldeas cercanas; los vecinos de éstas, imitaban sus rebuznos. El hecho llegó a tal extremo que se produjeron enfrentamientos entre una y las otras aldeas. Por esta razón, dijo el arriero que llevaba las lanzas, serían usadas en la próxima batalla campal.

Estando en esto entró en la venta un hombre, conocido por el ventero como maese Pedro: era titiritero.  Pidió posada y el ventero, después de preguntarle por el mono que solía llevar,   de inmediato se la dio. Maese Pedro salió a buscar el mono y un retablo que llevaba.  Don Quijote quiso saber más de él. Le contó el ventero que el tal maese Pedro era una persona rica, cuyo dinero lo había hecho, utilizando un mono adivino que llevaba con él.

 Dicho mono, a través de maese Pedro, contestaba a las preguntas que se le hacían. Por cada respuesta acertada cobraba dos reales. Cuando regresó,  don Quijote de inmediato le preguntó que qué había de ser de ellos. Maese Pedro contestó que el mono sólo respondía por las cosas pasadas, no por las que han de venir. Sancho le preguntó que qué estaba haciendo su mujer y le quiso dar dos reales. Maese Pedro no los cogió, pues no quería recibir por adelantados los premios, sin haber realizado los servicios. Maese Pedro llamó al mono; se le puso encima del hombro y, al parecer, le cuchicheó algo al oído. Después se arrojó a los pies de don Quijote, alabándole sus hazañas. A continuación se dirigió a Sancho y le dijo que su mujer estaba bien, que en ese momento estaba rastrillando el lino y, para más señas, tenía un jarro de vino con el que se entretenía en su trabajo.

Todos se sorprendieron de lo que oyeron del titiritero. Don Quijote argumentó que el que lee mucho y anda mucho ve mucho y sabe mucho, porque si no lo hubiera visto, nadie lo hubiera podido persuadir de que hay monos adivinos.

Después de volver a repetir maese Pedro que su mono no adivinaba el porvenir, instaló su retablo en la venta. Don Quijote, en privado le dijo a Sancho que el tal maese Pedro debe tener algún pacto con el diablo,” pues la sabiduría del diablo no se puede extender a más, que las (cosas) por venir no las sabe si no es por conjeturas, y no todas veces, que a solo Dios está reservado conocer los tiempos y los momentos, y para Él no hay pasado ni porvenir, que todo es presente”.

A instancias de Sancho le preguntaron que si las cosas que vio don Quijote en la cueva de Montesinos eran verdaderas o falsas. Después de consultar con el mono, respondió Maese Pedro que en parte eran verdaderas y en parte falsas. Sancho le comentó a don Quijote que la respuesta confirmaba su presentimiento. Don Quijote le contestó que “el tiempo, descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no la saque a la luz del sol, aunque esté escondida en los senos de la tierra”.

Después de lo anterior se marcharon a ver la función de títeres. Maese Pedro montó el retablo y se metió dentro. Todos tomaron asiento. Un criado suyo que hacía de trujamán o intérprete, comenzó a presentar el espectáculo.



Comentario

Se inicia este capítulo mostrándonos la curiosidad y humildad de don Quijote:  ayuda al arriero a ahecharle la cebada al animal. Este hecho le sirve a Unamuno en su Vida de don Quijote y Sancho, para resaltar la humildad del personaje: “Y como no nos está bien el creer que sólo por oír tal cosa se redujera don Quijote a ejercer menesteres tan impropios de su oficio de caballero andante, hemos por fuerza de suponer, lo hizo para ejercitar su humildad y ejercitarla sencillamente y buscando un pretexto, con lo que evitó la soberbia del humilde”.

A partir de aquí, el capítulo se organiza en dos bloques: a) el cuento de los regidores rebuznantes; b) la presentación de Maese Pedro

El cuento del rebuzno pertenece a la tradición del folclore universal. En el Asno de oro, de Apuleyo , aparece un episodio similar a éste, según resaltan José Antonio Pellicer y R. Marín en sus respectivas ediciones de la obra.

Cervantes insiste en las características narrativas del cuento: “Sabrán vuesas mercedes que en un lugar que está cuatro leguas y media de esta venta…le faltó un asno”.  “Quince días serían pasados …que el asno faltaba…cuando otro regidor le dijo”. “Con estas circunstancias todas, y de la misma manera que yo lo voy contando, lo cuentan aquellos que están enterados en la verdad de este caso”. “Y éstas son las maravillas que os dije que os había de contar…”

En el cuento se narra con gran maestría las alabanzas de los regidores : “por el Dios que me crió que podéis dar dos rebuznos de ventaja al mayor y más perito rebuznador del mundo”….”si bien canta el abad, no le va en zaga el monaguillo”. También se describe el rebuzno: “el sonido que tenéis es alto; lo sostenido de la voz, a su tiempo y compás..”

El tema de las habilidades que aparece en este capítulo, se trató ya en el cap. XIX, cuando Cervantes habló de las habilidades de Basilio. Con ellas se llegó a la conclusión de que no se ganaba dinero para vivir, por lo tanto resultaban inútiles. Estas habilidades se han transformado en grotescas y ridículas en los personajes de los regidores.  Con este tema se relaciona el del arte. También en el cap. XIX se enfrentaron un estudiante hábil con la espada contra otro que simbolizaba la fuerza. Venció el primero, el que tenía un arte verdadero. Esto parece ser lo que nos quiere decir Cervantes. El desenlace del cuento tiene que ver con la realidad social. A veces, por hechos nimios, las gentes llegan a enfrentarse.

El segundo bloque del capítulo es la presentación de maese Pedro. Este personaje está también relacionado con Basilio. Éste conquistó el amor de Quiteria, no por ningún milagro, que en realidad no existen, sino por el engaño. Lo mismo le ocurre a maese Pedro. No hay milagro en la intervención del mono, sino engaño. Esto parece ser que es o que nos dice Cervantes.

También se realiza, por medio de maese Pedro el análisis de la cueva de Montesinos. El mono dice que las cosas que le ocurrieron a don Quijote, unas son falsas, otras verosímiles. Sancho,  que se confirma su opinión; don Quijote discrepa, diciéndole que sólo el tiempo lo dirá. Casalduero, cuando comenta este capítulo,  escribe al respecto: “El hombre cristiano, siempre dentro del misterio de la Encarnación, utiliza el tiempo como instrumento para dar forma a lo eterno”.  

miércoles, 2 de noviembre de 2011

SEGUNDA PARTE.CAPÍTULO XXIV. EL MOZO SOLDADO. SE EXPLICA EL SENTIDO DE LA VIDA






El que tradujo la historia de don Quijote al castellano dice que el mismo Cide Hamete apuntó en el margen del capítulo anterior que consideraba que la historia de la Cueva de Montesinos era impropia de don Quijote, e incluso se dice que el mismo don Quijote se retractó de ella cuando iba a morir.

El primo le dijo a don Quijote que le había sido muy provechosa su compañía, pues había aprendido varias cosas como son el conocer lo que se encierra dentro de la cueva de Montesinos, el nacimiento del río Guadiana,  pero especialmente la antigüedad de los naipes, pues la frase que utilizó Durandarte: “Paciencia y barajar” da a entender que la aprendió cuando estaba vivo, en Francia, en tiempos de Carlomagno. Esta frase le va a ser de mucha utilidad, pues la piensa poner en el libro que estaba escribiendo: Suplemento de Virgilio Polidoro en la invención de las antigüedades. Don Quijote le responde que tendría dificultades en la impresión de su libro, pues no es fácil encontrar un grande de España a quien pueda dirigirse el escritor, ya que no quieren correr con los gastos que conlleva el trabajo del autor.

Se iba haciendo de noche y don Quijote les dijo que había que buscar un sitio donde recogerse. El primo le contestó que cerca de allí había una ermita. El ermitaño, que había sido soldado, era una persona muy caritativa; tenía una casa, pequeña, hecha a su costa, y recibía huéspedes. Compara don Quijote a los ermitaños de la antigüedad con los actuales, a todos los considera buenos, pues aunque “todo corra turbio,  (en el peor de los casos) menos mal hace el hipócrita que se finge bueno que el público pecador”.

 Estaban en esta conversación cuando pasó por allí, con paso apresurado, un hombre que llevaba un macho cargado de lanzas y de alabardas. Llevado por la curiosidad quiso saber don Quijote la razón de tanta prisa. El hombre le contestó que no se podía parar; pero si estaba interesado en saberlo le contaría cosas maravillosas en la venta donde  iba a pasar la noche, y siguió su camino.

Don Quijote decidió pernoctar en la venta. Se dirigieron allí; pero al pasar por la casa del ermitaño, el primo pidió que se pararan para echar un trago. Sancho de inmediato aceptó. Los recibió una sotaermitaño, (la querida del ermitaño), pues éste no estaba. Le pidieron vino, pero ella les contestó que solamente les podría ofrecer agua. Sancho se acordó de inmediato de las bodas de Camacho y de la abundancia de la casa de don Diego.

Se dejaron la ermita y siguieron hacia la venta. En el camino se encontraron a un muchacho de dieciocho o diecinueve años, alegre de rostro, llevaba la espada sobre el hombro y colgado de la espada, un bulto con lo que podrían ser sus vestidos; iba cantando una seguidilla que decía: A la guerra me lleva / mi necesidad;/ si tuviera dineros, / no fuera, en verdad.

Le preguntó don Quijote que por qué andaba con tanta prisa. Le contestó que por el calor y la pobreza. No entendió esta última razón don Quijote y el muchacho le comentó que no tenía más ropa que la poca que llevaba puesta y los greguescos de terciopelo que formaban el hatillo. Si se los ponía no los podría lucir en la ciudad; iba a alistarse como soldado en unas compañías de infantería, estacionadas no lejos de allí, que iban a embarcar en Cartagena, pues prefería tener por señor al rey y servirle en la guerra, que no a “un pelón en la corte”.

Le preguntó don Quijote por las recomendaciones que llevaba; el muchacho le contestó que no tuvo suerte en los servicios que había prestado: solamente había podido servir como catarriberas (ojeadores en la caza). Sus amos eran tan miserables que cuando lo despedían le quitaban hasta la librea que le habían dado. Alabó don Quijote la decisión que había tomado,  pues “no hay otra cosa en la tierra más honrada ni de más provecho que servir a Dios, primeramente, y luego a su rey y señor natural, especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales se alcanza, si no más riquezas, a lo menos más honra que por las letras, como yo tengo dicho muchas veces (…) aparte la imaginación de los sucesos adversos que le podrán venir, que el peor de todos es la muerte, y como ésta sea buena, el mejor de todos es el morir. Preguntáronle a Julio César, aquel valeroso emperador romano, cuál era la mejor muerte: respondió que la impensada, la de repente y no prevista; y aunque respondió como gentil y ajeno del conocimiento del verdadero Dios, con todo eso dijo bien, para ahorrase el sentimiento humano. Que puesto caso que os maten en la primera facción y refriega, o ya de un tiro de artillería, o volado de una mina, ¿qué importa? Todo es morir, y acabose la obra, y según Terencio más bien parece el soldado muerto en la batalla que vivo y salvo en la huida y tanto alcanza la fama el buen soldado cuanto tiene de obediencia a sus capitanes y a los que mandar le pueden. Y advertid, hijo, que al soldado mejor le está el oler a pólvora que a algalia, y que si la vejez os coge en este honroso ejercicio, aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos no os podrá coger sin honra, y tal, que no os la podrá menoscabar la pobreza. Cuanto más que ya se va dando orden como se entretengan y remedien los soldados viejos y estropeados, porque no es bien que se haga con ellos lo que suelen hacer los que ahorran y dan libertad a su negros cuando ya son viejos y no pueden servir, y echándolos de casa con títulos de libres los hacen esclavos de la hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte.

A continuación don Quijote le dijo al muchacho que subiese en las ancas de su caballo, que lo invitaba a cenar en la venta; el muchacho no subió, peso sí aceptó la cena. Sancho se preguntó cómo don Quijote, que había dicho tantas verdades, pudiera decir que vio tantos disparates como contó de la cueva de Montesinos. Llegaron a la venta cuando anochecía. Nada más entrar, preguntó don Quijote por el hombre de las lanzas.



Comentario

Varias veces he hablado del perspectivismo lingüístico en la obra. Siempre he tomado como referencia a Leo Spitzer. Este capítulo se inicia con un caso de perspectivismo múltiple bastante complejo.   Nos dice el narrador cristiano que el autor moro Cide Hamete anotó en el margen, hecho que tradujo al castellano el traductor morisco, que no creía probables las aventuras que contó el personaje protagonista de lo que le ocurrió en la cueva de Montesinos; Hamete las tenía por apócrifas, pero como don Quijote nunca había mentido, no sabe si son verdad o mentira. Al final, el narrador cristiano deja al lector que juzgue si las cree verdaderas o no, advirtiendo que “se tiene por cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retractó de ella y dijo que él la había inventado, por parecerle que convenía y cuadraba bien con las aventuras que había leído en sus historias”.

Al final del capítulo XXIII, don Quijote concluye que la vida hay que vivirla como si todo fuese verdadero. Es decir, él sabe que todo en la vida es sombra y sueño; pero este sueño  hay que vivirlo como si fuese real. Este sueño tiene un final obligado: la muerte. Este es el axioma del que parte Cervantes.  Con ella “acabose la función”; pero cuando ésta llegue hay que procurar haber vivido  con dignidad lo que hemos realizado. Lo dice don Quijote en los consejos que le da al joven aspirante a soldado: “Y advertid, hijo, (…) que si la vejez os coge en este honroso ejercicio, (…) a lo menos no os podrá coger sin honra”

 Este capítulo XXIV lo subtitula Cervantes “Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento de esta obra”. Las zarandajas tratan de los conocimientos que el primo tiene de la cueva de Montesinos, gracias al relato de don Quijote;  el problema que representa escribir en España, manifestado a través de las dedicatorias de los libros;  los ermitaños;  el hipócrita y el público pecador;  el hombre que conduce un macho cargado de lanzas y alabardas y,  por fin, el mozo soldado que va a listarse para ir a la guerra.

Este último personaje concretiza en su juventud la Necesidad que, en forma de sueño, apareció en la cueva de Montesinos cuando la labradora le pidió en nombre de Dulcinea seis reales a don Quijote. El joven, instruido por la Necesidad,  nos habla de su pobreza, su búsqueda de empleo, su servicio a gente miserable. Con él vamos viendo los soldados inválidos; los negros esclavos, que cuando son viejos y no pueden servir, sus dueños los dejan en libertad, haciéndolos esclavos del hambre. Este es el mundo real: un desfile alucinante de gentes alicaídas a las que la vida ha zarandeado como muñecos, como personajes de un guiñol. Frente a esta situación,  Don Quijote le ha alabado su determinación de coger el ejercicio de las armas y ”le da unos consejos en los que se va tejiendo el sentido de la vida” (Casalduero): obrar con dignidad. Éste es el corolorario que se extrae de los consejos de don Quijote