miércoles, 28 de diciembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXVI: CARTA DE SANCHO A TERESA. LA EMBAJADA DE TRIFALDÍN





El espectáculo del desencanto de Dulcinea lo había prepara un mayordomo de los duques. Participó él mismo en el desarrollo, tomando el personaje de Merlín.

Al día siguiente, la duquesa le preguntó a Sancho que si había empezado a darse los azotes para conseguir el desencanto de Dulcinea. Le contestó que sí; al preguntarle que con qué se los había dado, le dijo que con la mano.  Le regañó y le exhortó a que fuese más duro con la penitencia, advirtiéndole que: “La letra con sangre entra” (Nada se consigue sin esfuerzo); No se va a dar la libertad de Dulcinea por tan bajo precio; Las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni sirven para nada”. Aceptó Sancho sus deseos y le pidió algún tipo de disciplina con la que se flagelaría convenientemente. A continuación le dijo que llevaba una carta escrita para su mujer, Teresa, en la que a manera de como escriben los gobernadores, le decía todo lo que había ocurrido desde que se apartó de ella.

Se iniciaba la carta con la frase: “Si buenos azotes me daban, bien caballero me iba: si buen gobierno me tengo, buenos azotes me cuesta”(El significado del refrán, “si buenos azotes me daban…”el castigo importa poco si a pesar de ello se obtiene un beneficio”). Le comunicaba que se iba a azotar para desencantar a Dulcinea, pero que no se lo dijera  diga a nadie, pues como dice el refrán “pon lo tuyo en concejo, y unos dirán que es blanco y otros que es negro” (cada uno te dará una opinión diferente). También le decía que tenía muchos deseos de ser gobernador porque así obtendría dinero, “porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con este mismo deseo”. Le mandaba muy buenos recuerdo de parte de la duquesa y le pedía que se los devolviera con creces, como le había enseñado don Quijote, pues no hay cosa que menos cueste ni valga más barata que los buenos comedimientos”. Se despedía de ella asegurándole que cuando fuera gobernador conseguirían riquezas.

Cuando la duquesa leyó la carta le dijo a Sancho que no estaba de acuerdo con algunas de las cosas que manifestaba;  destacó la codicia con la que pensaba gobernar y le advirtió que “la codicia rompe el saco (el ansia de obtener una ganancia mayor, malogra el bien que se poseía) y el gobernador codicioso hace la justicia desgobernada, así como no querría que orégano fuese (espero que no salga como lo piensas). Le contestó Sancho que modificaría en la carta lo que ella considerara, pero ella la dio por buena, mostrándosela al duque, el cual  se alegró mucho por los mensajes que Sancho enviaba.

Se fueron a comer a un jardín y, en la sobremesa, oyeron el triste sonido de un pífaro y los roncos redobles de un tambor.  De inmediato aparecieron cuatro hombres vestidos de negro. El último era más grande que los demás e iba completamente enlutado y con un antifaz; cuando se lo quitó, mostró una larga, blanca y poblada barba. Se presentó ante el duque como “Trifaldín el de la Barba Blanca”, escudero de la condesa Trifaldi, por otro nombre “la dueña Dolorida”. Informó de la llegada de su señora, que había viajado a pie y “sin desayuñarse”, desde el reino de Candaya para solicitar la ayuda de don Quijote. Autorizó el duque su entrada y realzó la generosidad, amparo y ayuda que ofrecía el caballero manchego, cuya fama había llegado a tierras tan lejanas. Saltaba de gozo don Quijote y comentó que le hubiese gustado que estuviera presente el cura que el otro día lo ofendió; a continuación, demandó que entrara doña Dolorida y que le pidiera lo que quisiera, pues pondría a su disposición la fuerza de su brazo y la intrepidez de su espíritu.



Comentario

En este capítulo son de destacar los siguientes hechos:

a)      Las admoniciones de la duquesa a Sancho, advirtiéndole que se ha de flagelar con más intensidad si quiere liberar a Dulcinea. Una de las frases que le dice es “que las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni sirven para nada”. Esta frase fue censurada en la edición de Valencia de 1616, y el Índice expurgatorio del cardenal Zapata (1632) mandó borrarla de cualquier otro y no volvió a aparecer hasta la edición de 1863. La razón de la censura viene dada porque quisieron ver en ella una influencia de Erasmo, ya que el realizar acciones que no dejan huella en el que las realiza, denota una fuerte hipocresía. Américo Castro, dice al respecto lo siguiente: “A medida que la Contrarreforma iba estrechando sus mallas, resaltaba más el peligro de afirmaciones como ésas, que en último término menguaban el valor de las obras visibles, campo sobre que actuaba esencialmente el catolicismo cada vez más desligado de cuanto afectaba al estado íntimo del individuo, raíz de todos los peligros para la vida tradicional de la Iglesia”.

b)      La carta de Sancho. Con ella vemos aspectos de la vida social, en especial la codicia: “De aquí a pocos días me partiré al gobierno, adonde voy con grandísimo deseo de hacer dineros”; la posición social: “Has de saber, Teresa, que tengo determinado que andes en coche, que es lo que hace al caso, porque otro andar es andar a gatas”; la envidia: “Mujer de un gobernador eres: ¡Mira si te roerá nadie los zancajos!” (Sancho le sugiere que nadie se atreverá a criticarla); la opinión de las gentes: “Pon lo tuyo en concejo, y unos dirán que es blanco y otros que es negro”.

c)        Una escena más de la farsa que se representa en el palacio de los duques. En este caso, una farsa dentro de otra, pues es sabido que los duques encargaron a sus sirvientes el montaje de la fantasmagoría teatral, que a su vez ellos fueron desarrollando, según su propia creatividad. En esta escena, en los siguientes términos: un son tristísimo a base de pífano y tambor; dos hombres vestidos con largas telas de luto, redoblando tambores cubiertos de negro; un hombre negro, que tañe el “pífaro”; otro hombre de talla gigantesca, portador de un descomunal “alfanje de guarniciones y vaina negra”, y larga y blanquísima barba. Todos marchan con prosopopeya y compás.

martes, 20 de diciembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXV. EL DESENCANTO DE DULCINEA. DIVERSAS INTERPRETACIONES








Al compás de la música de arpas, laúdes y chirimías, venía un carro triunfal, lujosamente ataviado, tirado por seis mulas cubiertas de blanco; a lomos de las mulas iban disciplinantes de luz, vestidos también de blanco. Sentada en el trono iba una ninfa, cubierta de plata y lentejuelas de oro, de entre diecisiete y veinte años. A su lado venía una figura vestida con largos vestidos y cubierta la cabeza con un velo negro. Al llegar a donde estaban los duques y don Quijote cesó la música, la figura se descubrió la cara y apareció la terrible imagen de la muerte. Todos se asustaron; se presentó como  el mago Merlín  y se dirigió a don Quijote, en verso,  llamándolo  “discreto don Quijote, de la Mancha esplendor, de España estrella”. Le comunicó que le ha dado pena de ver cómo se encuentra Dulcinea y venía a darle la solución para desencantarla: Sancho se había de dar tres mil trescientos azotes en cada una de sus posaderas, de tal manera que le “escuezan, le amarguen y le enfaden”.

Sancho, de inmediato se negó a ello; don Quijote le ordenó que aceptase, pues si no lo hacía se encargaría él de dárselos. Intervino nuevamente Merlín para decir que se los ha de dar Sancho de propia voluntad o debe permitir que otra persona le dé la mitad. A una y otra cosa se opuso Sancho.

Tomó la palabra Dulcinea y criticando duramente a Sancho, ofendiéndolo en su persona, le dijo que si lo que le pedía fuera algo repugnante de hacer, como comer sapos, lo entendería; pero que la petición era que se diese los azotes para liberarla del estado en que había caído. Si no lo hacía por ella, que lo hiciera por don Quijote.

Sancho volvió a insistir en lo mismo. Apoya su rechazo en las malas formas que ha utilizado Dulcinea cuando se lo ha pedido. Argumenta con refranes que apoyan el que se deben  pedir las cosas con agrado o bien ofrecer beneficios para el que las realiza, diciendo que “un asno cargado de oro sube ligero por una montaña; dádivas quebrantan peñas; a Dios rogando y con el mazo dando; más vale un toma que dos te daré; mi señor había de traerme la mano por el cerro (cerro, lomo del animal por el que se pasa la mano para amansarlo; el prov. quiere decir que su señor debería mimarlo).  Termina diciéndoles que sepan pedir las cosas y no las lleven al extremo de “bebe con guindas” (Siendo muy malo lo que le piden, no lo hagan con tan malas formas). El duque le amenazó con  que si no se daba los azotes, no sería gobernador, ya que se mostraba excesivamente duro a los requerimientos de las afligidas doncellas.

Sancho pidió dos días para pensárselo, pero Merlín le contestó que se decidiera ahora mismo, o Dulcinea volvería al estado de labradora. Intervino la duquesa para pedirle a Sancho que lo hiciera y que todo transcurriera bien, pues de acuerdo con el refrán “un buen corazón quebranta mala ventura” con buen ánimo, las cosas se pueden solucionar.

Se dirigió Sancho a Merlín para preguntarle por qué no había venido Montesinos como anunció el diablo correo. Le respondió que Montesinos estaba encantado en su cueva. Aceptó Sancho darse los azotes con la condición de que no le pusieran tiempo y se contaran todos, también los de “mosqueo”.

Aceptó las condiciones Merlín; don Quijote besó a Sancho en la frente y en las mejillas. Todos expresaron su contento. Sonó la música, pasó el carro con Dulcinea, amaneció y los duques se marcharon a su casa, pensando en qué nuevas burlas les harían a don Quijote y Sancho.



Comentario

Se inicia el capítulo con el ornato del encuentro entre Dulcinea y don Quijote. Todo este aparato de lujo que adorna a Dulcinea es todo lo contario a lo que don Quijote ha visto de ella. Las dos veces anteriores, una, cuando iba acompañada por otras dos labradores y otra, en la Cueva de Montesinos, destacaba por la pobreza del atuendo. Dulcinea se nos presentó como era en la realidad. Aquí, mediante el artificio y engaño de los duques, como el ideal que sueña don Quijote. A este hecho caben, entre otros, las siguientes interpretaciones:

a)      La de Casalduero. A don Quijote se le ha presentado la Dulcinea que él sueña; Sancho tiene que desencantarla mediante su sacrificio: tiene que darse los trescientos azotes que le pide Merlín. Si no se los da, Dulcinea volverá a su estado de vulgar labradora. Don Quijote tiene que contemplar que su destino es sufrimiento, puesto que conseguir el desencanto no depende de él, sino de su escudero; por lo tanto, el conseguir los ideales, no es cuestión nuestra; con frecuencia se depende de otras personas, como él depende de Sancho. "Sancho se aviene a desencantar a Dulcinea, no por ella misma, sino porque su aceptación de ser el instrumento del desencanto es un requisito previo para recibir el gobierno”

b)      Lo anterior raya en una interpretación próxima al realismo filosófico, mantenido por Alexander A. Parker.  Sancho acepta y pide un plazo para cumplir con el apremio al que lo someten los duques y don Quijote, porque le interesa, pues como nos dijo don Quijote en (I, XI),” la verdad se oscurece por el engaño, la malicia y los intereses de las personas”. Los duques engañan y se ríen. A Sancho no le importa: su interés es gobernar y conseguir algo de provecho para su familia.

Una tercera interpretación de este capítulo está en la línea del materialismo filosófico de Gustavo Bueno, en el final del libro España no es un mito.  Según el hispanista Ludwig Pfand, en Cultura y costumbres del pueblo español en los siglos XVI y XVII, “Dulcinea no es otra cosa que la encarnación de la monarquía, de la nacionalidad, de la fe. Por ella se esfuerza el manco, luchando contra los molinos de viento”. En esta línea, hay que destacar que España en esta época tiene un gran declive económico y anímico, como ya se ha demostrado en comentarios anteriores. Cervantes criticaba con fina ironía el dispendio que se solía hacer en España. Recordemos el soneto al túmulo de Felipe II, levantado en la Catedral de Sevilla: “Voto a Dios que me espanta esta grandeza/ y que diera un doblón en describilla!/ Porque  ¿a quién no sorprende y maravilla/esta máquina insigne, esta riqueza?/…Pues bien, ¿no era también máquina insigne la montada para recibir a Dulcinea en los bosques de los duques?. En esta línea de pensamiento cabría interpretar la crítica que subyace en la introducción del capítulo.

También en esta línea del materialismo filosófico cabe interpretar la descripción que hace Merlín de don Quijote, llamándolo “discreto don Quijote, de la Mancha esplendor, de España estrella”.

Si interpretamos a don Quijote como un símbolo alegórico de la España anterior al declive económico,  como hace Gustavo Bueno, en el libro antes señalado,  podemos que la España actual, (la del XVII, la del declive económico) estaría buscando su guía en la España anterior, la del esplendor del XV y principios del XVI. De todo ello se reiría Cervantes.  

jueves, 15 de diciembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXIV. LA CAZA DE MONTERÍA Y EL DESENCANTO DE DULCINEA





La duquesa tramó con el duque hacerles una burla famosa a don Quijote y a Sancho, tomando como referencia lo que éste le había contado de la Cueva de Montesinos. Se asombraba la duquesa de la ingenuidad de Sancho, pues había conseguido hacerle creer que Dulcinea estaba encantada, cuando fue él mismo quien mintió a don Quijote. Durante seis días prepararon a los criados para que los llevaran a una caza de montería con el mismo ornato que tuviera una caza real. Partieron don Quijote, armado sobre Rocinante, Sancho, vestido de pardo verde, y los duques. Se encaminaron hacia un bosque; la caza se inició con fuerte estruendo de ladridos y bocinas. La duquesa, el duque y don Quijote se apearon y se dispusieron a esperar el jabalí.  Sancho se quedó detrás subido en su rucio. Junto a él se dispuso una hilera de cazadores. Pronto se oyó un gran ruido y la llegada de un fiero jabalí perseguido por los perros.  Sancho, al verlo, sintió miedo y se subió a un árbol, con tan mala suerte que se quebró la rama y se quedó colgado en el aire, gritando desesperadamente.

Se acercó don Quijote y descolgó a Sancho. Lo primero que notó fue que el traje de montería que le habían dado se había roto. Fue a ver a la duquesa; le enseñó el traje y criticó la cacería.

A la crítica de Sancho contestó el duque, diciendo que “La caza es una imagen de la guerra: hay en ella estratagemas, astucias, insidias, para vencer a su salvo al enemigo; padécense en ella fríos grandísimos y calores intolerables; menoscábase el ocio y el sueño, corrobóranse las fuerzas, agilítanse los miembros del que la usa, y, en resolución, es ejercicio que se puede hacer sin perjuicio de nadie y con gusto de muchos”. A partir de las anteriores razones, le recomienda a Sancho que cuando sea gobernador se ocupe de la caza y “veréis como os vale un pan por ciento” (Obtendréis muchos beneficios).

Sancho, insistiendo en su idea de que el gobernante se debe dedicar al buen gobierno de sus estados,  le respondió que el buen gobernador, la pierna quebrada y en casa (Sancho adapta a sus circunstancias el refrán  “La mujer honrada, la pierna quebrada, y en casa” (Aconseja ser cauteloso, reservado y honesto). La caza y los pasatiempos más han de ser para los holgazanes que para los gobernadores. A lo anterior replicó el duque, diciendo que ojalá fuera así, pues del dicho al hecho hay un gran trecho (Es más fácil hacer promesas que cumplirlas). Volvió a tomar la palabra Sancho para ensartar una serie de refranes con el propósito de decir que con la ayuda de Dios, gobernará bien: A buen pagador no le duelen prendas (Quien tiene razón no le importa comprometerse); más vale a quien Dios ayuda que a quien mucho madruga (Más vale más la suerte que afanarse mucho en el trabajo; sin embargo); tripas llevan pies, que no pies a tripas (Es necesario alimentarse para tener buen ánimo); ¡No, sino póngame el dedo en la boca, y verán si aprieto o no! (No me pongan a prueba). Don Quijote le censuró a Sancho su forma de hablar por utilizar tantos refranes; la duquesa lo elogió.

Salieron de la tienda en la que estaban al bosque; de repente oyeron un gran estruendo de cornetas similar al de ejércitos que se enfrentan en una guerra; una fuerte luz, provocada por los fuegos, los cegaba. El duque y la duquesa se asustaron; don Quijote se sorprendió y Sancho cayó desmayado en las faldas de la duquesa. Pasó un diablo correo, a caballo, un tanto extraño, para ser diablo: Sancho se dio cuenta de que juraba “en Dios y en mi conciencia”;  le dijo al duque que venía buscando a don Quijote, de parte de Montesinos, para decirle que no se moviera de allí porque traía encantada a Dulcinea y le revelaría el modo de desencantarla. Don Quijote decidió esperarla.  

Pasaron tres carros tirados por bueyes, guiado cada uno por un extraño personaje que decía ser sabio y encantador, de los libros de caballerías. A continuación se oyó una suave música, que Sancho tomó como buena señal; por esto le dijo a la duquesa: Señora, donde hay música no puede haber cosa mala.



Comentario  

Si el capítulo anterior se ha contado desde la tranquilidad y reposo en el ambiente que envolvía a Sancho con la duquesa, en éste asistimos al alboroto producido por los muchos criados que acompañan a los duques en la caza de montería. Esto nos lleva a contextualizar caracteres del mundo social del XVI y XVII. La figura del criado es antigua en la Literatura Española: ya en el XV aparece en la Celestina; el Lazarillo es el criado de un ciego. Como dice Pierre Vilar, “El español, incluso no siendo muy rico se hace servir…Servir a un amo rinde tanto como ejercer un oficio y, ¡cuántos oficios no son más que puros servicios… En el siglo XVI se produce un desplazamiento importantísimo de población activa hacia el sector no productivo que anuncia el parasitismo social y la decadencia”. Estos planteamientos de Pierre Vilar se aprecian aquí: La caza de montería estaba organizada “con tanto aparato de monteros y cazadores como pudiera llevar un rey coronado”. Sancho se metió “entre la tropa de los monteros”. Cuando cazaron el jabalí lo llevaron, “como en señal de victoriosos despojos, a unas grandes tiendas de campaña que en la mitad del bosque estaban, donde hallaron las mesas en orden y la comida aderezada, tan suntuosa y grande, que se echaba bien de ver en ella la grandeza y magnificencia de quien la daba”. Lo anterior constata una vez más la tesis de Vilar: “se ha creado un clima económico en el que el rico podía fácilmente ser generoso, y en el que el pobre tenía más interés en vivir al azar que en percibir un salario poco estimulante frente a los precios”.

Se habla a continuación del ocio de los príncipes y los gobernadores. Sancho suelta una retahíla de refranes, acomodándolos a sus circunstancias con el propósito de mostrarle al duque que será un buen gobernador. Algunos están modificados, pues como dice Ángel Rosemblat en La lengua del Quijote, “Más que el refrán, lo característico de Sancho, y lo que da una imagen pintoresca y animada de su habla rústica, es la acumulación de refranes, la sarta o retahíla de refranes con que Cervantes logra notables efectos cómicos”.  En este caso Sancho conoce la gracia que su forma de hablar le produce a la duquesa; ella así lo manifiesta: “de mí sé decir que me dan más gusto que otros, aunque sean mejor traídos y con más sazón acomodados”. Si el capítulo lo interpretamos desde el realismo filosófico, Sancho sabía lo que se hacía: él quería ser gobernador y tenía que granjearse las simpatías de los duques.

A Sancho no lo engañan cuando le dicen que Montesinos en persona traerá a Dulcinea. El mismo narrador dice: “Renovose la admiración en todos …en Sancho, en ver que a despecho de la verdad querían que estuviese encantada Dulcinea”. Sancho les sigue la corriente para no separarse de su meta: conseguir la ínsula.

Torrente Ballester en El Quijote como juego y otros trabajos críticos,  también es de la opinión de que a Sancho no lo engañan: “Da la impresión de hallarse al cabo de la calle, de no creer una palabra de cuanto sucede y de tomar la broma a broma. ¿Hay, pues, que concluir que Sancho, como su amo, es un farsante excelente? ¿Que se ha dado cuenta del juego y que sigue jugando cuando gana, pero no cuando hay amenazas de pérdida?  












martes, 13 de diciembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXIII. LOS COLOQUIOS DE SANCHO CON LA DUQUESA




Cuando Sancho llegó a donde estaba la duquesa, ésta le invitó a que se sentara a su lado; él manifestó cierta perplejidad; pero ella insistió en que se sentara como gobernador y hablara como criado.

Antes de que Sancho empezara a hablar le preguntó la duquesa que por qué le mintió a don Quijote cuando le dijo que le había entregado la carta a Dulcinea y que la había visto ahechando trigo, comentándole también que dichas  mentiras eran impropias de un fiel escudero. Sancho, después de comprobar que nadie los oía, le contestó que si le había dado a entender que Dulcinea estaba encantada era porque estaba loco de remate, aunque a veces hablaba con mucha discreción. Oído lo anterior, la duquesa, dialogando consigo misma, expresó su temor a darle el gobierno de una ínsula a un escudero que seguía a un amo loco y mentecato, porque “el que no sabe gobernarse a sí ¿cómo sabrá gobernar a otros?. Le replicó Sancho que tenía razón en pensar de ese modo, pero él quería serle fiel hasta el final y nunca se apartaría de su lado. A continuación ensartó una serie de refranes con el claro propósito de que lo nombraran gobernador:

 a) A veces, lo que parece un progreso puede ser muy perjudicial y por lo tanto no le importaría nada quedarse sin la ínsula:  Por su mal le nacieron alas a las hormigas”; “Tan buen pan hacen aquí como en Francia (Lo que se posee puede ser tan bueno como lo mejor que se pueda imaginar); “Y yo he oído decir que detrás de la cruz está el diablo”;

 b) Todos los hombres somos iguales: “al dejar este mundo y meternos la tierra adentro por tan estrecha senda va el príncipe como el jornalero, y no ocupa más pies de tierra el cuerpo del Papa que el del sacristán, aunque sea más alto el uno que el otro, que al entrar en el hoyo todos nos ajustamos y encogemos o nos hacen ajustar y encoger”;

c) No hay que fiarse de las apariencias: “No es oro todo lo que reluce”; “Entre los bueyes, arados y coyundas sacaron al labrador Bamba para ser rey de España”.

Apoyó los refranes de Sancho la dueña doña Rodríguez. La duquesa después de oírlo le confirmó que la palabra que le había dado el duque, se cumpliría y Sancho sería gobernador, encargándole que ejerciese bien su cargo. Le contestó que era una persona caritativa y compasiva, además de que no se dejaría fácilmente engañar, apoyándose en:  “A quien cuece y amasa no le hurtes la hogaza”; “soy perro viejo y entiendo todo tus, tus ( Es una variante del refrán “A perro viejo no hay tus, tus” (A quien conoce bien las cosas no se le engaña con buenas palabras). Le manifiesta que rápidamente aprendería a gobernar y la duquesa le contesta que llevaba razón pues “de los hombres se hacen los obispos, que no de las piedras”.

Convence la duquesa a Sancho de que el que vive engañado es él, pues ella sabe con certeza que aquella labradora que Sancho vio era Dulcinea, que había sido encantada. Sancho asume lo que la duquesa le dice y acepta la explicación de don Quijote cuando le dijo que había visto a Dulcinea en la Cueva de Montesinos. Le comunica que según el bachiller Sansón Carrasco, en el libro que ya anda por ahí, nadie quiere mal a Sancho, tiene buena fama y como ha oído decir a don Quijote “más vale el buen nombre que las muchas riquezas”. Insiste Sancho en que le den el gobierno, a lo que la duquesa contesta que lo que ha dicho son buenas sentencias y, como dice el refrán,  “debajo de mala capa suele haber buen bebedor” (una mala apariencia puede esconder algo de valor)

Sancho no captó el sentido irónico de la duquesa y le contestó que nunca se había emborrachado, pero que siempre había respondido al brindis de un amigo. Ella lo envió a descansar con la esperanza de conseguir el gobierno de la ínsula; Sancho le suplicó que se tuviera buena cuenta de su rucio, porque era “la lumbre de sus ojos”. Le respondió la duquesa  que lo cuidaría como si fuera suyo y lo pondría en “las niñas de sus ojos”; él le replicó que ni su él ni su asno merecían tal atención, pues, “en las cortesías antes se ha de perder por carta de más que de menos, en las jumentiles y asininas (en las cortesías relativas a jumentos y asnos) se ha de ir con el compás en la mano y con medio término.

Se volvió a reír la duquesa con las explicaciones de Sancho y se marchó a contarle a su esposo la conversación y a preparar las burlas que le harían a don Quijote.



Comentario   

El capítulo viene enmarcado por una crítica a la etiqueta y cortesía social. En su inicio, Sancho manifiesta cierta perplejidad a sentarse junto a la duquesa, recordándonos con esto el tema del cuento que contó en el capítulo XXXI. Termina con una crítica a los cumplidos sociales, advirtiendo Sancho que “en las cortesías jumentiles y asininas se ha de ir con el compás en la mano y con medio término”. Si interpretamos asininas como asnales o, como hace M. de Rique, como “nimias” o insignificantes, hemos de entender que se ridiculizan las costumbres sociales y al mismo tiempo nos enseña cómo debemos comportarnos en nuestras relaciones con los demás.

El núcleo del coloquio tiene como temas el engaño y la astucia en el gobierno. La duquesa le pide a Sancho que le explique por qué en la primera parte del Quijote, ya publicada, dice que encontró a Dulcinea encantada. Recordemos que en el capítulo anterior don Quijote nos dio a entender que Dulcinea es un ideal que le permite vivir. Reside en el mundo de los sentimientos y mueve su voluntad. Sancho le miente porque lo considera un loco y tiene que seguirle la corriente; pero también porque tiene esperanza de conseguir la ínsula. Tanto Sancho como don Quijote se mueven por ideales. La del primero, basados en el altruismo. La del segundo, en la ilusión por salir de la pobreza. Tanto Sancho como don Quijote dicen ¡No puedo más!, pero tienen que seguir.

Si la aspiración de Sancho es transformar su ideal en realidad, ahora tiene el momento de conseguir la ínsula y todos sus argumentos se apoyan en la retahíla de refranes con el propósito de convencer a la duquesa de que tiene astucia para no dejarse engañar. Sin embargo, volviendo al tema del encantamiento de Dulcinea, la duquesa le hace creer que Dulcinea está encantada, diciéndole que “el buen Sancho, pensando ser el engañador es el engañado”. Sancho no quiere contradecir a la duquesa y también le sigue la corriente, afirmando que era verdad lo que don Quijote vio en la cueva de Montesinos. Por lo tanto, al final, ¿quién engaña a quién?. Creo que cada uno se mueve por lo que le interesa. La duquesa quiere que se mantenga la burla; Sancho, la ínsula  

miércoles, 7 de diciembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXII. RESPUESTA AL ECLESIÁSTICO Y COLOQUIO CON LOS DUQUES








Don Quijote contestó al Eclesiástico argumentándole que el respeto que le merecía el lugar en el que se encontraban, así como la profesión que representaba, le ataban las manos, pero especialmente “por saber que saben todos que las armas de los togados son las mismas que las de la mujer, que son la lengua, entraré con la mía en igual batalla con vuestra merced, de quien se debería esperar antes buenos consejos que infames vituperios. Las reprehensiones santas y bienintencionadas…piden: a lo menos, el haberme reprendido en público y tan ásperamente ha pasado todos los límites de la buena reprehensión, pues las primeras mejor asientan sobre la blandura que sobre la aspereza, y no es bien que sin tener conocimiento del pecado que se reprehende llamar al pecador, sin más ni más, mentecato y tonto”; después de insistir en que no es bueno entrar en casas ajenas a imponer leyes de caballería, continúa diciéndole que “unos van por el ancho campo de la ambición soberbia, otros por el de la adulación servil y baja, otros por el de la hipocresía engañosa, y algunos por el de la verdadera religión; pero yo, inclinado de mis estrellas, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra…; sostiene que como caballero andante se ha enamorado, pero no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes. Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno”.

Sancho apoyó el discurso de don Quijote y se presentó al Eclesiástico como  “soy quien júntate a los buenos, y serás uno de ellos, y soy yo de aquellos “no con quien naces, sino con quien paces” (en la vida influyen más las compañías que el origen de cada uno), y de los quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”.  El duque le prometió que lo nombraría gobernador de una ínsula que tenía. Al oír esto el Eclesiástico exclamó: “¡Mirad si no han de ser ellos locos, pues los cuerdos canonizan (aprueban) sus locuras.” Y, lleno de cólera, abandonó la mesa.

El duque le manifestó su conformidad a don Quijote  y éste continuó diciendo que “Las mujeres, los niños y los Eclesiásticos, como no pueden defenderse, aunque sean ofendidos, no pueden ser afrentados. Porque entre el agravio y la afrenta hay esta diferencia…la afrenta viene de quien la puede hacer, y la hace, y la sustenta; el agravio puede venir de cualquier parte, sin que afrente. Intervino Sancho para comentar lo mal que le hubiera ido al Eclesiástico con Amadís.

Se reía la duquesa de las palabras de Sancho cuando, después de la comida, entraron cuatro doncellas con aguamaniles y toallas y, sin más, procedieron a lavarle y enjabonarle las barbas a don Quijote; la doncella barbera fingió que se le había acabado el agua y dejó al caballero lleno de espuma, en el más deplorable ridículo. Con el fin de que don Quijote no notase la burla, también pidió el duque que se las lavaran; Sancho le comentó a la duquesa que el espectáculo de lavar las barbas que había contemplado, no lo había visto en otro lugar, pero “por eso es bueno vivir mucho, por ver mucho, aunque también dicen que “el que larga viva vive mucho mal ha de pasar”; contagiado,  también pidió que se las lavasen; pero antes se marchó con el maestresala a comer.

La duquesa le pidió a don Quijote que le describiese la hermosura de Dulcinea, éste le contestó que sería necesario acudir a grandes artistas para explicarla. Pero ahora está encantada, transformada de princesa en labradora, de olorosa en pestilente villana, por los malos deseos de sus enemigos los encantadores; todo esto le hace sufrir, pues  “quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que mira y el sol con que se alumbra y el sustento con que se mantiene”. La duquesa le comentó que de la lectura que había hecho del libro de don Quijote no se podía deducir que existiera Dulcinea, sino que era fruto de su imaginación. Don Quijote respondió de una manera misteriosa: “Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo”. Para que los duques conocieran las cualidades de Sancho, realizó un breve bosquejo del mismo; como lo había tratado de algo simple, añadió que  dándole buenos consejos sería un buen gobernante, pues “por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saben leer, y gobiernan como unos gerifaltes; el toque está en que tengan buena intención y deseen acertar en todo, que nunca les faltará quien les aconseje y encamine en lo que han de hacer…Aconsejaríale yo que ni tome cohecho ni pierda derecho (que ni acepte sobornos, ni renuncie a los que le corresponda por derecho).

Después de lo anterior se oyó un gran ruido de voces que se aproximaban a donde ellos se encontraban. Se trataba de Sancho que venía huyendo de los marmitones de la cocina. Le querían lavar las barbas con agua de lejía. Sancho argumentaba que “estas cirimonias y jabonaduras más parecen burlas que gasajos de huéspedes”. La duquesa le dio la razón y criticó a los “ministros de la limpieza” por ser tan atrevidos y querer lavarle las barbas a Sancho sin utilizar los objetos adecuados. Los criados se retiraron y Sancho, poniéndose de rodillas ante la duquesa, le dio las gracias con mucha cortesía.

Todos se retiraron a reposar; Sancho renunció a las cuatro o cinco horas de siesta y se quedó a conversar con la duquesa porque ésta se lo había pedido.



Comentario


Se inicia este capítulo con la respuesta de don Quijote al Eclesiástico. Torrente Ballester cuando comenta la réplica de don Quijote dice que “es una de las mejores piezas oratorias de la novela; es tan eficaz y tan rápida, que desaloja al enemigo, lo echa fuera de la ficción, libra al lector y se libra de él”.

Don Quijote le contesta con gran cordura, reprochándole que le hubiera reprendido en público, para añadirle a continuación que la persona que se encarga de la educación en la casa de los duques, debe conocer la realidad social. Explica las diferencias entre afrenta y agravio, que vienen dadas por el valor que tienen las acciones, en función de quien las realiza. Termina su discurso,  en la línea del amor cortés (el amor es fuente de bondad y virtud) y, como sostiene Avalle Arce, “El enamorado don Quijote centra toda su vida en la práctica asidua de la virtud, y con esta declaración cierra su elocuente respuesta al eclesiástico de los duques: “Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno”. Una vez que el duque le ha dicho a Sancho que lo nombrará gobernador, el Eclesiástico se va con su célebre despedida: “!Mirad si no han de ser ellos locos, pues los cuerdos canonizan sus locuras!. El Eclesiástico busca la verdad; no está de acuerdo con el marco de burlas que les preparan y se marcha. Un análisis del Quijote desde el punto de vista de la filosofía realista valoraría bien el comportamiento del cura: no desea participar de la diversión de los duques.

Una vez que el Eclesiástico se retira, se inician los diálogos de don Quijote con los duques, cuyo elementos son la burla de las doncellas por la jabonadura que le dan a don Quijote; la que los pícaros le pretenden dar a Sancho, la existencia del ideal en la vida, reflejado en la existencia de Dulcinea y, por último, el anuncio de los consejos de don Quijote y la censura a los gobernantes.

Las jabonaduras, tanto la de don Quijote como la que le quieren dar a Sancho, se inscriben en las burlas que la sociedad realiza del Caballero andante y de su escudero: (Interpretación de D. Eisenberg). Importancia mayor tienen los diálogos que sobre la existencia de Dulcinea, realizan la duquesa y don Quijote. Entre las interpretaciones que se le dan a estos diálogos, destaco dos:

a)      La de Avalle Arce. Los sitúa dentro de la tradición caballeresca, en concreto en la que Amadís tiene de Oriana; los dos se humillan voluntariamente ante la señora de sus pensamientos; su ausencia causa un dolor mortal; tanto Oriana como Dulcinea son un cúmulo de perfecciones. Cuando la duquesa duda de la existencia de Dulcinea. Don Quijote contesta “que la contempla como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son: hermosura sin tacha, grave sin soberbia…”.

b)      La de Casalduero. “Los ideales no los crea el hombre: “Ni yo engendré ni parí a mi señora”. El ideal existe de por sí, con experiencia propia; el hombre al inventarlo no hace nada más que descubrirlo. Cuando lo inventa, lo descubre de la tierra; esto es, le da realidad. De aquí que afirme: “Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar a cabo”.

El diálogo termina hablando don Quijote de Sancho del que dice que “duda de todo y créelo todo”. Con esto entiendo que nos presenta la figura del buen gobernante como más adelante veremos; anuncia sus consejos y critica a los gobernadores. Perseguido Sancho por los marmitones de la cocina, queda emplazado para el diálogo que mantendrá con la duquesa.










sábado, 3 de diciembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXI. RECIBIMIENTO EN EL CASTILLO. EL ECLESIÁSTICO







Sancho iba muy  contento por el afecto que le había mostrado la duquesa  y porque el ir a su castillo le recordaba las otras casas que había visitado: la de don Diego y la de Basilio, en las que comió cuanto le apeteció.

El duque se había adelantado y les había ordenado a sus subordinados cómo tenían que tratar a don Quijote. Cuando llegaron, dos doncellas le echaron por los hombros un manto escarlata. En los corredores del patio aparecieron criados y doncellas que vitorearon y derramaron pomos de aguas olorosas. Por primera vez don Quijote se sintió tratado como un caballero andante.

Sancho, “se cosió con la duquesa” y desamparó al rucio. Al darse cuenta, le dijo a una dueña, llamada doña Rodríguez, que cuidara del animal. La dueña se sintió ofendida, contestándole que tales trabajos no los hacían ellas. Sancho le respondió de acuerdo con los versos del romance de Lanzarote, que había oído a don Quijote: “cuando de Bretaña vino, / que damas curaban de él / y dueñas del su rocino.”

A estos versos respondió la dueña que si era juglar, los guardara para donde se los pagaran, pues de ella no obtendría nada. Se establece una graciosa, pero violenta discusión entre los dos. Intervino la duquesa y apaciguó a doña Rodríguez; el duque tranquilizó a Sancho, diciéndole que  al rucio se le dará recado a pedir de boca” ( prov. según lo que se precise y quiera) .

Después de la intervención del duque aparecieron seis doncellas que, llevándose aparte a don Quijote, le quitaron la ropa y cuando iban a desnudarlo totalmente, éste lo impidió, argumentando que en los caballeros andantes, la honestidad iba unida a la valentía. Les dijo que les diesen la camisa a Sancho y, encerrándose con él en una cuadra, se desnudó y se vistió. Aprovechó que estaba a solas con Sancho para reprenderle por su comportamiento con la dueña, advirtiéndole que “ en tanto más es tenido el señor cuanto tiene más honrados y bien nacidos los criados, y que una de las ventajas mayores que llevan los príncipes a los demás hombres es que se sirven de criados tan buenos como ellos”. A continuación le dice que se encuentran en un lugar del que pueden conseguir buenos beneficios económicos; que se frene en su forma de hablar, pues  depende de él que los duques tengan una buena impresión.

Llagó la hora de comer y don Quijote se vistió, colocándose su tahalí con la espada, el manto de escarlata y una montera de raso verde que le dieron las doncellas. Con mucha cortesía lo acompañaron doce pajes al comedor, donde estaba dispuesta la mesa. Salieron a recibirles los duques acompañados de un grave eclesiástico, excesivamente severo y duro en la conversación. El duque le ofreció a don Quijote la cabecera de la mesa; amablemente éste rehusó, pero ante la insistencia del anfitrión, aceptó. Aprovechando la invitación del duque a don Quijote para que se sentara en la cabecera y el haberlo rehusado éste, hasta que tuvo que aceptarlo, Sancho contó un cuento en el que se escenificaba una situación parecida: un hidalgo convidó a un labrador a comer en su casa. Le ofreció sentarse en la cabecera de la mesa, éste rehusaba hasta que el hidalgo, enfadado, lo sentó diciéndole: “Sentaos, majagranzas, que adondequiera que yo me asiente será vuestra cabecera”.

Don Quijote se sintió avergonzado. La duquesa desvió la conversación y le preguntó por Dulcinea y por los gigantes que había vencido. El eclesiástico, cuando oyó lo de encantamientos, gigantes y malandrines, comprendió que el personaje era don Quijote de la Mancha, cuya historia leía de ordinario el duque. Aprovechó el momento para criticar con acritud y duras palabras, los disparates que don Quijote cometía; lo llamó “don Tonto” y “alma de cántaro” (prov. ingenuo, bonachón), diciéndole también que volviera a su casa y cuidara de su hacienda.

Don Quijote se puso en pie para contestarle.



Comentario  

Entre los hechos más destacables en este capítulo encontramos los siguientes:

A)     Nos volvemos a reencontrar con el tema de las casas en esta segunda parte de la obra. Don Quijote y Sancho ya estuvieron en las de don Diego de Miranda, en (II, 16-18) y en la de Basilio, en (II, 21, 22), en las que Sancho comió bien y estuvo acomodado. Estos recuerdos de tranquilidad y bienestar lo llevan a pensar que también le irá bien en el castillo de la duquesa.

B)      La duda de don Quijote. Cuando éste llegó al castillo, las doncellas lo tratan con toda amabilidad, lo vitorearon los criados, y derramaron a su paso pomos de aguas olorosas. Tanto es así que “aquel fue el primer día que de todo en todo creyó ser caballero andante verdadero y no fantástico”. Avalle Arce, a partir de esta observación del narrador se pregunta por la fe del caballero. Anteriormente, en (1, 16), cuando en la venta mantearon a Sancho, don Quijote le dijo que lo hubiera vengado, “si las leyes de la caballería no lo impidieran”; en (2, 6 ), cuando don Quijote le explica a su sobrina las diferencias entre los caballeros cortesanos y los andantes, le dice que los verdaderos caballeros andantes son los que como él están sometidos “al sol, al frío, al aire, a las inclemencias del tiempo”. Pe lo tanto, hasta aquí aparentemente don Quijote es el apóstol de la fe; sin embargo ahora nos damos cuenta de que interiormente también sentía la duda, puesto que “aquel fue el primer día que de todo en todo creyó ser caballero andante verdadero y no fantástico”.

C)      Nuevamente el Romancero. Fue Menéndez Pidal el primero que demostró la importancia del Romancero en el libro; Lázaro Carreter demostró tambiés que “ Cuando la gran pareja de caballero y escudero ha quedado ya constituida, la novela halla camino definitivo hacia su destino inmortal. Pero lo hace transitando por el mundo del lenguaje y de la Literatura”. Esta es la razón por la que encontramos tantas referencias al Romancero. En este caso es Sancho, contagiado ya, porque así le interesa, de la Literatura romanceril de don Quijote, el que argumenta a partir del romance caballeresco de Lanzarote.

D)     El tema erótico. Está insinuado, con claro propósito de burla, cuando a don Quijote lo pretenden desnudar para cambiarle la ropa, las doncellas de la casa del duque.

E)      El Eclesiástico. El comportamiento del personaje. Los críticos del libro se han despachado a gusto con él. Torrente Ballester en El Quijote como juego y otros trabajos críticos, nos dice que “El capellán, que es uno de los personajes más imbéciles de la Literatura universal, pretende, pura y simplemente, desnudar a don Quijote y dejarlo reducido a Alonso Quijano. Pretende acabar allí mismo con la ficción. Es el tropiezo más grave de don Quijote en toda su carrera. Más peligroso que el león, porque éste hubiera podido devorar al caballero, pero en tal caso, Alonso Quijano hubiera muerto como don Quijote, devorado pero no vencido. Pero la intención del capellán es más radical, metafísicamente, y más cruel, humanamente, es nihilista”.

 Si juzgamos la novela desde la filosofía realista, hemos de decir que el personaje le dice a don Quijote la verdad; pero hemos de tener cuidado en la forma de decirla. Cuando veamos más adelante la respuesta de don Quijote nos daremos cuenta de que su dignidad y mesura al hablar, “hacen del loco cuerdo y del cuerdo loco”  (Alexander A. Parker).

El Eclesiástico contribuye a llenar el friso que Cervantes nos da de la sociedad de su época.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            








miércoles, 30 de noviembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXX. ENCUENTRO CON LOS DUQUES




Cabizbajos y pensativos iban don Quijote y Sancho después de la aventura del barco encantado. Don Quijote, pensando en Dulcinea; Sancho, en lo mal que le iba con su amo, por los disparates que cometía y con ello la pérdida del dinero; por todo esto pensaba pronto regresar a su casa; pero la fortuna dispuso que las cosas transcurriesen de otra manera.

Al día siguiente, cuando salían de un bosque, divisó a lo lejos don Quijote un grupo de cazadores de altanería. Entre ellos resplandecía una gallarda señora, vestida de verde y  subida en un palafrén con silla de plata. En la mano izquierda sostenía un azor. Don Quijote le ordenó a Sancho que se presentara a ella y con mucha atención le ofreciese los servicios del caballero de los leones. Especialmente le ordenó que no encajara muchos refranes en su embajada. Sancho, que se sabía con recursos para ejecutar el encargo, contestó que a buen pagador no le duelen prendas (el que tiene razón o medios para realizar las cosas, no le importa comprometerse), y en casa llena presto se guisa la cena (donde hay medios no hay dificultades).

Sancho fue a donde estaba la hermosa señora y cuando llegó se postró de rodillas y en nombre de don Quijote le ofreció sus servicios. Le pidió la duquesa que se levantara, pues había realizado muy bien la embajada y, a continuación, le dijo que ya tenían conocimiento de quién era don Quijote y su escudero, pues su historia andaba escrita en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha; aceptaba complacida tal ofrecimiento y se sentía contenta por tenerlos en sus territorios.

Antes de que don Quijote llegara, la duquesa le había contado a su marido todo lo referente a la embajada de Sancho. Dado que habían leído la primera parte del Quijote, acordaron que, con humor, le seguirían en las peticiones que él hiciera, de acuerdo con lo que habían leído en los libros de caballerías. Llegó don Quijote a donde estaba la duquesa.  Sancho, como de costumbre, fue a bajarse del rucio para tenerle el estribo a don Quijote, pero con tan mala suerte que se le enganchó el pie en unas sogas de la albarda y quedó enredado colgando boca abajo. Don Quijote, que creía que Sancho le estaba sosteniendo el estribo, fue a bajarse y enganchándosele el pie, cayó del rucio, llevándose consigo la albarda de Rocinante, y  quedando en el más deplorable ridículo.

El duque les ordenó a sus cazadores que les ayudasen. Tan pronto como don Quijote se levantó fue a donde estaban los dos señores e hizo ademán de ponerse de rodillas, pero el duque no lo consintió, abrazó a don Quijote y le expresó su disgusto por la mala suerte que había tenido al llegar a sus dominios. Correspondió con cortesía don Quijote, diciéndole que por el solo hecho de servirles a él y a su señora la duquesa, “digna consorte de la hermosura universal”, se daba por satisfecho. El duque le contestó que la única señora de la hermosura era Dulcinea. Sancho, con el lenguaje diplomático del acto que acababa de realizar, quiso cumplir con las dos: “ No se puede negar, sino afirmar, que es muy hermosa mi señora Dulcinea del Toboso, pero donde menos se piensa se levanta la liebre (Hay cosas que ocurren inesperadamente); que yo he oído decir que esto que llaman naturaleza es como un alcaller que hace vasos de barro, y el que hace un vaso hermoso también puede hacer dos y tres y ciento: dígolo porque mi señora la duquesa a fe que no va en zaga a mi ama la señora Dulcinea del Toboso”

Le habló don Quijote a la duquesa de la gracia de Sancho y ésta correspondió, diciéndole que “las gracias y los donaires (…) no se asientan sobre ingenios torpes, por lo cual tenía a Sancho como una persona con gracia, donaire y discreta. A esto añadió don Quijote que también era hablador. El duque quiso justificarlo, diciendo que “muchas gracias no se pueden decir con pocas palabras.”

Dicho lo anterior, los duques le reiteraron la invitación a su casa, como solían hacer con todos los caballeros andantes. Hacia allí se dirigieron los cuatro. La duquesa le manifestó a Sancho lo mucho que disfrutaba oyendo sus discreciones.



Comentario

Empieza el capítulo recordándonos la tristeza de don Quijote y de Sancho. La del primero, porque aún mantiene la desesperación del ¡Basta!..., Yo no puedo más: su anhelo de resucitar la antigua caballería andante, una vez más ha quedado roto; la realidad social se impone a sus quijotescas virtudes; la del segundo, porque veía que los disparates de su amo llevaban también una pérdida de dinero: recordemos que don Quijote últimamente ha tenido que pagar por los disparates cometidos: el destrozo del retablo de maese Pedro y la pérdida del barco encantado.  

Se produce un giro en la marcha de nuestros protagonistas cuando don Quijote divisa a los cazadores de altanería y, entre ellos a la hermosa duquesa. Una vez más don Quijote vuelve a recuperar su deseo de ser útil y  de inmediato le ordena a Sancho que se presente y a modo de embajada le ofrezca sus servicios. Sancho, que se jacta de su profesión de escudero, cuando don Quijote le dice que utilice formas adecuadas, contesta con el refrán “a buen pagador no le duelen prendas”( el que tiene recursos para realizar algo, no teme hacerlo). Aparece don Quijote, otra vez, como personaje del libro, pues los Duques ya han leído la historia del Ingenioso Hidalgo. También se le dice al lector que va a empezar la burla, pues la Duquesa  ha acordado con su marido que le seguirán la corriente para divertirse y pasárselo bien. La reacción de los duques la podemos enfocar desde dos puntos de vista:

a)      La realidad es la que es; don Quijote es un loco, cuyo comportamiento produce risa; por lo tanto, hay que burlarse y estando con él, pasárselo bien. Los Duques obran de acuerdo con lo que les interesa: divertirse aunque sea a costa del sufrido don Quijote;

b)      b ) Don Quijote encarna un ideal; este ideal, como vemos en este capítulo, ha dado lugar a ciertas bufonadas cuando se ha quedado colgado, cayendo al suelo, desde el estribo de Rocinante; el comportamiento de los Duques es el normal en esta época, el siglo XVII: Estas dos formas de ver el mundo, el idealismo del caballero, deformado grotescamente en la caída desde Rocinante y, la realidad social, representada por los duques y el afán materialista de Sancho, son dos tendencias que conviven en la sociedad de la época. Lo que realiza Cervantes es mostrar su ironía, al igual que lo hacen los poetas barrocos, sobre lo grotesco de algunas pretensiones.

El punto de vista a) está en la línea que defiende Alexander Parker; el b), en la que sostiene Casalduero




jueves, 24 de noviembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXIX: LA AVENTURA DEL BARCO ENCANTADO



A los dos días de salir de la alameda, llegaron don Quijote y Sancho al río Ebro. Le produjo gran placer contemplar la amenidad de sus riberas, la abundancia de sus aguas y el sosiego de las mismas. Esta alegría le trajo a la memoria, entre otros recuerdos, la cueva de Montesinos; recordó que el mono de maese Pedro le había dicho que aquellas cosas que había visto, en parte eran verdad y en parte mentira: Él se atenía a la verdad; sin embargo, para Sancho todo era mentira.

Miró don Quijote a su alrededor  y sólo vio en la orilla un pequeño barco sin velas ni jarcias, atado a un árbol. Se apeó de Rocinante y mandó a Sancho que hiciese lo mismo y atase las bestias al tronco de un álamo cercano. Sancho le preguntó que por qué se apeaban. Don Quijote le contestó que, como los libros de las historias caballerescas dicen,  aquel barco era una señal inequívoca de que algún caballero estaba en apuros y él tenía la obligación de ayudarle, por lo tanto se iba a embarcar. Sancho, mientras ataba las bestias,  le dijo que no estaba de acuerdo, pero seguía el refrán que dice “Haz lo que tu amo te manda, y siéntate con él a la mesa”.  (La obediencia a los superiores puede traer beneficios). No obstante, le advirtió que aquel barco no estaba encantado, sino que pertenecía a algún pescador de la zona.

Don Quijote dio un salto y subió al barco; Sancho le siguió. Soltaron amarras y, al ver que el barco se distanciaba, Sancho se entristeció, especialmente al oír rebuznar al rucio y ver que Rocinante trataba de desatarse. Por estas razones dijo Sancho: ¡Oh, carísimos amigos, quedaos en paz y la locura que nos aparta de vosotros, convertida en desengaño, nos vuelva a vuestra presencia! A continuación, empezó a llorar. Don Quijote al verlo le recriminó que era una persona apocada y miedosa, llamándolo “corazón de mantequilla”. A continuación le dijo que ya habían caminado setecientas  u ochocientas leguas y, si tuviera allí un astrolabio para tomar la altura del polo,  le diría lo que habían navegado; no obstante, según él,  ya habían pasado el ecuador o línea equinoccial. Insiste Sancho en saber lo que se ha navegado y don Quijote razona apoyado en la teoría de Ptolomeo: Sancho, que desconoce el nombre, entiende mal las palabras y contesta que le ha puesto por testigo una persona que es “puto y gafo”, además de “meón o meo”.

Don Quijote se rio de lo que Sancho le dijo. A continuación, para demostrarle lo que habían navegado le dijo que los españoles que se embarcaban para las Indias, cuando pasaban la línea equinoccial se le morían los piojos. Lo podía comprobar en su mismo cuerpo. Sancho, vuelve a discrepar de don Quijote, pues podía ver a las bestias atadas, por lo tanto, no habían navegado tanto. Insiste don Quijote en sus cálculos, demostrando que conocía muchos conceptos de astronomía y navegación: coluros, paralelos, zodiacos, equinoccios, …etc. Obedeciendo a don Quijote, Sancho comprobó que estaba lleno de piojos.

Estando en lo anterior, vieron unas grandes aceñas en medio del río. Don Quijote las confundió con algún castillo en el que tenían cautivo algún caballero. Sancho le contestó que aquello era simplemente unas aceñas en las que se molía el trigo.  Dado que el barco se acercaba, los molineros salieron con largas varas para impedir que el barco se aproximara y fuese destrozado por las ruedas de las aceñas. Como salieron enharinados, don Quijote los confundió con gente malvada que retenía contra su voluntad a los caballeros o a las princesas; les amenazó y blandió la espada. Los molineros consiguieron detener el barco, pero no impidieron que cayeran al agua don Quijote y Sancho. Los sacaron y Sancho, puesto de rodillas, le pidió a Dios que lo librase de los atrevimientos de don Quijote. Se acercaron los pescadores dueños del barco, reclamando los daños. Don Quijote, después de pedirles a los molineros que liberaran a quien tenían encerrado y decirles a los pescadores que les pagaría los daños, exclamó:” ¡Basta!, aquí será predicar en el desierto querer reducir a esta canalla a que por ruegos haga virtud alguna, y en esta aventura se deben haber encontrado dos valientes encantadores, el uno estorba lo que el otro intenta: el uno me deparó el barco y el otro dio conmigo al través. Dios lo remedie, que todo este mundo es máquina y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más!”. Después de invocar a los que según él estaban encerrados, llamándolos amigos, pidiéndoles que lo perdonaran por no haber podido liberarlos, Sancho les pagó a los pescadores cincuenta reales. Entristecidos volvieron don Quijote y sancho a sus bestias.



Comentario

Este capítulo se puede leer, entre otras,  desde las siguientes claves:

a)      La que mantiene Casalduero sobre el cansancio vital de don Quijote al no poder cumplir la misión que se proponía.  “Lo esencial en la aventura del barco encantado no es la experiencia del conflicto entre dos elementos opuestos, sino la de la contradicción del mundo moderno. Don Quijote tiene que someterse, no puede realizar su anhelo de resucitar la cultura antigua…El destino de don Quijote ha sido el esfuerzo puro de un corazón intrépido, que se ha entregado a las olas implacables de un mar profundo. Su heroísmo ha consistido en su arrojo y en su lucha con la incontrastable borrasca”. Esto es lo que implica el  “¡Basta!...Yo no puedo más”.

b)      Avalle Arce realiza la lectura comparándola con la de los molinos de viento (I,XIII). “Como en la primera parte, es aquí la imaginación de don Quijote la que transforma la realidad (molinos=gigantes, aceñas=castillo), pero es ésta la que despatarra al caballero, quien se excusa recurriendo a la intervención de encantadores. Al convertir la terrestre aventura de los molinos en la fluvial escena de las aceñas parece como si Cervantes anticipase esa caballeresca marítima que será el Persiles…La aventura del barco encantado está perfectamente articulada dentro del desarrollo en declive de la personalidad de don Quijote. Si comparamos Las dos aventuras vemos que la de los molinos la cierra el héroe con esta indómita afirmación: “Mas al cabo, al cabo, han de poder poco sus males artes  (de los encantadores) contra la bondad de mi espada (I, VIII). La aventura del barco encantado se cierra con la rendición verbal del caballero: “Dios lo remedie; que todo en este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más!

c)       Desde un punto de vista marino analiza el libro Pérez Reverte en Galeras, puertos y corsarios. (El mar y la navegación en El Quijote) “Cuando se enumeran los términos cosmográficos con cierta precisión, don Quijote demuestra que tiene conocimientos, al menos elementales de cosmografía de la época, y conoce el Tratado de la Esfera..

Hasta la higiene naval tiene su referencia en El Quijote, como lo demuestra la prueba del divertido episodio de los piojos de Sancho…no es en absoluto fruto de la imaginación cervantina. Algunos navegantes y geógrafos de la época aseguraban con toda seriedad que piojos, pulgas y chinches morían pasado el meridiano de las Azores. La creencia es recogida en el Teatro del Orbe de Ortelius, publicado en Amberes en 1612…aunque quizá debamos cargar el bulo a la cuenta de Cervantes”