domingo, 6 de marzo de 2011

CAPÍTULO II - PRIMERA SALIDA DE DON QUIJOTE

Una vez que lo tuvo todo dispuesto, una mañana de julio,  salió con sigilo por una puerta falsa del corral.  Subido sobre Rocinante, con su atavío de caballero, se dejaba ir por donde el animal quería, siempre pensando en “los agravios que deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar y deudas que satisfacer.”  Pronto se dio cuenta de que no había sido armado caballero, por lo cual se lo pediría al primer caballero que se topase.
Hablaba sólo. El lenguaje que utilizaba no era el corriente, sí más bien el que le habían enseñado los libros de caballerías que había leído. Se elogiaba a sí mismo y  a quien en épocas posteriores contaran sus hazañas. También se dirigía a Dulcinea, pidiéndole que se acordara de él.  
Anduvo todo aquel día sin que le aconteciera nada; al anochecer llegó a una venta, que él creyó ser castillo. En las puertas de la venta había dos prostitutas a las cuales confundió con dos damas. Oyó el cuerno de un porquero que llamaba a sus animales; Don Quijote lo confundió con un enano que anunciaba su llegada. Se acercó a las prostitutas, pero estas salieron corriendo cuando vieron semejante figura. Utilizando un lenguaje arcaico se dirigió a ellas, pero no pudieron contener la risa y  él, el enojo. Llegó el ventero y al ver tal figura contrahecha, a punto estuvo de soltar también las carcajadas. Le ofreció posada, mas no cama porque no había, contestándole don Quijote que con cualquier cosa tenía suficiente y, citando unos versos de un romance viejo, decía: “mis arreos son las armas, mi descanso el pelear”.
Le sujetó el caballo el ventero, se bajó don Quijote y las mozas, que se habían avenido a ayudarle, siguiéndole el juego, le quitaron la armadura, pero no pudieron con la celada pues estaba muy atada;  tampoco lo permitió don Quijote. Cuando le quitaron la armadura les dijo don Quijote los famosos versos del viejo romance de Lanzarote: - Nunca fuera caballero/ de damas tan bien servido/…
Le preguntaron las mozas que si quería cenar a lo que contestó don Quijote que sí, pues “el trabajo y el peso de las armas, no se puede llevar sin el gobierno de las tripas”. Le pusieron la mesa al fresco, a la entrada de la venta y él saboreó unas truchuelas por truchas y un negro y mugriento  pan, por un hermoso candeal. Grotesca era su imagen cuando tenía que beber; al no haberse podido quitar la celada, el vino se lo echaban en la boca, a través de un canuto, las rameras y el ventero. Un castrador de puercos que tocaba su silbato le pareció una suave y delicada música. Se sentía feliz, pero lamentaba no haber sido todavía armado caballero.     





Comentario

El segundo capítulo trata de la primera salida de don Quijote. Los males que el mundo padecía, según él, urgían su presencia. Agrupa estos males en cinco: agravios, entuertos, sinrazones, abusos y deudas. Salió solo una madrugada del mes de julio, dándose cuenta de inmediato de que no había sido nombrado caballero, condición necesaria para combatir y llevar a cabo sus planes.

Su primer monólogo funciona como parodia del lenguaje caballeresco. Espera que sus aventuras las cuente un sabio, ofreciéndonos su imagen un contraste grotesco por el lenguaje grandilocuente que utiliza y su ridícula figura encima de Rocinante: “Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos,…”. Francisco Rico, en Don Quijote de la Mancha, ed. Alfaguara, sostiene que "la descripción del amanecer con esa hinchada retórica no es especialmente propia de los libros de caballerías, sino común a toda la literatura de tradición grecolatina" 

Como demuestra Helena Percas de Ponseti, en Cervantes y su concepto del arte, el autor nos presenta diversas perspectivas sobre la verdad que la historia nos cuenta, queriéndonos decir que tal verdad está en función del historiador:  “Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice, otros  dicen que la de los molinos de viento; pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los anales de la Mancha es que él anduvo todo aquel día…”

El primer día no le ocurrió nada y, al anochecer, cansado y hambriento, deseoso de encontrar un castillo o un refugio de pastores donde acogerse, vio una venta. La realidad que vemos deja impresiones en nuestro cerebro que posteriormente son perfeccionadas por nuestra fantasía, lo anterior, era ya doctrina corriente en la época -Juan Luis Vives, Tratado de Anima et Vita-. Don Quijote, en la puerta de la venta vio dos prostitutas, pero su imaginación transforma las rameras en doncellas y la venta en castillo. Como apunta Avalle Arce, en Don Quijote como for
ma de vida, la locura de don Quijote se debe a la alteración de su imaginación; posteriormente, “su fantasía las perfecciona con “todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan”. Fruto de todo lo anterior fue que cuando a don Quijote le ponen la mesa en la puerta de la venta para cenar y llega el castrador de puercos y suena su silbato cuatro o cinco veces, “con lo cual acabó de confirmar don Quijote que estaba en algún famoso castillo y que le servían con música y que el abadejo eran truchas, el pan candeal y las rameras damas y el ventero castellano del castillo”.
La anterior interpretación no tiene nada que ver con la que realiza el artillero Vicente de los Ríos en su Análisis del Quijote;  para este autor lo que hace Cervantes es reírse, una vez más, de los libros de caballerías, pues la alienación de don Quijote los hace pasar por el albañal de la venta: “De un principio tan ajeno a toda razón como dar facultades y preminencias a quien ninguna autoridad tenía para darlas…solo podía esperarse atropellamientos, trastornos de la sociedad, desprecio de las leyes, y una transgresión de la moral cristiana y de los primeros preceptos de la religión.” ( de los Ríos)



Otra de las características que hay que resaltar en este capítulo es el perspectivismo lingüístico en el nombre del pescado que le sirven a don Quijote en la cena. Cervantes quiere ser fiel a los distintos nombres que recibe una palabra. Como dice Spitzer, en el artículo antes mencionado, “son excursiones a lo que hoy llamaríamos geografía dialectal: “un pescado que en Castilla llaman abadejo, y en Andalucía bacalao, y en otras partes curadillo, y en otras truchuela.”. El anterior perspectivismo lingüístico funciona como bordón del discurso que permite dilucidar cómo Cervantes concibe el lenguaje: “formas de expresión que existen como realidades individuales y que en sí mismas tienen su justificación”. Spitzer
 

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