jueves, 24 de noviembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXIX: LA AVENTURA DEL BARCO ENCANTADO



A los dos días de salir de la alameda, llegaron don Quijote y Sancho al río Ebro. Le produjo gran placer contemplar la amenidad de sus riberas, la abundancia de sus aguas y el sosiego de las mismas. Esta alegría le trajo a la memoria, entre otros recuerdos, la cueva de Montesinos; recordó que el mono de maese Pedro le había dicho que aquellas cosas que había visto, en parte eran verdad y en parte mentira. Él se atenía a la verdad; sin embargo, para Sancho todo era mentira.

Miró don Quijote a su alrededor  y sólo vio en la orilla un pequeño barco sin velas ni jarcias, atado a un árbol. Se apeó de Rocinante y mandó a Sancho que hiciese lo mismo y atase las bestias al tronco de un álamo cercano. Sancho le preguntó que por qué se apeaban. Don Quijote le contestó que, como los libros de las historias caballerescas dicen,  aquel barco era una señal inequívoca de que algún caballero estaba en apuros y él tenía la obligación de ayudarle, por lo tanto se iba a embarcar. Sancho, mientras ataba las bestias,  le dijo que no estaba de acuerdo, pero seguía el refrán que dice “Haz lo que tu amo te manda, y siéntate con él a la mesa”.  (La obediencia a los superiores puede traer beneficios). No obstante, le advirtió de que aquel barco no estaba encantado, sino que pertenecía a algún pescador de la zona.

Don Quijote dio un salto y subió al barco; Sancho le siguió. Soltaron amarras y, al ver que el barco se distanciaba, Sancho se entristeció, especialmente al oír rebuznar al rucio y ver que Rocinante trataba de desatarse. Por estas razones dijo Sancho: ¡Oh, carísimos amigos, quedaos en paz y la locura que nos aparta de vosotros, convertida en desengaño, nos vuelva a vuestra presencia! A continuación, empezó a llorar. Don Quijote al verlo le recriminó que era una persona apocada y miedosa, llamándolo “corazón de mantequilla”. A continuación le dijo que ya habían caminado setecientas  u ochocientas leguas y, si tuviera allí un astrolabio para tomar la altura del polo ( la latitud geográfica, midiendo la altura y posición de los astros),  le diría lo que habían navegado; no obstante, según él,  ya habían pasado el ecuador o línea equinoccial. Insiste Sancho en saber lo que se ha navegado y don Quijote razona apoyado en la teoría de Ptolomeo (geógrafo de la escuela de Alejandría). Sancho, que desconoce el nombre, entiende mal las palabras y contesta que le ha puesto por testigo una persona que es “puto y gafo” (homosexual, había entendido mal las palabras de cómputo y cosmógrafo) además de “meón o meo”.

Don Quijote se rio de lo que Sancho le dijo. A continuación, para demostrarle lo que habían navegado le dijo que los españoles que se embarcaban para las Indias, cuando pasaban la línea equinoccial se le morían los piojos. Lo podía comprobar en su mismo cuerpo. Sancho, vuelve a discrepar de don Quijote, pues podía ver a las bestias atadas, por lo tanto, no habían navegado tanto. Insiste don Quijote en sus cálculos, demostrando que conocía muchos conceptos de astronomía y navegación: coluros, paralelos, zodiacos, equinoccios, …etc. Obedeciendo a don Quijote, Sancho comprobó que estaba lleno de piojos.

Estando en lo anterior, vieron unas grandes aceñas en medio del río. Don Quijote las confundió con algún castillo en el que tenían cautivo algún caballero. Sancho le contestó que aquello era simplemente unas aceñas (molinos harineros de agua, emplazados dentro del cauce) en las que se molía el trigo.  Dado que el barco se acercaba, los molineros salieron con largas varas para impedir que el barco se aproximara y fuese destrozado por las ruedas de las aceñas. Como salieron enharinados, don Quijote los confundió con gente malvada que retenía contra su voluntad a los caballeros o a las princesas; les amenazó y blandió la espada. Los molineros consiguieron detener el barco, pero no impidieron que cayeran al agua don Quijote y Sancho. Los sacaron y Sancho, puesto de rodillas, le pidió a Dios que lo librase de los atrevimientos de don Quijote. Se acercaron los pescadores dueños del barco, reclamando los daños. Don Quijote, después de pedirles a los molineros que liberaran a quien tenían encerrado y decirles a los pescadores que les pagaría los daños, exclamó:” ¡Basta!, aquí será predicar en el desierto querer reducir a esta canalla a que por ruegos haga virtud alguna, y en esta aventura se deben haber encontrado dos valientes encantadores, el uno estorba lo que el otro intenta: el uno me deparó el barco y el otro dio conmigo al través. Dios lo remedie, que todo este mundo es máquina y trazas (artificios y apariencias, como en los espectáculos teatrales) , contrarias unas de otras. Yo no puedo más!”. Después de invocar a los que según él estaban encerrados, llamándolos amigos, pidiéndoles que lo perdonaran por no haber podido liberarlos, Sancho les pagó a los pescadores cincuenta reales. Entristecidos volvieron don Quijote y sancho a sus bestias.

Comentario

1. El catedrático de español de la Universidad de Purdue, en Indiana, Horward Mancing, comenta este capítulo, señalando en primer lugar el motivo del mismo: el barco encantado, un tema típico: de los libros de caballerías, se encuentra en Palmerín de Inglaterra y en el Espejo de príncipes y caballeros; en estos, por magia, el barco lleva al héroe a un sitio exótico donde termina una gran aventura.
La diferencia de esta aventura con las que don Quijote realiza en la Primera parte, están en: a)  don Quijote reconoce la realidad ("aunque los molinos parecen aceñas, no lo son"); b) don Quijote les paga a los pescadores: esto no ocurre en la Primera parte; c) las palabras finales de don Quijote, expresan su impotencia y pesimismo: "todo este mundo es máquina y trazas, contrarias unas de otras. Yo puedo más" 

2. Otras lecturas.

a)      La que mantiene el profesor de la Universidad de Nueva York, Joaquín  Casalduero sobre el cansancio vital de don Quijote al no poder cumplir la misión que se proponía.  “Lo esencial en la aventura del barco encantado no es la experiencia del conflicto entre dos elementos opuestos, sino la de la contradicción del mundo moderno. Don Quijote tiene que someterse, no puede realizar su anhelo de resucitar la cultura antigua…El destino de don Quijote ha sido el esfuerzo puro de un corazón intrépido, que se ha entregado a las olas implacables de un mar profundo. Su heroísmo ha consistido en su arrojo y en su lucha con la incontrastable borrasca”. Esto es lo que implica el  “¡Basta!...Yo no puedo más”.

b)     Avalle Arce realiza la lectura comparándola con la de los molinos de viento (I,XIII). “Como en la primera parte, es aquí la imaginación de don Quijote la que transforma la realidad (molinos=gigantes, aceñas=castillo), pero es ésta la que despatarra al caballero, quien se excusa recurriendo a la intervención de encantadores. Al convertir la terrestre aventura de los molinos en la fluvial escena de las aceñas parece como si Cervantes anticipase esa caballeresca marítima que será el Persiles…La aventura del barco encantado está perfectamente articulada dentro del desarrollo en declive de la personalidad de don Quijote. Si comparamos Las dos aventuras vemos que la de los molinos la cierra el héroe con esta indómita afirmación: “Mas al cabo,  han de poder poco sus males artes  (de los encantadores) contra la bondad de mi espada (I, VIII). La aventura del barco encantado se cierra con la rendición verbal del caballero: “Dios lo remedie; que todo en este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más!

c)       Desde un punto de vista marino analiza el libro Pérez Reverte en Galeras, puertos y corsarios. (El mar y la navegación en El Quijote) “Cuando se enumeran los términos cosmográficos con cierta precisión, don Quijote demuestra que tiene conocimientos, al menos elementales de cosmografía de la época, y conoce el Tratado de la Esfera..

Hasta la higiene naval tiene su referencia en El Quijote, como lo demuestra la prueba del divertido episodio de los piojos de Sancho…no es en absoluto fruto de la imaginación cervantina. Algunos navegantes y geógrafos de la época aseguraban con toda seriedad que piojos, pulgas y chinches morían pasado el meridiano de las Azores. La creencia es recogida en el Teatro del Orbe de Ortelius, publicado en Amberes en 1612…aunque quizá debamos cargar el bulo a la cuenta de Cervantes”


martes, 22 de noviembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXVIII. SANCHO EXIGE SU SALARIO



Don Quijote al ver la reacción de los del rebuzno puso pies en polvorosa, dando lugar a que se cumpliera la verdad que dice: “Cuando el valiente huye, la superchería está descubierta,  (la traición es manifiesta) y es de varones prudentes guardarse para mejor ocasión. Sancho cuando llegó a donde estaba don Quijote se arrojó desde su rucio a las patas de Rocinante. Don Quijote cuando comprobó que no tenía heridas le recriminó que rebuznara tan a destiempo, diciéndole: “¿Y dónde hallastes vos ser bueno el nombrar la soga en casa del ahorcado?( es inoportuno nombrar ciertos temas ante quienes los han sufrido). Sancho le acusó de  que lo abandonara y don Quijote le enmendó, diciéndole que “No huye el que se retira, porque has de saber, Sancho, que la valentía que no se funda sobre basa de la prudencia se llama temeridad, y las hazañas del temerario más se atribuyen a la buena fortuna que a su ánimo”. A continuación le advirtió que no había huido, sino que se había retirado, imitando a muchos valientes como se podía comprobar en la historia.

Sancho se lastimaba de lo que le dolía la espalda. Don Quijote le replica que es debido a que ahí fue donde le dieron los palos. Sancho se enfada por la respuesta y le dice que “el mal ajeno del pelo cuelga (el dolor ajeno pronto se olvida). Se queja de lo poco que puede esperar de su ayuda, puesto que cuando lo mantearon también lo abandonó. Lo que debería hacer es regresar a su casa y criar a su mujer y a sus hijos con lo que pueda, y “no andarme tras vuesa merced por caminos sin camino y por sendas y carreras que no las tienen” ( que no llevan a ninguna parte). Don Quijote, con afecto, lo escucha y le llama “hijo mío”. Le dijo que si quería se podía marchas a su casa, que sacara la cuenta de lo que le debía y que se cobrara, pues el dinero lo llevaba él. Sancho hizo las cuentas tomando como referencia lo que cobraba sirviendo a Tomé Carrasco, el padre del bachiller. Este le pagaba dos ducados al mes, además de la comida. Ya que el trabajo de escudero andante es más duro que servir a un labrador, por estar sometido a las durezas e inclemencias del tiempo, considera Sancho que se le deben de pagar dos reales más cada mes. A esto se ha de añadir lo que le corresponde por la promesa de darle el gobierno de la ínsula, que serían otros seis reales. En total serían treinta reales. Está de acuerdo don Quijote y le dice que saque la cuenta tomando como referencia el tiempo que llevan juntos, o sea, veinticinco días. Sancho le contesta que no está de acuerdo, pues se le debe de pagar desde el día que se lo prometió, que según él, “debe de haber  veinte años, tres días más o menos”.

Don Quijote le reprendió con dureza, acusándolo de ser el primer escudero que se había puesto a discutir con su señor por el salario. Añade que es un desagradecido,  pues lo quiere abandonar cuando pensaba darle el gobierno de la ínsula;  lo trata de bestia y le dice que “no es la miel, para la boca del asno” (no está todo el mundo preparado para las cosas buenas).

Sancho le pidió perdón por todo lo que le había pedido. Don Quijote le contestó que lo perdonaba con la condición de que “no te muestres de aquí adelante tan amigo de tu interés, sino que procures ensanchar el corazón y te alientes  y animes a esperar el cumplimiento de mis promesas”. Le respondió que así lo haría.

Llegada la noche, la pasaron descansando al pie de unos árboles.  Al alba, reanudaron su camino buscando las riberas del río Ebro.

Comentario
1. El catedrático de Literatura Española de la Universidad Autónoma de Madrid Pablo Jauralde cuando analiza este capítulo lo hace desde las teorías de Bajtin, como un diálogo doliente entre don Quijote y Sancho.( Bajtin: crítico literario ruso, su teoría de la novela se expone en la siguiente tesis:  los personajes de la novela exponen y contrastan su visión de la realidad) Al haber puesto don Quijote "pies en polvorosa" como nos dice el narrador al principio, cada uno: don Quijote y Sancho exponen sus razones. don Quijote explica que huyó porque no quiso ser temerario. Sancho, que lo abandonó. "DQ debe reafirmar su personalidad y apuntalar sus creencias ante tamañas andanadas de su escudero". Después de la discusión de los dos, el diálogo termina "estableciendo la armonía entre amo y criado".

2. El comentario de este capítulo, también lo podemos realizar desde dos enfoques distintos: a) Conjugando el binomio idealismo - realismo que encontramos a lo largo de la obra; b) Enfocándolo exclusivamente desde el realismo.
El profesor Joaquín Casalduero, en Sentido y forma del Quijote lo realiza desde el punto de vista a), cuyo enfoque es el siguiente:
Es la segunda vez que don Quijote no ayuda a Sancho cuando es maltratado y golpeado por otros.  La primera vez ocurrió en el capítulo XVII, del Quijote de 1605. La reacción de Sancho, ocurre en el I, XVIII. Al darse cuenta de los tropiezos que tiene con don Quijote le dice: “Y lo que sería mejor y más acertado, según mi poco entendimiento, fuera el volvernos a nuestro lugar, ahora que es tiempo de la siega y de entender en la hacienda, dejándonos de andar de ceca en meca y de zoca en colodra, como dicen”  ( de un lado a otro y de mal en peor).  Sancho invita a don Quijote a que se marchen los dos. La realidad le ha servido como piedra de toque para darse cuenta de que por ese camino no van a ningún sitio; no obstante no pierde totalmente la ilusión, puesto que permanece al lado de don Quijote. Para éste, la realidad siempre le sirve como acicate para resaltar la alegría en la que resplandecen las virtudes teologales que impregnan su ideal.
En esta ocasión don Quijote se ha alejado porque ha comprendido que no tiene sentido perder la vida por una causa que está alejada de su ideal: se da cuenta de que puede morir a manos de unos hombres que no son sus enemigos y a los cuales ha tratado de ayudar. Parece lógico que tiene que conservar el ideal que ha creado; de aquí las palabras: “No huye el que se retira, porque has de saber Sancho, que la valentía que no se funda sobre la base de la prudencia se llama temeridad”.  
Cuando analizamos el comportamiento de Sancho desde una perspectiva realista,  vemos que cuando éste se siente abandonado, reacciona pidiéndole el salario que según él le corresponde. Quiere alejarse porque su ideal era conseguir la ínsula; dado que el tiempo pasaba y esto no se producía, reacciona reduciendo la promesa de la ínsula a dinero. Para Casalduero, “Ambas figuras quedan incluidas en la sociedad y escindidas para siempre. Lo que separa a Sancho de don Quijote es que éste no puede mantenerle en su plano. Creó un ideal para él –la Ínsula-, pero este ideal de necesidad tiene que realizarse en el tiempo. La irritación de don Quijote se debe a verse cercado por lo social, a ver que la sociedad reclama su Ideal; la irritación de Sancho es impaciencia.”
Si enfocamos el análisis desde una perspectiva exclusivamente realista, tal es punto de vista de El hispanista y catedrático de la Universidad de Edimburgo Alexander A. Parker, expuesta anteriormente y que en síntesis es que las personas reaccionamos a la realidad en función de nuestros intereses, parece comprensible que don Quijote se aleje en las dos situaciones anteriormente expuestas: en la primera I, XVII, porque si se queda allí, el ventero le hubiese hecho pagar todo lo que debía y más por los daños que le causó; la segunda, en este capítulo, porque de haber permanecido allí, enfrentado al batallón de los del pueblo del rebuzno la que le hubiese caído encima hubiese sido enorme. Tanto en una como en otra, su interés le mandaba alejarse de la situación. Cervantes lo dijo bien claro en el capítulo I, X: La verdad se oscurece por el engaño, la malicia y los intereses de las personas. 

jueves, 17 de noviembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXVII. MAESE PEDRO O EL GALEOTE GINÉS DE PASAMONTE. CONSEJOS A LOS DEL REBUZNO



En este capítulo cuenta Cide Hamete quién era maese Pedro y cómo trabajaba con su mono. Éste era Ginés de Pasamonte (I,22), galeote que junto con otros, don Quijote los puso en libertad y se lo agradecieron muy mal; era un pícaro al que don Quijote lo llamaba “Ginesillo de Parapilla” y fue también el que le robó el rucio a Sancho mientras dormía (II, 4). Como era buscado por la justicia por las muchas delitos cometidos, se pasó al reino de Aragón; escribió un libro con sus bellaquerías; consiguió un retablo; le enseñó trucos a un mono que le compró a unos cristianos que venían de Berbería; se cubrió un ojo y se  buscó la vida como titiritero, engañando a la gente, haciéndoles creer que adivinaba cosas que antes había averiguado. Cobraba dos reales por las respuestas. Cuando entró en la venta conoció a don Quijote y a Sancho, con lo cual le fue fácil responder a lo que se le preguntó.
Cuando don Quijote salió de la venta quiso ver primero las riberas del Ebro antes de dirigirse a Zaragoza. Anduvo dos días sin que le aconteciera nada especial. Al tercer día oyó un gran estruendo de atambores, trompetas y arcabuces. Creyendo que era un ejército, se subió a una loma y vio a los pies de ella más de doscientos hombres armados de lanzas, ballestas y arcabuces.  En uno de los  estandartes  que llevaban había pintado un asno rebuznando y debajo  se podían leer los siguientes versos: “No rebuznaron en balde / el uno y el otro alcalde”.
Se lo dijo don Quijote a Sancho y le comentó que los que le habían dado la noticia habían confundido a regidores con alcaldes. Sancho le replicó que esa confusión poco afectaba para la verdad de la historia. Pronto don Quijote se dio cuenta de que se trataba de los del  pueblo del rebuzno que habían salido a luchar contra los de alguna aldea vecina.
Se les acercaron don Quijote y Sancho y, después de presentarse, les rogó que le escuchasen, advirtiéndoles que si su razonamiento los llegaba a molestar, a la primera señal, se callaría. Empezó diciéndoles que había sabido de sus desgracias, pero que no se deberían considerar afrentados, pues según las leyes del duelo, la afrenta es personal, no para un pueblo entero. Les pone como ejemplo el romance de Diego Ordóñez y considera que “cuando la cólera sale de madre, no tiene la lengua padre, ayo ni freno que la corrija”. Después de demostrarles que una persona no puede afrentar a un pueblo entero les continúa diciendo que “Los varones prudentes, las repúblicas bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las espadas y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas: la primera, por defender la fe católica; la segunda, por defender su vida, que es de ley natural y divina; la tercera, en defensa de su honra, de su familia y hacienda; la cuarta, en servicio de su rey en la guerra justa; y si quisiéramos añadir la quinta, que se puede contar por segunda, es en defensa de su patria…tomarlas por niñerías y por cosas que antes son de risa y pasatiempo que de afrenta, parece que quien las toma carece de todo razonable discurso; cuanto más que el tomar venganza injusta, que justa no puede haber alguna que lo sea, va derechamente contra la santa ley que profesamos, en la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos y que amemos a los que nos aborrecen, mandamiento que aunque parece algo dificultoso de cumplir, no lo es sino para aquellos que tienen menos de Dios que del mundo y más de carne que de espíritu; porque Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nunca mintió, ni pudo ni puede mentir, siendo legislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga liviana, y así, no nos había de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla. Así que …están obligados por leyes divinas y humanas a sosegarse”.
Sancho quiso abundar en razones y para demostrar que el rebuznar era una cosa graciosa y propia de personas habilidosas, empezó a  hacerlo. Uno de los que estaban a su lado se sintió ofendido y le dio tal palo que lo tumbó. Don Quijote quiso salir en su ayuda, pero al ver el ejército al que se enfrentaba y las piedras que le llovían, salió rápidamente del lugar.
A Sancho lo subieron  sobre su asno; el rucio siguió a Rocinante. Don Quijote al ver que Sancho venía lo esperó. Los del rebuzno, al no aparecer el enemigo, se volvieron a su pueblo.

Comentario

El capítulo se estructura en dos partes: a) La identidad de Maese Pedro; b) Los consejos de don Quijote sobre el uso de las armas.
En la parte primera describe Cervantes a Ginés de Pasamonte como un embaucador, mentiroso, que había escrito un mal libro en el que se contaban maldades y bellaquerías y que a base de engañar consiguió bastante dinero. Parte de esta descripción concuerda con la que ofrecía de sí Jerónimo de Pasamonte en su “Vida y trabajos de Jerónimo de Pasamonte”, de 1593 y 1603.
Cuando se publicó el Quijote apócrifo en 1614, compuesto por el Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, la crítica cervantina se preguntó quién podía ser el tal Fernández de Avellaneda.
El catedrático y cervantista Martín de Riquer, en diversos estudios, propuso y demostró que el tal Fernández de Avellaneda fue el soldado Jerónimo de Pasamonte. Estos estudios se han corroborado con los del catedrático  Daniel Eisemberg y el profesor de la Universidad de Valladolid Alfonso Martín Jiménez, en Cervantes versus Pasamonte  (“Avellaneda”): crónica de una venganza literaria.
Es cierto que se manifiesta cierta antipatía personal entre Cervantes y el personaje Ginés de Pasamonte o “Ginesillo de Parapilla”. Martín Jiménez demuestra en su estudio que la antipatía procede de los servicios militares de ambos soldados cuando formaban parte del tercio de Miguel de Moncada en la batalla de Lepanto.  “En el libro que escribió Pasamonte sobre su vida se adjudicó actitudes heroicas y especialmente en la defensa de la Goleta, en la que, según documentos históricos no hubo verdadero combate. Sin embargo, Cervantes recibió en Lepanto dos arcabuzazos en el pecho y quedó manco. No es de extrañar que satirizara a Pasamonte en la primera parte del Quijote, tratándolo de embustero, cobarde y ladrón”.
Otros estudios han relacionado a Avellaneda con el círculo de amistades de Lope de Vega, tal es el caso del profesor de la Universidad de Castilla La Mancha José Luis Pérez López, en “Lope, Medinilla, Cervantes y Avellaneda”.
La segunda parte del capítulo se centra en una especie de consejos o avisos sobre el uso de las armas y la venganza. Como ha expuesto el catedrático Lázaro Carreter en La prosa del Quijote, Cervantes había leído a Fray Antonio de Guevara, maestro en “la doctrina de avisos de buen gobierno”; su influencia se percibe claramente en el discurso que don Quijote les da a los combatientes del pueblo del rebuzno. Por otra parte, observamos que lamentablemente tiene que salir huyendo por la osadía e ignorancia de Sancho de ponerse a rebuznar. El resultado final: huida apresurada de don Quijote, está en la línea de lo que apunta Daniel Eisemberg cuando explica “El humor en el Quijote”: “Cervantes creía que el humor surge del contrate entre lo que ocurre y lo que el lector piensa que sería lo adecuado”. Don Quijote realiza un discurso convincente y muy persuasivo sobre lo que no se debe de hacer. El resultado es todo lo contrario al fin perseguido.  
El catedrático de Literatura de la Universidad de Navarra Ignacio Arellano,  analiza este episodio desde "la tradición folclórica de los cuentos de asnos y rebuznos, que ya aparecen en El asno de oro de Apuleyo". Además de los motivos cómicos de la sandez de Sancho en rebuznar y sus consecuencias, destaca el profesor Arellano la influencia erasmista, también señalada por Bataillon, en Erasmo y España, "don Quijote recomienda no matarse por naderías", así como "el ideal ético del perdón, propio del humanismo erasmista"

 

lunes, 14 de noviembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXVI. LAS VIVENCIAS DE DON QUIJOTE EN EL RETABLO DE MAESE PEDRO





Había un silencio total, solamente roto por el sonido de las trompetas y los atambores cuando el trujamán ( el interprete de lenguas o artista de la palabra)  empezó diciendo que la historia que se iba a representar trataba de la liberación de Melisendra, cautiva por los moros en Zaragoza, por su esposo don Gaiferos.

El trujamán empieza describiendo la escena en la que se ve a  don Gaiferos jugando despreocupadamente a las tablas, en París. Su suegro,  el emperador Carlomagno, le recrimina duramente y se marcha. Don  Gaiferos se indigna, arroja el tablero y le pide la espada a su primo don Roldán, éste rehúsa dársela porque quiere acompañarlo a rescatar a Melisendra. Don Gaiferos lo rechaza, diciendo que se basta él solo para recuperar a su esposa.

 Les pide a continuación el trujamán al público que miren hacia una de las torres del alcázar de Zaragoza, en la que está Melisendra asomada mirando hacia Francia donde se encuentra su esposo. En ese momento aparece un moro por detrás y la besa en la boca. Ella escupe. En ese momento aparece el rey Marsilio; ha visto la acción y manda que lo castiguen con doscientos azotes. El trujamán cuenta a continuación ciertas características del proceso judicial moro.

 Intervino don Quijote para decirle al muchacho “seguid vuestra historia en línea recta y no os metáis en las curvas o transversales, que para sacar una verdad en limpio menester son muchas pruebas y repruebas”. También añadió maese Pedro: “sigue tu canto llano y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sutiles” (Uno y otro consejo insisten en contar las cosas de la forma más simple posible y rechazar las digresiones impertinentes)

Aceptó los consejos el trujamán y presentó a don Gaiferos con su capa gascona. Su mujer, sobrepuesta del acoso del moro, mirando desde la torre y hablando después con su esposo. Da entender que lo ha reconocido y se descuelga del balcón para ponerse en las ancas del caballo de su marido, pero se queda enganchada en una punta del faldellín.

Don Gaiferos consigue que baje al suelo. La sube a las ancas de su caballo, le manda que le eche los brazos por la espalda para que no se caiga. El caballo relincha de alegría porque lleva a su señor y su señora y, unidos, emprenden la huida hacia Francia. El trujamán ensalza la acción e interviene maese Pedro para decir “Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala.”

Continuó el intérprete diciendo que el rey Marsilio al enterarse mandó que tocasen todas las campanas que están en las torres de las  mezquitas de Zaragoza. Intervino don Quijote para rectificarlo y decirle que los moros no tienen campanas sino atabales (tambor pequeño) y un género de dulzainas que parecen nuestras chirimías (instrumento de viento semejante al oboe). Maese Pedro le dijo al muchacho que continuara, pues ¿ No se representan por ahí casi de ordinario mil comedias llenas de mil impropiedades y disparates, y, con todo eso, corren felicísimamente su carrera y se escuchan no sólo con aplauso, sino con admiración y todo?

Terminó el intérprete diciéndoles a los presentes que miraran cómo salía la caballería de la ciudad, al son de los atabales y dulzainas,  persiguiendo a los dos católicos amantes.

Don Quijote cuando vio y oyó lo anterior sacó su espada y, pidiéndoles que se detuvieran, empezó a lanzar cuchilladas sobre las figuras, de tal manera que echó todo el retablo por el suelo, no dejando títere con cabeza. Maese Pedro le pidió que se detuviera, pues le estaba echando a perder su hacienda;  los oyentes se alborotaron, el mono huyó.

Don Quijote se jactaba de su buena acción, pues gracias a él, don Gaiferos y Melisendra se habían salvado. Maese Pedro se quejó amargamente del cambio que había experimentado, si antes era una persona pudiente, ahora se veía desolado, pobre y abatido. Sancho lo consoló diciéndole que cuando don Quijote se diera cuenta de lo que había hecho, le pagaría el agravio. Admitió su error don Quijote argumentando que los encantadores le habían hecho creer que las figuras eran de verdad. Se había limitado a cumplir con su profesión de caballero andante, ayudando a los que huían. No había actuado con malicia y estaba dispuesto a pagar lo que le correspondía en  “buena y corriente moneda castellana”.

Le fueron poniendo precio a cada una de las figuras. En total pagó don Quijote cuarenta y tres reales y tres cuartillos, más dos reales por buscar el mono. Sancho todo lo desembolsó. Se terminó “la borrasca del retablo” y cenaron en paz a costa de don Quijote, que en todo era liberal.

Antes de que amaneciese se marcharon  el de las alabardas, maese Pedro,  el primo y el paje, a este último le dio don Quijote una docena de reales. Al ventero le pagó bien Sancho, por orden de su señor. Eran casi las ocho cuando dejaron la venta y se pusieron en camino.

Comentario
Véase el cometario del profesor Ignacio Arellano en el capítulo anterior

El tema teatral apareció en el capítulo XI, 2. Recordemos que cuando don Quijote se encontró con Las Cortes de la Muerte, representadas por la compañía de Angulo el Malo, don Quijote, después de despedirse de ellos, les dijo: “Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y mirad si mandáis algo en que pueda seros de provecho; que lo haré con buen ánimo y buen talante, porque desde muchacho fui aficionado a la carátula, y en mi mocedad se me iban los ojos tras la farándula”. Como vemos, estas palabras reflejan el interés de Cervantes por el teatro. En el retablo de maese Pedro, como muy bien apunta el catedrático de la Universidad de Navarra, Ignacio Arellano, en el comentario a este capítulo, "vemos una elaboración libérrima y humorística de la leyenda del rescate de Melisendra, prisionera de Almanzor, por su marido Gaiferos, historia narrada en diversos romances" 

Siguiendo en la línea del pensamiento dramático de Cervantes, se pasa ahora de las Cortes de la Muerte al retablo de maese Pedro. El ensayista y académico de la Lengua  Díaz Plaja, en su libro En torno a Cervantes sostiene que el origen del  retablo de maese Pedro se encuentra en los puppi  italianos. Las razones que aduce son: a ) los elementos italianos que contienen las frases con que maese Pedro es saludado por el ventero: hombre galante (galantuomo), bon compaño , como dicen en Italia, ¿qué peje pillano?. Loc. Italiana que quiere decir ¿ de qué se trata?; b) los muchos cómicos italianos que circulaban por entonces por los caminos de España; c) los recuerdos italianos de Cervantes. Cuando estuvo convaleciente de las heridas de Lepanto, en Palermo, en 1547.  Allí pudo ver los puppi; en estos las figuras se manejan desde arriba, de la misma manera que lo hacía maese Pedro.

El catedrático de la Universidad de Nueva York Joaquín Casalduero, después de comentar los tres actos en que se divide la obra, explica la diferencia entre el Quijote de 1605 y 1615 en función de lo que se dice en este capítulo. En primer lugar, denuncia Cervantes lo grotesco que supone el querer revivir el pasado;  Don Quijote es un loco porque confundía las figuras históricas con las de la imaginación y estas promovían su deseo de vivir de manera semejante a ellas. Esto es completamente ridículo y se ha visto en las confusiones de molinos con gigantes o rebaños con ejércitos, en el de 1605. En 1615 vive las acciones como tomando parte en la obra de arte. Esto es lo que le ocurre en el retablo. El tema lo ha expuesto al principio el muchacho: la libertad de Melisendra. Don Quijote lo vive como espectador y como actor. El filósofo y catedrático de la Universidad de Madrid Ortega y Gasset, en Meditaciones del Quijote, lo expone: Don Quijote es “la arista en que ambos mundos (el de la realidad y la fantasía) se cortan, formando un bisel”





 


miércoles, 9 de noviembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXV. EL CUENTO DEL REBUZNO. MAESE PEDRO



Cuando llegaron a la venta, don Quijote, al que no se le cocía el pan (estaba impaciente), se fue de inmediato a ver al hombre que conducía las armas. Le pidió que le contara lo que le había prometido y al verlo ocupado, preparando el pienso para la bestia,  con el fin de que acabase pronto,  le ayudó en tan humilde ocupación.  Cuando terminaron, el hombre se sentó en un poyo y, teniendo como oyentes a Sancho, al primo y al paje, comenzó a contar la historia.

El arriero le contó que en un lugar no muy lejos de allí sucedió que a un regidor (a un miembro del ayuntamiento) se le perdió un asno. Otro regidor del mismo pueblo le dijo que lo había hallado en el monte, pero cuando fue a cogerlo huyó. Se ofreció a acompañar al dueño a buscarlo. Como no lo hallaron acordaron que se separarían en direcciones distintas y rebuznarían. Así lo hicieron; sus rebuznos eran tan perfectos que cuando se volvieron a encontrar, cada uno de ellos creyó que la respuesta a su rebuzno venía del asno que buscaban. Después de mucho rebuznar encontraron al asno muerto y comido por los lobos; no obstante, el dueño del asno dio el trabajo por bien empleado al conocer la habilidad de su amigo para rebuznar, contestándole el otro que si bien canta el abad, no le va en zaga el monaguillo (Si el primero lo hace bien, el segundo no se queda atrás). Descubiertas las habilidades, el segundo corregidor llegó a la conclusión de que   “hay raras habilidades perdidas en el mundo y que son mal empleadas en aquellos que no saben aprovecharse de ellas”.

Volvieron a su aldea desconsolados y roncos, pero contándole a los vecinos las gracias de los rebuznos. El suceso se conoció en las aldeas cercanas; los vecinos de éstas, imitaban sus rebuznos. El hecho llegó a tal extremo que se produjeron enfrentamientos entre la una y la otras aldea. Por esta razón, dijo el arriero que llevaba las lanzas, serían usadas en la próxima batalla campal.

Estando en esto entró en la venta un hombre, conocido por el ventero como maese Pedro (el tratamiento de maese se le daba popularmente a quienes profesaban ciertos oficios o actividades): era titiritero.  Pidió posada y el ventero, después de preguntarle por el mono que solía llevar, de inmediato se la dio. Maese Pedro salió a buscar el mono y un retablo que llevaba.  Don Quijote quiso saber más de él. Le contó el ventero que el tal maese Pedro era una persona rica, cuyo dinero lo había hecho, utilizando un mono adivino que llevaba con él.

 Dicho mono, a través de maese Pedro, contestaba a las preguntas que se le hacían. Por cada respuesta acertada cobraba dos reales. Cuando regresó,  don Quijote de inmediato le preguntó por el futuro de ellos. Maese Pedro contestó que el mono sólo respondía por las cosas pasadas, no por las que han de venir. A tenor de lo que contestó Maese Pedro, le dice don  Quijote a Sancho: "Mira, Sancho, yo he considerado bien la extraña habilidad deste mono, y hallo por mi cuenta que sin duda este maese Pedro su amo debe de tener un pacto tácito o expreso con el demonio". Sancho le preguntó por lo que estaba haciendo su mujer y le quiso dar dos reales. Maese Pedro no los cogió, pues no quería recibir por adelantados los premios, sin haber realizado los servicios. Maese Pedro llamó al mono; se le puso encima del hombro y, al parecer, le cuchicheó algo al oído. Después se arrojó a los pies de don Quijote, alabándole sus hazañas. A continuación se dirigió a Sancho y le dijo que su mujer estaba bien, que en ese momento estaba rastrillando el lino y, para más señas, tenía un jarro de vino con el que se entretenía en su trabajo.

Todos se sorprendieron de lo que oyeron del titiritero. Don Quijote argumentó que el que lee mucho y anda mucho ve mucho y sabe mucho, porque si no lo hubiera visto, nadie lo hubiera podido persuadir de que hay monos adivinos.

Después de volver a repetir maese Pedro que su mono no adivinaba el porvenir, instaló su retablo en la venta. Don Quijote, en privado le dijo a Sancho que el tal maese Pedro debe tener algún pacto con el diablo,” pues la sabiduría del diablo no se puede extender a más, que las (cosas) por venir no las sabe si no es por conjeturas, y no todas veces, que a solo Dios está reservado conocer los tiempos y los momentos, y para Él no hay pasado ni porvenir, que todo es presente”. 
A instancias de Sancho le preguntaron si eran verdad o mentira las cosas que vio don Quijote en la cueva de Montesinos. Después de consultar con el mono, respondió Maese Pedro que en parte eran verdaderas y en parte falsas. Sancho le comentó a don Quijote que la respuesta confirmaba su presentimiento. Don Quijote le contestó que “el tiempo, descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no la saque a la luz del sol, aunque esté escondida en los senos de la tierra”.

Después de lo anterior se marcharon a ver la función de títeres. Maese Pedro montó el retablo y se metió dentro. Todos tomaron asiento. Un criado suyo que hacía de trujamán o intérprete, comenzó a presentar el espectáculo.



Comentario

1. El catedrático de Literatura Española de la Universidad de Navarra, Ignacio Arellano, por formar una unidad los capítulos 25, 26 y parte del 27, los comenta conjuntamente. Los aspectos que plantea el episodio de Maese Pedro, que considera esencial, son : a) Las relaciones que se dan en este capítulo con otros lugares de la obra, como el descenso de don Quijote a la Cueva de Montesinos y el interrogatorio que le realiza don Quijote al mono sobre la verdad o falsedad de lo que vio allí; b) la descripción de maese Pedro de un modo propiamente grotesco: lleva un traje camuza (piel verde) y un parche verde en un ojo, como una manera de esconder su nombre : Ginés de Pasamonte; c) el capítulo 26, se centra en la historia de Gaiferos y Melisendra y las habilidades adivinatorias del mono: estas diversiones, según el profesor, ya se daban en el s. XIII: eran comediantes nómadas; d) el escepticismo de don Quijote ante las adivinanzas del mono, esconde la crítica de Cervantes a la credulidad de las gentes a los astrólogos y falsos zahoríes;  e) la influencia del romancero y los tremas carolingios en Cervantes; f) la invención del interprete o trujamán, representado por el niño que acompaña a maese Pedro, interpretando lo que dice el mono; en este último punto son de destacar los consejos de don Quijote que tienen que ver con la creación literaria, como el rechazo de digresiones que interrumpen el hilo del discurso y entorpecen el relato: el trujamán adapta y acepta los consejos de don Quijote; g) formando parte del capítulo 27, don Quijote ataca a los perseguidores de Gaiferos y Melisenda, a espadazos destruye las figuras y hace justicia poética del hidalgo contra el pícaro Ginés, pendiente desde la aventura de los galeotes. 

Otras lecturas.

2, Se inicia este capítulo mostrándonos la curiosidad y humildad de don Quijote: ayuda al arriero a echarle la cebada al animal. Este hecho le sirve a Unamuno en su Vida de don Quijote y Sancho, para resaltar la humildad del personaje: “Y como no nos está bien el creer que sólo por oír tal cosa se redujera don Quijote a ejercer menesteres tan impropios de su oficio de caballero andante, hemos por fuerza de suponer, lo hizo para ejercitar su humildad y ejercitarla sencillamente y buscando un pretexto, con lo que evitó la soberbia del humilde”.

A partir de aquí, el capítulo se organiza en dos bloques: a) el cuento de los regidores rebuznadores; b) la presentación de Maese Pedro

El cuento del rebuzno pertenece a la tradición del folclore universal. En el Asno de oro, de Apuleyo , aparece un episodio similar a éste, según resaltan José Antonio Pellicer y Rodríguez Marín en sus respectivas ediciones de la obra.

Cervantes insiste en las características narrativas del cuento: “Sabrán vuesas mercedes que en un lugar que está cuatro leguas y media de esta venta…le faltó un asno”.  “Quince días serían pasados …que el asno faltaba…cuando otro regidor le dijo”. “Con estas circunstancias todas, y de la misma manera que yo lo voy contando, lo cuentan aquellos que están enterados en la verdad de este caso”. “Y éstas son las maravillas que os dije que os había de contar…”

En el cuento se narra con gran maestría las alabanzas de los regidores : “por el Dios que me crió que podéis dar dos rebuznos de ventaja al mayor y más perito rebuznador del mundo”….”si bien canta el abad, no le va en zaga el monaguillo”( Refrán: si el primero lo hace bien, el segundo no se queda atrás) También se describe el rebuzno: “el sonido que tenéis es alto; lo sostenido de la voz, a su tiempo y compás..”

El tema de las habilidades que aparece en este capítulo, se trató ya en el cap. XIX, cuando Cervantes habló de las habilidades de Basilio. Con ellas se llegó a la conclusión de que no se ganaba dinero para vivir, por lo tanto resultaban inútiles. Estas habilidades se han transformado en grotescas y ridículas en los personajes de los regidores.  Con este tema se relaciona el del arte. También en el cap. XIX se enfrentaron un estudiante hábil con la espada contra otro que simbolizaba la fuerza. Venció el primero, el que tenía un arte verdadero. Esto parece ser lo que nos quiere decir Cervantes. El desenlace del cuento tiene que ver con la realidad social. A veces, por hechos nimios, las gentes llegan a enfrentarse.

El segundo bloque del capítulo es la presentación de maese Pedro. Este personaje está también relacionado con Basilio. Éste conquistó el amor de Quiteria, no por ningún milagro, que en realidad no existen, sino por el engaño. Lo mismo le ocurre a maese Pedro. No hay milagro en la intervención del mono, sino engaño. Esto parece ser que es lo que nos dice Cervantes. 
Lo dicho anteriormente  nos da pie para comentar el pensamiento de Cervantes sobre la brujería y la hechicería, así como la posición a este respecto de la Inquisición. . Respecto la brujería y hechicería, era esta una creencia en toda Europa y por supuesto en España. De ambas hay muestras en el Quijote. El brujo tenía poderes mágicos obtenidos del diablo. El hechicero cautivaba la voluntad de las gentes. Un ejemplo de la creencia en la brujería por parte de don Quijote es este capítulo: dice don Quijote que maese Pedro debe tener un pacto con el diablo.  La Inquisición las castigaba con dureza, algunas veces sin pruebas documentadas. Esto fue censurado por el Inquisidor don Bernardo de Rojas, primado de Toledo y mecenas de Cervantes. Como es lógico, Cervantes, si siempre había sido muy prudente con respecto a la Iglesia, no lo iba a ser menos en este caso: tenía que estar en sintonía con ella. De ahí la respuesta de maese Pedro a don Quijote: "Este animal no responde ni da noticia de las cosas que están por venir"... comentando después don Quijote ; "que las cosas por venir no las sabe si no es por conjeturas, y no todas las veces, que solo a Dios está reservado conocer los tiempos y los momentos". Respecto a este tema de la postura de Cervantes ante la brujería y encantamiento los investigadores se dividen en dos grupos; los menos, los  que piensan que Cervantes era un ingenuo y creyente y los que no. La mayoría sostiene que los personajes que actúan como brujos o hechiceros son personajes inseguros. Muñoz Machado al respecto nos dice "que es verdad que despista su ambigüedad y que la ironía constante encubre su pensamiento". Para una ampliación del tema de la magia hechicería y brujería, véase Muñoz Machado, op. cit. pág. 533-536

También se realiza, por medio de maese Pedro el análisis de la cueva de Montesinos. El mono dice que las cosas que le ocurrieron a don Quijote, unas son falsas, otras verosímiles. Sancho, confirma esa opinión; don Quijote discrepa, diciéndole que sólo el tiempo lo dirá. El profesor Casalduero, cuando comenta este capítulo,  escribe al respecto: “El hombre cristiano, siempre dentro del misterio de la Encarnación, utiliza el tiempo como instrumento para dar forma a lo eterno”.  

miércoles, 2 de noviembre de 2011

SEGUNDA PARTE.CAPÍTULO XXIV. EL MOZO SOLDADO. SE EXPLICA EL SENTIDO DE LA VIDA






El que tradujo la historia de don Quijote al castellano dice que el mismo Cide Hamete apuntó en el margen del capítulo anterior que consideraba que la historia de la Cueva de Montesinos era impropia de don Quijote, e incluso se dice que el mismo don Quijote se retractó de ella cuando iba a morir.

El primo le dijo a don Quijote que le había sido muy provechosa su compañía, pues había aprendido varias cosas como son el conocer lo que se encierra dentro de la cueva de Montesinos, el nacimiento del río Guadiana, pero especialmente la antigüedad de los naipes, pues la frase que utilizó Durandarte: “Paciencia y barajar” da a entender que la aprendió cuando estaba vivo, en Francia, en tiempos de Carlomagno. Esta frase le va a ser de mucha utilidad, pues la piensa poner en el libro que estaba escribiendo: Suplemento de Virgilio Polidoro en la invención de las antigüedades. Don Quijote le responde que tendría dificultades en la impresión de su libro, pues no es fácil encontrar un grande de España a quien pueda dirigirse el escritor, ya que no quieren correr con los gastos que conlleva el trabajo del autor.

Se iba haciendo de noche y don Quijote les dijo que había que buscar un sitio donde recogerse. El primo le contestó que cerca de allí había una ermita. El ermitaño, que había sido soldado, era una persona muy caritativa; tenía una casa, pequeña, hecha a su costa, y recibía huéspedes. Compara don Quijote a los ermitaños de la antigüedad con los actuales, a todos los considera buenos, pues aunque “todo corra turbio,  (en el peor de los casos) menos mal hace el hipócrita que se finge bueno que el público pecador”.

 Estaban en esta conversación cuando pasó por allí, con paso apresurado, un hombre que llevaba un macho cargado de lanzas y de alabardas (astas con una hoja aguda y una cuchilla transversal). Llevado por la curiosidad quiso saber don Quijote la razón de tanta prisa. El hombre le contestó que no se podía parar; pero si estaba interesado en saberlo le contaría cosas maravillosas en la venta donde  iba a pasar la noche, y siguió su camino.

Don Quijote decidió pernoctar en la venta. Se dirigieron allí; pero al pasar por la casa del ermitaño, el primo pidió que se pararan para echar un trago. Sancho de inmediato aceptó. Los recibió una sotaermitaño, (una beata de la ermita,  también tenía el sentido de la querida del ermitaño), pues éste no estaba. Le pidieron vino, pero ella les contestó que solamente les podría ofrecer agua. Sancho se acordó de inmediato de las bodas de Camacho y de la abundancia de la casa de don Diego.

Se dejaron la ermita y siguieron hacia la venta. En el camino se encontraron a un muchacho de dieciocho o diecinueve años, alegre de rostro, llevaba la espada sobre el hombro y colgado de la espada, un bulto con lo que podrían ser sus vestidos; iba cantando una seguidilla que decía: A la guerra me lleva / mi necesidad;/ si tuviera dineros, / no fuera, en verdad.

Le preguntó don Quijote que por qué andaba con tanta prisa. Le contestó que por el calor y la pobreza. No entendió esta última razón don Quijote y el muchacho le comentó que no tenía más ropa que la poca que llevaba puesta y los greguescos (calzones ceñidos a la altura de la rodilla) de terciopelo que formaban el hatillo. Si se los ponía no los podría lucir en la ciudad; iba a alistarse como soldado en unas compañías de infantería, estacionadas no lejos de allí, que iban a embarcar en Cartagena, pues prefería tener por señor al rey y servirle en la guerra, que no a “un pelón ( a un pobre) en la corte” 

Le preguntó don Quijote por las recomendaciones que llevaba; el muchacho le contestó que no tuvo suerte en los servicios que había prestado: solamente había podido servir como catarriberas (ojeadores en la caza). Sus amos eran tan miserables que cuando lo despedían le quitaban hasta la librea ( vestido propio de los criados de la nobleza) que le habían dado. Alabó don Quijote la decisión que había tomado,  pues “no hay otra cosa en la tierra más honrada ni de más provecho que servir a Dios, primeramente, y luego a su rey y señor natural, especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales se alcanza, si no más riquezas, a lo menos más honra que por las letras, como yo tengo dicho muchas veces (…) aparte la imaginación de los sucesos adversos que le podrán venir, que el peor de todos es la muerte, y como ésta sea buena, el mejor de todos es el morir. Preguntáronle a Julio César, aquel valeroso emperador romano, cuál era la mejor muerte: respondió que la impensada, la de repente y no prevista; y aunque respondió como gentil y ajeno del conocimiento del verdadero Dios, con todo eso dijo bien, para ahorrase el sentimiento humano. Que puesto caso que os maten en la primera facción y refriega, o ya de un tiro de artillería, o volado de una mina, ¿qué importa? Todo es morir, y acabose la obra (la obra dramática, el teatro del mundo) , y según Terencio más bien parece el soldado muerto en la batalla que vivo y salvo en la huida y tanto alcanza la fama el buen soldado cuanto tiene de obediencia a sus capitanes y a los que mandar le pueden. Y advertid, hijo, que al soldado mejor le está el oler a pólvora que a algalia (a perfume) y que si la vejez os coge en este honroso ejercicio, aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos no os podrá coger sin honra, y tal, que no os la podrá menoscabar la pobreza. Cuanto más que ya se va dando orden como se entretengan y remedien los soldados viejos y estropeados, porque no es bien que se haga con ellos lo que suelen hacer los que ahorran y dan libertad a su negros cuando ya son viejos y no pueden servir, y echándolos de casa con títulos de libres los hacen esclavos de la hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte.

A continuación don Quijote le dijo al muchacho que subiese en las ancas de su caballo, que lo invitaba a cenar en la venta; el muchacho no subió, peso sí aceptó la cena. Sancho se preguntó cómo don Quijote, que había dicho tantas verdades, pudiera decir que vio tantos disparates como contó de la cueva de Montesinos. Llegaron a la venta cuando anochecía. Nada más entrar, preguntó don Quijote por el hombre de las lanzas.

Comentario

1. La catedrática de Literatura Española de la Universidad Estatal de Moscú, Svetlana Piskunova, destaca en primer lugar las meditaciones del narrador Cide Hamete, sobre la verosimilitud del relato de lo que lo ocurrido  a don Quijote en la Cueva de Montesinos, cuando se dirige al lector pidiéndole: "Tu, lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere, pues yo no debo ni espero más, puesto que se tiene por cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retractó y dijo que la había inventado...". Estas palabras son según la profesora Piskinova, "la cumbre de la narración cervantina hacia el conocimiento de uno mismo" o autoconciencia.
Otro de los aspectos que destaca la autora es que Cervantes ya había leído el Quijote apócrifo de Avellaneda cuando redacta este capítulo, aduce como razones: a) el cambio del plan narrativo, pues se dirigen a casa del ermitaño e inmediatamente cambian para ir a la vente, que por primera vez don Quijote no toma por castillo y por sus palabras vemos a un don Quijote iluminado.
La coherencia textual la ve la autora en la mención fugaz del pasado del ermitaño (mozo soldado) y el mozo paje que deja la corte y se va a la guerra, lo cual enlaza con referencias autobiográficas de Cervantes,

2. Varias veces he hablado del perspectivismo lingüístico en la obra. Siempre he tomado como referencia a Leo Spitzer. Este capítulo se inicia con un caso de perspectivismo múltiple bastante complejo.   Nos dice el narrador cristiano que el autor moro Cide Hamete anotó en el margen, hecho que tradujo al castellano el traductor morisco, que no creía probables las aventuras que contó el personaje protagonista de lo que le ocurrió en la cueva de Montesinos; Hamete las tenía por apócrifas, pero como don Quijote nunca había mentido, no sabe si son verdad o mentira. Al final, el narrador cristiano deja al lector que juzgue si las cree verdaderas o no, advirtiendo que “se tiene por cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retractó de ella y dijo que él la había inventado, por parecerle que convenía y cuadraba bien con las aventuras que había leído en sus historias”.

Al final del capítulo XXIII, don Quijote concluye que la vida hay que vivirla como si todo fuese verdadero. Es decir, él sabe que todo en la vida es sombra y sueño; pero este sueño  hay que vivirlo como si fuese real. Este sueño tiene un final obligado: la muerte. Este es el axioma del que parte Cervantes.  Con ella “acabose la función”; pero cuando ésta llegue hay que procurar haber vivido  con dignidad lo que hemos realizado. Lo dice don Quijote en los consejos que le da al joven aspirante a soldado: “Y advertid, hijo, (…) que si la vejez os coge en este honroso ejercicio, (…) a lo menos no os podrá coger sin honra”

 Este capítulo XXIV lo subtitula Cervantes “Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento de esta obra”. Las zarandajas tratan de los conocimientos que el primo tiene de la cueva de Montesinos, gracias al relato de don Quijote; el problema que representa escribir en España, manifestado a través de las dedicatorias de los libros;  los ermitaños;  el hipócrita y el público pecador;  el hombre que conduce un macho cargado de lanzas y alabardas y, por fin, el mozo soldado que va a listarse para ir a la guerra.

Este último personaje concretiza en su juventud la Necesidad que, en forma de sueño, apareció en la cueva de Montesinos cuando la labradora le pidió en nombre de Dulcinea seis reales a don Quijote. El joven, instruido por la Necesidad, nos habla de su pobreza, su búsqueda de empleo, su servicio a gente miserable. Con él vamos viendo los soldados inválidos; los negros esclavos, que cuando son viejos y no pueden servir, sus dueños los dejan en libertad, haciéndolos esclavos del hambre. Este es el mundo real: un desfile alucinante de gentes alicaídas a las que la vida ha zarandeado como muñecos, como personajes de un guiñol. Frente a esta situación,  Don Quijote le ha alabado su determinación de coger el ejercicio de las armas y ”le da unos consejos en los que se va tejiendo el sentido de la vida” (Casalduero): obrar con dignidad. Éste es el corolorario que se extrae de los consejos de don Quijote


miércoles, 26 de octubre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXIII. LA CUEVA DE MONTESINOS: LA EXPERIENCIA ÓRFICA Y LA NECESIDAD REAL

Serían las cuatro de la tarde cuando don Quijote empezó a contarles a Sancho y al primo lo que había visto en la Cueva de Montesinos. Empezó diciéndoles que a los doce estados de profundidad se abre un espacio grande ( El estado es una medida de longitud equivalente a la medida de un hombre). Como no sabía la profundidad total de la cueva, decidió quedarse allí. Al poco tiempo sintió sueño. Se despertó y se halló en un sitio memorable por su belleza: era el mejor prado que puede criar la naturaleza. No se creía lo que estaba viendo: un hermoso castillo de paredes transparentes.  Montesinos en persona, con la apariencia de un viejo venerable lo recibió. Tenía una barba muy larga e iba vestido con una larga capa que arrastraba por el suelo. Llevaba por los hombros una beca de colegial ( faja ancha que se ceñía por el pecho y pasando por los hombros colgaba por la espalda). Lo primero que le dio fue la bienvenida, diciéndole que llevaba muchos años esperándolo para que le dijera al mundo las muchas bellezas que encierra la cueva. Guiado por Montesinos, fue llevado a una gran sala de alabastro. En un sepulcro estaba el cuerpo de Durandarte. La mano derecha estaba puesta sobre el lado del corazón. Como Montesinos vio que don Quijote estaba sorprendido, retomó la conversación y le dijo que se encontraban allí encantados por obra del mago Merlín. Nadie sabe por qué los encantó. Don Quijote le preguntó a Montesinos que cómo estando muerto Durandarte, algunas veces se quejaba como si estuviera vivo. En ese momento, Durandarte dijo parte de un romance en el que le recordaba a su primo Montesinos que cuando muriera su corazón se le debería llevar a Belerma. ( Según el romancero castellano, Durandarte, en el momento de su muerte en Roncesvalles, pide a su primo Montesinos que le arranque el corazón y se lo lleve a su amada Belerma com io ofrenda de amor)

Le respondió Montesinos que hizo lo que le dijo: llevó su corazón, con un  poco de sal para que no oliese mal, a Belerma; el mago Merlín los encantó a todos: a ella, a Durandarte y su escudero, Guadiana; a Ruidera, sus siete hijas y dos sobrinas y a él mismo, Montesinos. Este, le sigue diciendo a Durandarte que su escudero fue convertido en un río; tuvo tanta tristeza cuando lo dejó y ascendió a la superficie de la tierra, que de cuando en cuando sale y se deja ver por las gentes. (Don Quijote convierte la geografía en fábula, mezclando la tradición caballeresca con una personificación del Guadiana y de las lagunas de Ruidera)

Después le comentó que estaba en su presencia el caballero del que le habló Merlín, don Quijote de la Mancha, y que podría ser que por los méritos de tal caballero, fueran desencantados. Durandarte le respondió que si así no fuera, que no se preocupara: “cuando así no sea, ¡oh, primo!, paciencia y barajar” (paciencia y seguir jugando)

A continuación contó don Quijote que vio, a través del cristal de las paredes, una procesión en dos hileras, de hermosas mujeres, vestidas de negro, que lloraban. Detrás de ellas venía Belerma, vestida de negro, era cejijunta, de nariz algo chata, boca grande y dientes colorados. Traía en las manos el corazón amojamado de Durandarte. Montesinos se atrevió a decir que si no fuese por el dolor y malas noches que Belerma pasaba, sería más hermosa que Dulcinea. Tanto irritó esto a don Quijote que le dijo a Montesinos “ya sabe que toda comparación es odiosa, y así, no hay que comparar a nadie con nadie”. Montesinos le pidió perdón.

Intervino a continuación Sancho y el primo. El primero para decirle a don Quijote que por qué no castigó a Montesinos por decir que Belerma era más hermosa que Dulcinea. Don Quijote le respondió que “estamos todos obligados a tener respeto por los ancianos”. Sancho y el primo interrumpieron a Don Quijote, para expresar sus dudas sobre los tres días que decía que había pasado en ese otro mundo, durante los cuales, ni siquiera había comido ni bebido. Como había estado entre encantados, Sancho comentó que aquí se cumplía el refrán “dime con quién andas: decirte he quien eres”. También les dice don Quijote que Montesinos le mostró tres labradoras que por aquellos campos iban saltando: una de ellas era Dulcinea del Toboso. Le dijo también que por allí se veía a otras señoras de los siglos pasados como la reina Ginebra y su dueña Quintañona, dándole vino a Lanzarote.

Sancho cuando oyó todo esto pensó que don Quijote había vuelto a perder el juicio y hubiera sido mejor haberse quedado arriba, “hablando sentencias y dando consejos a cada paso”. Don Quijote añadió que cuando le habló a Dulcinea y no respondió la quiso seguir, pero Montesinos le comentó que no lo hiciese, pues de nada valdría y que había llegado la hora de salir de la sima. Cuando esto decía Montesinos, se acercó una de las labradoras que acompañaban a Dulcinea y en nombre de ella le pidió seis reales. Se sorprendió y le preguntó a Montesinos que cómo era posible que estando encantada tuviese necesidad. Montesinos le contestó que “esta que llaman necesidad adondequiera se usa y por todo se extiende y a todos alcanza”. Solamente le pudo dar cuatro reales, que era lo que llevaba encima. Además le dijo a la labradora que por desencantar a Dulcinea, hará como el Marqués de Mantua para vengar a su sobrino Baldovinos: no comer pan a manteles hasta vengarle.

Se volvió a quejar Sancho de que don Quijote había vuelto a perder el conocimiento, más éste le dijo que todo lo que había visto era verdad y que más adelante le iría contando más cosas.   

Comentario

El tema de este capítulo, la parodia del mundo quijotesco, se nos dio al final del capítulo anterior, cuando don Quijote invoca a los personajes del romance de Montesinos: ¡Oh desdichado Montesinos! ¡Oh malferido Durandarte! ¡oh sin ventura Belerma! ¡Oh lloroso Guadiana, y vosotras sin dicha hijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las que lloraron vuestros hermosos ojos! La invocación se interrumpe porque don Quijote siente hambre y pide que le den de comer, quedando dispuesta la escena para los acontecimientos del cap. XXIII. Dos planos van a configurar la articulación del capítulo: el de la fantasía y el de la realidad. El primero representado por el mundo de los sueños de don Quijote y el segundo por la presencia de Dulcinea, descubriéndonos la Necesidad: diosa agobiante de la realidad social del XVII. También contribuyen a aumentar el plano real, las apreciaciones de Sancho y el primo.

Se inicia la narración dramática, especificando las notas sombrías del  tiempo: “Las cuatro de la tarde serían”;  la luz de la tarde se atenúa por “el sol, entre nubes cubierto, con luz escasa y templados rayos”, ambientando de esta manera los dramáticos hechos que don Quijote va a contar. El auditorio de la escenificación de la tragedia lo forman únicamente dos “clarísimos oyentes”: Sancho y el primo.

A partir de ahora toma la palabra don Quijote contándonos su sueño. Como muy bien señala el cervantista y profesor de la Universidad Central de Venezuela Ángel Rosemblat, en La lengua del “Quijote”, “Cervantes juega con la tradición poética, porque don Quijote, que hace el relato, cree a pie juntillas en esa tradición y en todo lo que ha visto, con su cruda mezcolanza de épocas, sentimientos y usos”. Don Quijote inicia su descenso a la cueva, contándonos, como señala el profesor  Avalle Arce, de una manera “artística e hiperbólica”, a base de sinónimos o cuasisinónimos (concavidad y espacio; resquicios o agujeros; bello, ameno y deleitoso) e hipérboles (al hablar del rosario…). A continuación se le aparece Montesinos con una “beca de colegial”. Hay que entender que al último que ve don Quijote al descender a la cueva es al estudiante; por lo tanto, y siguiendo al profesor de Literatura Es pañola y cervantista de la Universidad de Carolina del Norte, Avalle Arce, “lo que ha habido es un proceso de contaminación, o de libre asociación, entre los términos estudiante-guía y cueva de Montesinos. Las características externas de uno se han trasvasado al otro”.  Montesinos lo saluda y le da la bienvenida. A continuación encontramos a un don Quijote que, como señala el cervantista y profesor de la Universidad de California, Andrés Murillo en el Ur-Quijote: Nueva hipótesis, manifiesta incertidumbre acerca de si fue Montesinos quien extrajo el corazón de Durandarte. Estos rasgos de incertidumbre es una señal de un don Quijote más evolucionado que el del 1605, ya que el primero creía  ciegamente en el mundo legendario del romancero.

Después de explicar Montesinos cómo extrajo el corazón de Durandarte y entregárselo a Belerma, nos dice que ella, Guadiana, escudero de Durandarte, la dueña Ruidera, sus hijas y sobrinas, se encuentran allí encantados .El exégeta del Quijote y Académico de la Lengua Diego Clemencín, explica este suceso, diciéndonos que “Cervantes amplió los rumores populares: supuso que por la cueva de Montesinos pasaba un gran río, como creían los naturales, y fingió que Belerma tuvo una dueña llamada Ruidera, y Durandarte un escudero, llamado Guadiana. De esta manera, Cervantes parodia, de una manera burlesca las metamorfosis mitológicas”. También Diego Clemencín en notas al Quijote cuenta que en la novela de caballerías la Sergas de Esplandián, 1510, se cuenta un sueño que tiene que tiene algunos puntos de semejanza con el de don Quijote.

Montesinos quiere darle esperanza a Durandarte, de que don Quijote los puede desencantar. Se produce aquí una alternancia de niveles lingüísticos, como señala Rosemblat: al lenguaje de los sueños de don Quijote se opone la respuesta de Durandarte, proveniente del lenguaje de los jugadores de naipes: “paciencia y barajar”: fenómeno que le da cierto estilo esperpéntico.

Termina el capítulo con la presencia de Dulcinea, descubriéndonos la cruda realidad económica del siglo: la Necesidad. La labradora le pide en nombre de Dulcinea “media docena de reales, él solamente le puede dar cuatro y la respuesta de Montesinos a la pregunta que don Quijote hace sobre la necesidad económica, responde: “Créame que esta que llaman necesidad adonde quiera se usa y por todo se extiende y a todos alcanza, y aun hasta los encantados no perdona”. Una vez más vemos cómo Cervantes nunca se olvida de escrutar la realidad social de su época.

De interés para los cervantistas y personas que quieran profundizar en el tema.

1. La catedrática de Literatura Española de la Universidad de Zaragoza, Aurora Egido realiza un comentario de este capítulo desde la intertextualidad que le produce su lectura que hunde sus raíces en varios topos clásicos:  a) el descenso a los infiernos de Eneas, que aquí en don Quijote" se encuentra cargado de dobleces propias del género de los sueños, por el que van desfilando personajes mitológicos del Romancero viejo como Montesinos, Belerma o Durandarte, contrapunto del posterior viaje celeste de Clavileño que encontraremos en (II,41), en este mundo que relata don Quijote, el personaje de Montesinos aparece como una fusión del héroe del romance con el colegial humanista, pues nos dice don Quijote que llevaba la beca de colegial; 
b) Aristóteles ejerce una influencia importante en Cervantes. Partiendo de esta premisa, la profesora Egido, expone con razón que Cervantes desmonta el entramado de los sueños de tradición ciceroniana y al igual que hiciera Aristóteles en su Parva naturalia, que manifiesta su punto de vista biológico, sin visiones proféticas, como había en los sueños ciceronianos, don Quijote va fabricando su propio engaño con materiales literarios; en este sentido, "su paralelismo con los diálogos lucianescos con influencia erasmista de escritor del XVI, Cristóbal de Villalón en el Crotalón o con los Sueños de Quevedo son evidentes.". 
c) Cervantes, según la autora, "sitúa lo admirable y maravilloso en eñ ámbito de la fabulación, dando al traste con la máquina de las alegorías y abriendo el paso a la novela moderna.