jueves, 24 de noviembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXIX: LA AVENTURA DEL BARCO ENCANTADO



A los dos días de salir de la alameda, llegaron don Quijote y Sancho al río Ebro. Le produjo gran placer contemplar la amenidad de sus riberas, la abundancia de sus aguas y el sosiego de las mismas. Esta alegría le trajo a la memoria, entre otros recuerdos, la cueva de Montesinos; recordó que el mono de maese Pedro le había dicho que aquellas cosas que había visto, en parte eran verdad y en parte mentira: Él se atenía a la verdad; sin embargo, para Sancho todo era mentira.

Miró don Quijote a su alrededor  y sólo vio en la orilla un pequeño barco sin velas ni jarcias, atado a un árbol. Se apeó de Rocinante y mandó a Sancho que hiciese lo mismo y atase las bestias al tronco de un álamo cercano. Sancho le preguntó que por qué se apeaban. Don Quijote le contestó que, como los libros de las historias caballerescas dicen,  aquel barco era una señal inequívoca de que algún caballero estaba en apuros y él tenía la obligación de ayudarle, por lo tanto se iba a embarcar. Sancho, mientras ataba las bestias,  le dijo que no estaba de acuerdo, pero seguía el refrán que dice “Haz lo que tu amo te manda, y siéntate con él a la mesa”.  (La obediencia a los superiores puede traer beneficios). No obstante, le advirtió que aquel barco no estaba encantado, sino que pertenecía a algún pescador de la zona.

Don Quijote dio un salto y subió al barco; Sancho le siguió. Soltaron amarras y, al ver que el barco se distanciaba, Sancho se entristeció, especialmente al oír rebuznar al rucio y ver que Rocinante trataba de desatarse. Por estas razones dijo Sancho: ¡Oh, carísimos amigos, quedaos en paz y la locura que nos aparta de vosotros, convertida en desengaño, nos vuelva a vuestra presencia! A continuación, empezó a llorar. Don Quijote al verlo le recriminó que era una persona apocada y miedosa, llamándolo “corazón de mantequilla”. A continuación le dijo que ya habían caminado setecientas  u ochocientas leguas y, si tuviera allí un astrolabio para tomar la altura del polo,  le diría lo que habían navegado; no obstante, según él,  ya habían pasado el ecuador o línea equinoccial. Insiste Sancho en saber lo que se ha navegado y don Quijote razona apoyado en la teoría de Ptolomeo: Sancho, que desconoce el nombre, entiende mal las palabras y contesta que le ha puesto por testigo una persona que es “puto y gafo”, además de “meón o meo”.

Don Quijote se rio de lo que Sancho le dijo. A continuación, para demostrarle lo que habían navegado le dijo que los españoles que se embarcaban para las Indias, cuando pasaban la línea equinoccial se le morían los piojos. Lo podía comprobar en su mismo cuerpo. Sancho, vuelve a discrepar de don Quijote, pues podía ver a las bestias atadas, por lo tanto, no habían navegado tanto. Insiste don Quijote en sus cálculos, demostrando que conocía muchos conceptos de astronomía y navegación: coluros, paralelos, zodiacos, equinoccios, …etc. Obedeciendo a don Quijote, Sancho comprobó que estaba lleno de piojos.

Estando en lo anterior, vieron unas grandes aceñas en medio del río. Don Quijote las confundió con algún castillo en el que tenían cautivo algún caballero. Sancho le contestó que aquello era simplemente unas aceñas en las que se molía el trigo.  Dado que el barco se acercaba, los molineros salieron con largas varas para impedir que el barco se aproximara y fuese destrozado por las ruedas de las aceñas. Como salieron enharinados, don Quijote los confundió con gente malvada que retenía contra su voluntad a los caballeros o a las princesas; les amenazó y blandió la espada. Los molineros consiguieron detener el barco, pero no impidieron que cayeran al agua don Quijote y Sancho. Los sacaron y Sancho, puesto de rodillas, le pidió a Dios que lo librase de los atrevimientos de don Quijote. Se acercaron los pescadores dueños del barco, reclamando los daños. Don Quijote, después de pedirles a los molineros que liberaran a quien tenían encerrado y decirles a los pescadores que les pagaría los daños, exclamó:” ¡Basta!, aquí será predicar en el desierto querer reducir a esta canalla a que por ruegos haga virtud alguna, y en esta aventura se deben haber encontrado dos valientes encantadores, el uno estorba lo que el otro intenta: el uno me deparó el barco y el otro dio conmigo al través. Dios lo remedie, que todo este mundo es máquina y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más!”. Después de invocar a los que según él estaban encerrados, llamándolos amigos, pidiéndoles que lo perdonaran por no haber podido liberarlos, Sancho les pagó a los pescadores cincuenta reales. Entristecidos volvieron don Quijote y sancho a sus bestias.



Comentario

Este capítulo se puede leer, entre otras,  desde las siguientes claves:

a)      La que mantiene Casalduero sobre el cansancio vital de don Quijote al no poder cumplir la misión que se proponía.  “Lo esencial en la aventura del barco encantado no es la experiencia del conflicto entre dos elementos opuestos, sino la de la contradicción del mundo moderno. Don Quijote tiene que someterse, no puede realizar su anhelo de resucitar la cultura antigua…El destino de don Quijote ha sido el esfuerzo puro de un corazón intrépido, que se ha entregado a las olas implacables de un mar profundo. Su heroísmo ha consistido en su arrojo y en su lucha con la incontrastable borrasca”. Esto es lo que implica el  “¡Basta!...Yo no puedo más”.

b)      Avalle Arce realiza la lectura comparándola con la de los molinos de viento (I,XIII). “Como en la primera parte, es aquí la imaginación de don Quijote la que transforma la realidad (molinos=gigantes, aceñas=castillo), pero es ésta la que despatarra al caballero, quien se excusa recurriendo a la intervención de encantadores. Al convertir la terrestre aventura de los molinos en la fluvial escena de las aceñas parece como si Cervantes anticipase esa caballeresca marítima que será el Persiles…La aventura del barco encantado está perfectamente articulada dentro del desarrollo en declive de la personalidad de don Quijote. Si comparamos Las dos aventuras vemos que la de los molinos la cierra el héroe con esta indómita afirmación: “Mas al cabo, al cabo, han de poder poco sus males artes  (de los encantadores) contra la bondad de mi espada (I, VIII). La aventura del barco encantado se cierra con la rendición verbal del caballero: “Dios lo remedie; que todo en este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo más!

c)       Desde un punto de vista marino analiza el libro Pérez Reverte en Galeras, puertos y corsarios. (El mar y la navegación en El Quijote) “Cuando se enumeran los términos cosmográficos con cierta precisión, don Quijote demuestra que tiene conocimientos, al menos elementales de cosmografía de la época, y conoce el Tratado de la Esfera..

Hasta la higiene naval tiene su referencia en El Quijote, como lo demuestra la prueba del divertido episodio de los piojos de Sancho…no es en absoluto fruto de la imaginación cervantina. Algunos navegantes y geógrafos de la época aseguraban con toda seriedad que piojos, pulgas y chinches morían pasado el meridiano de las Azores. La creencia es recogida en el Teatro del Orbe de Ortelius, publicado en Amberes en 1612…aunque quizá debamos cargar el bulo a la cuenta de Cervantes”


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