miércoles, 26 de octubre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXIII. LA CUEVA DE MONTESINOS: LA EXPERIENCIA ÓRFICA Y LA NECESIDAD REAL

Serían las cuatro de la tarde cuando don Quijote empezó a contarles a Sancho y al primo lo que había visto en la Cueva de Montesinos. Empezó diciéndoles que a los doce estados de profundidad se abre un espacio grande. Como no sabía la profundidad total de la cueva, decidió quedarse allí. Al poco tiempo sintió sueño. Se despertó y se halló en un sitio memorable por su belleza: era el mejor prado que puede criar la naturaleza. No se creía lo que estaba viendo: un hermoso castillo de paredes transparentes.  Montesinos en persona, con la apariencia de un viejo venerable lo recibió. Tenía una barba muy larga e iba vestido con una larga capa que arrastraba por el suelo. Llevaba por los hombros una beca de colegial. Lo primero que le dio fue la bienvenida, diciéndole que llevaba muchos años esperándolo para que le dijera al mundo las muchas bellezas que encierra la cueva. Guiado por Montesinos, fue llevado a una gran sala de alabastro. En un sepulcro estaba el cuerpo de Durandarte. La mano derecha estaba puesta sobre el lado del corazón. Como Montesinos vio que don Quijote estaba sorprendido, retomó la conversación y le dijo que se encontraban allí encantados por obra del mago Merlín. Nadie sabe por qué los encantó. Don Quijote le preguntó a Montesinos que cómo estando muerto Durandarte, algunas veces se quejaba como si estuviera vivo. En ese momento, Durandarte dijo parte de un romance en el que le recordaba a su primo Montesinos que cuando muriera su corazón se le debería llevar a Belerma.

Le respondió Montesinos que hizo lo que le dijo: llevó su corazón, con un  poco de sal para que no oliese mal, a Belerma; el mago Merlín los encantó a todos: a ella, a Durandarte y su escudero, Guadiana; a Ruidera, sus siete hijas y dos sobrinas y a él mismo, Montesinos. Este, le sigue diciendo a Durandarte que su escudero fue convertido en un río; tuvo tanta tristeza cuando lo dejó y ascendió a la superficie de la tierra, que de cuando en cuando sale y se deja ver por las gentes.

Después le comentó que estaba en su presencia el caballero del que le habló Merlín, don Quijote de la Mancha, y que podría ser que por los méritos de tal caballero, fueran desencantados. Durandarte le respondió que si así no fuera, que no se preocupara: “cuando así no sea, ¡oh, primo!, paciencia y barajar” (paciencia y seguir jugando)

A continuación contó don Quijote que vio, a través del cristal de las paredes, una procesión en dos hileras, de hermosas mujeres, vestidas de negro, que lloraban. Detrás de ellas venía Belerma, vestida de negro, era cejijunta, de nariz algo chata, boca grande y dientes colorados. Traía en las manos el corazón amojamado de Durandarte. Montesinos se atrevió a decir que si no fuese por el dolor y malas noches que Belerma pasaba, sería más hermosa que Dulcinea. Tanto irritó esto a don Quijote que le dijo a Montesinos “ya sabe que toda comparación es odiosa, y así, no hay que comparar a nadie con nadie”. Montesinos le pidió perdón.

Intervino a continuación Sancho y el primo. El primero para decirle a don Quijote que por qué no castigó a Montesinos por decir que Belerma era más hermosa que Dulcinea. Don Quijote le respondió que “estamos todos obligados a tener respeto por los ancianos”. Sancho y el primo interrumpieron a Don Quijote, para expresar sus dudas sobre los tres días que decía que había pasado en ese otro mundo, durante los cuales, ni siquiera había comido ni bebido. Como había estado entre encantados, Sancho comentó que aquí se cumplía el refrán “dime con quién andas: decirte he quien eres”. También les dice don Quijote que Montesinos le mostró tres labradoras que por aquellos campos iban saltando: una de ellas era Dulcinea del Toboso. Le dijo también que por allí se veía a otras señoras de los siglos pasados como la reina Ginebra y su dueña Quintañona, dándole vino a Lanzarote.

Sancho cuando oyó todo esto pensó que don Quijote había vuelto a perder el juicio y hubiera sido mejor haberse quedado arriba, “hablando sentencias y dando consejos a cada paso”. Don Quijote añadió que cuando le habló a Dulcinea y no respondió la quiso seguir, pero Montesinos le comentó que no lo hiciese, pues de nada valdría y que había llegado la hora de salir de la sima. Cuando esto decía Montesinos, se acercó una de las labradoras que acompañaban a Dulcinea y en nombre de ella le pidió seis reales. Se sorprendió y le preguntó a Montesinos que cómo era posible que estando encantada tuviese necesidad. Montesinos le contestó que “esta que llaman necesidad adondequiera se usa y por todo se extiende y a todos alcanza”. Solamente le pudo dar cuatro reales, que era lo que llevaba encima. Además le dijo a la labradora que por desencantar a Dulcinea, hará como el Marqués de Mantua para vengar a su sobrino Baldovinos: no comer pan a manteles hasta vengarle.

Se volvió a quejar Sancho de que don Quijote había vuelto a perder el conocimiento, más éste le dijo que todo lo que había visto era verdad y que más adelante le iría contando más cosas.   



Comentario



El tema de este capítulo, la parodia del mundo quijotesco, se nos dio al final del capítulo anterior, cuando don Quijote invoca a los personajes del romance de Montesinos: ¡Oh desdichado Montesinos! ¡Oh malferido Durandarte! ¡oh sin ventura Belerma! ¡Oh lloroso Guadiana, y vosotras sin dicha hijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las que lloraron vuestros hermosos ojos! La invocación se interrumpe porque don Quijote siente hambre y pide que le den de comer, quedando dispuesta la escena para los acontecimientos del cap. XXIII. Dos planos van a configurar la articulación del capítulo: el de la fantasía y el de la realidad. El primero representado por el mundo de los sueños de don Quijote y el segundo por la presencia de Dulcinea, descubriéndonos la Necesidad: diosa agobiante de la realidad social del XVII. También contribuyen a aumentar el plano real, las apreciaciones de Sancho y el primo.

Se inicia la narración dramática, especificando las notas sombrías del  tiempo: “Las cuatro de la tarde serían”;  la luz de la tarde se atenúa por “el sol, entre nubes cubierto, con luz escasa y templados rayos”, ambientando de esta manera los dramáticos hechos que don Quijote va a contar. El auditorio de la escenificación de la tragedia lo forman únicamente dos “clarísimos oyentes”: Sancho y el primo.

A partir de ahora toma la palabra don Quijote contándonos su sueño. Como muy bien señala Ángel Rosemblat, en La lengua del “Quijote”, “Cervantes juega con la tradición poética, porque don Quijote, que hace el relato, cree a pie juntillas en esa tradición y en todo lo que ha visto, con su cruda mezcolanza de épocas, sentimientos y usos”. Don Quijote inicia su descenso a la cueva, contándonos, como señala Avalle Arce, de una manera “artística e hiperbólica”, a base de sinónimos o cuasisinónimos (concavidad y espacio; resquicios o agujeros; bello, ameno y deleitoso) e hipérboles (al hablar del rosario…). A continuación se le aparece Montesinos con una “beca de colegial”. Hay que entender que al último que ve don Quijote al descender a la cueva es al estudiante; por lo tanto, y siguiendo a Avalle Arce, “lo que ha habido es un proceso de contaminación, o de libre asociación, entre los términos estudiante-guía y cueva de Montesinos. Las características externas de uno se han trasvasado al otro”.  Montesinos lo saluda y le da la bienvenida. A continuación encontramos a un don Quijote que, como señala Andrés Murillo, manifiesta incertidumbre acerca de si fue Montesinos quien extrajo el corazón de Durandarte. Estos rasgos de incertidumbre es una señal de un don Quijote más evolucionado que el del 1605, ya que el primero creía  ciegamente en el mundo legendario del romancero.

Después de explicar Montesinos cómo extrajo el corazón de Durandarte y entregárselo a Belerma, nos dice que ella, Guadiana, escudero de Durandarte, la dueña Ruidera, sus hijas y sobrinas, se encuentran allí encantados. Diego Clemencín, explica este suceso, diciéndonos que “Cervantes amplió los rumores populares: supuso que por la cueva de Montesinos pasaba un gran río, como creían los naturales, y fingió que Belerma tuvo una dueña llamada Ruidera, y Durandarte un escudero, llamado Guadiana. De esta manera, Cervantes parodia, de una manera burlesca las metamorfosis mitológicas”.

Montesinos quiere darle esperanza a Durandarte, de que don Quijote los puede desencantar. Se produce aquí una alternancia de niveles lingüísticos, como señala Rosemblat: al lenguaje de los sueños de don Quijote se opone la respuesta de Durandarte, proveniente del lenguaje de los jugadores de naipes: “paciencia y barajar”: fenómeno que le da cierto estilo esperpéntico.

Termina el capítulo con la presencia de Dulcinea, descubriéndonos la cruda realidad económica del siglo: la Necesidad. La labradora le pide en nombre de Dulcinea “media docena de reales, él solamente le puede dar cuatro y la respuesta de Montesinos a la pregunta que don Quijote hace sobre la necesidad económica, responde: “Créame que esta que llaman necesidad adonde quiera se usa y por todo se extiende y a todos alcanza, y aun hasta los encantados no perdona”. Una vez más vemos cómo Cervantes nunca se olvida de escrutar la realidad social de su época.






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