miércoles, 2 de noviembre de 2011

SEGUNDA PARTE.CAPÍTULO XXIV. EL MOZO SOLDADO. SE EXPLICA EL SENTIDO DE LA VIDA






El que tradujo la historia de don Quijote al castellano dice que el mismo Cide Hamete apuntó en el margen del capítulo anterior que consideraba que la historia de la Cueva de Montesinos era impropia de don Quijote, e incluso se dice que el mismo don Quijote se retractó de ella cuando iba a morir.

El primo le dijo a don Quijote que le había sido muy provechosa su compañía, pues había aprendido varias cosas como son el conocer lo que se encierra dentro de la cueva de Montesinos, el nacimiento del río Guadiana,  pero especialmente la antigüedad de los naipes, pues la frase que utilizó Durandarte: “Paciencia y barajar” da a entender que la aprendió cuando estaba vivo, en Francia, en tiempos de Carlomagno. Esta frase le va a ser de mucha utilidad, pues la piensa poner en el libro que estaba escribiendo: Suplemento de Virgilio Polidoro en la invención de las antigüedades. Don Quijote le responde que tendría dificultades en la impresión de su libro, pues no es fácil encontrar un grande de España a quien pueda dirigirse el escritor, ya que no quieren correr con los gastos que conlleva el trabajo del autor.

Se iba haciendo de noche y don Quijote les dijo que había que buscar un sitio donde recogerse. El primo le contestó que cerca de allí había una ermita. El ermitaño, que había sido soldado, era una persona muy caritativa; tenía una casa, pequeña, hecha a su costa, y recibía huéspedes. Compara don Quijote a los ermitaños de la antigüedad con los actuales, a todos los considera buenos, pues aunque “todo corra turbio,  (en el peor de los casos) menos mal hace el hipócrita que se finge bueno que el público pecador”.

 Estaban en esta conversación cuando pasó por allí, con paso apresurado, un hombre que llevaba un macho cargado de lanzas y de alabardas. Llevado por la curiosidad quiso saber don Quijote la razón de tanta prisa. El hombre le contestó que no se podía parar; pero si estaba interesado en saberlo le contaría cosas maravillosas en la venta donde  iba a pasar la noche, y siguió su camino.

Don Quijote decidió pernoctar en la venta. Se dirigieron allí; pero al pasar por la casa del ermitaño, el primo pidió que se pararan para echar un trago. Sancho de inmediato aceptó. Los recibió una sotaermitaño, (la querida del ermitaño), pues éste no estaba. Le pidieron vino, pero ella les contestó que solamente les podría ofrecer agua. Sancho se acordó de inmediato de las bodas de Camacho y de la abundancia de la casa de don Diego.

Se dejaron la ermita y siguieron hacia la venta. En el camino se encontraron a un muchacho de dieciocho o diecinueve años, alegre de rostro, llevaba la espada sobre el hombro y colgado de la espada, un bulto con lo que podrían ser sus vestidos; iba cantando una seguidilla que decía: A la guerra me lleva / mi necesidad;/ si tuviera dineros, / no fuera, en verdad.

Le preguntó don Quijote que por qué andaba con tanta prisa. Le contestó que por el calor y la pobreza. No entendió esta última razón don Quijote y el muchacho le comentó que no tenía más ropa que la poca que llevaba puesta y los greguescos de terciopelo que formaban el hatillo. Si se los ponía no los podría lucir en la ciudad; iba a alistarse como soldado en unas compañías de infantería, estacionadas no lejos de allí, que iban a embarcar en Cartagena, pues prefería tener por señor al rey y servirle en la guerra, que no a “un pelón en la corte”.

Le preguntó don Quijote por las recomendaciones que llevaba; el muchacho le contestó que no tuvo suerte en los servicios que había prestado: solamente había podido servir como catarriberas (ojeadores en la caza). Sus amos eran tan miserables que cuando lo despedían le quitaban hasta la librea que le habían dado. Alabó don Quijote la decisión que había tomado,  pues “no hay otra cosa en la tierra más honrada ni de más provecho que servir a Dios, primeramente, y luego a su rey y señor natural, especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales se alcanza, si no más riquezas, a lo menos más honra que por las letras, como yo tengo dicho muchas veces (…) aparte la imaginación de los sucesos adversos que le podrán venir, que el peor de todos es la muerte, y como ésta sea buena, el mejor de todos es el morir. Preguntáronle a Julio César, aquel valeroso emperador romano, cuál era la mejor muerte: respondió que la impensada, la de repente y no prevista; y aunque respondió como gentil y ajeno del conocimiento del verdadero Dios, con todo eso dijo bien, para ahorrase el sentimiento humano. Que puesto caso que os maten en la primera facción y refriega, o ya de un tiro de artillería, o volado de una mina, ¿qué importa? Todo es morir, y acabose la obra, y según Terencio más bien parece el soldado muerto en la batalla que vivo y salvo en la huida y tanto alcanza la fama el buen soldado cuanto tiene de obediencia a sus capitanes y a los que mandar le pueden. Y advertid, hijo, que al soldado mejor le está el oler a pólvora que a algalia, y que si la vejez os coge en este honroso ejercicio, aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos no os podrá coger sin honra, y tal, que no os la podrá menoscabar la pobreza. Cuanto más que ya se va dando orden como se entretengan y remedien los soldados viejos y estropeados, porque no es bien que se haga con ellos lo que suelen hacer los que ahorran y dan libertad a su negros cuando ya son viejos y no pueden servir, y echándolos de casa con títulos de libres los hacen esclavos de la hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte.

A continuación don Quijote le dijo al muchacho que subiese en las ancas de su caballo, que lo invitaba a cenar en la venta; el muchacho no subió, peso sí aceptó la cena. Sancho se preguntó cómo don Quijote, que había dicho tantas verdades, pudiera decir que vio tantos disparates como contó de la cueva de Montesinos. Llegaron a la venta cuando anochecía. Nada más entrar, preguntó don Quijote por el hombre de las lanzas.



Comentario

Varias veces he hablado del perspectivismo lingüístico en la obra. Siempre he tomado como referencia a Leo Spitzer. Este capítulo se inicia con un caso de perspectivismo múltiple bastante complejo.   Nos dice el narrador cristiano que el autor moro Cide Hamete anotó en el margen, hecho que tradujo al castellano el traductor morisco, que no creía probables las aventuras que contó el personaje protagonista de lo que le ocurrió en la cueva de Montesinos; Hamete las tenía por apócrifas, pero como don Quijote nunca había mentido, no sabe si son verdad o mentira. Al final, el narrador cristiano deja al lector que juzgue si las cree verdaderas o no, advirtiendo que “se tiene por cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retractó de ella y dijo que él la había inventado, por parecerle que convenía y cuadraba bien con las aventuras que había leído en sus historias”.

Al final del capítulo XXIII, don Quijote concluye que la vida hay que vivirla como si todo fuese verdadero. Es decir, él sabe que todo en la vida es sombra y sueño; pero este sueño  hay que vivirlo como si fuese real. Este sueño tiene un final obligado: la muerte. Este es el axioma del que parte Cervantes.  Con ella “acabose la función”; pero cuando ésta llegue hay que procurar haber vivido  con dignidad lo que hemos realizado. Lo dice don Quijote en los consejos que le da al joven aspirante a soldado: “Y advertid, hijo, (…) que si la vejez os coge en este honroso ejercicio, (…) a lo menos no os podrá coger sin honra”

 Este capítulo XXIV lo subtitula Cervantes “Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento de esta obra”. Las zarandajas tratan de los conocimientos que el primo tiene de la cueva de Montesinos, gracias al relato de don Quijote;  el problema que representa escribir en España, manifestado a través de las dedicatorias de los libros;  los ermitaños;  el hipócrita y el público pecador;  el hombre que conduce un macho cargado de lanzas y alabardas y,  por fin, el mozo soldado que va a listarse para ir a la guerra.

Este último personaje concretiza en su juventud la Necesidad que, en forma de sueño, apareció en la cueva de Montesinos cuando la labradora le pidió en nombre de Dulcinea seis reales a don Quijote. El joven, instruido por la Necesidad,  nos habla de su pobreza, su búsqueda de empleo, su servicio a gente miserable. Con él vamos viendo los soldados inválidos; los negros esclavos, que cuando son viejos y no pueden servir, sus dueños los dejan en libertad, haciéndolos esclavos del hambre. Este es el mundo real: un desfile alucinante de gentes alicaídas a las que la vida ha zarandeado como muñecos, como personajes de un guiñol. Frente a esta situación,  Don Quijote le ha alabado su determinación de coger el ejercicio de las armas y ”le da unos consejos en los que se va tejiendo el sentido de la vida” (Casalduero): obrar con dignidad. Éste es el corolorario que se extrae de los consejos de don Quijote


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