viernes, 11 de mayo de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LXXI. LOS AZOTES DE SANCHO Y LA COEXISTENCIA DE DOS MUNDOS: GENEROSIDAD FRENTE A PRAGMATISMO




Iba don Quijote triste por haber sido vencido y alegre porque la virtud de Sancho había resucitado a Altisidora. Sancho se sentía decepcionado porque ni había recibido las camisas prometidas por la doncella, ni había cobrado honorarios como los médicos; por esta razón se prometió “que si me traen a las manos otro algún  enfermo, antes que le cure me han de untar las mías, que el abad de donde canta yanta (que cada uno vive de lo que trabaja), y no quiero creer que me haya dado el cielo la virtud que tengo para que yo la comunique con otros de bóbilis, bóbilis (gratuitamente, de balde).

Don Quijote se hizo eco de las palabras de Sancho y le contestó que se azotase por Dulcinea y cobrase del dinero que llevaba. A Sancho se le abrieron las orejas un palmo, dijo que cobraba por el amor que sentía por sus hijos y su mujer. Sacó la cuenta con todo detalle: cobrando por azote un cuartillo, sacaría un total de ochocientos veinticinco reales. Terminó diciendo que entraría en su casa rico y contento, pero azotado porque no se toman truchas…(el refrán termina …a bragas enjutas, suprimida esta última parte por ser muy conocido, indica que el que quiere truchas tiene que mojarse).

Don Quijote, emocionado, le dio su aprobación, Sancho le contestó que empezaría esa misma noche. Después de cenar, una vez que Sancho hizo un látigo con el cabestro y la jáquima del rucio, se retiró de su amo y se metió entre unas hayas. Le dijo don Quijote que se diera los azotes que correspondían y, para que no perdiera “por carta de más ni de menos”,( que se diera el número exacto),  él los contaría.  

Sancho empezó azotándose, pero a los seis o siete azotes cambio de parecer y comenzó a azotar los árboles cercanos con unos suspiros tan grandes que parecía que se le arrancaba el alma. Don Quijote, temeroso por su salud, consideró que “se le debía de dar tiempo al tiempo, que no se ganó Zamora en una hora” y dado que le había contado más de mil azotes, decía que “el asno, hablando en grosero, sufre la carga, más no la sobrecarga” (la paciencia tiene sus límites). Sancho, el socarrón, le replicó que se daría otros mil más, para que no se pudiera decir de él: “a dineros pagados, brazos quebrados” (cuando ya se ha cobrado no se cumple lo acordado).

A la mañana siguiente reanudaron su camino. Llegaron a un mesón, que don Quijote reconoció como tal, pues desde que fue vencido discurría con mejor juicio. De las paredes de la habitación en la que se alojaron colgaban unos tapices con temas clásicos,  muy mal pintados, alusivos al rapto de Elena y, a la separación de Dido y de Eneas. Sancho comentó que no pasaría mucho tiempo en que se vieran las historias de sus hazañas en las ventas, mesones y tiendas de barbero, pero mejor pintadas que aquellas. Don Quijote le dio la razón, añadiendo que el pintor sería como  Orbaneja, pintor de Úbeda, que cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: “Lo que saliere”. Esta forma de trabajar es la que cree don Quijote que tiene el “pintor o escritor” del falso Quijote.  A continuación le preguntó a Sancho que cuándo finalizaría con la tanda de azotes que le faltaban, a lo que éste contestó con una serie de refranes, aludiendo a que cuanto antes se acabaran, mejor: “en la tardanza está el peligro,(la demora en la ejecución de una acción puede hacerla fracasar) y a Dios rogando y con el mazo dando (hay que trabajar para conseguir lo que se desea)y más vale un toma que dos te daré, (no hay que dejar lo seguro por cosas mejores, pero dudosas), y el pájaro en la mano que el buitre volando”. Una vez más, le rectificó don Quijote su forma de expresarse, diciéndole: “habla a lo llano, a lo liso, a lo no intrincado, (…), y verás como te vale un pan por ciento” (sacarás mucho provecho). Sancho prometió enmendarse.

Comentario

Empieza el capítulo señalando las dos actitudes antitéticas en las que se movía don Quijote: la tristeza, por haber sido vencido y obligado a renunciar a su labor de caballero andante, y la alegría porque había descubierto que el poder de Sancho para curar maleficios, aseguraba el desencanto de Dulcinea. Sancho, coherente con su personalidad y su cultura, se lamentaba de no haber cobrado nada; por lo tanto, se dijo que si los médicos “que con matar al enfermo que curan, quieren ser pagados de su trabajo, que no es otro sino firmar unas cedulillas de algunas medicinas, (…) a mi, que la salud ajena me cuesta gotas de sangre, pellizcos, alfilerazos y azotes, no me dan un ardite”. De lo anterior se infiere que no está dispuesto a servir a nadie si no cobra. Esto da lugar a una relación diferente a la que antes había entre Caballero y Escudero. En la primera parte del libro, Sancho vive pendiente de la ínsula y de las quimeras de don Quijote; en esta, es don Quijote quien vive pendiente de la voluntad de Sancho.

Al darse cuenta del razonamiento de Sancho, basado en el refrán: “no se toman truchas a bragas enjutas”, decide que tiene que pagarle quien requiera su poder.  Sancho se ha dado cuenta de que ya no tiene que buscar la ínsula, la lleva con él; sólo tiene que explotarla, por eso “abrió Sancho los ojos y las orejas de un palmo”, cuando don Quijote le dijo que le pagaría al contado, vio que el gran negocio estaba hecho. También se da cuenta de que fácilmente puede engañar a don Quijote y empieza a azotar los árboles, en vez de azotarse él.

Tanto Sancho como don Quijote vuelven a resaltar sus dos rasgos diferenciadores: la generosidad y liberalidad en uno, frente al realismo egoista en el otro. Son dos mundos que, como dice Casalduero, coexisten, queriendo el segundo imponer sus leyes al primero. Una vez más, vemos dos fenómenos intemporales anclados en la naturaleza humana.

Don Quijote y Sancho han llegado al mesón en el que se hallan unos tapices sobre temas antiguos, muy mal pintados. Tanto Sancho como don Quijote se ven ya como héroes de su época, puestas sus hazañas en las ventas, mesones y tiendas de barbero. La calidad del arte de la pintura le sirve a don Quijote para reflexionar sobre el arte verdadero, frente al falso. El primero, tiene sentido y sabe lo que quiere decir; el falso se parece al del pintor Orbaneja,” que cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: “Lo que saliere”; y si por ventura pintaba un gallo, escribía debajo: “Este es gallo”. De esta manera me parece a mí, Sancho, que debe ser el pintor o escritor, que todo es uno, que sacó a la luz la historia de este nuevo don Quijote: que pintó o escribió lo que saliere”. “El nombre Orbaneja, desde entonces se convirtió en proverbial para designar a cualquier pintamonas”. Avalle Arce.

Calvo Serraller, en un  artículo periodístico: Las mil caras de Don Quijote, después de repasar las pinturas más significativas que sobre el libro se han realizado, concluye diciendo que gracias a que la pintura se desliteraturizó en el XX, paradójicamente se agudizó la inspiración plástica; con esto “se provoca un mayor desafío creador. En este sentido, los artistas contemporáneos han llevado a cabo versiones más personales…todos ellos rinden un tardío homenaje al vituperado Orbaneja, porque lo que a ellos les salen son originalidades en paralelo, parezca gallo o lo que fuere”



   


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