miércoles, 28 de marzo de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LIX. SANCHO ACONSEJA A DON QUIJOTE CÓMO SALIR DE LA DESESPERACIÓN





Después del atropello de los toros, don Quijote y Sancho se dirigieron a una fresca arboleda y se sentaron cerca de una fuente clara y limpia. Sancho sacó comida de las alforjas y sin esperar, como era lo cortés, a don Quijote comenzó a embaularla.

Don Quijote, cuando lo vio comer de esa manera, le dijo que eso demostraba que le importaba mucho la vida, sin embargo él, hundido en sus pensamientos y desgracias, era lo contrario, porque “Yo, Sancho, nací para vivir muriendo y tú para morir comiendo”. Le explicó don Quijote la causa de su desesperación diciéndole que había pasado de ser respetado por los duques y amado por doncellas a ser “acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces”. Esto le quitaba las ganas de comer y por eso quería dejarse morir de hambre.  Sancho le contestó que entendía que don Quijote no aprobara el refrán “Muera Marta, y muera harta” (Crítica que se realiza a los que quieren hacer su gusto, aunque esto les pueda (ocasionar un gran daño).  Le dice a continuación “que no hay mayor locura que la que toca en querer desesperarse como vuestra merced, y créame y después de comido échese a dormir un  poco (…), y verá como cuando despierte se halla algo más aliviado”. A la petición que le hizo don Quijote de que se azotase para desencantar a Dulcinea, Sancho le contestó que lo haría, pero que ahora que comiera y descansara.  Así lo hicieron.

Cuando se despertaron siguieron camino a Zaragoza. Pararon en una venta que a una legua se veía, y entraron a pasar la noche. Después de dejar las bestias en la caballeriza y recogerse en su estancia, tuvo lugar un gracioso diálogo entre el ventero y Sancho sobre la oferta de platos que la cocina ofrecía. Tuvo que contentarse el escudero con dos uñas de vaca, cocidas con garbanzos, cebolla y tocino.

Estaba cenando don Quijote en su habitación cuando oyó que en la contigua estaban hablando dos hombres de la segunda parte de don Quijote de la Mancha. Uno le decía al otro que era peor que la primera y que lo que le disgustaba es que pinta a don Quijote desenamorado de Dulcinea. Don Quijote que lo oyó, lleno de ira, en voz alta para que se oyera, dijo que eso era falso y mentía el que lo decía. Al preguntar desde el otro aposento que quién era el que respondía, Sancho contestó que el mismísimo don Quijote de la Mancha, que podría demostrar lo que ha dicho, pues “A buen pagador no le duelen prendas” (El refrán explica que el que desea cumplir con lo que debe, no le importa proporcionar alguna garantía de ello).

Entraron los dos caballeros en la habitación de don Quijote. Lo abrazaron emocionados. Le entregaron el libro que quería suplantarlo y don Quijote, después de hojearlo, se lo devolvió y le indicó los defectos del falso Quijote: ciertas palabras insultantes del prólogo, el lenguaje es aragonés porque escribe sin artículos, se equivoca en el nombre de la mujer de Sancho Panza, presenta a Sancho como comilón y bebedor. Este contestó que mejor hubiera sido que no se acordara de él, porque “quien las sabe las tañe”, (Cada uno debe dedicarse a lo que sabe) y Bien se está San Pedro en Roma (Cuando desconoces una cosa, es mejor dejarlo como está).

Los caballeros invitaron a don Quijote a que se pasase a su aposento a cenar con ellos. Se pasó para no desairarlos. A unas preguntas que le hicieron sobre Dulcinea les contó lo sucedido en la cueva de Montesinos. Uno de los caballeros dijo que se debía ordenar que únicamente tratase de don Quijote, Cide Hamete. El Hidalgo contestó que lo retratara el que quisiere, pero que no lo maltrataran porque “Muchas veces suele caerse la paciencia cuando cargan las injurias”. Le pidió uno de los caballeros que leyera más el libro, contestó que lo daba por leído y lo consideraba necio del todo, pues “De las cosas obscenas y torpes los pensamientos se han de apartar, cuanto más los ojos”. Al decirle el caballero las simplezas que se contaban de la estancia del falso Quijote en Zaragoza, respondió el Ingenioso Hidalgo: no pondré los pies en Zaragoza y “así sacaré a la plaza del mundo la mentira de ese historiador moderno”. Se retiraron y al día siguiente, de madrugada, emprendió el camino para Barcelona.



Comentario



Después de la humillación que sufrió don Quijote cuando fue pisoteado por los toros al final del capítulo anterior, cae en una desesperación. Como él dice muy bien, se sintió respetado por los duques y admirado por Altisidora; su fama se había extendido y era ya conocida, gracias a la divulgación de la primera parte de la obra. Sin embargo, la fortuna cambió. Cuando esperaba “palmas, triunfos y coronas”, se vio pisoteado por los toros. Su dolor se acentúa y dice que quiere dejarse morir de hambre. Sancho lo incita a vivir diciéndole: “no hay mayor locura que la que toca en querer desesperarse”. Le da una recomendación: que coma bien y que duerma. Con esto consigue que se recupere y llegan a la venta. Da la impresión de que Sancho quiere que don Quijote se apegue a la vida; que encuentre nuevamente ilusiones y para ello, la receta es comer y dormir más.

Sin embargo, el punto de vista anterior, defendido por Sancho: aferrarse a la vida, serle fiel a ella y gozarla es visto de manera distinta por otros estudiosos de la obra. Salvador Muñoz Iglesias, en Lo religioso en el Quijote, considera que el término desesperación alude al suicidio. Esto está prohibido por la moral religiosa, defendida en le época por la Inquisición. Por lo tanto, la tesis de Sancho es que hay que mantener la vida hasta que Dios quiera. Parte el autor de la premisa inicial que le dice don Quijote a Sancho cuando lo ve embaular la comida: “sustenta la vida, que más que a mi te importa, y déjame morir a mi a manos de mis pensamientos y a fuerza de mis desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo y tú para morir comiendo. Sancho le contesta…”yo tiraré mi vida comiendo hasta que llegue el fin que le tiene determinado el cielo; y sepa, señor, que no hay mayor locura que la que toca en querer desesperarse como vuestra merced”.

No puedo realizar una aserción que nos incline por una u otra interpretación.

A partir de aquí nos encontramos con dos escenas: la graciosa del entremesil entre Sancho y el ventero socarrón y la del Quijote apócrifo de Avellaneda.

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