lunes, 12 de marzo de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LIV. EL MORISCO RICOTE CUENTA SU HISTORIA






El mozo que engañó a la hija de doña Rodríguez había huido a Flandes, evitando a la suegra. Los duques decidieron que lo representara en el combate el criado Tosilos. Lo aleccionaron sobre la fórmula del desafío. Tenía que presentarse “en el campo armado como caballero, y sustentaría como la doncella mentía por mitad de la barba, y aun por toda la barba entera, si se afirmaba que él le hubiese dado palabra de casamiento”. Don Quijote esperaba alborozado el día de la pelea.

Sancho, que ya había partido de la ínsula subido en su rucio, se encontró en el camino con seis peregrinos tudescos que pedían limosna. Le hablaron en una lengua que no entendía. Sospechaba que le pedían de comer y les ofreció lo que llevaba: pan y queso. Ellos lo rechazaron y le dieron a entender que querían dinero. Él, que no tenía ni un céntimo, se abrió paso entre la fila. En ese momento, uno de ellos lo reconoció; era su vecino el tendero: el morisco Ricote, que, con los de su nación, había sido expulsado de España hacía algún tiempo.  Sancho se sorprendió del atrevimiento que había tenido en regresar por las penas que se les imponía. Ricote le respondió que si él no lo descubría, nadie lo reconocería.

A petición de Ricote, todos se sentaron a comer en una alameda cercana. Sobre el mantel de la hierba pusieron abundante comida, desde frutos secos a caviar, tocado todo con abundante vino. Los peregrinos, que eran buenos mozos, comían despacio y alzaban la bota con mucho gusto. Sancho, siguiendo el refrán de “cuando a Roma fueres, haz lo que vieres”, empinó la bota tan bien como ellos. Brindaron por la camaradería de españoles y alemanes.

Se apartaron del grupo Sancho y Ricote. Éste le contó cómo sufrió con la pena del destierro a la que los bandos del Rey sometieron a los moriscos. A él le pareció que tal resolución fue “de inspiración divina”, porque la mayor parte de los moriscos eran culpables y suponían un grave peligro para España. Abandonó su casa y, pasando por Francia, fue a parar a Alemania: allí, “cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte de ella se vive con libertad de conciencia”. Se había juntado con estos peregrinos, que tienen por costumbre venir a España porque son bien recibidos; en los pueblos les daban de comer y también dinero;  volvían a Alemania con más de cien escudos que cambiaban por oro que sacaban en los huecos de los bordones. Ha regresado porque quiere desenterrar un tesoro que ocultó en su pueblo y llevarse a su familia, que está en Argel. Le pidió a Sancho que le ayudara a recuperarlo, diciéndole que le daría doscientos ducados, pero Sancho se negó argumentando que ni era codicioso, ni quería traicionar a su rey, pues sabía que “lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su dueño” (refr. “ lo bien ganado se lo lleva el diablo, y lo malo, a ello y a su amo”). Le aseguró que no lo descubriría a la justicia y le informó de la salida de su familia: el cuñado de Ricote la había llevado a Argel; la hija iba bellísima y todos los despidieron llorando. Especialmente lo sintió, su pretendiente, el joven y rico mayorazgo Pedro Gregorio. Desapareció del pueblo y nada se sabe de él.

Llegó la hora de despedirse. Se dieron un abrazo y, Sancho, montado en su rucio, partió al castillo de los duques.



Comentario

El capítulo se inicia con tintes grotescos: el mozo se marchó a Flandes porque no quería tener como suegra a doña Rodríguez; la fórmula que sostendría Tosilos en su combate contra don Quijote es que “la doncella mentía por mitad de la barba, y aún por toda la barba entera, si se afirmaba que él le hubiese dado palabra de casamiento”. De inmediato se percibe la intención cómico-burlesca en la fórmula del juramento. En la literatura caballeresca, éste era un acto solemne. Aquí, en alusión a este acto, se utiliza la ambigüedad del sentido de la palabra barba, para referirse a él mismo y a la doncella.

A continuación se entra en la realidad político social de la España de Cervantes. A este respecto comenta Domínguez Ortiz, en La España del Quijote: “Eran muy dadivosos los españoles de la época y no sólo los naturales sino muchos extranjeros se beneficiaban de su generosidad”. Lo anterior lo confirma la acción de los peregrinos alemanes, que bajo el hecho espiritual del peregrinaje, escondían la picardía de conseguir dinero que, “trocados en oro, o ya en el hueco de los bordones o entre los remiendos de las esclavinas…los sacan del reino y los pasan a sus tierras”. Después conocemos la historia personal de Ricote, un buen documente para ver cómo Cervantes consideró la expulsión de los moriscos.

 Los hechos son los siguientes: los moriscos eran los mudéjares, (musulmanes que vivían en territorio cristiano en la Edad Media) oficialmente convertidos al cristianismo. No se asimilaron al resto de la población española ni en Granada, a raíz de las guerras de 1500-1502 en que los Reyes Católicos les dieron la alternativa de convertirse o emigrar, ni en Valencia en la guerra de las Germanías. Felipe II, ante el temor de que se organizase una confrontación interior musulmana, organizó una fuerte represión religiosa. Los moriscos granadinos iniciaron una sublevación en la Alpujarras. Terminó con ella don Juan de Austria y el rey ordenó que los dispersaran por distintos puntos de España. En 1609 se ordenó su expulsión de Valencia por el rey Felipe III, a cuyo frente del gobierno estaba el duque de Lerma. Parece ser que fue debido  a presiones del clero y del ejército, asustados por las relaciones que los moriscos  tenían con Francia y con los turcos. Esta expulsión se extendió en 1610 a Aragón y a Castilla. En total salieron de España más de trescientos mil. Esto supuso el comienzo de la decadencia agrícola. (Isabel Rivero. Síntesis de Historia de España)

En el bando de expulsión de Valencia (1609), se dice:

 2. “Que cualquiera de los dichos Moriscos que, publicado este Bando y cumplidos los tres días, fuere hallado desmandado fuera de su propio lugar por caminos u otros lugares…pueda cualquiera persona sin incurrir en pena alguna prenderle y desbalijarle, entregándole al Justicia  del lugar más cercano; y si se defendiere le pueda matar (…)

3. Item, que qualquiera de dichos Moriscos que escondiere, o enterrare ninguna de la hazienda que tuviere, por no poderla llevar consigo…incurran en la dicha pena de muerte los vecinos del lugar donde esto sucediere”. Si lo conocían, estaban obligados a denunciarlo.

La interpretación del bando, entiendo que se puede realizar teniendo en cuenta los siguientes hechos:

a)      El bando es una orden que dicta el rey, se supone que después de haber entendido los problemas que había con los moriscos. Este dictamen general es claramente injusto, puesto que afecta a todos los moriscos, y como él dice, no todos son iguales, pues “yo sé cierto que la Ricota mi hija y Francisca Ricota mi mujer son católicas cristianas, y aunque yo no lo soy tanto, todavía tengo más de cristiano que de moro”. A esta solución general, se opone, las individuales que ha dado Sancho, las cuales han sido reconocidas por todos como ecuánimes juicios. De aquí se extrae ya una primera conclusión: las sentencias pronunciadas contra una colectividad, nunca son justas.

b)      Es cierto que Ricote califica el bando del rey como “gallarda resolución”, pero no debemos olvidar que Cervantes escribía para los lectores del XVII y, difícilmente podría estar en contra de este bando real. En las palabras de Ricote encuentro una crítica clara a la falta de misericordia en la justicia política.

c)       El dolor del destierro lo expresa Ricote de una forma dramática: “Doquiera que estamos lloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural”. El acogimiento en el norte de África no era bueno; pasó a Francia y, “aunque allí nos hacían buen acogimiento”, quiso pasar a Alemania, “y allí me pareció que se podía vivir con más libertad, porque sus habitantes no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte de ella se vive con libertad de conciencia”. Lo anterior ha provocado distintas interpretaciones sobre lo que Cervantes quiso decir con “libertad de conciencia”. Apoyo aquellas tesis que sostienen que la frase encierra una crítica a la intolerancia religiosa en España: tesis de Américo Castro, Márquez Villanueva o Juan Goytisolo.
Márquez Villanueva, en su último libro, Moros, moriscos y turcos de Cervantes: ensayos críticos, lee este capítulo en clave de la adoxografía que abundaba en la retórica de la época. Consistía en elogiar a personas que no eran merecedoras de ello y tenía una clara connotación irónica. Esto explica la frase de Ricote alabando la expulsión de los moriscos decretado por Felipe III y calificándolo como "gallarda resolución".

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