jueves, 8 de marzo de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LIII. SANCHO SE FRUSTRA COMO GOBERNADOR





El tiempo del gobierno de Sancho se pasó rápidamente. Por esta razón nos cuenta el narrador que el autor Cide Hamete reflexionó con gran cordura en los siguientes términos: “Pensar que en esta vida las cosas de ella han de durar siempre es pensar en lo excusado, antes parece que ella anda todo en redondo, digo, a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua; sola la vida humana corre a su fin ligera más que el viento, sin esperar renovarse si no es en la otra, que no tiene términos que la limiten”.

Cansado de juzgar y de dar pragmáticas y con hambre por la rigidez de las dietas, se había acostado Sancho la séptima noche de su estancia en la ínsula cuando fue despertado por un gran estruendo de campanas, voces, trompetas y atambores. Se levantó a ver qué ocurría y se encontró con más de veinte personas que, con antorchas,  venían hacia él, diciéndole que la ínsula había sido invadida y que, como gobernador, debía dirigirlos en su defensa. Les argumentó que desconocía los temas de las armas, pero no consiguió disuadirlos.

Le colocaron dos paveses, uno delante y otro detrás, se los ataron con cuerdas,  y por unos agujeros le sacaron los brazos; le dieron una lanza y le pidieron que los animase a todos, pues siendo él su norte, su lanterna y su lucero, tendrían buen fin sus negocios”. Sancho quedó “como galápago, encerrado y cubierto en sus conchas, o como medio tocino metido entre dos artesas, o bien como barca que da al través en la arena”. Intentó caminar y cayó al suelo; se apagaron las antorchas, con grandes voces, llamando a las armas,  pasaban por encima de él; con las espadas golpeaban sobre los escudos y él, recogiéndose en el interior como pudo, rogaba a Dios que se perdiese de una vez la ínsula y terminara la angustia y el sufrimiento que soportaba.  

Se oyeron voces de “!victoria!”; levantaron a Sancho, pidió un trago de vino y, tras beberlo,  se desmayó del miedo que había pasado.

Cuando se despertó estaba amaneciendo; empezó a vestirse y, “sepultado en un enorme silencio”, se fue a donde estaba el rucio y con lágrimas en los ojos le dio un beso de paz en la frente; recordó lo feliz que era cuando sólo se preocupaba de cuidarlo, pero que desde que lo dejó y “me subí sobre las torres de la ambición y de la soberbia, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil desasosiegos”

Subido en el rucio, pidió que le abrieran paso y se despidió diciendo: “dejadme volver a mi antigua libertad”; “Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir que bien se está cada uno usando el oficio para que fue nacido”. Les sigue diciendo que quiere vivir en su libertad y que “sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas”. El doctor Pedro Recio le pidió que se quedara, prometiéndole darle de comer lo que quisiera, pero Sancho contestó: “Tarde piache” (Tarde te quejas);”No son estas burlas para dos veces”. No deseaba más ser gobernador, argumentándoles que deseaba seguir como antes estaba:  “Quédense en esta caballeriza las alas de la hormiga, que me levantaron en el aire para que me comiesen vencejos, en alusión al refrán, “Por su mal le nacieron alas a la hormiga (algunas cosas que por sí son buenas, pueden ser motivo de desgracia); Cada oveja con su pareja ( la persona debe relacionarse sólo con los de su clase); Nadie tienda más la pierna de cuanto fuere larga la sábana (nadie debe querer ir más allá de sus capacidades).

El mayordomo ensalzó su ingenio y su cristiano proceder. Sancho les pidió un poco de cebada para el rucio y medio queso y medio pan para él; Se despidió llorando, los fue abrazando a todos y se dirigió al castillo de los duques.



Comentario

El capítulo ha tenido básicamente dos interpretaciones:

a)      La experiencia de la práctica del gobierno de Sancho en la ínsula. Quería ser gobernador porque deseaba salir de la miserable vida de labrador que tenía. Ha gobernado concienzudamente, cumpliendo en todo momento con su responsabilidad. Lo que ha obtenido es cansancio y fatiga por tomarse su tarea con la rectitud que el gobierno exige. Esto, y el hambre que le hace pasar el doctor Pedro Recio de Tirteafuera, pero especialmente la burla de verse inmovilizado en el suelo, entre dos escudos, con todos los insulanos pasando por encima de él, le han dado una lección que no quiere que se repita. Por eso le contesta al médico “Tarde piacho” cuando se le pide que se quede; persistiendo en ello con las razones populares de los refranes: “Quédense en esta caballeriza las alas de la hormiga”; “Cada oveja con su pareja”; “Nadie tienda más la pierna de cuanto fuere larga la sábana. La lección que ha sacado es clara: él no nació para gobernar.

b)      El capítulo se inicia con una reflexión sobre la ligereza de la vida presente, que camina inexorablemente hacia la muerte, sin posibilidad alguna de renovarse, frente a la duración de la vida eterna. Esta reflexión le sirve a Cervantes para ironizar sobre la brevedad del gobierno de Sancho, que se acabó, se consumió y se deshizo “en sombra y en humo”. En coherencia con la premisa principal, la ligereza e inestabilidad de la vida presente, las angustias y sufrimientos de Sancho terminan cuando éste intuye que tiene que buscar la libertad que le dio su vida anterior. Se da entrada al Beatus ille horaciano. Frente a la inquietud y desesperación que conllevan la vida de gobierno y el poder, por las cuales “me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil desasosiegos”, la paz y la tranquilidad de la vida alejada del mundo de la “ambición y de la soberbia”. Sancho lo expresa simbólicamente con el “beso de paz en la frente” que le dio a su rucio, al alejarse de la prisión en la que se encontraba y rencontrarse con la imagen de la libertad social en la que creció.

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