viernes, 16 de marzo de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LVI. EL AMOR VENCE A TOSILOS







Había llegado el día del desafío de don Quijote al joven que había deshonrado a la hija de doña Rodríguez. El duque, siguiendo las instrucciones de la cristiandad (Concilio de Trento), había advertido a Tosilos que debía vencer a don Quijote, pero sin herirle. De acuerdo con lo anterior, ordenó que les quitasen los hierros a las lanzas. Don Quijote no se opuso.

 Se había preparado el campo del combate. En el centro se había elevado una amplia tarima en la que estarían los árbitros y las demandantes: madre e hija. Los duques se acomodaron en una elevada galería. Había llegado gente de las aldeas vecinas a presenciar el combate.

Don Quijote se encontraba en la plaza cuando Tosilos entró. Lo hizo, luciendo fuertes armas y subido en un poderoso caballo frisón. Paseó la plaza y llegó hasta donde estaban las demandantes. Miró a la joven dama y parece ser que en ese momento la encontró la mujer más hermosa del mundo, haciendo honor al dicho de que “el amor es invisible y entra y sale por do quiere, sin que nadie le pida cuenta de sus hechos.”

El juez partió el sol a los combatientes y cada uno se situó en su puesto. Sonaron los tambores y las trompetas. Don Quijote se encomendó a Dios y a Dulcinea y arremetió.

Tosilos no se movió. Llamó al maese de campo y le dijo que se declaraba vencido porque quería casarse con la joven. Dirigiéndose a su madre, se la pidió por esposa, argumentando que “no quiero alcanzar por pleitos ni contiendas lo que puedo alcanzar por paz y sin peligro de la muerte”. Don Quijote que lo oyó contestó “pues Dios Nuestro Señor se la dio, San Pedro se la bendiga (“es necesario resignarse ante la suerte de cada uno”).

Tosilos le confirmó al duque lo que le dijo al maese de campo y, Sancho, que estaba presente, afirmó que hacía lo correcto porque “lo que has de dar al mur (al ratón), dalo al gato, y sacarte ha de cuidado” (“se debe aceptar lo mejor”).

Cuando Tosilos se descubrió, quitándose la celada, tanto doña Rodríguez como su hija se quejaron porque decían que las habían engañado, ya que aquel no era el mozo burlador que la había deshonrado, sino el lacayo Tosilos. El duque estaba encolerizado por la inesperada actitud del lacayo. Don Quijote echó la culpa del cambio a los encantadores y le pidió a la dama que se casara con el lacayo, pues era el mismo que el que ella deseaba como esposo.

La hija accedió a casarse. El duque dio su consentimiento, a condición de que Tosilos quedase encerrado en el castillo quince días, para ver si los encantadores le devolvían su prístina figura.

Todos aclamaron a don Quijote por su victoria, pero muchos quedaron tristes y defraudados porque los combatientes no se habían destrozado.



Comentario



Un capítulo más en el que conviven lo dramático con lo cómico. Se ha dispuesto el combate siguiendo las reglas que la novela caballeresca exigía. Pero lo duques, cuyo propósito es reírse de don Quijote, al haberse marchado el mozo burlador, acuerdan enfrentarlo con el lacayo Tosilos, bien armado y subido sobre un fuerte caballo frisón. Ellos esperan que el viejo caballero caiga ante el joven y fuerte Tosilos, pero hace su aparición el amor y, este valor moral, que para Cervantes, en frase de Américo Castro, es “la máxima esencia vital”, triunfa una vez más.

El proceso dialógico entre el duelo caballeresco y el amor, se ha quebrado a favor de éste. Don Quijote se muestra comprensivo ante una realidad moral que está por encima de los humanos. Lo expresa en tono dogmático: “pues Dios Nuestro Señor se la dio, San Pedro se la bendiga”. Al lado del tono trágico-cómico del combate, el pronunciamiento lógico y coherentes de Tosilos y, en parte los de don Quijote. En este último, vuelven a coexistir los dos planos: el de la locura que mueve a risa cuando culpa a los encantadores del cambio del novio por Tosilos y la cordura del consejo que da a la demandante joven.

Importancia tiene también el contraste que vive el duque: esperaba reírse con el combate de don Quijote y, el resultado fue llenarse de ira por la frustración de su deseo. Tanto es así que ordenó que encerraran al joven lacayo durante quince días.

Una vez más hemos visto en este capítulo las añagazas que Cervantes le tiende al lector.   


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