lunes, 2 de abril de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LX. SANCHO OBLIGA A SU AMO A RESPETAR LOS PRINCIPIOS DE LA LIBERTAD QUE ANTES CANTÓ






Para desmentir al autor del falso Quijote, el Ingenioso Hidalgo se dirigió a Barcelona. Al final del sesto día, les llegó la noche y se pararon a descansar. Sancho se durmió en seguida, pero don Quijote no podía pegar ojo; sus pensamientos iban de un lugar a otro, siempre pensando en Dulcinea: “Ya le parecía hallarse en la cueva de Montesinos, ya ver brincar y subir sobre su pollina a la convertida en labradora Dulcinea, ya que le sonaban en los oídos las palabras del sabio Merlín que le referían las condiciones y diligencias que se habían de hacer y tener en el desencanto de Dulcinea”. A la vista de que Sancho apenas se había azotado, llegó a la conclusión de que lo haría él mismo. Cogió las riendas de Rocinante para azotarle y empezó a quitarle a Sancho las cintas de sus greguescos. Sancho se despertó y, al darse cuenta de lo que don Quijote se proponía, se enfrentó a él, le echó la zancadilla y lo tiró al suelo; le puso la rodilla en el pecho y le obligó a que le prometiera que jamás intentaría azotarlo. Don Quijote respondió que jamás volvería a hacerlo y que quedaba en libertad para que se azotase cuando quisiese.

Sancho se retiró a descansar en otro lugar; cuando se aproximó a un árbol, se dio cuenta de que lo rozaban unos pies. Lo mismo ocurría en los otros árboles. Asustado, llamó a don Quijote y éste le contestó que se trataba de bandoleros a los que la justicia había ahorcado, por lo cual entendía que estaban próximos a Barcelona.

Empezaba a amanecer y, de pronto, se vieron rodeados por cuarenta bandoleros. Don Quijote estaba desarmado y no tuvo más remedio que inclinar la cabeza y tener paciencia.  Comenzaron a quitarles sus pertenencias. Sancho, que se había guardado las monedas que le entregaron en la casa del duque, en una faja, fue registrado. Cuando se las iban a quitar llegó el jefe de la banda, Roque Guinart y les ordenó a sus hombres que devolvieran lo que les habían robado. Don Quijote se presentó y Guinart se alegró de conocerlo porque había oído hablar mucho de él. Al verlo alicaído, lo animó diciéndole que no se preocupara, pues a veces hay tropiezos que sirven para cambiarle a la persona la suerte, porque “el cielo, por extraños y nunca vistos rodeos, de los hombres no imaginados, suele levantar los caídos y enriquecer los pobres”.

Estaban en esta situación cuando llegó hasta ellos una mujer vestida de hombre. Se trataba de Claudia Jerónima, hija de un amigo de Roque, llamado Simón Forte. Llegaba allí para pedirle a Roque que la ayudara a pasar a Francia. Había dejado malherido al hombre que le había dado palabra de casarse: don Vicente Torrellas. Se veían a escondidas del padre de ella, “porque no hay mujer, por retirada que esté y recatada que sea, a quien no le sobre tiempo para poner en ejecución y efecto sus atropellados deseos.” Don Quijote se ofreció a ayudarla, pero Roque partió con ella de inmediato en busca de don Vicente. Estaba agonizando y dio pruebas de que era falso que se fuera a casar con otra; fue víctima de un rumor sin fundamento. En prueba de su amor la tomaba allí por esposa y minutos después murió. Martirizada por el hecho, Claudia entró en un convento. La trama de esta lamentable historia fue tejida por “las fuerzas invencibles y rigurosas de los celos”.

Roque volvió a donde estaba don Quijote. Les ordenó a sus hombres que sacaran todo el botín que desde el último reparto habían robado. Lo distribuyó prudencialmente. Visto lo cual dijo Sancho: “es tan buena la justicia, que es necesaria que se use entre los mismos ladrones”. Quedaron solos don Quijote, Roque y Sancho. Roque le dijo a don Quijote que se hizo bandolero por venganza y, “como un abismo llama a otro (una falta conduce a otra) y un pecado a otro pecado”, desde entonces vivía en riesgo constante. Don Quijote le respondió que “el principio de la salud está en conocer la enfermedad y en querer tomar el enfermo las medicinas que el médico le ordena”. Le dijo que Dios le mandaría las medicinas que le sanasen, que dejase esa vida y se hiciese caballero andante; esto provocó una sonrisa en Guinart.

Llegaron dos bandoleros de Guinart con un grupo de personas que habían apresado. En total llevaban novecientos escudos. Roque les pidió sesenta para repartirlos entre sus hombres, porque “el abad de lo que canta yanta” (el refr. alude a que cada uno vive de su trabajo). Los dejó en libertad y les dio un salvoconducto para que pudieran llegar a Barcelona sin ser molestados por otras cuadrillas de sus bandoleros.

Guinart, con uno de los suyos, le mandó una carta a un amigo diciéndole que el día de San Juan llegaría a las playas de Barcelona el famoso caballero don Quijote de la Mancha.



Comentario



El capítulo se organiza en torno a las siguientes historias: a) El camino a Barcelona y la rebelión de Sancho; b) El bosque de los ahorcados y Roque Guinart; c) La historia de Claudia Jerónima


Para desmentir al autor que le había hecho vituperios, don Quijote se dirige a Barcelona sin pasar por Zaragoza. Los días se suceden de manera monótona, pero en la mente de don Quijote vive constantemente la preocupación por el desencanto de Dulcinea. Si en las dos primeras salidas, ésta era la luz que lo guiaba, de la que salían la Belleza, la Justicia y el Bien, por obra de unos encantadores, en la tercera salida, en el capítulo décimo, en el Toboso, la ve convertida en zafia labradora. Esta preocupación por el encantamiento de Dulcinea se intensifica cuando desciende a la Cueva de Montesinos en el capítulo veinte y tres. Se conoce la forma de desencantarla en el capítulo treinta y cinco cuando Merlín le dice que Sancho se tiene que dar tres mil azotes.

Era normal que don Quijote se preocupara por desencantarla, pues los valores que su luz le transmitía los tenía que recuperar. Llega un momento en que no puede dormir: “Ya le parecía hallarse en la cueva de Montesinos…desencanto de Dulcinea”. En estos momentos de desesperación porque Sancho no se azotaba,  le viene a la imaginación la forma de romper el nudo gordiano de Alejandro Magno: “Tanto monta cortar como desatar” (Da igual una cosa que otra), por lo que ataría a Sancho y lo azotaría él mismo. Sin embargo, don Quijote olvidaba uno de los principios que él mismo había exaltado unos capítulos antes: el de la libertad. La soberanía de decidir uno sin apremio ni coacción. Además había partido de una premisa falsa: la que, según Alejandro,  vale lo mismo “cortar como desatar”. Pues no, las formas hay que respetarlas.  Por eso Sancho se le rebela. Ni lo puede maltratar, ni lo puede obligar. Don Quijote creó a Sancho y ahora depende de él. Estamos unidos y todos dependemos de todos. Esta es la lección que nos transmite este capítulo.

A lo largo de estos comentarios me he ido refiriendo a la España del Quijote, a la crisis de finales del XVI y del XVII, tomando como referencia el artículo de Pierre Vilar El tiempo del “Quijote”. Parte de este capítulo nos introduce también en los tiempos que corren. Cuando don Quijote y Sancho despertaron una mañana bajo un racimo de bandoleros colgados “por donde me doy a entender –dice-que estoy cerca de Barcelona”, no se trata de ningún cuento: es la exacta realidad. Cuando el duque de Alburquerque tiene que llegar a Barcelona para poner orden por el mucho bandolerismo que había, tiene que hacerlo por mar, pues los “bandoleros, -como dice el obispo de Vic-, son más señores de la tierra que el rey”.  Se ha llegado casi a una disidencia. El pueblo, como don Quijote, siente simpatía por ellos. Les temen menos que a la represión oficial. (Pierre Vilar).

La trágica historia de Claudia Jerónima, interpuesta en la historia de los bandoleros, es una de las añadidas en esta segunda parte de la novela. Está motivada por los celos y nos recuerda la de Anselmo, en El curioso impertinente (I, 33-35)

    


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