miércoles, 15 de junio de 2011

CAPÍTULO XLVIII. OPINIONES DEL CANÓNIGO SOBRE EL TEATRO


Tomó la palabra el cura para decir que se debería reprender a los que escriben libros de caballerías sin tener en cuenta las reglas del arte. El canónigo le reveló que él mismo tuvo la tentación de escribir un libro de caballerías y que incluso llegó a tener escritas más de cien hojas, que incluso se las dio a leer a personas entendidas y a ignorantes, gustándoles a todos, pero que no siguió adelante por no ser cosa de su profesión y por ser mayor el número de ignorantes que el de entendidos que las celebraban, y no quería someterse al juicio del vulgo.

 Pasa a continuación a criticar la teoría dramática que se está imponiendo, en alusión al Arte nuevo de hacer comedias, de Lope de Vega. Divide las comedias en “imaginadas e históricas”; unas y otras se caracterizan por los disparates que dicen y la falta de verosimilitud. Estas comedias que ahora se representan no guardan las tres unidades: lugar, tiempo y acción; están llenas de anacronismos y atribuyen verdad histórica a lo que es puramente imaginado. Estas obras les gustan al vulgo; sus autores las escriben y los actores las representan porque les dan dinero. No obstante, hay comedias que siguen las reglas del arte. Se refriere a la Isabela, La ingratitud vengada, La Numancia, El Mercader amante y La enemiga favorable. Las que se escriben de acuerdo con las reglas del arte, muy pocos las entienden, y no se venden.

La razón anteriormente dicha: escribir un libro de caballerías, de acuerdo con las normas del arte, no sería vendible. Por eso él dejó de escribirlo, pues le pasaría como “al sastre del cantillo”  ( “de la esquina, que cosía de balde y ponía el hilo”).

El cura es de la misma opinión que el canónigo, y  parte de la siguiente  premisa: “la comedia, según le parece a Tulio, (debe ser) espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres y imagen de la verdad, las que ahora se representan son espejos de disparates, ejemplo de necedades e imágenes de lascivia”. Pone ejemplos que demuestran que las comedias que se representan no respetan las tres unidades. Las de tema religioso tampoco dicen la verdad. Los extranjeros, al ver con qué descuido hacemos nuestras comedias, sin guardar las leyes de las mismas, nos toman por bárbaros e ignorantes.

A partir de los argumentos anteriores considera que en las repúblicas bien ordenadas, el fin principal del teatro es “entretener a la comunidad”, pero esto se conseguiría mejor con buenas comedias que critiquen el vicio y ensalcen la virtud. Pone el ejemplo de autores perfectamente dotados para conseguirlo, aludiendo a Lope de Vega, si no lo realizan es porque el público le pide otro tipo de obras y en consecuencia los autores escriben obras que sean vendibles.

Sugiere que para evitar lo anterior, personas entendidas en la corte deben dar su aprobación para poderlas representar. A la misma conclusión llega con los libros de caballerías “que de nuevo se compusiesen”, enriqueciendo nuestra lengua del agradable y preciosos tesoro de la elocuencia, dando ocasión que los libros viejos se oscureciesen a la luz de los nuevos que saliesen”.

En esta conversación iban cuando llegaron al valle que había dicho el barbero. El canónigo dijo que comerían allí. Mandó a un criado a la venta de Juan Palomeque el Zurdo, a por comida.

Sancho, apartándose del cura, le dijo a don Quijote que no iba encantado, sino engañado. Don Quijote no se lo creyó, contestando que todo era obra de encantadores. Sancho le dijo que le haría unas preguntas cuya respuesta le dirían a don Quijote la verdad. Le dice Sancho que los encantadores no sienten necesidad “de hacer aguas mayores o menores”.  Al no entender don Quijote la expresión hacer aguas, Sancho le dice que si ha “sentido ganas de hacer lo que no se excusa”, a lo que don Quijote replica: “!Sácame de este peligro, que no anda todo limpio!”



Comentario

La primera cuestión que se plantea en este capítulo es la revelación que el canónigo le hace al cura sobre el proyecto ya iniciado de un libro de caballerías del que tiene escritas más de cien páginas, pero como se atiene a las reglas del arte, es decir, que sea verosímil lo que se cuenta y apoyado en los hechos, esto al público no le interesa y por lo tanto desiste de continuar.

El cervantista, Daniel Eisenberg, en La interpretación cervantina del Quijote, al que en capítulos anteriores nos referimos, cree que el tal libro de caballerías existió, se trataba de Bernardo. Este libro, anunciado en el prólogo a su último libro, Persiles, tendría como referencia la figura de Bernardo del Carpio, “arquetipo del héroe hispano”. En capítulo anterior, expuso el canónigo cuál debería de ser el libro de caballerías ideal: que ensalzara la virtud y tomara como referencia las cualidades de los héroes clásicos.  Esta sería la obra, que según Eisenberg, le daría a Cervantes la misma fama que a Homero y Virgilio.

El siguiente aspecto que hay que destacar en el capítulo son las opiniones del canónigo sobre el teatro. Sobre este asunto opina Alborg “Cervantes, coinciden los críticos, sintió cierta frustración teatral. Su preocupación por el teatro se manifiesta, no solamente en lo que dice el canónigo en este capítulo, sino en las referencias que hay en El coloquio de los perros, en la Adjunta al Parnaso, y en el Prólogo a las ocho comedias.  Del conjunto de las ideas expuestas por Cervantes en todos estos pasajes, los comentaristas cervantinos  extraen dos consecuencias básicas: primera, la escasa consistencia o densidad del pensamiento teórico de Cervantes sobre el arte dramático, pensamiento dictado más por su resentimiento de autor fracasado contra su triunfador rival, Lope de Vega, que por su coherente sistema de principios; segunda, la falta de adecuación entre sus palabras y sus obras, puesto que en sus propias comedias se sirve muchas veces de los mismos recursos que censuraba a los demás.

 








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