lunes, 27 de junio de 2011

CAPÍTULO LII. EL ENFRENTAMIENTO CON LOS DISCIPLINANTES. LLEGADA DE DON QUIJOTE A SU ALDEA








A todos les gustó el relato del cabrero Eugenio. El canónigo resaltó que el cura había dicho la verdad cuando dijo que los montes criaban letrados.

Don Quijote se le ofreció para ayudarle a sacar a Leandra del monasterio, cumpliendo con su misión de favorecer a los necesitados. El cabrero, que desconocía a don Quijote, quedó confundido al oírlo y ver el aspecto que tenía. Por este motivo preguntó quién era. El barbero se lo explicó, diciéndole que era don Quijote de la Mancha. El cabrero respondió que por su forma de hablar “debía tener vacío los aposentos de la cabeza”. Don Quijote se sintió molesto y le contestó diciendo que tenía mejor cabeza que jamás tuvo “la muy hideputa puta que os parió”.

No se quedó en esto don Quijote, sino que cogiendo un pan se lo lanzó al cabrero a la cara. Se enzarzaron en un remolino de mojicones y quedaron los dos con las caras ensangrentadas. Los que los miraban se reían y los azuzaban, sólo Sancho quería intervenir para ayudar a su amo, pero un criado del canónigo se lo impedía.

Estando en la refriega oyeron el sonido triste de una trompeta. Don Quijote le pidió al cabrero que detuvieran la pelea por una hora, dado que podría haber algún necesitado de sus favores. Prestaron atención y vieron una procesión de hombres vestidos de blanco, a modo de disciplinantes que imploraban al cielo que lloviese.

Los disciplinantes traían en procesión una imagen de la Virgen María, vestida de negro. Don Quijote pensó que llevaban a una señora secuestrada y llamando a Rocinante, cogió su armadura y,  haciendo caso omiso a todos, que le pedían que se parase, tomando la espada, se plantó delante de ellos y les dijo que dejasen en libertad a la hermosa y triste dama,  que tanto iba sufriendo.

Los disciplinantes cuando lo oyeron empezaron a reír. Esto enfureció más a don Quijote y, cogiendo la espada se dirigió contra ellos. Uno de los que llevaban las andas en las que iba la Virgen, se enfrentó a don Quijote con la horquilla en la que descansaban las andas. Don Quijote se la partió con la espada, pero con el trozo de horquilla que le quedó le dio tal palo a don Quijote en el hombro que cayó al suelo como un muerto.

Todos los que acompañaban a don Quijote, corrieron a socorrerlo. La procesión de los disciplinantes, al verlos venir, creyeron que iban a por ellos; se aglutinaron en torno a la virgen. Los disciplinantes alzaron los capirotes y empuñaron las disciplinas; los clérigos, los cirios. Estando  los dos batallones enfrentados, uno de los curas conoció a otro. Pronto, uno le dijo al otro quién era don Quijote.

Sancho realizó una lamentación a don Quijote, diciéndole ¡Oh humilde entre los soberbios y arrogante con los humildes, acometedor de peligros…imitador de los buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines, en fin, caballero andante, que es todo lo que decir se puede!. Con las voces y gemidos, revivió don Quijote y le pidió a Sancho que lo pusiese en el carro encantado porque iba malherido y no podía subir sobre Rocinante, esperando poder realizar otra salida que fuera de más provecho.

Todos se volvieron a poner en marcha. Los disciplinantes continuaron en su procesión. Los acompañantes de don Quijote se separaron, pidiéndole el canónigo al cura que le informase de la salud de don Quijote.

Continuó el carro con don Quijote. Llegaron a su aldea a los tres días; era domingo y todos se apresuraron a ver lo que el carro traía. Un muchacho se lo dijo al ama y a la sobrina, éstas, con lágrimas y gritos, lanzaban maldiciones a los libros de caballerías.

También llegó la mujer de Sancho y de inmediato le preguntó por los regalos que les traía a ella y a su hija. Sancho le contestó que se sentía muy orgulloso de ser escudero de un caballero andante. Que en la próxima salida esperaba poder hacerla condesa u ofrecerle alguna ínsula. Al desconocer ella el significado, Sancho le contestó que “no es la miel para la boca del asno”.

A don Quijote lo llevaron a su casa. El cura les pidió al ama y a la sobrina que procurasen que no se volviese a escapar. A su vez volvieron a maldecir a los libros de caballerías y a sus autores.

El ama y la sobrina se imaginaron que cuando don Quijote sanase se volvería a marchar.  El autor de la historia quiso indagar en los hechos de la tercera salida, pero sólo pudo hallar vagas noticias en unos pergaminos encontrados en una caja de plomo en poder de un médico.



Comentario

El último capítulo se organiza en tres bloques en torno a la figura de don Quijote: a) La pelea con el cabrero; b) El enfrentamiento con los disciplinantes; c) El regreso a su aldea.

El enfrentamiento con el cabrero , Eugenio, nos recuerda el que tuvo don Quijote con Cardenio en su primera intervención en el capítulo 24. Si recordamos, cuando Cardenio se sintió ofendido por don Quijote, le lanzó “un guijarro que halló junto así y dio con él en los pechos tal golpe a don Quijote, que le hizo caer de espaldas”. En este capítulo es don Quijote quien se siente maltratado por el cabrero y “arrebató de un pan que junto así tenía y dio con él al cabrero en todo el rostro, con tanta furia que le remachó las narices”.

c) El enfrentamiento con los disciplinantes. Las procesiones basadas en creencias supersticiosas se han dado desde el siglo XV en España. Era frecuente realizar deprecaciones o plegarias, en algunas ocasiones acompañadas de disciplinas, que utilizaban los disciplinantes para flagelarse. Las disciplinas eran unos instrumentos hechos de cáñamo, con varios ramales, cuyos extremos o canelones son más gruesos y sirven para azotar. Estos azotes se los daban públicamente en las procesiones como un acto de fe. Goya, cuyo cuadro pongo al principio, los inmortalizó.

La escena resulta cómica: por una parte los que acompañan a don Quijote, acercándose a él al creerlo muerto; por otra, los disciplinantes, preparados con las disciplinas para hacerles frente.

Es de destacar también el perspectivismo lingüístico de Sancho cuando realiza el planto porque cree que don Quijote ha muerto a consecuencia del golpe que le da uno de los que portaban las andas con la horquilla. Este llanto de Sancho es doloroso para él y risible para los demás (Basanta). También merece resaltarse la apreciación hiperbólica de Sancho en torno al tiempo que lleva con don Quijote, después de la segunda salida, “hace poco más de dos semanas (17 días, según el cálculo de Vicente de los Ríos; Sancho da ocho meses” (A. Basanta).

c) El regreso de don Quijote a su aldea. Unamuno, al ver en el personaje el símbolo de la fe, destaca el desprecio que sienten hacia don Quijote, “al llevarlo a su aldea, al mediodía de un domingo, para mayor burla y chacota.”

En este mismo bloque vemos a un Sancho bastante quijotizado, pues adopta una postura superior hacia su esposa. Pasa de aprender con don Quijote a enseñar a su esposa, Juana Panza, polionomasia que es frecuente en el libro. Ya antes se le llamó Juana Gutiérrez y Mari Gutiérrez.

El capítulo termina planteando la continuación de la novela, El Quijote de 1615. Don Quijote saldrá con intención de ir a Zaragoza, pero luego dejará su ruta para ir a Barcelona y así dejar por mentiroso a Avellaneda, autor del apócrifo Quijote.












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