viernes, 17 de junio de 2011

CAPÍTULO XLIX. DISTINCIÓN ENTRE LO HISTÓRICO Y LO LITERARIO



Sancho, cuando le hizo la pregunta a don Quijote sobre sus necesidades, se dio cuenta de que siguiendo ese argumento, podría demostrarle el engaño con que le llevaban. Así pues, le planteó otra similar: si los encantados son los que se sienten tan tristes que ni comen, ni duermen, ni sienten necesidades corporales;  él no estaría encantado, pues come, bebe y según dice siente los mismos apremios que todos. A lo anterior replica don Quijote que las formas de encantamiento pueden cambiar con los tiempos y “contra el uso de los tiempos no hay qué argüir ni de qué hacer consecuencias”. Por lo tanto insiste en que va encantado, pues si no lo sintiera así tendría escrúpulos de conciencia, pues habría dejado de ejercitar su vocación: ayudar a los necesitados. Sancho, que quería que don Quijote volviese a la realidad de sus aventuras, insiste en que procure salir de la jaula en la que va; diciéndole que él le ayudaría.

Llegaron a un lugar en el que los estaban esperando el cura y los demás. Cuando los alcanzaron, Sancho le pidió al cura que dejase en libertad a don Quijote, pues si no lo hacía, habría olores insoportables en la jaula. El cura asintió, después de que también se lo pidiera el canónigo y don Quijote prometiera no marcharse.

Después de que don Quijote saliera de la jaula, el canónigo, con el interés de distinguir la mentira de la verdad, le argumentó a don Quijote que las lecturas de los libros de caballerías, por la cantidad de falsedades que dicen, habían convertido a un entendimiento juicioso como el suyo, como se probaba cuando no hablaba de caballerías, en una persona que tiene que ir en una jaula, encerrado, como si fuese un tigre o un león. Cuando a él le caía en las manos un libro de estos, lo arrojaba contra la pared por las falsedades que cuentan. Le aconseja a don Quijote que lea la Sagrada Escritura y libros, cuya referencia sea la historia: sobre Viriato, César, Anibal,…etc.

Don Quijote, después de oír, atentamente al canónigo, inició un diálogo con él con la intención de mostrarle lo mal informado que estaba, que tales libros de caballerías no le habían hecho daño alguno, que no podían ser mentirosos, pues eran leídos masivamente, que los Amadises existieron y que el engañado y encantado era él.

En su alegato anterior en favor de los libros de caballerías, don Quijote fue mezclando personajes históricos con ficticios. Por esta razón volvió otra vez a intervenir el canónigo para hacerle  algunas precisiones en lo que se refiere a las diferencias entre unos personajes y otros. Insiste, una vez más, en que hay que leer con juicio y no creerse “tantas y tan extrañas locuras como las que están escritas en los disparatados libros de caballerías”. Don Quijote le vuelve a contestar con una andanada, diciéndole que el "sin juicio y encantado era él". Continúa dando pruebas de su alienación, volcando una alforja de dislates, manifestando ser verdad "las aventuras y desafíos que también acabaron en Borgoña los valientes españoles Pedro Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo desciendo) 




Comentario

Lo más significativo de este capítulo es una vez más los diálogos entre don Quijote y Sancho primero y, entre don Quijote y el canónigo después. Son mucho los críticos que han resaltado este aspecto del Quijote. Dámaso Alonso, en el ensayo anteriormente comentado: Sancho-Quijote; Sancho-Sancho, ha señalado la gran trascendencia literaria que alcanza el diálogo en la  gran obra de Cervantes. A este respecto dice: “Son escasas, en el Quijote, las acotaciones del propio Cervantes, las veces  en que el autor trata de comentar las reacciones psicológicas de los personajes. Unid las escasas, mínimas e indispensables indicaciones de las circunstancias que ( en contraposición a sus novelas breves) se dan en el Quijote. Toda la obra resulta así dramatizada, concierto y oposición de almas que se nos hacen transparentes en el diálogo”.

El diálogo se anuncia ya en el prólogo. Si lo recordamos, el autor se inventa un amigo con quien dialogar para poder desdoblar la acción, es decir, crear la perspectiva, por lo tanto no es de extrañar que el diálogo constituya la estructura principal de la novela.

Desde esta línea de pensamiento, Criado de Val, dice que “Muchos de los problemas con que tropieza la crítica  del Quijote hallarían su solución si pudiésemos cambiar el plano en que tradicionalmente se ha colocado el libro; si en lugar de encasillarlo en el concepto tradicional de novela, antepusiéramos el de coloquio al que en realidad pertenece por su estructura estilística, especialmente con los coloquios, cuyo precedente es, entre otros autores, Erasmo “

Claudio Guillén, -según cita John J. Allen, en su edición para la ed. Cátedra,- nos dice que “el diálogo activo que sostiene Cervantes con las normas explícitas e implícitas de la literatura de su tiempo, se encuentra entre otros en el diálogo sobre la literatura entre don Quijote y el canónigo”.

En este capítulo se centra el canónigo en dos aspectos: a) Hay que distinguir la ficción de la historia; b) Se debe leer de manera crítica.

Este personaje es uno de los que en el libro buscan la verdad en el sentido que en capítulos anteriores expliqué. La verdad es la correspondencia con los hechos. Sus juiciosas palabras vienen siempre ahormadas por la certeza y la sinceridad; al mismo tiempo trata de elucidar los textos que deben leerse y los que son perjudiciales. El final del resumen me sirve para conjeturar sobre el modelo viviente de don Quijote  
Menéndez Pelayo ya dijo en Orígenes de la novela, que el "motivo ocasional, el punto de partida de la novela pudo ser una anécdota corriente..". No hay inconveniente en admitir que el germen de la creación de don Quijote haya sido la locura de un sujeto real".
El cervantista Rodríguez Marín hace suyas las palabras anteriores y en el artículo El modelo más probable del don Quijote (1916) sostiene que "De la realidad, pues, pudo tomar, tomó sin duda Cervantes el tipo o los tipos que le sugirieron la idea de su don Quijote, bien que no los trasladase mecánicamente al papel, sino moldeándolos y aderezándolos en la oficina de su fantasía". Opina Rodríguez Marín que "el caballero Martín de Quijano, contador y teniente de veedor de las galeras reales fue uno de los sujetos de carne y hueso a quienes Cervantes pudo tener probablemente en memoria". Continúa diciendo que mejor aún el esquiviano Alonso Quijada, que vivió en el primer tercio del siglo XVI, pudieron ser los modelos vivos de don Quijote. Lo anterior lo halló indagando "entre la parentela que en Esquivias rodeaba a la esposa de Miguel"




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