martes, 7 de junio de 2011

CAPÍTULO XLV. CAMPO DE AGRAMANTE





Una vez que Sancho dijo que aquello era un baciyelmo, el barbero se esforzó en demostrar que era una bacía: la suya. Intervino el barbero, maese Nicolás, el amigo de don Quijote. Se puso de parte de don Quijote, para seguir la burla; argumentaba que su oficio era barbero, que llevaba cuarenta años de servicio y que aquello no era bacía, sino yelmo, aunque no entero, pues también había sido soldado y tenía conocimientos para hablar así. Lo confirmaron también los amigos de don Quijote: el cura, Cardenio y don Fernando.

El barbero no salía de su asombro de ver convertido su bacía en yelmo y su albarda en jaez de caballo. Don Quijote intervino para decir que en lo del albarda-jaez, él no entraba, pero sí volvía a reiterar que aquello era un yelmo. Dado que la disputa persistía, don Fernando lo sometió a votación, con el resultado de que aquello era jaez de caballo.

Los que conocían a don Quijote se reían, pero los que los desconocían, como era el caso de  don Luis, sus criados y los cuatro hombres que acababan de llegar a la venta, lo consideraban un disparate.  El dueño de la albarda dijo que estaba en lo cierto que lo era, pero allá van leyes, donde manda reyes ( Los poderosos actúan como quieren”). Don Quijote que oyó esto, intervino para decir que cada uno coja lo suyo y a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga (“es necesario resignarse ante la suerte de cada uno”).

Uno de los criados de don Luis y uno de los cuadrilleros de la Santa Hermandad afirmaron que aquello era una albarda y el que dijere lo contrario, mentía. Don Quijote que se creyó insultado, cogiendo con rabia la lanza, la quiso romper en la cabeza del cuadrillero que lo dijo. Por suerte no le dio, pero la lanza se hizo pedazos. Los cuadrilleros se dispusieron a prender a don Quijote. Sus amigos lo protegían y, “la venta se convirtió en un campo de batalla en el que la confusión era tan grande que nadie sabía con quién luchaba, entre llantos, voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, palos y desmayos.”  A la vista de lo que estaba ocurriendo, don Quijote se creyó metido en la discordia del campo de Agramante y, viendo la trifulca,  dijo: “quiero que veáis por vuestros ojos cómo se ha pasado aquí y trasladado entre nosotros la discordia del campo de Agramante (Fig. “Lugar en el que hay mucha confusión y en que nadie se entiende”. Agramante es un personaje del Orlando furioso). Todos se tranquilizaron y dejaron de aporrearse, quedándose, hasta el día del juicio,  la albarda por jaez, la bacía por yelmo y la venta por castillo en la imaginación de don Quijote.

Los criados de don Luis persistían en que se fuera con ellos, pero como el oidor había hablado con él y con don Fernando, éste llevado de su rango social convenció a los criados de que don Luis lo acompañaría a Andalucía. Estaría bajo la protección de su hermano, pues se negaba a regresar a su casa.

Todo transcurría con tranquilidad hasta que uno de los cuadrilleros reconoció a don Quijote como el que había liberado a los galeotes. Quiso apresarlo porque así lo ordenaba una orden y, cogiendo a don Quijote de la camisa, pidió ayuda a sus compañeros de la Santa Hermandad. Don Quijote respondió cogiéndole a él por el cuello. Una vez que don Fernando los soltó, inició don Quijote un discurso justificando lo que había hecho: “¿Saltear de caminos llamáis al dar libertad a los encadenados, soltar a los presos, socorrer a los miserables, alzar los caídos, remediar los menesterosos?. Con varias preguntas  más trató de persuadir a los que querían detenerlo que el caballero andante tiene como ley su espada, por fuero sus bríos y por premáticas (o decretos), su voluntad.



Comentario

Vemos hoy un capítulo que considero axil, por las interpretaciones que los críticos dan, para entender la verdad en el Quijote. Se trata de la polémica sobre el yelmo de Mambrino y la albarda-jaez que se entabla en la venta.

Una vez más recurrimos al tantas veces nombrado Pensamiento de Cervantes, de Américo Castro. Para este autor, Cervantes continúa la línea de pensamiento que se abre en el Renacimiento, definida, a partir de Descartes,  como idealismo. Las cosas no son lo que son, sino lo que parecen ser. Este parecen ser, surge de nuestra interpretación, la cual está modelada por la idea o conciencia que tengamos de las cosas. Por lo tanto, parece lógico que haya distintos pareceres, ya que la conciencia que tengamos de la cosa está modelada por la experiencia, exclusivamente personal,  que tenemos de ella.  Coge Américo Castro para demostrarlo, el siguiente pasaje, sacado de este capítulo: “ Andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan…, y así, eso que a ti te parece bacía de barbero me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa”.

De acuerdo con la tesis anterior, don Quijote es el mayor representante de la opinión estrictamente personal. Este punto de vista da lugar a sostener una ética o  comportamiento que es coherente con la naturaleza de cada uno, es decir, la realidad, la valoro o la refracto en función de mi experiencia. Castro dice lo siguiente: “El tema y la preocupación de Cervantes giraban en torno a cómo afectase a la vida de unas imaginadas figuras el hecho de que el mundo de los hombres y de las cosas se refractara en incalculables aspectos. Hoy llamamos a eso “relatividad de los juicios de valor”. En esta línea de pensamiento encontramos estas palabras de don Quijote, cuando le dice a los cuadrilleros de la Santa Hermandad, que lo van a apresar: ¿Quién ignoró que en los caballeros andantes su ley es su espada, sus fueros sus bríos, sus premáticas su voluntad?.

Alexander A. Parker, publicó un artículo “El concepto de verdad en el Quijote”, en el que partiendo del análisis que realizó Castro, sostiene una tesis completamente opuesta. Castro, como vimos, sostiene la tesis de que la verdad, está modelada por la conciencia u opinión que cada uno tenga de las cosas: es nuestra naturaleza quien modela la verdad. Parker analiza uno de las afirmaciones de don Quijote, a la que se refirió Castro y cité anteriormente: “Andan entre nosotros…. Las cosas, dice Parker, “parecen hechas al revés, no porque lo sean en realidad, sino por obra de encantadores…Estos encantadores son los hombres mismos”. Son los hombres los que transforman la realidad en función de lo que les interesa. Don Quijote, transforma la bacía en Yelmo de Mambrino, llevado de la megalomanía con la que quiere convivir. Megalomanía que aprendió en los libros de caballerías, que son una fuente de mentiras. Don Fernando, Maese Nicolás -el barbero-, Cardenio y el Cura, mienten por reírse de don Quijote y porque quieren llevárselo a su casa y no le quieren contradecir. Sancho sabe que la albarda no es el jaez del caballo, pero apoya esto último porque le interesa. Cuando se tiene que pronunciar por la bacía, dice que es baciyelmo: con esto complace a don Quijote.

Unamuno, en Vida de don Quijote y Sancho, sostiene una tesis en la línea de Américo Castro. Lo importante en don Quijote es la fe. Esta es la que mueve a la voluntad. Es más importante que la inteligencia, pues si la voluntad mueve montañas, voluntad es lo que hace falta en la vida para salir adelante. Don Quijote, símbolo de la fe, cree ciegamente que aquello es yelmo. La creencia, sostiene Unamuno, es necesaria para mantener despierta la voluntad. Necesitamos creer en algo, nos dice don Miguel.










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