jueves, 2 de junio de 2011

CAPÍTULO XLIII. EL MOZO DE MULAS LE CANTA A CLARA. DON QUIJOTE COLGADO EN LA VENTANA



CAPÍTULO XLIII

EL MOZO DE MULAS LE CANTA A CLARA.  DON QUIJOTE COLGADO DE LA MANO EN LA VENTANA

La voz que sonaba en la madrugada se quejaba afligidamente de no ser atendido por su amada. Su canto era tan tierno y melodioso que Dorotea despertó a Clara para que lo oyera. Esta, cuando lo oyó experimentó tal temblor que Dorotea, con gran ternura, le pidió que le  explicase lo que le pasaba. Clara contó que se trataba de un joven, dueño de su alma, desde que se vieron la primera vez. Volvió a oírse la canción en la que se decía que iba a porfiar en conseguir el cielo, aunque le sea difícil, cantando una canción que decía:

 “Que amor sus glorias venda

caras, es gran razón y es trato justo,

pues no hay más rica prenda

que la que se quilata por su gusto,

y es cosa manifiesta

que no es de estima lo que poco cuesta.

Dado que Clara se volvió a echar a llorar, Dorotea quiso conocer la causa de su lloro. Clara le confesó que el mozo de mulas que cantaba, no era tal, sino un vecino suyo, hijo de una noble y rica familia de Aragón, que se había enamorado de ella y ella de él; pero por el decoro con que su padre la criaba, nunca habían podido hablarse, limitándose a comunicarse los sentimientos por medio de miradas y gestos.  Le había insinuado que la quería para casarse, pero como había muerto su madre, a nadie se lo había podido decir. Cuando su padre salió de Aragón, no se pudieron despedir y él, disfrazado de mozo de mulas, la iba siguiendo.

Dorotea, la abrazó y la tranquilizó, diciéndole que al día siguiente le daría un  buen final a las tribulaciones que entre ellos había.

Todos dormían en la venta, excepto la hija del ventero y Maritornes, que, como sabían que don Quijote estaba haciendo la guardia, habían decidido burlarse de él. En efecto, don Quijote, subido en Rocinante y a la luz de la Luna, evocaba a Dulcinea, pidiéndole que se acordase de él  y, dirigiéndose a la Luna y al Sol les pedía que no le provocaran celos cuando rozaran la frente de Dulcinea.

La hija del ventero que estaba oyendo lo que don Quijote decía, desde el ventanuco de un pajar, le pidió que se acercara a donde ellas estaban. A don Quijote le pareció que el oscuro ventanuco iluminado por la luna era el dorado ventanal del castillo y, desde allí la hija del ventero le requería su amor. Para no ser descortés, dándole la vuelta a Rocinante, se aproximó, diciéndole que por fidelidad a Dulcinea no le podría ofrecer nada que rozara el amor, pero que le pidiera cualquier otra cosa, que se la entregaría. Maritornes le dijo que su señora sólo quería su mano, con ella le bastaba para poder desahogar el deseo que le tenía. Se la ofreció don Quijote por la ventana y Maritornes, cogiendo el cabestro del jumento de Sancho Panza, le hizo un nudo a la mano y, tirando de la soga, la ató al cerrojo de la puerta del pajar. Don Quijote quedó colgado de la mano encima de Rocinante. Sintió malestar y dijo “Mirad que quien quiere bien, no se venga tan mal”.

Se maldijo don Quijote por haber vuelto a la venta de la que tan mal parado salió cuando el moro encantado del arriero lo vapuleó. Y más sabiendo por experiencia de caballeros andantes que “cuando han probado una aventura y no ha salido bien, es señal que no está para ellos guardada, sino para otros, y, así, no tienen necesidad de probarla una segunda vez”.

Don Quijote se encomendaba a todos deseando que alguien viniera a socorrerlo, pero el día iba llegando y nadie lo hacía. Al amanecer llegaron un grupo de jinetes con sus escopetas. Llamaron a la venta y nadie les abrió. Don Quijote les recriminó que llamasen a esas horas a la puerta del castillo.  Al ver a don Quijote en esa situación, colgado de la mano, y hablando de esa manera, encima de Rocinante, le dijeron que si era el ventero, que diera orden de que abriesen, mas don Quijote se molestó por haberlo confundido con el ventero.

Tuvo la desgracia de que una de las mulas que llegaron se acercó a acariciar a Rocinante, el cual respondió siguiendo a la mula. Don Quijote quedó colgado de la muñeca, sufriendo muchísimo, pues creía que el brazo se le arrancaba.



Comentario

Una vez más se puede ver en este capítulo  a dónde nos lleva el error en la naturaleza. Don Quijote, llevado de su locura, vuelve a confundir la venta con el castillo, provocando la risión de los huéspedes de la Venta de Juan Palomeque el Zurdo.  La risa, según López Pinziano, en la Philosophia antigua poética, se encuentra en dos cosas: “obras y palabras”. Cervantes, según D. Eisenberg, encarnó esta teoría en don Quijote y Sancho. Sin embargo, lo que en aquella época podía dar lugar a risa, hoy hiere la sensibilidad del lector, las burlas que le hacen a don Quijote la hija del ventero y Maritones, nos impresiona y nos golpea, en una lectura del siglo XXI.

Don Quijote, como comenta Unamuno en Vida de don Quijote y sancho, comete un error más. Las damas le piden su mano e ingenuamente cree que era para admirar “la contextura de sus nervios, la trabazón de sus músculos, la anchura y espaciosidad de las venas”, sin darse cuenta de que era para burlarse y reírse, pues Maritornes y la hija del ventero “se fueron muertas de risa y le dejaron asido de manera que fue imposible soltarse”. Ahí estuvo su error, creer que era para admirarlo, sin darse cuenta de que el pasárselo bien ellas era lo único que deseaban. El engaño tenía un interés: reírse y pasárselo bien sin importarles lo que a don Quijote le ocurriera.

Error es también el que tiene Clara al ser tan tímida que, aunque está enamorada del “mozo de mulas”, se resiste, por miedo a su padre, a hablar con él: “En mi vida le he hablado palabra y, con todo eso, le quiero de manera que no he podido vivir sin él”. Dorotea, que es mujer juiciosa y sensible, le promete que a la mañana siguiente arreglará el asunto. “El amor, nos dice Américo Castro, en el libro ya citado, es la máxima esencia vital…la naturaleza ha hecho del amor un principio armónico per se, malhaya, pues, quien ignorando tan tremenda verdad rompe la ecuación vital representada por el amor concorde”: El candor sentimental de Clara no se puede desviar del canon del amor  que defiende Cervantes.














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