sábado, 4 de junio de 2011

CAPÍTULO XLIV. EL OIDOR Y DON LUIS. EL ENREDO DEL BACIYELMO





Tales gritos daba don Quijote que todos se despertaron asustados. Maritornes, que supuso de inmediato lo que pasaba,  se dirigió al pajar y le soltó la muñeca. Cayó al suelo a la vista de todos. Se levantó con gravedad, se quitó la soga de la muñeca y, subiéndose sobre Rocinante, adarga en el brazo y lanza en ristre, se dirigió a todo aquel que osase desmentir el encantamiento que había sufrido.

El ventero les advirtió de la locura de don Quijote a los hombres que estaban en la puerta. Estos le preguntaron por un mozo de unos quince años que andaban buscando, vestía de mozo de mulas y tenían órdenes de su padre de llevarlo a su casa. El ventero dijo no saber nada por el mucho personal que había en la venta. Uno de ellos vio el coche del oidor y supo que era el coche que el joven seguía. Pronto se distribuyeron para dar con él.

Tanto Dorotea como Clara se levantaron, una para conocer y la otra para ver a la persona que cantaba. Don Quijote se irritaba más al no recibir el aprecio de nadie. Uno de los hombres se acercó al mozo, llamándolo don Luis y le dijo que la aventura había terminado. Le explicó la pena que su padre sentía por la ausencia del hijo y cómo tenía orden de llevarlo a su casa. Después de explicarle cómo habían dado con él, lo invitó a que se volviera con ellos. Al oponerse don Luis, argumentando “soy libre y volveré si me diere gusto”,  el mozo que dormía a su lado se dirigió a Cardenio y le contó lo que pasaba. Pronto intervinieron todos los demás, advertidos por Dorotea sobre la historia que Clara había contado. Los hombres estaban empecinados en llevárselo. Tuvo que intervenir el oidor que pidió conocer los sucesos desde el principio. Al darse cuenta que era su vecino don Luis, le preguntó por los motivos del disfraz. Al muchacho se le saltaron las lágrimas. El oidor prometió que arreglaría la situación.

En ese momento se oyeron voces, ruidos y golpes en la puerta de la venta. Se trataba de dos hombres que se querían ir sin pagar. El ventero trató de impedirlo y le dieron una tunda de golpes. La ventera y su hija se dirigieron a don Quijote pidiéndole que interviniera. Se negó alegando que tenía que resolver antes otro problema: se dirigió a la princesa Mitomicona y le pidió permiso para intervenir; Dorotea se lo dio, pero cuando llegó a donde estaban peleando se limitó a contemplar la escena argumentando que las leyes de caballería le impedían enfrentarse con villanos, que se lo dijesen a su escudero.

Mientras, don Luis le había contado al oidor, tratándolo de padre, que estaba enamorado de su hija, cómo era su posición económica y sus pretensiones: casarse con ella, aunque su padre no lo admitiese, pero “más fuerza tiene el tiempo para deshacer y mudar las cosas que las humanas voluntades”. Estimó el oidor que necesitaba tiempo para tomar una decisión y consideró lo bien que le vendría ese matrimonio a su hija, a pesar del padre de don Luis, que querría algún título para su hijo.

Mientras, se había producido la paz en la venta. Don Quijote había conseguido, mediante razones, que le pagasen al ventero; pero, como el demonio no duerme, entró en la venta el barbero al que don Quijote y Sancho le quitaron la bacía y la albarda. Se dirigió a la cuadra a dejar el rucio. Allí estaba Sancho; pronto lo reconoció el barbero y al grito de ladrón le dijo que le entregase la albarda y la bacía que le había quitado. Sancho replicó con un mojicón en las narices. Llegó don Quijote; Sancho dijo ante los presentes que su señor había ganado “esos despojos en buena guerra”. Don Quijote intervino para decir que, a petición de Sancho le quitó los jaeces al caballo del barbero y se los dio a Sancho; que si se habían convertido en albarda, era propio de la caballería. De lo que no había duda era que lo que lo que él quitó fue el yelmo de Mambrino y no la bacía como le parecía al barbero. Sancho, que no quería disgustar a don Quijote, lo refrendó llamándolo baciyelmo.

Comentario

El capítulo se organiza en torno a dos historias que, aparentemente, no tienen ningún vínculo entre sí, pero como demostraré, no es así.

Una vez que se descubre la agnición de don Luis, el hijo del vecino del oidor, se establece el problema de si es lícito dejar que los jóvenes que están enamorados se unan o no. Las razones que se dan son: a) don Luis arguye que no tiene que ir a su casa “porque soy libre y volveré si me diere gusto”: quiere unirse con Clara y da sus razones;  b) Dorotea y Cardenio, que saben las dificultades con que se encuentra la persona cuando, estando enamorada, encuentra oposición que impida la relación, aparentan estar con Clara y don Luis. Hay una realidad fruto de una estima natural y hay que respetarla; d) El oidor reflexiona, se toma tiempo y considera que don Luis, heredero de buena fortuna, es un buen partido para su hija. (Recuérdese lo que Domínguez Ortiz decía sobre las clases sociales en el artículo La España de Cervantes, comentado en capítulos anteriores); e) Sabemos por boca del oidor que al padre de don Luis, probablemente no le haga gracia, pues llevado por su riqueza, quisiera casar a su hijo con una mujer de la nobleza.

De los anteriores argumentos podemos extraer dos conclusiones: a) Cada uno da unas razones llevado por el interés que le mueve: tesis de A. Parker, como se demostró en capítulos anteriores; b) Hay tantos pareceres como personas: tesis de Américo Castro, también ya demostrada.

En el capítulo siguiente enlazaré con estos dos puntos de vista para analizar el problema del baciyelmo que presenta Sancho. Que el lector saque sus consecuencias.




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