jueves, 23 de junio de 2011

CAPÍTULO LI. HISTORIA DE LEANDRA



Comenzó el cabrero su historia contando que cerca de allí hay una aldea muy rica. En ella habitaba un rico y honrado labrador y tanto que aunque es anejo al ser rico el ser honrado (es decir, recibir honores y tener honra), él lo era más por la virtud que por los bienes. De lo que más orgulloso se sentía, según él, era de tener una hija de dieciséis años,  famosa por su virtud y elogiada por todos por su belleza.  Su fama se extendió por todas partes; su padre miraba por ella, y ella por sí misma, puesto que “no hay candados, guardas ni cerraduras que mejor guarden a una doncella que las del recato propio”.

La riqueza del padre y las cualidades de la hija provocaron que fueran muchos los pretendientes que tenía; pero especialmente había dos con más posibilidades: Anselmo y Eugenio (el cabrero que cuenta la historia). El padre no se pronunciaba por ninguno de los dos, pues cumplía con su obligación: dejar que Leandra, su hija, escogiera de acuerdo con su voluntad.

Por esta época llegó a la aldea un joven soldado, se llamaba Vicente de la Roca y era hijo de un labrador pobre. A los doce años se marchó con un capitán que por allí pasó. Regresó después de doce años, vestido a la soldadesca. Aunque sólo tenía tres trajes, los combinaba con arte y aparentaba que tenía un gran vestuario. Se adornaba con plumas, se colgaba dijes y contaba fantasiosas aventuras.  Era muy fanfarrón, decía que había matado más moros que hay en Marruecos y en Túnez, juntos. Se las daba de poeta y componía romances de cualquier cosa que pasase. De este Vicente de la Roca se enamoró Leandra y como “en los casos de amor no hay ninguno que con más facilidad se cumpla que aquel que tiene de su parte el deseo de la dama”, se marcharon los dos, llevándose ella muchas joyas de casa de su padre.

Todos quedaron  impresionados, especialmente Anselmo y Eugenio; su padre triste y sus parientes afrentados. Los buscó la justicia. Se encontró a Leandra a los dos días, semidesnuda en una cueva. Según ella, Vicente la había engañado y la había robado. Reiteró varias veces que no le había quitado el honor; solamente le robó las joyas y el dinero que llevaba.

El mismo día que apareció Leandra, su padre la encerró en un monasterio. Todos opinaron del asunto: unos decían que había sido debido a su poca edad; otros, a causa de su desenvoltura.

Todos los pretendientes quedaron desconsolados, pero especialmente Anselmo y Eugenio. Ambos se hicieron pastores; vagaron con sus rebaños por los valles y montes vecinos y juntos con otros que también sufrieron el desengaño, convirtieron el lugar en una pastoral Arcadia en la que por todas se oye el nombre de la hermosa Leandra. Está en boca de todos: unos la maldicen y otros la perdonan; pero todos las deshonran y todos la adoran.



Comentario

Ya Menéndez y Pelayo destacó que el Quijote es todo un mundo poético completo en que aparecen reflejadas todas las novelas contemporáneas de Cervantes. Este se las asimiló y las incorporó a su  obra, subordinándolas a la pareja inmortal que le sirve de guía. A este respecto, cita Menéndez y Pelayo, la novela pastoril en el episodio de Marcela y Grisóstomo, (capítulo XII - XV) y la de Basilio y Quiteria, que veremos en los capítulos 19, 21 y 22 de la 2ª parte.

La novela sentimental, cuyo prototipo sería la Cárcel de Amor, de Diego de San Pedro, explica las relaciones sentimentales que contienen las historias de Cardenio, Luscinda y Dorotea ( capítulos 24, 25, 27-32, 36, 37, 42, 44, 45, 47).

La novela psicológica se ensaya en El curioso impertinente (cap. 33-35)

La afirmación anterior de Menéndez Pelayo, en el sentido de que las novelas anteriores tenían una estrecha relación entre ellas y los protagonistas principales del Quijote, ha sido analizada por Porras Collantes.  Cuando comparamos los personajes de Cardenio – Luscinda con Vicente y Leandra, encontramos las siguientes relaciones: Cardenio pide a Luscinda por esposa al padre, pero quien finalmente la engaña es Fernando. Eugenio pide por esposa a Leandra a su padre, pero quien la convence con sus vistosas apariencias es Vicente de la Roca.

A Dorotea salen a buscarla cuando se marcha de su casa con su criado. También a Leandra, encontrándola semidesnuda a los tres días.

Luscinda se encierra en un monasterio, al igual que Camila, la del Curioso Impertinente (capítulos 33-35). También a Leandra la encierra su padre en un monasterio.

Cardenio se marchó a los bosques cuando don Fernando le quitó a Luscinda. Desde allí los maldecía y quedó enajenado. También Eugenio y Anselmo se hacen pastores, se retiran al valle y se quejan de Leandra.

Cuando la comparamos con la historia de Marcela y Grisóstomo encontramos las siguientes relaciones: Tanto Marcela como Leandra son mujeres muy hermosas, conocidas por sus cualidades en sus aldeas y en los alrededores; sin embargo hay una diferencia fundamental: Marcela es una mujer orgullosa, con voluntad propia. Pedro, el pastor que nos habla de ella, la maldice porque muchos hombres se enajenan por ella. Ella discurre con total autonomía y racionaliza un discurso que perfectamente se puede equiparar con el de la mujer en el siglo XXI. Sin embargo, Leandra es una mujer antojadiza que se deja llevar por el oropel y las palabras de Vicente. En este sentido serían mujeres antitéticas.

Grisóstomo comparte con Eugenio y Anselmo que se marchan a los bosques para mitigar el dolor que les produce la pérdida de Marcela y Leandra.

Con esta última y breve novelita se cumple una categoría más de Don Quijote: ser el crisol de las novelas del tiempo de su autor.    









   

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