viernes, 27 de mayo de 2011

CAPÍTULO XLI. TERMINA LA HISTORIA DEL CAUTIVO

 
 

Continuó el cautivo contando su historia, diciendo que su compañero renegado había comprado una barca capaz para treinta personas. Había realizado, el renegado, algunos viajes como mercader, para aparentar dicho oficio. Había fondeado  varias veces en una caleta cercana al jardín de Zoraida y hablado con su padre, para pedirle fruta;  no así con Zoraida, pues las moras no se dejan ver de ningún moro ni turco, si no es que su marido o su padre se lo manden. Dado que él ya había sido rescatado le dijo el renegado que dispusiese lo necesario para salir un viernes para España. Contrató el cautivo a doce españoles como remeros. Los acompañarían tres compañeros de la prisión, también rescatados. Dio instrucciones para que estuvieran todos, ese viernes, por los alrededores de la casa de Zoraida. Allí se presentó él; a quien primero vio fue al padre de Zoraida. Éste le preguntó en una lengua franca que allí se habla que quién era. Le respondió que era esclavo de Arnaute Mamí y que buscaba hierbas para hacer ensaladas. En ese momento salió Zoraida. Iba cargada de alhajas, desde los pies a la cabeza. Se encontró ante una diosa y eso que la ocasión era difícil, porque ya se sabe que la hermosura de alguna mujeres tiene días y sazones y requiere accidentes para disminuirse o acrecentarse, y es cosa que las pasiones del ánimo la levanten o abajen, puesto que las más veces la destruyen.”

Le dijo a Zoraida, en la lengua franca que se habla en Berbería, mezcla de todas lenguas, que ha sido rescatado por mil quinientos zoltanís. Mantienen una conversación sobre la fecha de salida para España, convenciéndole ella delante de su padre, de que es mejor que parta en un bajel español que en uno francés. Le pregunta ella que si está casado, contestándole que está enamorado de una mujer que se parece mucho a ella. En esta conversación, unos criados avisaron al padre de Zoraida que unos turcos habían entrado en la casa. El padre se marchó; le pidió a su hija que se retirase; cuando lo iba a hacer, se acercó al cautivo y le echó las manos por el cuello. Cuando el padre regresó los vio cómo iban; ella disimuló que estaba mareada. Le dijo al cautivo que se marchara; el padre reconoció cómo había ayudado a su hija y le ofreció su casa para que viniera cuando quisiera.

Zoraida se marchó con pesar y él recorrió toda la fortaleza que rodea el jardín de la casa. Puso en aviso a los cristianos remeros que saldrían al día siguiente, sábado. El renegado se encargó de reducir a los marinos moros que la barca llevaba. Se desplazaron unos cuantos a la casa de Zoraida, pronto entraron porque la puerta estaba entreabierta. Al oírlos entrar, Zoraida bajó, trayéndose un cofre lleno de monedas de oro; su padre dormía y con el ruido se despertó. Se vieron obligados a llevárselo atado y con la boca tapada. Pronto advirtió el padre que Zoraida, reclinada en el pecho del cautivo, estaba con ellos. Se dirigieron a Mallorca, por ser la ciudad cristiana más cercana. El viento les obligó a cambiar el rumbo. El renegado trató de tranquilizar a los moros y a Agi Morato, diciéndoles que los pondrían en libertad tan pronto como llegaran a tierras cristianas. El Padre de Zoraida no salía de su asombro. Se interrogó por la situación que ella tenía. El renegado le contestó diciendo que por Zoraida, nueva cristiana, están allí; ella ha roto las cadenas de la esclavitud que tenían los cristianos. La hija se disculpó diciendo que Lela Marie –la Virgen María-, se lo pidió.

Oído lo anterior, el padre se arrojó al agua con intención de suicidarse. Fue salvado por los marineros. Empezó de inmediato a maldecir a la hija; una vez hubo amanecido, llegaron a una pequeña cala desierta y pusieron en libertad al padre y a los moros. El primero continuó maldiciendo a su hija; posteriormente le pidió que no lo abandonara. Le preguntó que por qué lo había hecho. Ella manifestó su constancia de bautizarse y hacerse cristiana.

Se quedó su padre en tierra. Continuaron y al amanecer divisaron tierras españolas, pero como pocas o nunca viene el bien puro y sencillo, sin ser acompañado de algún mal que le turbe o sobresalte”, fueron abordados, en la oscuridad de la noche, por unos corsarios franceses; les hundieron la barca y les robaron las pertenencias, a excepción de cuarenta escudos que el capitán francés quiso regalar a Zoraida. Los pusieron en libertad en las costas españolas. Cuando llegaron, después de besar emocionados el suelo patrio, se dirigieron hacia el interior;  oyeron el sonido de una pequeña esquila, pronto apareció el pastor, que al verlos vestidos con ropa de moros a Zoraida y al renegado, rápidamente salió a dar aviso al pueblo.

Siguieron al pastor, previamente el renegado se quitó las ropas de moro. Llegaron varios jinetes a caballo, encargados de la vigilancia de las costas.  Uno de los que iban reconoció a un tío suyo. Habían llegado a Vélez Málaga. Les atendieron muy bien. Después de seis días en la ciudad, el renegado se fue a arreglar sus papeles a La Santa Inquisición, a Granada. Los cristianos quedaron en libertad. Él compró, con lo cuarenta ducados que el corsario francés le dio a Zoraida, un caballo en el que viajaban, dirigiéndose a León donde creía que podría estar su familia, si ya no habían muerto.



Comentario

Dentro de los estudios que se han realizado sobre la novela del Cautivo, son de destacar los de Francisco Márquez Villanueva, especialmente, su nuevo libro: Moros, moriscos y turcos en Cervantes. Ensayos críticos. Entre otros temas analiza el personaje de Zoraida a la luz del folklore. Su lectura se opone al supuesto idealismo de esta historia. Afirma el autor que este episodio ni es autobiográfico ni ejemplar, siendo Zoraida el prototipo de una mujer liberal que realiza por interés su matrimonio con el cautivo. El de Francisco Ayala, La invención del Quijote, y el de Martín de Riquer, en la edición de la Ed. Planeta, con dibujos de Mingote, del cual he tomado el que aparece en el capítulo 40. Un estudio y otro leen esta novela en clave histórica, pues están expuestas muchas vivencias del propio Cervantes cuando estuvo en Argel. Algunos datos extraídos de la novela sirven para fecharla, el que hace referencia en el capítulo 39; cuando el Cautivo cuenta su vida,  alude al rey Felipe II, como viviente: “don Juan de Austria, hermano natural de nuestro buen rey don Felipe”. El Quijote se publicó en 1605, reinando Felipe III. El cautivo se refiere a él mismo cuando dice “Este hará veintidós años que salí de casa de mi padre”.  Si el punto de referencia de la aventura es la llegada del Duque de Alba a Flandes en 1567 y han pasado 22 años, la escena se situará exactamente en 1589.” (Ayala).  Martín de Riquer realiza más precisiones históricas: “Hay estrecha relación entre la vida del Cautivo y la comedia de Cervantes Los baños de Argel, de asunto muy similar. La mayoría de los personajes que aparecen en estas dos versiones son históricos y están fielmente retratados. La hermosa protagonista se llamó en realidad Zahara, “bella”…era hija del renegado Hajji Murad (Agi Murato)…Zahara-Zoraida casó en 1574 con Abad al Malik, hombre muy afecto a los cristianos y a sus costumbres”.

Ayala, en el estudio antes referido, lee la novela, como la experiencia vivida por Cervantes en su juventud. Para ello parte de la premisa de que el Quijote es el fruto de la madurez, de una época, la de Felipe III, de desengaño y de frustración: “el Quijote expresa la desilusión vital de su autor”. Los vaivenes de don Quijote y Sancho, vendrían a reflejar ese desencanto. Frente a él se sitúa el protagonista de esta novela, veintidós años antes,  en la época de Felipe II. Después de haberse repartido la herencia de sus padres, equivalente a lo que hoy serían 6000 euros, se enrola en la marina real. Con una enorme impavidez ante el riesgo, nos va contando los peligros y las atrocidades de los prisioneros de guerra. Algo que lamentablemente iremos viendo también en nuestro tiempo. Asistimos al conflicto de Zoraida con la misma grandeza como si se tratara de una tragedia griega: “Sacrifica sus sentimientos de piedad y amor filial, tan intensos como son, frente a un deber más alto: se debe a la eterna verdad de la religión, que le ha sido dada a conocer. Deja su casa y huye a España con los cristianos, mientras el padre infeliz maldice y suplica desde la “desierta arena”” ( Ayala).
El cervantista Juan Goytisolo se ocupa en el artículo  Cervantes, Argel y la lingua franca, del lenguaje de esta Berbería, del cual dice el cautivo, refiriéndose al padre de Zoraida: "Me dijo en lengua que en toda Berbería y aun en Constantinopla se halla entre cautivos y moros, que ni es morisca ni castellana ni de otra nación alguna, sino una mezcla de todas las lenguas con la cual todos nos entendemos". Sostiene el autor que "al igual de los tuits de hoy servía de esperanto pragmático para todos los miembros de aquel vasto crisol de identidades mutantes". Agradece a la historiadora francesa Jacqueline Dakhlia su gran primor en el análisis de dicha lengua en Histoire d´une langue métisse en Mediterranée.

Vargas Llosa lee  el Quijote como una novela de Hombres libres. “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”. Esta frase, que se ha convertido ya en tópico, la dice don Quijote en la segunda parte; pero no faltan alusiones a ella en la voz del cautivo, que es la de Miguel de Cervantes. Lo que anida en el corazón de esta libertad, nos dice Vargas Llosa, es una desconfianza profunda de la autoridad, de los desafueros que puede cometer el poder, todo poder. Así se manifiesta el Cautivo a don Fernando cuando se entera que su hermano vive: “porque no hay en la tierra, conforme mi parecer, contento que se iguale a alcanzar la libertad perdida”.

Las aserciones sobre la libertad que Cervantes nos hace en esta novela, tan verdaderas como punzantemente formuladas, constituyen el bordón de lo que su ánimo siempre llevó.








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