miércoles, 25 de mayo de 2011

CAPÍTULO XL. CONTINÚA LA HISTORIA DEL CAUTIVO



Leyó don Fernando los dos sonetos que había compuesto su hermano, en homenaje a los que habían dado su vida en la goleta y en el fuerte.

Reanuda su historia el cautivo, contando que cuando murió el Uchalí al que servía, persona a la que recuerda por su humanidad, los cautivos se repartieron en dos grupos: unos fueron a parar al rey de Constantinopla; otros, a un protegido del Uchalí, llamado Azán Agá, hombre rico y rey de Argel; pero muy cruel y maltratador de los cautivos. Maltrataba a los prisioneros con toda clase de desmanes: los desorejaba, los empalaba y los ahorcaba. Con esto imprimía un sello de terror para que no se escaparan. Él, con el título de capitán, pertenecía a este grupo del rey de Argel. Trató de escaparse de Constantinopla varias veces, pero no lo consiguió, en Argel no perdió la ilusión de volver a hacerlo,” porque jamás me desamparó la esperanza de tener libertad”. En Argel estuvo preso en un baño, en el que los moros solían poner a los cristianos que, por su importancia, podrían percibir un buen rescate; allí estuvo encadenado, pasando hambre y oyendo las lamentaciones de los cautivos que Azán Agá mataba. Sólo se libró de estos maltratos un soldado español, llamado Saavedra.

Después de referirse brevemente a la suerte que tuvo de no ser empalado, pasó a contar lo que le sucedió en el patio de la cárcel. Al patio de la prisión daba la casa de un moro principal y rico, llamado Agi Morato. Desde la ventana de su casa, cierto día asomó una caña que terminaba en un envoltorio blanco. Se acercaron varios de los que estaban cautivos a recogerla, pero la caña se elevaba. Se acercó él y  la caña cayó a sus pies. Destapó lo que contenía la envoltura y vio que eran unas monedas de oro y entendió que eran para él. La operación se volvió a repetir a los dos días. En este caso traían cuarenta monedas de oro. Después apareció una mano y dejó caer un escrito, que tradujo un renegado, muy apreciado por los cautivos.

En el escrito, escrito en arábigo y con una cruz pintada, decía que ella era una mora que de pequeña tuvo una esclava que le habló muy bien de Lela Marién (La Vrgen María); que quería huir a tierras cristianas y lo había elegido a él, si quería, para acompañarla; tenía dinero suficiente para los dos y se ofrecía a ser su esposa.

El cautivo, valiéndose de un amigo suyo renegado, le contestó diciéndole que él y sus compañeros cautivos harían por ella lo que pudieren, que darían su vida y que pensase cómo podrían salir de allí. Que se fiara de su palabra, pues la palabra de un cristiano es fiel, no como la del moro.

Le encargó a su amigo renegado que averiguase quién era aquella mujer. Supo que se trataba de Zoraida, una hermosa mujer que había tenido muchos pretendientes moros y a todos había despreciado. Se ofreció el renegado a poner en libertad a Zoraida y al cautivo, jurando delante de un crucifijo que llevaba. A los pocos días volvió Zoraida a enviar una nota en la que, además de mandar dinero en monedas de oro y plata, pedía que alguien fuera a tierras cristianas, comprara una barca, volviera y todos se marcharían. Ella estaría esperando en el jardín de su padre, que estaba junto a la marina.

Trataron sobre cómo llevarían a cabo la liberación y quién iría a Mallorca a comprar la barca. Se impuso, con razón, el criterio del renegado. Según su experiencia, cuando un cautivo se marchaba no volvía “porque el gozo de la libertad alcanzada y el temor de no volver a perderla les borraba de la memoria todas las obligaciones del mundo”.  Propuso que él, junto con un moro tagarino, cogerían el dinero, comprarían una barca allí y, con la excusa de comerciar bienes desde Tánger, poder escapar. Zoraida volvió a mandar dinero para pagar los rescates. Él lo consiguió pagando seiscientos escudos a un mercader valenciano que a la sazón se hallaba en Argel. Ordenó también, para evitar males mayores, pagar el rescate de tres compañeros que les acompañarían a España.







   

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