jueves, 21 de abril de 2011

CAPÍTULO XXVII. EL CURA Y EL BARBERO CONSIGUEN SU PROPÓSITO. CONTINÚA LA HISTORIA DE CARDENIO



 
Le pareció bien a Sancho la propuesta del cura y entraron en la venta para pedirle a la ventera unas faldas y una toca para la cabeza. Esta les preguntó que para qué las querían. Le contó el cura las razones de la locura de don Quijote y cómo tenían que traérselo de donde estaba. Cayó ella en la cuenta de quién era don Quijote y de lo que aconteció con él y Sancho en la venta. Le pidió que dejara depositadas unas sotanas nuevas y les dio todas las ropas que necesitaban. Vistió la ventera al cura con prendas “que se debieron hacer en tiempos del rey Bamba”, y el barbero se hizo unas grandes barbas de una cola de buey rojizo, dirigiéndose hacia Sierra Morena.

Al poco de salir no le pareció bien al cura el ir vestido de esa manera y le pidió al barbero que trocasen la vestimenta. Aceptó este y el cura le explicó todo lo que le tenía que decir a don Quijote. Sancho los fue guiando, siguiendo las ramas que había dejado en el camino. En el trayecto les fue contando la historia de Cardenio. El cura aleccionó a Sancho en lo que tenía que decirle a don Quijote sobre la carta: su entrega a Dulcinea y cómo esta le pedía que regresase.

Sancho se adelantó y quedaron el cura y el barbero, esperando, en un lugar apacible, y resguardados del calor del medio día. Estando en este lugar reconocieron  la voz de Cardenio, por lo que Sancho les había contado, que con voz lastimera cantaba versos de amor, celos y locura. Se le acercó el cura y con convincentes razones le pidió que dejase aquella vida. Les respondió Cardenio, al cura y al barbero, en su sano juicio,  que les contaría la desgracia que lo había llevado allí y verían cómo tal desgracia no tenía consuelo alguno.

Como Cardenio se dio cuenta de que los oyentes ya sabían quién era él y lo que le había acontecido, reanudó su historia donde la había dejado cuando don Quijote lo interrumpió. Empezó contando el contenido de la carta que Luscinda le dirigía a Cardenio y que estaba dentro del Amadís: le decía que la pidiese por esposa a su padre.  Dado que Cardenio sabía que por un tiempo tenía que ejercer de compañero de don Ricardo, le pidió a su amigo don Fernando que intercediera por ellos. Dicho lo cual, se desahogaba diciendo: ¿ de qué me quejo, desventurado de mí, pues “es cosa cierta que cuando traen las desgracias la corriente de las estrellas, como vienen de alto a bajo, despeñándose con furor y con violencia, no hay fuerza en la tierra que las detenga, ni industria humana que prevenirlas pueda?.” don Fernando, que anteriormente había visto a Lucinda y se había enamorado de ella, para alejar a Cardenio, lo mando a su casa a pedirle a su hermano don Ricardo dinero para comprar caballos. Mientras, aprovechándose de que Cardenio no estaba allí, le pidió al padre de Lucinda la mano para casarse con ella, cosa que consiguió sin mayor dificultad. Luscinda, a través de un mensajero, se lo dijo a Cardenio.

Este volvió rápidamente a su casa, no sin antes decir que ¿”quién hay en el mundo que se pueda alabar que ha penetrado y sabido el confuso pensamiento y condición mudable de una mujer?”. Dicho lo cual continuó su historia refiriendo cómo Luscinda se desposa con don Fernando, lo ve él personalmente, se aleja del pueblo y se razona a sí mismo por qué se habría producido tal hecho, si ella le había manifestado siempre su amor. Llega a la conclusión de que “una doncella recogida en casa de sus padres, hecha y acostumbrada siempre a obedecerlos, hubiese querido condescender con su gusto, pues le daban por esposo a un caballero por principal, tan rico y tan gentilhombre, que a no querer recibirle, se podía pensar o que no tenía juicio o que en otra parte tenía la voluntad, cosa que redundaba tan en perjuicio de su buena opinión y fama”. Dicho lo anterior continuó contando cómo se marchó, llegó al lugar en el que se encontraban, perdía el juicio y lo recuperaba.

Cuando terminó de contar su historia se oyó una voz lastimera que se quejaba.



Comentario

En la cartografía poética del Quijote de 1605 ocupa un espacio singular la venta de Juan Palomeque . Por ella pasaron, se detuvieron  y fueron burladores y burlados don Quijote y Sancho en los capítulos 16 y 17.  Por ella pasa Sancho camino del Toboso, y en ella se encuentra con el cura y el barbero, que van en busca de don Quijote para sanarlo.

Sobre la historia de Cardenio y Luscinda, ya Menéndez y Pelayo afirmaba que en lo relatos intercalados se pude vislumbrar toda la producción novelesca anterior a Cervantes, de tal manera que éste “se la asimiló e incorporó toda en su obra”. Un ejemplo lo ocupa esta novela sentimental. Como ya quedó demostrado en el comentario al capítulo xxiv, hay concomitancias entre las locuras de don Quijote y Cardenio: en los dos alternan los momentos de locura con los de lucidez.

Se hace necesario recordar el posible concepto que de la locura pudo tener Cervantes. Desde el Renacimiento hay un fuerte intento de interpretar somáticamente la enfermedad mental.  La idea de que la mente depende de la organización del cuerpo se expresa claramente en el Examen de ingenios de Huarte de San Juan. Este explicaba la variedad de la psicología humana, a partir de la teoría de los humores. Rafael Salilla señala en 1905 el origen del Quijote en el Examen de ingenios. Las almas dependen de la estructura del cuerpo. Se creía que el mundo estaba compuesto de cuatro humores –tierra, aire, fuego y agua-, estos tenían su contrapartida en los humores constituyentes del cuerpo humano: melancolía, sangre, bilis y flema. Un equilibrio perfecto producía una aptitud general mediocre, mientras que alguna desproporción era necesaria para un desarrollo mental sobresaliente. Este es el hecho que encontramos en don Quijote y Cardenio: son manifiestamente locos, pero capaz de impresionar en sus intervalos lúcidos. Ejemplo de esto último en el caso de  Cardenio lo vemos cuando cuenta con gran lujo de detalles lo que le ha ocurrido con Luscinda.  




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