jueves, 7 de abril de 2011

CAPÍTULO XXI. EL YELMO DE MAMBRINO. LA HISTORIA DEL CABALLERO ANDANTE



Después del desengaño de los batanes, no quiso don Quijote continuar por la vía que llevaban. Giraron y se marcharon por otro camino. De inmediato divisó don Quijote un hombre a caballo que traía puesto en la cabeza un objeto que relucía.

Se dirigió don Quijote a Sancho diciéndole que “no hay refrán que no sea verdadero, pues todos son sentencias sacadas de la misma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice. “Donde una puerta se cierra, otra se abre””. Aplica el refrán a su frustrada aventura de los batanes y supone que ahora se ha de enfrentar a una aventura cierta: coger el yelmo de Mambrino que juró conseguir (Recuérdese que en el capítulo 9, don Quijote pierde la celada en el enfrentamiento con el vizcaíno; en el 10, dice que se comportará como el Marqués de Mantua hasta que encuentre una celada nueva).

Le pide Sancho que no se vaya a confundir una vez más como ocurrió con los batanes, que él no veía ninguna celada o yelmo en la cabeza, sino un objeto que relumbraba, “que ojalá orégano sea y no batanes”;  pero don Quijote, ofendido,   no quiere volver a oír hablar de los batanes.

A continuación, sin escuchar las razones de Sancho, embistió don Quijote contra un pobre barbero que se dirigía a un pueblo vecino del suyo a realizar una sangría; estaba lloviendo y se puso en la cabeza la bacía para protegerse de la lluvia. El hombre, al ver venir de aquella manera a don Quijote pidiéndole el yelmo que llevaba, se tiró del caballo y puso pies en polvorosa.

Se acercó Sancho y don Quijote le pidió que recogiese el “yelmo”. Sancho se echó a reír al ver que llamaba yelmo a la bacía, pero se contuvo por no irritar a don Quijote

Este, llevado de sus lecturas, cree que es de oro finísimo e inventa una explicación a la transformación que el yelmo había experimentado y aunque pueda ser bacía de barbero como decía Sancho, para él estaba seguro de que en realidad no lo era: “sea lo que fuere, que para mí la conozco no hace al caso la trasmutación”. Considera que le puede ser útil para protegerse de las pedradas y Sancho le contesta que si se  las tiran con honda no.

Sancho, aprovechándose que el barbero se había marchado, dejando abandonado su caballo, quiso cambiarlo por su asno, pero don Quijote se opuso, argumentando que era impropio de los caballeros quitarles los caballos a los vencidos y dejarlos marchar a pie, aunque le permitió cambiar los aparejos, dejando su rucio muy bien presentado. Este cambio de los arreos entre los dos asnos, dice Cervantes que lo realizó  Sancho a "mutacio caparum"

Después de comer, subieron a caballo y fueron por donde Rocinante quiso. Sancho trató de convencer a don Quijote de que sería de más provecho ponerse al servicio de algún rey. Don Quijote le replicó contándole con todo lujo de detalles la historia ideal del caballero andante: el reconocimiento de sus aventuras, su acogimiento por los reyes, sus amores con su hija la princesa, su servicio al rey en la guerra, el descubrimiento de que el caballero también es de ascendencia real, su subida al trono al fallecer el rey y las mercedes que le hace a su escudero.   

Le contesta Sancho que lo que don Quijote ha contado se verá cumplido y llegará a ser rey  Esto lo aprovecha don Quijote para decirle que quizá pudiera ser, aunque la condición principal para casarse con princesa es ser descendiente de reyes. De lo anterior saca como conclusión que “hay dos maneras de linajes en el mundo: unos que traen y derivan su descendencia de príncipes y monarcas, a quien poco a poco el tiempo ha deshecho, y han acabado en punta, como pirámide puesta al revés; otros tuvieron principio de gente baja y van subiendo de grado en grado, hasta llegar a ser grandes de señores; de manera que está la diferencia en que unos fueron, que ya no son, y otros son, que ya no fueron.”. Aplica lo anterior a su caso y considera que cuando pidiera la mano de la princesa, se la deberían de conceder, pero que si no se la concedían, la podría robar.

Esta última afirmación la apoya Sancho con dos refranes que dicen algunos desalmados: “No pidas de grado lo que puedes tomar por fuerza” y “Más vale salto de mata que ruego de hombres  buenos”.

Continuaron con el tema de las mercedes que Sancho recibiría si don Quijote llegara a ser rey. Nombraría a Sancho conde, pero debería arreglarse la barba. Sancho le responde que si llegara a conde, llevaría tras de sí un barbero que le  rapase y cuidase su barba.

Comentario

  Uno de los objetivos que nos propusimos cuando empezamos a escribir en el blog es descubrir el concepto que Cervantes tiene de la verdad. Ya en el capítulo XI nos dijo que “la verdad se oscurece por el engaño, la malicia y los intereses de las personas”. Está claro que, para Cervantes, existe una realidad, una verdad que se corresponde con unos hechos, pero que los intereses de las personas, transforman los hechos, ocultándolos o presentándolos como lo que no son. Este capítulo muestra ya cómo los hechos se transforman por nuestro interés. Don Quijote se había quedado sin celada y cabalgaba acuciado por encontrar una. Su pensamiento iba puesto en conseguirla. Cuando vio la bacía pensó de inmediato que era yelmo o celada. Sancho se lo advierte y él dice que puede parecer que sea bacía, pero que él cree que es celada; es más, dice que “sea lo que fuere, que para mí la conozco no hace al caso la transmutación”.  Este punto de vista ha sido analizado por Alexander Parker; siguiendo esta línea argumental, nos situaríamos en el pensamiento realista para interpretar la verdad cervantina.

A pesar de darle al pasaje esta interpretación, hay que destacar que Américo Castro, en El Pensamiento de Cervantes, resalta otra que es forzoso señalar.  Cervantes, dice Castro, critica las formas que tiene la sociedad de su tiempo de enfocar las cosas que sucedían., pues “La España del 1600 estaba regida totalmente por la OPINIÓN”. Este hecho llegaba a determinar la vida de las personas: si se opinaba que alguien era un hereje, si se era o no cristiano viejo, si se tenía o no honra…etc, se fijaba lo que le podría ocurrir a esa persona. Para combatir ese punto de vista, nos dio su propia visión del mundo, dándonos la opinión de los locos y la de los cuerdos, la de los altos y la de los bajos. Es decir, la realidad se funda en PARECERES y esta realidad fundada en pareces, va oscilando, por eso Castro la denomina Realidad oscilante. Este punto de vista, puramente idealista  reforzará la interpretación romántica de la verdad del XIX.

Otro aspecto importante del capítulo es el que se refiere a la historia ideal del caballero andante que don Quijote le cuenta a Sancho. Como demostró muy bien Edward  C. Riley en Teoría de la novela en Cervantes, “uno de los méritos de Cervantes consiste en que sea el mismo don Quijote quien las  parodie involuntariamente en sus esfuerzos por darles vida, imitando sus hazañas. Ya en el capítulo I “se sintió con ganas de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete”. Se refería a la novela del personaje don Belianís. En este caso, su imaginación lo lleva a contar la trama de una novela de caballerías, es decir, se siente autor.  

La metáfora "mutatio capparum" le sirve a Salvador de Madariaga, en el libro "Cosas y Gentes I, en el cap. Cervantes y su tiempo", para impeler al lector de la obra a que observe el "fino humorismo de Cervantes, que casi siempre que se acerca al clero", lo hace  de una manera "siempre ligera y casi silenciosa", pues  esta expresión "refiere nada menos que el cambio anual de las capas cardenalicias que se suele hacer el día de Resurrección". Esta visión erasmista que Madariaga ve en algunos aspectos de la obra la defiende apoyando el punto de vista anterior con el siguiente razonamiento: "Por si quedase duda sobre la intención de su metáfora, pasemos al maravilloso cuento de los dos regidores que rebuznando a porfía por dos caminos distintos intentaban dar con el asno que uno de ellos había perdido; y rebuznaban tan bien que al fin se toparon el uno con el otro sin hallar el asno, con lo cual, confundidos en admiración mutua, alabaron mutuamente su arte rebuznatorio hasta que uno de ellos cerró la puja de elogios con este proverbio tendencioso. "si bien canta el abad, no le va en zaga el monaguillo" . (II. 25)






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