jueves, 28 de abril de 2011

CAPÍTULO XXIX. COLABORACIÓN DE DOROTEA

Dorotea continuó pidiendo que le dijesen dónde se podría esconder para no ser vista, especialmente por sus padres, pues había hecho con su honestidad, lo que ellos nunca se hubiesen imaginado.

Quisieron el cura y el barbero tomar la palabra para consolarla, pero Cardenio se adelantó y tomándole la mano, después de presentarse y decir quién era y lo que compartía con ella, el odio a don Fernando, le prometió como caballero que lo desafiaría por el daño que a ella le había hecho.

Agradeció Dorotea a Cardenio su ofrecimiento; el cura les dijo que se fueran con él a su aldea donde les ofrecería lo que les faltaba. Contó el cura por qué estaban allí y recordó Cardenio su disputa con don Quijote.

Oyeron las voces de Sancho, llamándolos. Cuando llegó les dijo lo mal que se encontraba don Quijote; cómo no había podido convencerlo para que saliera, aunque le había dicho que Dulcinea le pedía que regresara; que si no se daban prisa para sacarlo, no sería ni emperador ni arzobispo. Se ofreció Dorotea a representar el papel de doncella menesterosa; conocía cómo tenía que hacerlo, pues era lectora de libros de caballerías.

Dorotea se vistió de princesa con tanta gracia que todos se quedaron sorprendidos de su belleza, especialmente Sancho. Quiso saber su nombre y el cura le dijo que se llamaba Micomicona, princesa de un reino de África. Fue agraviada por un gigante y ha venido a pedirle a don Quijote que deshaga el agravio que el gigante le hizo. Sancho, que parece contagiado de la locura de don Quijote, le pide al cura que aconseje a don Quijote que no se haga arzobispo, pues él, por estar casado, no podría servir a la Iglesia. Sí, que se case con la princesa, con lo cual don Quijote será emperador y él podría cumplir su deseo.

Se pusieron en camino y al poco encontraron a don Quijote ya vestido. De inmediato Dorotea se arrodilló a sus pies y le pidió que la protegiera ante lo que le habían hecho. Sancho, acercándose a don Quijote le dijo que venía de lejanas tierras, al oído de su fama, para que pusiera fin a sus desdichas. Sancho le explicó a don Quijote que se trataba de la princesa Micomicona, reina del reino Micomicón de Etiopía. Don Quijote aceptó la petición, contestando “manos a labor, que en la tardanza dicen que suele estar el peligro”.

Se pusieron en camino y aunque Sancho iba a pie por la pérdida del rucio, se iba consolando con lo que le correspondería cuando su señor fuera emperador. Los vasallos que tendría, aunque fueran negros, pronto los vendería y con el dinero se podría comprar algún título o cargo oficial.

El cura, que se había quedado atrás con Cardenio, cuando vio venir a don Quijote, después de haber aseado a Cardenio, cortándole las barbas,  se le acercó y abrazándolo por la pierna, elogió su fama. Pronto don Quijote le pidió que se subiese en una caballería de las dos que había. El barbero, que hacía de escudero de Dorotea, se ofreció a dejarle su silla. Cuando se bajó para que el cura se subiera, la mula se espantó, cayó el barbero al suelo y volaron las barbas.  Don Quijote se extrañó y dijo: “!Las barbas le han derribado y arrancado del rostro, como si las quitaran aposta!. 

Después de haberle puesto el cura, por “ensalmo”, las barbas al barbero, y, subido en la mula, junto con la princesa y el barbero, le preguntó don Quijote que qué hacía allí. El cura, que había oído de Sancho la aventura de los galeotes, contestó que junto con maese Nicolás se dirigían a Sevilla a cobrar un dinero que un pariente suyo le había mandado de América. En el camino fue asaltado por unos galeotes, que dicen que liberó un hombre falto de juicio. De esta forma “defraudó a la justicia del rey, alborotó a la Santa Hermandad y soltó al lobo entre las orejas”.

Don Quijote, cambiaba de color, pero no decía palabra.



Comentario

Una vez más vemos cómo arguye Cervantes contra los libros de caballerías. Dorotea confiesa que era lectora de estos libros; Luscinda le pidió el Amadís a Cardenio. Las dos aparecen como personajes alicaídos a los que la vida ha zarandeado como muñecos. Esta es una de las enseñanzas que Cervantes quiere resaltar en El Quijote. Estos planteamientos moralizantes son propios de la época, pero para nada resultan adecuados hoy.

Interesante es también el comportamiento de Sancho. Como ya dijimos en el comentario al capítulo XVII, el análisis de Dámaso Alonso: Sancho-Quijote / Quijote –Sancho, plantea con rigor la visión psicológica de Sancho. Sostiene allí la tesis de que lo que caracteriza a Sancho son las oscilaciones entre el comportamiento pícaro al que le conduce la realidad y la visión fantasmagórica del caballero don Quijote. En efecto, Sancho, llevado por la codicia, desea que su señor se case con la princesa Micomicona, para de esta manera poder recibir los beneficios de su señor, en este caso esclavos negros y después venderlos. Dámaso lo explica con estas palabras: “lo característico del alma de Sancho es que en ella el movimiento de ilusión y desilusión se reproduce ondulatoriamente a través de todas las páginas de la obra”.

Analiza Unamuno este capítulo lamentando las burlas que le hacen a don Quijote; burlas que empiezan con el barbero cuando no puede contener la risa y terminan con el cura cuando reprime tan duramente la liberación de los galeotes.

Otro de los aspectos que resaltan en el libro son las creaciones lingüísticas, el ingenio de Cervantes con las palabras. Esto es lo que ocurre con el nombre del reino y de la princesa: “mico”, significa “mono de cola larga”; mico más mico en aumentativo,  da lugar a Micomicón.  También puede basarse en la expresión “dar el mico”, es decir, engañar, faltar a un compromiso. Dado que Dorotea fue engañada por don Fernando, pudiera ser que esto quisiera indicar la expresión como indica Casalduero.




No hay comentarios:

Publicar un comentario