martes, 19 de abril de 2011

CAPÍTULO XXVI. DON QUIJOTE EN LA PEÑA POBRE. LA CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA CONTADA POR SANCHO


Una vez que Sancho se marchó, don Quijote se subió a lo alto de la peña y empezó a pensar cómo podría tolerar mejor la ausencia de Dulcinea. Podría imitar a Roldán, que sufrió mucho cuando se enteró que Angélica se había acostado más de dos siestas con el morillo Medoro; o podría imitar a Amadis de Gaula cuando su señora Oriana le prohibió que la visitara hasta que ella quisiese, razón por la cual Amadís se tuvo que retirar a la Peña Pobre en compañía de un ermitaño: allí se hartó de llorar hasta que el cielo los socorrió. No tenía sentido imitar a Roldán, pues Dulcinea, jamás había visto moro alguno. Por lo tanto lo razonable era imitar a Amadís.

Se sabía que Amadís se encomendó a Dios y rezó mucho, en consecuencia eso es lo que él haría: rezar. Rompió su camisa e hizo una gran tira; le hizo once nudos, a manera de rosario, y rezó un millón de avemarías. Como no tenía ermitaños con quien hablar, se entretuvo en escribir poesías en las cortezas de los árboles. Las poesías se apoyaban en el estribillo “Aquí lloró don Quijote/ausencias de Dulcinea / del Toboso/”.

Así pasó tres días don Quijote, encomendándose a las ninfas de los ríos y comiendo hierbas para mantenerse. Tenía al final tal aspecto, que si Sancho tarda más en venir, no le hubiera conocido “ni la madre que lo parió”.

Sancho se dirigió al Toboso. En el camino se encontró con la venta en la que lo mantearon. No se atrevía a entrar, a pesar de ser la hora de comer y tener hambre. Salieron de la venta el cura y el barbero. Cuando vieron a Sancho subido en Rocinante le preguntaron por don Quijote, pero no quería decirles donde lo había dejado porque así lo había prometido. Amenazaron a Sancho, argumentando que probablemente lo habría matado. Este replicó diciendo que “no era hombre que robaba ni mataba: a cada uno mate su ventura, o Dios, que le hizo”.

Después les contó el estado en que quedó don Quijote y la finalidad de su viaje: darle la carta a Dulcinea. Les piden que les dé la carta, la busca y no la encuentra. Sancho se afligió pues la pérdida de la carta suponía también el extravío de la cedula con la entrega de los tres pollinos. Le replicó el cura diciéndole que no se preocupara, pues cuando llegaran a donde estaba don Quijote, escribiría la cédula y la firmaría don Quijote. Sancho decide entonces decirla de memoria, con estas graciosas palabras: “Alta y sobajada señora … el lego y falto de sueño….Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura”.

Le vuelven a pedir el cura y el barbero que nuevamente les diga la carta y Sancho vuelve a cometer otros tres mil errores. Les cuenta Sancho la promesa de don Quijote de que cuando fuera emperador, lo bien que lo colocaría a él, una vez enviudado, casándolo con una rica doncella. Se quedaron admirados de cómo se había contagiado la locura de don Quijote a Sancho.

Les dice el cura a Sancho y al barbero que tienen que sacar a don Quijote del lugar en el que se encuentra, pero antes entrarían a comer. Sancho se niega a entrar por las razones que más adelante les dirá y les pide que les saquen un plato de caliente y así lo hicieron. Comenta el cura cómo sacarían de allí a don Quijote: se vestiría de doncella y el barbero de escudero. Se presentarían ante don Quijote y requerirían su presencia para deshacer un agravio que a ella le habían hecho. Probarían a llevarlo a algún lugar a ver si conseguían poner remedio a su locura.



Comentario

Uno de los artículos sustanciales para interpretar el Quijote, proviene de Leo Spitzer: Perspectivismo lingüístico en el Quijote. Parte el autor de la tesis, ya explicada, de Américo Castro, sobre la denominada “realidad oscilante”  en el Quijote: recordemos que la realidad, según Castro, se va presentando tal y como los personajes la perciben. Spitzer denomina a lo anterior perspectivismo.  En la obra, esta perspectiva la extiende él a todos los aspectos: temas, personajes, lenguaje…etc. Es decir, Cervantes, como creador se sitúa por encima de los personajes y nos permite ver lo que opinan de los más diversos temas. “Las cosas se nos representan no por lo que en ellas son en sí, sino sólo en cuanto objeto de nuestro lenguaje o de nuestro pensamiento”. Esto nos lleva, desde este punto de vista a ver el Quijote como una obra relativista. Pero tal relativismo tiene una gran excepción: la moral y en concreto el pensamiento del catolicismo español. En todo lo que tenga que ver con Dios y la Iglesia, no rige el perspectivismos, sino el absolutismo. Hay sólo una forma de entenderlo: la de la Iglesia Católica. Cuando don Quijote, confundiendo a Roldán con Ferragut y a Medoro como paje de Agramante, con Dardinel de Almeonte, decide imitar a Amadís y no a Roldán, lo realiza especialmente porque Amadís se retiró a la Peña Pobre y se encomendó a Dios; don Quijote lo imita, rezando “un millón de avemarías”. En este caso se retuerce el argumento con un cierto tono burlón.

Donde también “se pude ver el perspectivismo lingüístico es en la transcripción que realiza Sancho del altisonante estilo amoroso de la carta de don Quijote a Dulcinea” (Spitzer).  Sancho dice de memoria lo que él cree que don Quijote ha dicho: el soberana y alta señora, que dice don Quijote, se convierte en alta y sobrajada señora, corrigiéndolo el barbero en sobrehumana o soberana señora; de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, pasa en palabras de Sancho al llego y falto de sueño y el ferido. “Estos trueques lingüísticos… ponen de manifiesto las distintas perspectivas bajo las que unos mismos acontecimientos aparecen a dos personajes de fondo tan distinto” (Spitzer).

El punto de vista anterior para interpretar el Quijote es muy fecundo y ha dado lugar a la visión idealista del libro. En esta línea se sitúa la Vida de don Quijote y Sancho, de Unamuno. Existe otra interpretación, basada en el realismo. De acuerdo con este punto de vista, la carta habría que interpretarla de acuerdo con la intención que Cervantes plantea en el prólogo: “Procurad que leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa…”

Sobre esto último hay que tener en cuenta la opinión de D. Eisenberg, ya explicada en el comentario del capítulo 1º






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