sábado, 21 de abril de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LVI. DETERMINISMO FRENTE AL LIBRE ALBEDRÍO. EL PUNTO DE VISTA DEL INGENIOSO HIDALGO





Don Quijote cuando salió de Barcelona recordó el lugar en el que había sido vencido con palabras que expresaban su adiós a las aventuras y al olvido de sus hazañas. Sancho trató de reconfortarlo diciéndole que no había que estar pesaroso por lo que nos acontece, pues todo era obra de la Fortuna, y ésta es “una mujer antojadiza, y sobre todo ciega, y, así, no ve lo que hace, ni sabe a quién derriba ni a quién ensalza”. Don Quijote, después de elogiarle a Sancho su manera de hablar, le contesta que discrepa de lo que dice, pues “no hay Fortuna en el mundo, ni las cosas que en él suceden, buenas o malas que sean, vienen acaso, sino por particular providencia de los cielos, y de aquí viene lo que suele decirse: que cada uno es artífice de su ventura.”. Dice que ha sido vencido porque debería haber pensado que el débil Rocinante no podría hacerle frente al poderío físico del caballo de la Blanca Luna. Se siente humillado en su honra, porque fue vencido y la perdió; sin embargo, “no perdí, ni puedo perder, la virtud de cumplir mi palabra.”

 Sancho se quejó de lo fatigoso que era hacer el camino a pie porque el rucio llevaba las armas; por eso le propuso a don Quijote que las armas e incluso Rocinante los deberían dejar colgados de algún árbol, a lo que don Quijote respondió que no lo permitiría, porque no se diga que “a buen servicio, mal galardón!” (refr. “los ingratos no reconocen la ayuda recibida”). Sancho reconoció que tenía razón don Quijote y le contestó que le parecía muy bien, porque “la culpa del asno no se ha de echar a la albarda” ( refr. “algunos por disculpar sus errores, los atribuyen a otros que no han tenido que ver con ellos”).

Con este tipo de diálogos se les pasó cuatro días; al quinto divisaron varias personas en la puerta de un mesón. Cuando llegaron, un labrador le pidió a don Quijote que diera su opinión sobre una apuesta que dos vecinos se habían echado sobre quién corría más rápido.  Uno estaba gordo y pesaba once arrobas (ciento veintisiete kilos), mientras que el otro sólo pesaba cinco arrobas (cincuenta y ocho kilos). El gordo le pedía al flaco que corriera cargado con seis arrobas (sesenta y nueve kilos) de hierro para igualar el peso. Don Quijote le dijo a Sancho que respondiera porque “no estoy para dar migas a un gato” ( prov. “no estoy para nada).  Sancho les dio la solución: el gordo debería de adelgazar seis arrobas (sesenta y nueve kilos). Los aldeanos elogiaron la respuesta, cancelaron la carrera y se fueron a la taberna a gastarse en vino la apuesta.

Los labradores, -con cierta ironía, pues hablaban de dos personas que no eran jóvenes-,  comentaron que si ambos fueran a estudiar a Salamanca, pronto los veríamos como alcalde o  magistrado, pues “todo es estudiar y más estudiar, y tener favor y ventura; y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la mano o con una mitra en la cabeza.”.

Don Quijote y Sancho, que habían declinado la invitación de beber con los lugareños, continuaron su camino. Durmieron esa noche en medio del campo. Al día siguiente se encontraron un hombre que llevaba unas alforjas al cuello y un chuzo en la mano. Era Tosilos (II, 54, 56), el lacayo del duque, que iba a Barcelona, con cartas de su señor para el virrey. Les contó que por desobedecer al duque recibió cien palos; que la hija de doña Rodríguez entró en un convento, y que doña Rodríguez  se volvió a Castilla.

Los invitó a que compartiesen con él un poco de vino y unas lonchas de queso de Tronchón. Rehusó don Quijote porque no quería comer con un personaje que estaba encantado. Sancho se quedó con él para comer y beber. Le dijo Tosilos a Sancho “Este tu amo, Sancho amigo, debe de ser un loco.  ¿Cómo debe? –respondió Sancho-. No debe nada a nadie, que todo lo paga, y más cuando la moneda es locura. Asegura Sancho que se lo dice a don Quijote, pero que de nada vale, “y más ahora que va rematado, porque va vencido del Caballero de la Blanca Luna”.



Comentario

Se inicia el capítulo con un problema que aún sigue estando vivo. Se trata del determinismo en la persona, frente al indeterminismo o libre albedrío. Sancho, a su manera, parte de un punto de vista determinista. Estamos sometidos a la ley del azar o de la Fortuna. La describe como “una mujer antojadiza, y sobre todo ciega y, así no ve lo que hace, ni sabe a quién derriba ni a quién ensalza”.  Él cree que no podemos hacer nada frente a ella, por lo tanto, hay que aceptarla y ponerle buena cara: “cuando era gobernador estaba alegre, ahora que soy escudero de a pie no estoy triste”. Frente a esta postura se sitúa el libre albedrío o capacidad que tiene la persona para hacer  opciones libres de ciertos tipos de restricciones. La literatura Española de esta época está impregnada del libre albedrío. Desde este punto de vista entiendo que se ha de leer este capítulo. La doctrina del libre albedrío fue defendida en la época por el jesuita Luis de Molina. Trató de conciliar la predeterminación con la libertad, planteando que el hombre viene de Dios en cuanto a su ser y del propio hombre en cuanto a su manera de ser. Es decir, estamos determinados por Dios, pero elegimos la forma de actuar. Don Quijote ha discrepado de Sancho, y sostiene una tesis similar a los planteamientos de Molina. No hay Fortuna en el mundo, -nada está determinado-. Lo que sucede es “por particular providencia de los cielos; “cada uno es artífice de su ventura”. Lo anterior corresponde a la tesis defendida por el jesuita Molina. Era la aceptada por la Iglesia. Para muchas teorías modernas, si tomamos a Dios por la naturaleza, el 50% correspondería a Dios o naturaleza y el 50%, a la voluntad humana.

 Otro aspecto que se destaca en el capítulo tiene que ver con la descripción que de sí mismo realiza don Quijote. Nos da a entender que lo que le importa no son los éxitos, sino el esfuerzo de obrar y cumplir su palabra. Decepcionado porque lo había vencido el caballero de la Blanca Luna, le dice a Sancho:

“Atrevime, en fin; hice lo que pude, derribáronme, y, aunque perdí la honra, no perdí, ni puedo perder la virtud de cumplir mi palabra”.

Cierta consideración educativa es la que tienen las palabras de los labradores cuando Sancho ha resuelto el pleito de los corredores: “estudiar y más estudiar, y tener favor y ventura; y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la mano o con una mitra en la cabeza”.  Cervantes, como dice Daniel Eisenberg, en La interpretación cervantina del Quijote, “creía firmemente que la literatura tenía que ser didáctica, que no solamente tenía que entretener y producir un placer estético, sino que también tenía que educar”

En el encuentro con Tosilos, vuelve a salir de nuevo la locura. El ingenio de Sancho se pone de manifiesto una vez más en el uso de debe, expresando probabilidad:” debe de ser”. Frente a éste se sitúa el “debe”, de tener deudas: ¿cómo debe?;  “no debe nada a nadie, que todo lo paga”


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