viernes, 13 de abril de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO LXIII. DON QUIJOTE Y SANCHO VISITAN LAS GALERAS. HISTORIA DE ANA FÉLIX




Todas las cavilaciones de don Quijote sobre las respuestas de la cabeza encantada terminaban en la creencia de que Dulcinea sería desencantada. “Sancho, aunque aborrecía ser gobernador, como queda dicho, todavía deseaba volver a mandar y a ser obedecido, que esta mala ventura trae consigo el mando, aunque sea de burlas”.

Cuando don Quijote y Sancho llegaron a las galeras acompañados por don Antonio y unos amigos, los recibió el general y la marinería con vivas muestras de alegría; dispararon los cañones, en señal de bienvenida. Don Quijote se alegró por el tratamiento recibido. El general abrazó a don Quijote y para destacar su presencia le dijo: “Este día lo señalaré yo con piedra blanca, por ser uno de los mejores que pienso llevar en mi vida”. Entraron por la popa y se sentaron en los bandines. El cómitre le dio orden a la chusma de que se quitasen las ropas y se preparasen para remar. Sancho se sorprendió de verlos medio desnudos, “pero esto todo fueron tortas y pan pintado” (prov.” fue bueno en comparación con otra cosa”), porque los galeotes cogieron a Sancho y lo fueron volteando de banco en banco por encima de sus cabezas, a lo largo de toda la nave, dejándolo molido y trasudando y, a don Quijote encolerizado por lo que habían hecho.

Después de lo anterior, dejaron caer rápidamente la entena desde arriba sorprendiendo a don Quijote y a Sancho; la volvieron a izar rápidamente, levantaron el ancla, los remeros empezaron a remar y el cómitre a mosquearles las espadas. Sancho se sorprendió de que un hombre pusiera azotar a tantos y dijo que aquello parecía el infierno o el purgatorio. Don Quijote le pidió que se pusiese entre ellos y recibiera algunos latigazos por Dulcinea.

Un vigía, desde el castillo de Montjuich, avisó de que se acercaba un bergantín argelino. El general dio orden de que las cuatro galeras salieran en su persecución. Al apresarlo, dos turcos dispararon y mataron a dos soldados. Capturado el bergantín, el general juró que ahorcaría a todos sus tripulantes y regresó con el bajel a la playa. Acusó al arráez de impudente y arriesgado,  y de que eso no era valentía, porque, “las esperanzas dudosas han de hacer a los hombres atrevidos, pero no temerarios”.  Mandó amainar la  entena para llevar a cabo la ejecución. El virrey, que acababa de subir a bordo, al ver la belleza y el pudor del joven arráez, le preguntó que quién era. Contestó que una mujer cristiana y rogó que le permitieran contar su historia.

A pesar de que siempre había sido cristiana, lo mismo que sus padres, tuvo que salir de España cuando expulsaron a los moriscos. Lo hizo con un tío suyo que la llevó a Argel,  y con don Gaspar Gregorio, un caballero que la amaba y que le había prometido no abandonarla nunca. Cuando llegó a Argel, el rey se interesó por su hermosura y sus riquezas: un tesoro oculto que su padre había dejado antes de salir de España. También sintió deseos de conocer a don Gregorio. Dado que entre los turcos se estima más a un joven hermoso que a una mujer, le dijo al rey que la persona que la acompañaba era mujer. Se reunió con don Gregorio y lo disfrazó de mujer. El rey se lo creyó y, con intención de ofrecérsela después al Gran Turco, le recluyó en casa de unas moras principales. A ella, acompañada de dos turcos, de un renegado español y de chusma para remar, le había dado el bergantín para que volviese a España y desenterrase el tesoro que su padre dejó. Se estaban aproximando a la costa cuando fueron descubiertos por las galeras

Terminado el relato, empezó a llorar, pero el virrey, conmovido mandó que la soltasen. En ese momento, un anciano que presenciaba la escena se arrojó a sus pies. La llamó por su nombre, Ana Félix, y le dijo que era su padre, Ricote. Sancho, que estaba presente lo confirmó. También dijo Ricote que había recuperado el tesoro, pero especialmente el tesoro que él más amaba. Contó cómo había partido para Alemania y que había regresado a buscar a su hija y a desenterrar el tesoro que había ocultado.

El general mandó que colgasen a los dos turcos que dispararon, pero el virrey le pidió que no los ahorcase, el general, pensando que “no se ejecutan bien las venganzas a sangre helada”, paró la ejecución. Planificaron el rescate de don Gregorio, usando el tesoro que Ricote había desenterrado y llevaba consigo. Se ofrecieron a hacerlo el renegado y seis remeros cristianos. Resuelto lo anterior, don Antonio Moreno se llevó a su casa a Ana Féix y a su padre. El virrey le encargó que los tratase con afecto y atención.

Comentario

Las cábalas de don Quijote y Sancho reflejaban sus experiencias vitales: la de don Quijote, su preocupación por los demás, en este caso, Dulcinea; la de Sancho, su pragmatismo del poder.

Con estos pensamientos llegaron a las galeras. Contemplaron con gran curiosidad el espectáculo que se les ofrecía: las galeras recogieron las lonas que las cubrían, sonaron las chirimías, arrojaron el bote al agua y cuando subieron dispararon los cañones; los galeotes lo vitorearon y el capitán le dijo que siempre recordaría ese día. Tal era la actividad que había que a Sancho le pareció que “todos los diablos andaban allí trabajando”. Don Quijote, se sintió alegre porque por todos era tratado “tan a lo señor”. Sin embargo, como siempre ocurre, la burla y con ello la risa humillante vuelve a aparecer y a Sancho la chusma lo voltea de una punta a otra del barco. Siguen las burlas y están a punto de que les caiga encima la entena de la nave. Tales sorpresas estaban viviendo que Sancho, asombrado, dice que “Estas sí son verdaderamente cosas encantadas, y no las que mi amo dice”.  Una vez más, vemos que se cumple la tesis de Parker: las personas conocen la realidad, pero la modifican en función de lo que les interesa. Tanto el general, el cómitre y los galeotes conocen quiénes son don Quijote y Sancho, pero quieren divertirse a costa de ellos y los tratan como juguetes que pueden utilizar.

A partir de aquí, describe Cervantes la escena bélica de la caza del bergantín. Dada la diferencia entre el poderío de las galeras y la pequeñez del bergantín, utiliza la imagen de un juego en el que se trata de pescar el pequeño bajel: dos galeras, casi volando, salen a cogerlo; otra lo fue costeando; lo alcanzan, pero vira y se escapa por debajo de la palamenta; vira la nave principal, lo adelanta y lo cogen, echándole la palamenta encima; pero dos turcos que venían en el bergantín dispararon sus escopetas "con que dieron muerte a dos soldados que sobre nuestra arrumbada venían. Como explica Martín de Riquer en su bello librito, Cervantes en Barcelona "Don Quijote ...que en sus libros predilectos había leído tantas batallas de mar y tierra ...no se enfrentará a una acción bélica de veras hasta llegar a Barcelona"

El juego dramático de la escena sirve para presentarnos al arráez del bergantín, la hermosa Anan Félix y su triste historia. A modo de relato bizantino, cuenta su lamentable vida amorosa con don Gaspar Gregorio. Entre ellos existe concordancia y armonía, máximo valor, que como ya señaló Américo Castro, le concede Cervantes al amor. Surgirán accidentes y peripecias, pero la ecuación natural se impondrá.

Asistimos al encuentro de Ricote con su hija, Ana Féix; se nos evoca los problemas que conllevó el destierro de los moriscos: el dolor del destierro, la vida del desterrado, las pérdidas económicas, la severidad de la ley.








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