viernes, 17 de febrero de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XLVIII. DON QUIJOTE, EN SU DORMITORIO, CON DOÑA RODRÍGUEZ






Don  Quijote estaba una noche entristecido en su aposento, sin poder dormir, dolido por los arañazos de los gatos y pensando en cómo era perseguido por Altisidora, cuando oyó que abrían la puerta del dormitorio. Pensó de inmediato en la enamorada doncella y temió que hubiese venido a comprometer su honestidad; pero en vez de entrar Altisidora, como esperaba don Quijote, lo hizo una dueña, vestida con largas y blancas tocas, con anteojos en la cara y, llevando una vela en la mano. Don Quijote, de pie sobre la cama, envuelto en una concha amarilla, tocado con un gorro de dormir y, con el rostro y los bigotes vendados por los arañazos de los gatos, empezó a santiguarse nerviosamente, porque creía que alguna bruja había entrado en su aposento. La dueña, cuando se acercaba y vio el aspecto de don Quijote, se asustó tanto que se le cayó la vela y, al intentar huir en la obscuridad, se pisó las faldas y cayó al suelo.

Creía que era un fantasma y  le conjuró a que le dijera qué quería de él, pues como tal caballero andante, su oficio se extiendía a hacer el bien hasta las ánimas del purgatorio. Se dio a conocer la dueña. Era doña Rodríguez y venía a exponerle sus cuitas y a pedirle ayuda. Don Quijote, que no se fiaba de las dueñas, le respondió que si su petición era celestinesca, él sólo estaba para Dulcinea. Al final accedió a escucharla, quedándose él acostado en su lecho, asomando sólo la cabeza; ella sentada en una silla a una enorme distancia.

Doña Rodríguez era asturiana. Su padre la trajo a Madrid y la acomodó a servir como doncella de labor en casa de una señora principal; al poco de llegar quedó huérfana. Se enamoró de un escudero de la casa. La señora, para evitar comentarios, los casó. Tuvieron una hija; al poco tiempo falleció su marido a consecuencia del trauma que le produjo el maltrato de su señora doña Casilda.

Tenía fama de buena costurera y, cuando se quedó viuda la duquesa se la trajo con ella al reino de Aragón. Su hija tenía dieciséis años, era muy bella y poseía grandes cualidades. Se había enamorado de ella el hijo de un rico labrador; le había dado palabra de ser su esposo, pero ahora no quería cumplirla. Por eso venía a pedirle ayuda. Termina destacando el valor de su hija frente a Altisidora y la duquesa; en la primera porque “no es oro todo cuanto reluce” (refr. Las apariencias engañan), pues le huele la boca; en la segunda, porque tiene llagas en las piernas.

Nada más terminar de hablar abrieron la puerta; del sobresalto, se le cayó la vela a doña Rodríguez y se quedó la habitación a obscuras. Dos manos la cogieron por la garganta y otra persona le levantó las faldas y le dio varios azotes con una chinela. A don Quijote le pellizcaron por todas las partes y le dieron mamporros. Tuvo que  defenderse a puñadas.



Comentario



Las interpretaciones más abundantes de este capítulo son dos:

A)     Las que lo sitúan en un ambiente teatral como hacen Díaz Plaja en la obra En torno a Cervantes, y la que lo interpreta concretamente como un paso de entremés, como es el caso de Domingo Ynduráin en las “Notas al capítulo XLVIII”. Para este autor, “No faltan ninguno de los ingredientes propios del género: figuras estrafalarias y tipificadas, parodias con recuerdos clásicos de las relaciones amorosas caballerescas y refinadas, críticas a las dueñas y final a palos y a oscuras. Pero sobre este esquema, Cervantes borda algunos de los elementos esenciales que caracterizan toda la obra. Tal es el contraste entre imaginación y realidad: el caballero, que espera Altisidora, se encuentra con una dueña a la que confunde con una aparición diabólica. Comparándolo este capítulo con otros en los que se evidencia el contraste entre lo imaginado y lo real, Ynduráin destaca la ironía que suponen los juicios sobre el espantable aspecto de doña Rodríguez y las consideraciones de don Quijote sobre la dueña, como tentadora y apetecible. Preguntando don Quijote si estaría seguro al recibir a tales horas a doña Rodríguez y contestando ésta que sí. Responde él:

-          ”porque ni yo soy de mármol, ni vos de bronce, ni ahora son las diez del día, sino media noche…y en una estancia más cerrada y secreta que lo debió de ser la cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozó a la hermosa y piadosa Dido”.

B)      Desde un    punto de vista social. La dueña hace honor al apelativo de alcahueta, como explica Casalduero: “Cervantes, nos ha presentado las bellísimas piernas de Altisidora ; doña Rodríguez nos descubrirá las de la Duquesa, con unas fuentes “por donde se desagua todo el mar humor de quien dicen los médicos que está llena”. Doña Rodríguez nos da a conocer el secreto de los médicos; nos hace, querámoslo o no, presenciar el cuerpo de la Duquesa en su realidad verdadera, e igualmente nos entera de la vida del Duque y nos aproxima a Altisidora, todo esto después de habernos hecho pasear por Madrid y conocer la corte”.  Recordemos que cuando expone la historia de su seducida hija por el hijo de un rico labrador, “pedídole (al Duque) mande que el tal labrador se case con mi hija, hace orejas de mercader y apenas quiere oírme, y es la causa que como el padre del burlador es tan rico y le presta dineros y le sale por fiador de sus trampas por momentos, no le quiere descontentar ni dar pesadumbre”.

                     

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