jueves, 5 de enero de 2012

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXVIII. LA ESPERPÉNTICA HISTORIA DE LA DUEÑA DOLORIDA







Después de las tristes músicas aparecieron por el jardín, en procesión doce dueñas repartidas en dos hileras de seis; vestían con tocas blancas y los rostros cubiertos por velos negros. En medio de ellas venía la condesa Trifaldi dándole la mano al escudero Trifaldín de la Blanca Barba. El vestido de la Trifaldi, llevado por tres pajes, vestidos de luto,  terminaba en tres puntas. Por esta razón, la llamaban la condesa de las tres faldas o Trifaldi, también conocida como condesa Lobuna o Zorruna, por criarse en su condado lobos y zorras.

Se acercó la comitiva a donde estaban los duques,  don Quijote y Sancho. Los primeros salieron a recibir a la Trifaldi; cuando llegó se puso de rodillas y, dirigiéndose a ellos, preguntó por el “acendradísimo caballero don Quijote de la Manchísima y su escuderísimo Panza”. Este último contestó con los mismos superlativos,  diciéndole  que la “dolorísima dueñísima” pidiese lo que considerase; pues el mismísimo “don Quijotísimo” y él se convertían en sus “servidorísimos”. Se presentó don Quijote y le dijo que se ponía a su servicio, pues su ocupación consistía en ayudar a los necesitados. Se arrojó a los pies de don Quijote, enalteciendo su persona y manifestándole que de él dependía el remedio a su desgracia. También le pidió a Sancho que intercediera por ella ante su dueño.

Los duques se reían de la buena actuación de la Trifaldi.

A continuación la dueña Dolorida contó cuál era su preocupación. Según ella, en el famoso reino de Cendaya, vivía la infanta Antonomasia, heredera del trono e hija de la reina Maguncia, viuda del rey Archipiella; esta princesa estuvo a su cuidado desde muy pequeña. Cuando llegó a la edad de catorce años, se hizo una hermosa mujer, admirada y solicitada por príncipes nacionales y extranjeros.  Quiso la fortuna que un galante joven de la corte, llamado Clavijo,  famoso por saber tocar la guitarra, componer versos y hacer jaulas de pájaros se enamorara de ella. No la hubiera conseguido si no hubiese sido por su mediación como dueña, pues con requiebros, pequeños regalos y canciones, logró que le abriera las puertas de la alcoba de la princesa. Se lamentó de su simplicidad y de la locura que cometió. Fruto de la misma fue el embarazo de Antonomasia. Se arrepintió de ello, prometiéndose que en todos los negocios de esta tipo en los que interviniera iría por delante el matrimonio. Éste se consiguió en este caso, pero con gran desacierto por el diferente linaje que entre uno y otro había. El astuto Clavijo consiguió un documento firmado por la princesa, e intervenido por la dueña, en el que se asumía ser su esposa en el caso de quedar embarazada. Como esto se produjo, pidió por esposa a Antonomasia, ante el vicario. Comprobado por éste el documento y confesado por la princesa, la mandó depositar en casa de un alguacil de corte muy honrado. Sancho intervino para decir que de lo que había oído se podía deducir que “todo el mundo es uno” (Los problemas que conllevan las dueñas son comunes en todos sitios).



Comentario

La idea de que  “Cervantes creía firmemente que la literatura tenía que ser didáctica, que no solamente tenía que entretener y producir un placer estético, sino que también tenía que educar” (D. Eisenberg), se muestra también en este capítulo en el que prosigue la farsa en el palacio de los duques.

En esta escena trágico -cómica la Dueña Dolorida cuenta una historia celestinesca, impropia de su categoría. En su discurso se manifiesta arrepentida por haber utilizado los sentidos para atacar la pureza de la infanta Antonomasia( Casalduero). Las dueñas, como quedó demostrado en el capítulo anterior, estaban muy mal vistas por los moralistas y la sociedad general de la época. Había toda clase de dueñas, de nivel inferior y superior. Las de este nivel son descritas por Covarrubias en el Tesoro de la Lengua como “…en palacio llaman dueñas de honor a personas principales que han enviudado, y las reinas y las princesas las tienen cerca de sus personas en sus palacios” .  Pues bien, contra éstas también arremete Cervantes en esta escena satírico burlesca:

a)      Doce dueñas, repartidas en dos hileras con tocas y monjiles blancos de delgado canequí, con el rostro cubierto “con unos velos negros y no transparentes”

b)      Se ridiculiza la presentación de La Dolorida, percibiéndose claramente el efecto cómico de la misma: Tras ellas venía la condesa Trifaldi, “vestida de finísima y negra bayeta negra sin frisar (sin alisar), que si estuviera alisada, descubriría un grano tan grande como un garbanzo “de los buenos de Martos” (Martos es un pueblo de la provincia de Jaén).  Trae el rostro cubierto;

c)       Tres pajes, que sostenían tres faldas (“trifaldi”);

d)      La condesa espeta un discurso en el que con ánimo de literaturizar su habla, muestra su vehemencia mediante el uso de superlativos, tanto para adjetivos como para sustantivos: “acendradísimo”,“Manchísima”, “escuderísimo”. Con el mismo propósito burlón los utiliza Sancho: “Quijotísimo”, “dolorísima”. No olvidemos que Sancho sabe que su habla le cae muy bien a la duquesa, por lo que procura intensificar la comicidad en la respuesta.

En el arrepentimiento de la Dolorida, encontramos una de las ideas que Cervantes destaca en la obra: las relaciones entre los hombres y las mujeres, cuando están basadas en el amor se dirigen al matrimonio, como muy bien demuestra D. Eisenberg en “La interpretación cervantina del Quijote”. Después de contarnos cómo por intermediación de ella, Clavijo se acostó con Antonomasia, exclama: ¡No, no, eso no: el matrimonio ha de ir adelante en cualquier negocio de éstos que por mí se tratare!

Cervantes nos vuelve a manifestar el sentido educador del libro, a través de este formidable acicate de la presentación y el discurso esperpéntico de la Trifaldi   



    

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