sábado, 22 de octubre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXII. HACIA LA CUEVA DE MONTESINOS. EL PRIMO. EL SENTIDO DE LA VIDA


Después de pasar tres días en casa de los novios, en los que recibieron copiosas muestras de agradecimiento, don Quijote defendió a Basilio diciendo que No se pueden ni deben llamar engaños los que ponen la mira en virtuosos fines, añadiendo a continuación que El de casarse los enamorados era el fin de más excelencia. Añade a continuación unos avisos a Basilio sobre la importancia de saber llevar la hacienda de la casa, aconsejándole que deje de ejercitarse sobre las habilidades que le dan fama, pero no dinero advirtiendo que el mayor contrario que el amor tiene es el hambre y la continua necesidad, porque el amor es todo alegría, regocijo y contento, y más cuando el amante está en posesión de la cosa amada, con quien son enemigos opuestos y declarados la necesidad y la pobreza”. Sigue con bellos consejos sobre la buena fama de la mujer: “El pobre honrado (si es que puede ser honrado el pobre) tiene prenda en tener mujer hermosa, que cuando se la quitan, le quitan la honra y se la matan. La mujer hermosa y honrada cuyo marido es pobre merece ser coronada de laureles y palmas de vencimiento y triunfo. La hermosura por sí sola atrae las voluntades de cuantos la miran y conocen, y como a señuelo gustoso se le abaten las águilas reales y los pájaros altaneros; pero si a la tal hermosura  se le junta la necesidad y estrecheza, también la envisten los cuervos, los milanos y las otras aves de rapiña: y la que está a tantos encuentros firmes bien merece llamarse corona de su marido. Añade que si alguien le pidiese consejo sobre cómo debe ser la mujer que se elija por esposa, le diría lo siguiente: “Lo primero, le aconsejaría que mirase más a la fama que a la hacienda, porque la buena mujer no alcanza la buena fama solamente con ser buena, sino con parecerlo, que mucho más dañan a las honras de las mujeres las desenvolturas y libertades públicas que las maldades secretas. Si traes buena mujer a tu casa, fácil cosa sería conservarla y aun mejorarla en aquella bondad; pero si la tres mala, en trabajo te pondrá el enmendarla, que no es muy hacedor pasar de un extremo a otro. Yo no digo que sea imposible, pero téngolo por dificultoso.”

Sancho comentó que podría ser un excelente predicador, pues “no hay cosa donde no pique y deje de meter su cuchara” (Lo sabe todo y por lo tanto opina). Al preguntarle don Quijote sobre lo que murmuraba, Sancho le contestó que si ese discurso lo hubiera oído antes de casarse, ahora hubiera podido decir “El buey suelto bien se lame” (Quien es libre hace lo que quiere). Se inició a continuación un breve diálogo sobre los tropiezos que hay en el matrimonio.

Al final se despidieron con intención de ir a ver la cueva de Montesinos y las lagunas de Ruidera. Don Quijote le pidió al diestro licenciado que los acompañó a las Bodas, que les diese un guía que los llevase a las cuevas. El estudiante le dijo que le daría un primo suyo muy aficionado a la lectura de libros de caballerías. Llegó el primo, Sancho aderezó al rucio, proveyó las alforjas y tomaron el camino de las cuevas.

En el camino don Quijote le preguntó al primo cuál era su ocupación. Este le contestó que era humanista, aficionado a las novelas de caballerías y componía libros de provecho y entretenimiento para la república.  A continuación le fue contando los libros que había escrito: de las libreas; Metamorfóseos o Ovidio español;  Suplemento a Virgilio Polidoro, que trata de la invención de las cosa, donde explicaba quién fue el primero que cogió un catarro. Esto, lógicamente, provocó comentarios burlones de Sancho por las necedades y disparates que el primo decía.  

Llegó la noche y se albergaron en una aldea. Al día siguiente, después de comprar cien brazas de soga, se dirigieron a la cueva a la que llegaron a las dos de la tarde. La boca de la cueva era espaciosa, pero estaba llena de arbustos, zarzas y malezas. Sancho sintió miedo por don Quijote. Don Quijote mandó que lo atasen a la soga.  El primo le pidió que averigüe bien lo que hay dentro, pues algunas de las cosas que hallare las podría poner en un  nuevo libro que pensaba escribir, llamado de las  Transformaciones. A esto respondió Sancho que En manos está el pandero que le sabrá bien tañer (Ya sabe lo que tiene que hacer). Después de encomendarse a Dios y a Dulcinea descendió.

Soltaron las cien brazas de soga que tenían. A la media hora empezaron a recoger la soga. Como no pesaba, creían que don Quijote se había quedado dentro. A las ochenta brazas, sintieron peso. Don Quijote salió dormido. Consiguieron despertarlo, pero renegó, porque “le habían quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto y ha pasado”, añadiendo a continuación que “ahora acabo de conocer que todos los contentos de esta vida pasan como sombra y sueño o se marchitan como flor del campo”.

Se sorprendieron de sus palabras y le dijeron que les contase lo que en aquel infierno había visto. Les dijo que se sorprenderían. Pidió de comer: se sentaron, merendaron y cenaron. Después les comunicó que estuviesen atentos a lo que les iba a contar.

Comentario

 Este capítulo enlaza con el anterior a través del tema del matrimonio, que para Cervantes es el fin de los enamorados. Vienen a continuación los consejos que don Quijote le da a Basilio, en el sentido de que abandone las habilidades que le hacen famoso: el lanzamiento de la barra, jugar a los bolos y con la espada. Esto ni da dinero, ni aumenta la hacienda de la casa. El sentido que tienen estas palabras hay que verlo en relación con lo que don Quijote advirtió en el cp. XIX sobre la influencia que los padres deben tener en la elección del matrimonio por los hijos, pues si no “tal habría que escogiese al criado de su padre, y tal al que vio pasar por la calle, a su parecer bizarro y entonado, aunque fuese un desbaratado espadachín”. Como vemos, Cervantes está exponiendo su visión del amor dentro del matrimonio como institución social: “el mayor contrario que tiene el amor es el hambre y la continua necesidad, porque el amor es todo alegría, regocijo y contento…”.

Después de oír el discurso de don Quijote, Sancho murmuraba diciendo que si don Quijote estuviera casado, no hablaría así: El buey suelto bien se lame. Don Quijote le dice: -¿Tan mala es tu Teresa, Sancho? –No es muy mala, pero no es muy buena: o al menos, no es tan buena como yo quisiera. – Mal haces, Sancho –dijo don Quijote-, en decir mal de tu mujer, que en efecto es la madre de tus hijos. –No nos debemos nada –respondió Sancho-, que también ella dice mal de mí cuando se le antoja, especialmente cuando está celosa, que entonces súfrala el mismo Satanás”. El diálogo anterior representa la dimensión humana del viejo matrimonio que tiene que ir salvando los múltiples obstáculos económicos, sociales y psicológicos que la vida le ha ido presentando; es una ligera pincelada de la condición humana, uno de los rasgos por los que El Quijote es un clásico.

El capítulo entra ahora en el viaje a la cueva de Montesinos. Se nos presenta al guía del viaje: el primo: el primo del diestro licenciado, compañero de Corchuelo, que apareció en el capítulo XIX. Es humanista y aficionado a la lectura de los libros de caballerías. Viene en un “pollina preñada”; escribe libros eruditos y sabe quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo y el primero que tomó ungüentos para curarse la sífilis. Como vemos, el primo es la herramienta que utiliza Cervantes para ridicularizar la tendencia que había en el Renacimiento por conocer hechos que no sirven para nada. Don Quijote se lo dice a Sancho – “Más has dicho –Sancho (…), que hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que después de sabidas y averiguadas no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria”.

Las palabras anteriores cobran su valor a la luz de la interpretación que realiza don Quijote sobre el hijo de don Diego de Miranda, en el cap. XVI. No quería escribir poesía en romance. Don Quijote interpreta que no es correcto. Argumenta, utilizando los ejemplos de Homero y Virgilio que escribieron en su lengua; por la misma razón, el hijo de don Diego debería escribir en la suya. Esto es lo que Cervantes quiere destacar: no basta con la erudición pedante y la investigación absurda. Los hechos son significativos si sirven para algo.

 Otro de los aspectos significativos de este capítulo es lo que nos dice de don Quijote cuando de noche llegaron al pueblo: tomaron albergue en la aldea. Don Quijote, en esta segunda parte pasó unos días en la casa del Caballero del Verde Gabán; otros, con Basilio, y ahora se alberga en la aldea. Han ido a comprar soga a una tienda. Estamos viendo a un caballero que cada vez más está dejando de ser “andante”: a Cervantes le interesa resaltar el medio social, como veremos en capítulos posteriores.

El capítulo termina con el descenso de don Quijote a la sima, con el despertar y las impresiones de lo que ha soñado: “me habéis quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado”. Añade a continuación: “ahora acabo de conocer que todos los contentos de la vida pasan como sombra y sueño o se marchitan como la flor del campo”.  Lo anterior es el modo o sentido de entender la vida. Vida, cuyo sentido es tiempo, que hemos de vivir de acuerdo con un ideal. Avalle Arce, en Don Quijote como forma de vida,  lo expresa con estas palabras: “Verdadera lección de heroísmo profundamente humano, de quijotismo esencial: saber que la vida es sombra y sueños, pero vivirla como si no lo fuese. El hidalgo manchego, para dejar de serlo, se empeñó en vivir la vida como una obra de arte...Don Quijote ha descubierto que intentar vivir la vida como una obra de arte es todo vanidad, porque la vida es sombra y sueño. Sin embargo, él no abandonará el ideal, a pesar de estar corroído hasta las entrañas por las dudas."


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