martes, 18 de octubre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXI. LA ASTUCIA DE BASILIO. EL MATRIMONIO

Estaban don Quijote y Sancho aún en la conversación sobre el poder de la muerte, cuando oyeron todo el fragor de la fiesta. Se aproximaban los novios, acompañados de los participantes en la boda.

Sancho elogió la grandeza con que iba vestida la novia. A don Quijote le parecía que, después de Dulcinea, no había visto una mujer más hermosa que ésta. Cuando los novios llegaban a una plataforma adornada de Alfombras y ramos, en las que se iban a realizar los desposorios, oyeron a sus espaldas una voz que les pedía que se esperaran. Era la de un hombre que iba vestido de negro y rojo, llevaba puesta una corona de ciprés y traía en las manos un bastón grande. Era Basilio. Se dirigió a Quiteria y la acusó de ingrata e injusta por querer hacer “señor de lo que es mío a otro cuyas riquezas le sirven no sólo de buena fortuna, sino de buenísima fortuna”. Después de decirle con despecho a Camacho que para que fuese feliz con Quiteria , lo mejor es que él se suicidara, se arrojó sobre la mitad del estoque que había clavado en la tierra, quedando atravesado de parte a parte en un baño de sangre.

Todos acudieron a ayudarle y don Quijote, cogiéndolo quiso sacarle el estoque, pero el cura aconsejó que no le sacasen el estoque hasta que se confesase del pecado cometido. Basilio puso una condición para hacerlo; antes debería Quiteria aceptarlo por esposo. Todos influyeron en Camacho y en Quiteria para que se aceptase la petición de Basilio, pues sólo le quedaban minutos de vida.

Después de oír tanta petición por parte de los presentes, y entre ellos don Quijote, asintió Camcho. También lo aprobó Quiteria  y, triste y pesarosa, se acercó a Basilio; se puso de rodillas y por señas le pidió la mano. Este, con los ojos desencajados le dijo que en un momento como éste no se podía jugar con la verdad.

Ella, cogiéndole la mano, le contestó que nadie torcería su voluntad y le daba la mano de “legítima esposa” y recibía la de él de su libre albedrío. La respuesta de Basilio fue recíproca. Sancho sospechó que algo raro estaba ocurriendo porque Basilio hablaba demasiado. El cura les echó su bendición. En ese momento, Basilio se puso de pie, se sacó el estoque, al cual servía de vaina su cuerpo. Todos quedaron sorprendidos, diciendo que se había producido un milagro, mientras que Basilio dijo que de milagro nada, sino que había sido maña y astucia, puesto que la espada no había atravesado su cuerpo, sino un tubo lleno de sangre que llevaba preparado.

Todos se tuvieron por burlados y afrentados;  tanto los seguidores de Camacho como los de Basilio desenvainaron las espadas. De inmediato intervino don Quijote para decir que “no es razón toméis venganza de los agravios que el amor nos hace, y advertir que el amor y la guerra son una misma cosa, y así como en la guerra es cosa lícita y acostumbrada usar de ardides y estratagemas para vencer al enemigo, así en las contiendas y competencias amorosas se tienen por buenos los embustes y marañas que se hacen para conseguir el fin que se desea, como no sean en menoscabo de la cosa amada. Quiteria era de Basilio, y Basilio de  Quiteria, por justa y favorable disposición de los cielos (…) a los dos que Dios junta no podrá separar el hombre”.

También intervino el cura y se apaciguaron los ánimos. Camacho pensó que si Quiteria quería a Basilio de soltera, también lo seguiría queriendo después de casada, por lo cual “debía dar gracias al cielo más por habérsela quitado que por habérsela dado”.

Basilio y Quiteria se fueron a su pueblo y allí continuaron las fiestas de Camacho como si realmente se desposara. Los primeros se llevaron consigo a don Quijote por el valor que había mostrado. También los siguieron gran número de personas, pues “también los pobres virtuosos y discretos tienen quien los siga, honre y ampare como los ricos tienen quien los lisonjee y acompañe”.

Sancho, que llevaba en el alma las ollas de la fiesta, se alejó con gran pesar porque tenía que dejarlas.



Comentario  



Se pone fin en este capítulo a las Bodas de Camacho y vamos a ver complementadas ciertas ideas que se van reiterando en el libro.

En el capítulo XIX asistimos al enfrentamiento de los dos estudiantes. Uno utilizaba la fuerza y el otro el arte. Venció el último. El mismo Cervantes, haciéndose eco de las ideas de su época, nos dice que “el cual testimonio sirve y ha servido para que se conozca y vea con toda verdad cómo la fuerza es vencida por el arte”.

La misma idea la volvemos a encontrar en este capítulo, a través de la nueva versión que nos da de la fábula de Píramo y Tisbe. Recordemos que el estudiante, cuando le habla de las bodas de Camacho a don Quijote, le dice que las bodas retomaban los amores olvidados de Píramo y Tisbe. El Píramo del capítulo es Basilio que aparentemente está dispuesto a morir por Tisbe, Quiteria. Ya dije allí que Cervantes le da una nueva solución al problema a través de la oposición arte frente a naturaleza, venciendo el primero.

Antes del desenlace asistimos a la llegada de los novios, a manera de una alegre marcha  procesional, acompañada del cura y la “parentela de entrambos”. El elogio de Sancho a la novia culmina la belleza de este movimiento,  al presentárnosla en el talle “como una palma que se mueve cargada de racimos de dátiles, que lo mismo parecen dijes que trae pendientes de los cabellos y de la garganta”.  Esta admiración se suspende por el suceso que ocurre a continuación: “a la sazón que llegaban al puesto, oyeron a sus espaldas grandes voces…”Es la entrada de Basilio, el nuevo Píramo. Este último se suicida con un puñal cuando ve que las ropas de Tisbe están bañadas de sangre; Basilio también utiliza su espada al creer que el corazón de su amada Quiteria ha sido devorado por las riquezas de Camacho, pero a diferencia del primero utiliza la espada con destreza y artificio. Los asistentes, al levantarse Basilio, gritaron: “!Milagro, milagro!”, pero Basilio replicó ¡No milagro, milagro, sino industria, industria!.  Como señala Casalduero, se ha producido “el triunfo del amor sobre lo social”. El poder económico de Camacho ha sido vencido por la destreza y arte de Basilio, repitiéndose una vez más la tesis que anteriormente Cervantes nos presentó.

Otro de los temas que se presentan en este capítulo es el del matrimonio. Este es para Cervantes la consecuencia perfecta del amor. En el capítulo XIX, nos dice “Quiere hacer uno un viaje largo, y si es prudente, antes de ponerse en camino busca alguna compañía segura y apacible con quien acompañarse”. El juicioso Don Diego de Miranda, cap. XVI. Está casado con una mujer de “sólito agrado”, y es feliz.

En este capítulo se encuentra coincidencias entre Quiteria y Luscinda.  (Historia de Cardenio. cap. 24 … Quijote 1605). Ambas fueron separadas de los amantes de su niñez, por el mismo motivo: los padres preferían para sus hijas un marido rico. Basilio ha sufrido al verse separado de su amada, este sufrimiento nos recuerda el que Luscinda le produjo a Cardenio; sin embargo, las direcciones que siguen ambos son diferentes: Cardenio, la de la desesperación; Basilio la de la astucia y el ingenio.

A lo largo de la acción dramática de las Bodas de Camacho, vamos viendo diversas posturas de don Quijote y Sancho. El primero se pone del lado de Basilio cuando el estudiante cuenta lo que le ocurrió a don Quijote. Sancho se coloca a su lado porque piensa como su mujer, “la cual no quiere sino que cada uno se case con su igual, ateniéndose al refrán de “cada oveja con su pareja”. Añade que “lo que yo quisiera es que el buen Basilio , (…), se casara con esa señora Quiteria, que buen siglo hagan…”. Don Quijote, en el cap. XIX empieza por estar a favor de Camacho – Recordemos que apoya “la elección de los padres de casar a sus hijos con quien  y cuando deben”- . Posteriormente se deja ganar gradualmente por Basilio. De todo lo anterior podemos inferir que los requisitos que Cervantes considera necesarios para que los que se casen puedan llegar a ser felices son que las circunstancias sociales sean semejantes, las diferencias de la edad apropiada y que ambos se quieran.

Lo anterior justifica la tesis de Américo Castro: “Hay determinadas realidades que para él (Cervantes) son de existencia tan evidente como esta luz que nos alumbra. Entre esas realidades morales hay algunas cuya existencia se establece dogmáticamente, y que son en Cervantes verdaderas tesis de combate; entre ellas ninguna de importancia mayor que la libertad amorosa”. La historia de Quiteria y Basilio lo demuestra.




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