jueves, 1 de septiembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XI. LA CARRETA DE "LAS CORTES DE LA MUERTE"



Iba don Quijote, subido en Rocinante, triste y pensativo por el encantamiento de Dulcinea. El caballo deambulaba de un sitio a otro. Sancho, para animarlo le dijo: “-Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias: vuestra merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante, y avive y despierte”.

Se sentía don Quijote culpable de la desgracia del encantamiento de Dulcinea. Le reprochaba a Sancho lo mal que describió su hermosura y éste le contestó que tal belleza lo turbó, tanto como a él su fealdad, “Pero encomendémoslo todo a Dios, que Él es el sabidor de las cosas que han de suceder en este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos, donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería”. Le dice Sancho que le preocupa el estado de Dulcinea, porque los vencidos por don Quijote que tuvieran que presentarse ante ella, no la reconocerán. Don Quijote le replica que quizá para ellos no haya sufrido transformación alguna la belleza de Dulcinea, teniéndola sólo para él y Sancho. Este le contesta que hay que pasarlo bien, “dejando al tiempo que haga de las suyas, que él es el mejor médico de estas y de otras mayores enfermedades”.

No pudo don Quijote seguir el diálogo con Sancho porque se les cruzó una carreta, conducida por un demonio y en la que iban la Muerte, un ángel, el emperador, Cupido y “un caballero de punta en blanco”, (preparado para entrar en combate), y otras figuras. Todas ellas iban con la clara descubierta. Don Quijote, que en un principio se impresionó, reaccionó después y deteniendo a los de la carreta, les conminó a que le dijeran quiénes eran. El que la conducía le explicó que eran una compañía de comediantes, que habían representado el auto de Las Cortes de la Muerte y, por tener que representarla esa tarde en un pueblo vecino, ni siquiera se habían desvestido. Le contestó don Quijote que creía que se le presentaba otra nueva aventura, añadiendo que “ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño”. Se pone a su disposición y añade que “desde muchacho fui aficionado a la carátula, y en mi mocedad se me iban los ojos tras la farándula”.

Uno de la compañía, el bojiganga, empezó a danzar delante de Rocinante y a dar con unas vejigas de vaca en el suelo. Rocinante se espantó, salió huyendo y dio con d0on Quijote en tierra. Sancho acudió en su ayuda y dejó el rucio; el comediante se subió y salió huyendo con el rucio hacia donde iban a realizar la fiesta. Cuando llegó a donde estaba don Quijote le dijo que el diablo se había llevado el rucio. Don Quijote subió en Rocinante y salió en persecución de los cómicos, reclamando el rucio de Sancho.  Después de que el payaso se tiró del rucio por imitar a don Quijote, no se pudo subir y el rucio regresó. Sancho advirtió a don Quijote que no se enfrentara a los comediantes, diciéndole que “nunca se tome con farsantes, que es gente favorecida”.

Como salió detrás de ellos, desafiándolos, los comediantes se tiraron del carro, cogieron piedras y puestos en combate se dispusieron a recibir a don Quijote. Sancho que vio la que se avecinaba, desaconsejó a don Quijote en su aventura. Argumentó que los oponentes no eran caballeros andantes.  El argumento anterior lo convenció, contestándole a Sancho que debería ser él el que se enfrentara. Este contestó que “ No hay para qué, señor (…) tomar venganza de nadie, pues no es de buenos cristianos tomarla de los agravios”.

Don Quijote elogió el consejo y lo aceptó por “bueno, discreto, cristiano y sincero”. Dieron la vuelta y los comediantes de la carreta de la Muerte continuaron su viaje.



Comentario



Cuando expliqué el capítulo anterior, me referí a la tesis de Spitzer, para decir que el artista Cervantes, nos presenta la voz de los personajes tal y como se presentan en la realidad. Por eso leemos en bastantes ocasiones las prevaricaciones lingüísticas de Sancho y también de las aldeanas confundidas con Dulcinea y sus doncellas. Sin embargo hay cuestiones, como por ejemplo las que se refieren al catolicismo español, en las que Cervantes nos presenta una única perspectiva: la que concibe a Dios como criador del universo, que lo conserva y rige con su providencia. Por esto le dice Sancho a don Quijote: “Encomendémoslo todo a Dios, que Él es el sabidor de todas las cosas…”. Dice a este respecto Spitzer: “el artista Cervantes nunca niega a Dios ni sus instituciones, el Rey y el Estado. Por tanto, Dios no puede quedar dentro de su perspectivismo de artista; más bien el Dios de Cervantes está situado por encima de las perspectivas del lenguaje”.

Perspectivismo se presenta también en la forma de enfocar el problema de Dulcinea por parte de don Quijote: los vencidos que se presenten a ella porque él los ha enviado, probablemente la vean con la belleza que él la imagina; sin embargo, él la ve en su rusticidad, por el encantamiento que sufre.

Fuera del perspectivismo queda la verdad. La frase de don Quijote al ver la realidad de la carreta de Las Cortes de la Muerte, “ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño”, nos permite inferir la objetividad que, para Cervantes, tiene la verdad y la prudencia con que debemos andar para no engañarnos.

Interesante también en este capítulo son los ecos teatrales de don Quijote.  Díaz Plaja, en el librito En torno a Cervantes estudia su proyección teatral. En este capítulo se nos muestra a un don Quijote que además de las lecturas de libros de caballerías nos dice que “desde muchacho fui aficionado a la carátula, y en mi mocedad se me iban los ojos tras la farándula”. A los comediantes los llama “buena gente” y “turba alegre y regocijada”. De lo anterior infiere Díaz Plaja : “De la misma manera que el Quijano lector de libros caballerescos nos trae la proyección de Cervantes, evidente apasionado de los mismos en su mocedad, hasta el punto de que toda su juventud en la milicia y el cautiverio está teñida de una ética “caballeresca”; del mismo modo, digo, este Don Quijote espectador apasionado del teatro es una proyección del Cervantes adolescente que se encandilaba ante las representaciones de Lope de Rueda”.

Unamuno, cuando interpreta este capítulo, nos dice que “La del carro de la muerte parece una de las más heroicas  (aventuras) que llevó a feliz término nuestro hidalgo, pues en ella se nos muestra venciéndose a sí mismo con su cordura.



  










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