miércoles, 14 de septiembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XIII. LOS RAZONAMIENTOS DE LOS ESCUDEROS

Los dos escuderos empezaron a contarse lo embarazoso de sus vidas. Después de decir el del Bosque que las dificultades que tenían era la propia del ser humano: ganarse el pan con el sudor de su frente, Sancho matizó que si comían se podían dar por satisfechos, pues “los duelos con pan son menos”, ya que hay días que no comen nada. Continúan con la conversación sobre las esperanzas que tienen los escuderos de los caballeros andantes. Comenta el del Bosque que se puede soportar todo pensando en que se puede obtener una ínsula. Asiente a ello Sancho, diciendo que ya se lo ha pedido a don Quijote; el del Bosque añade que se contenta con una canonjía. Después de decir Sancho lo difícil que sería para él servir a la Iglesia dado su analfabetismo, añade el del Bosque que no piense que el gobierno de la ínsula es fácil de llevar. Las hay pobres y difíciles y todas conllevan muchos quebraderos de cabeza para el gobernante. Dado esto, lo mejor sería volver a casa y, con poco que se tenga, salir adelante.

El hecho de volver a sus casas les trae a uno y otro a hablar de su familia. Si volvieran a sus casas uno y otro se dedicarían a criar a sus hijos. Sancho le cuenta que tiene dos. A la hija, que tiene quince años y está fuerte y lozana, la cría para que algún día pueda ser condesa. A la presentación que de ella hace, sobre la juventud y lozanía, responde el del Bosque diciendo que además de condesa podrá ser “ninfa del verde bosque”. ¡Oh hideputa, puta, y qué rejo debe tener la bellaca!. Sancho se sintió molesto por estas palabras y le respondió que ni su madre era puta, ni ella, ni lo serían. Le matiza el otro que estas expresiones se utilizan cuando se quiere enaltecer la cualidad de una persona.

Sancho le dice que tiene ganas de volver a verlos, pero lo retiene allí el deseo de volver a encontrarse con “un talego lleno de doblones” como el que encontró cuando iban por Sierra Morena: “que me parece que a cada paso le toco con la mano y me abrazo con él y lo llevo a mi casa, y echo censos y fundo rentas y vivo como un príncipe”.

Sabe Sancho que su amo tiene más de loco que de caballero, pero la esperanza del dinero lo mantiene en el oficio. Interviene el oro escudero para decir que el suyo no está menos loco, pues conociendo el refrán que dice “Cuidados ajenos matan el asno” ( Los que se meten en asuntos ajenos acaban sufriendo las consecuencias), se hace su amo pasar por loco para que otro caballero recobre el juicio.

Le pregunta Sancho que si su amo está también enamorado. Le contesta que sí, de una tal Casildea de Vandalia, una mujer cruel y embustera. A esto replica Sancho que “No hay camino tan llano que no tenga algún tropezón o barranco; en otras casas cuecen habas, y en la mía a calderadas” (En todos los sitios hay problemas, y los míos son los mayores); más acompañados y paniaguados debe tener la locura que la discreción (los locos tienen más sirvientes que los juiciosos). Sancho se queda satisfecho de haber encontrado a otro que sirve a un amo tan tonto como el suyo; pero no era malo, “tiene un alma como un cántaro” (es ingenuo y bonachón) y “no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos”, por eso no se amañaba a dejarle, por más disparates que hiciese. Le replica el otro que tenga cuidado, pues “si el ciego guía al ciego, ambos van en peligro de caer al hoyo” (Cuando alguien se deja influir por otra persona poco capacitada está expuesto a terminar mal).

Sintieron hambre y el del Bosque trajo una bota de vino y una gran empanada de conejo. Sancho se admiró de lo bien provisto que iba y lo elogió diciéndole que era un buen escudero “moliente y corriente” (provisto de todo lo necesario); sin embargo él sólo llevaba en las alforjas un trozo de queso duro, unas pocas algarrobas, avellanas y nueces. Comieron y bebieron hasta hartarse. Sancho demostró ser buen catador de vinos, pues entre sus antepasados figuraban los dos mejores mojones de la Mancha.

Insistió el del Bosque en que deberían volver a sus casas con el argumento de “tenemos hogazas, no busquemos tortas”, ( Alude al refrán “A falta de pan, buenas son tortas”:  Tenemos lo bueno, no busquemos lo peor).  Sancho se mantuvo en su decisión de continuar con su amo. Después se quedaron dormidos.



Comentario

Varias veces he aludido a las formas de vida de ciertas clases sociales en la España del XVI y XVII, me refiero a los ricos y a los que aspiraban a ello. Estas personas se hacían servir. Recordemos que en El Lazarillo, incluso el mendigo ciego, tenía su criado. Bataillon, en Erasmo y España, nos recuerda el caso del humanista que está con cuatro servidores, recluido en un convento, por la Inquisición. Por tanto, las figuras de Sancho y el del Bosque, como tales sirvientes,  eran personajes corrientes en la España de la época.

Por otra parte, en esta España era frecuente que se robara y se dejara robar. Como apunta Pierre Vilar en El tiempo del “Quijote”, “ La “sisa” o rapiña del criado sobre las finanzas del dueño está descrita como usual en todos los niveles: familia, comunidad y administración”. Recordemos que Sancho cuando se encontró los escudos de oro  (I, 23), no hizo nada por devolverlos, ni siquiera don Quijote le instó a que averiguara de quién eran.

En la España del XVII, el oro que venía de América les hacía a los españoles soñar. El espejismo de las Indias los envolvía. Sancho es el prototipo del español soñador: aspira a ganar una ínsula y de inmediato algún “talego lleno de doblones”. Esta sería una de las lecturas que podemos hacer de este capítulo. Sancho y otros muchos españoles como él esperan ganar algo, siguiendo la ambición de sus amos. Las ilusiones de Sancho: “eho censos y fundo rentas y vivo como un príncipe”, en definitiva, “colocar el dinero y vivir de los intereses eran generalmente compartidas en la España del 1615. Las crisis monetarias, las hambrunas y la retracción del comercio con las subidas de precios habían quitado todo atractivo a las inversiones productivas; quienes disponían de capital preferían emplearlo en papel del estado (juros), en préstamos con intereses (censos) y, en especial en hacerse con tierras de señorío, “comprar algún título con qué vivir descansado todos los días de mi vida (como también quisiera Sancho)”, ( Don Quijote de la Mancha. Real Academia Española).

Otro de los temas que aparecen en este capítulo es la fidelidad que Sancho demuestra tenerle a don Quijote. Cervantes, como muy bien explica Eisenberg, en La interpretación cervantina del Quijote, “creía firmemente que la literatura tenía que ser didáctica, que no solamente tenía que entretener y producir un placer estético, sino que también tenía que educar”.

Uno de los valores que al lector le comunica el capítulo es el de la fidelidad. Sancho, cuando decidió salir con don Quijote en la tercera salida (VII, 2), prometió que iría con él hasta el final. Lo animaba el conseguir una ínsula, sabía que estaba loco, pero era una buena persona. Este es uno de los valores que Sancho destaca para continuar con él. Sancho tiene fe en don Quijote, porque éste es una persona fiable por su bondad. Así se lo dice al del Bosque, cuando el segundo califica a su amo de” más bellaco que tonto y que valiente”. Sancho se unió a don Quijote, a pesar de los avatares que la vida le iba dando. No solamente soñaba con la ínsula y con los doblones de oro, especialmente era fiel a la promesa dada. Quiere serle leal a don Quijote. Le es leal porque don Quijote es una buena persona: “tiene un alma como un cántaro y no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos”.  Por encima de la locura que encierra don Quijote,  Sancho le muestra fidelidad por su bondad.

Otro de los aspectos de interés lo tenemos en el habla de los escuderos cuando valoran lo que las personas realizan. Es una muestra más de cómo Cervantes incorpora al libro el habla de la calle. La polifonía, a través de la heteroglosia de los escuderos, está  una vez más presente en este capítulo.



























  










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