viernes, 23 de septiembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XVI. EL CABALLERO DEL VERDE GABÁN Y LOS CONSEJOS DE DON QUIJOTE



Después de la victoria con el bachiller se consideraba don Quijote el más valiente caballero del mundo. No se acordaba de las dificultades, derrotas y problemas que tuvo anteriormente. Pensaba que si pudiera desencantar a Dulcinea, no envidiaría la mejor de las aventuras que el mejor caballero andante pudo alcanzar.

Sancho, sin embargo, iba preocupado por el gran parecido que el de los Espejos y su escudero tenían con el bachiller y su compadre Tomé Cecial. Se lo manifestó  a don Quijote y éste le contestó que no eran ellos. Todo había sido obra de sus enemigos los encantadores. Pues no había razones para que el bachiller, que era su amigo, viniera a enfrentársele todo armado. Le puso el ejemplo de la transformación de Dulcinea en zafia labradora. Sancho, que conocía la verdad, no le quiso contestar.

Estaban en la conversación anterior cuando pasó cerca de ellos un caballero, vestido con un gabán de fino paño verde, subido sobre una yegua tordilla con un buen aderezo. El caballero llevaba alfanje morisco, pendiente de un ancho tahalí de verde oro. Las espuelas estaban tan bruñidas que aventajaban a las de oro.

Don Quijote lo invitó a andar juntos el camino. Aceptó el caballero, no sin antes conocer las reacciones que Rocinante podría tener por la presencia de su yegua. Lo tranquilizó  Sancho de este temor.  Al darse cuenta don Quijote que lo miraba sorprendido, se presentó diciéndole que era caballero andante, que tenía como misión ayudar a los necesitados y que sus aventuras y reconocimiento se conocían en todo el mundo, pues se habían impreso más de treinta mil volúmenes, pero como las propias alabanzas envilecen, no quiere continuar; se ha visto obligado a decir las suyas porque no hay nadie presente para decirlas. Siguió sorprendido el del verde gabán por encontrase ante un caballero andante que se dedicaba a hacer el bien como decía don Quijote, pero especialmente porque creía que tales caballeros ya no existían.

Se presentó el del verde gabán con el nombre de don Diego de Miranda; era un hidalgo, medianamente rico, que poseía unas seis docenas de libros, aunque ninguno de ellos de caballerías, era moderadamente amigo de la caza y de la pesca, no le gustaba murmurar, oía misa cada día, se llevaba bien con sus vecinos y repartía de sus bienes con los pobres, “sin hacer alarde de las buenas obras, por no dar entrada en mi corazón a la hipocresía y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazón más recatado”.

Después de elogiarlo Sancho, considerándolo casi como un santo, habló don Diego de su hijo diciéndole que lo tenía preocupado porque andaba muy embebido en la poesía clásica y miraba con desdén las obras compuestas en romance.  A él le gustaría que estudiara la carrera de leyes y la de teología; pues nuestros reyes premian las virtuosas y buenas letras: porque  letras sin virtud son perlas en el muladar.

Le respondió don Quijote con ponderada sindéresis de los siguientes temas:

 a) La educación de los hijos.  Los hijos (…) son pedazos de las entrañas de sus padres , y, así, se han de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan vida. A los padres toca el encaminarlos desde pequeños por los pasos de la virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para que cuando grandes sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de su posteridad, y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia, no lo tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso, y cuando se ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante que le dio el cielo padres que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen seguir aquella ciencia a que más le vieren inclinado;

b) Sobre la poesía (…) La poesía… a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá de oro purísimo de inestimable precio; hala de tener el que la tuviere a raya, no dejándola correr en torpes sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera, si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias o en comedias alegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran.

c) El concepto de vulgo. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo a la gente plebeya y humilde, que todo aquel que no sabe, aunque sea señor o príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo. Y, así, el que con los requisitos que he dicho y tratare y tuviere a la poesía, será famoso y estimado su nombre en todas las naciones políticas del mundo.

d)  La poesía en romance. Y a lo que decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doyme a entender que no anda muy acertado en ello, y la razón es ésta: el grande Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió en griego, porque era latino; en resolución, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche (…) y siendo esto así, razón sería que se extendiese esta costumbre por todas naciones, y que no se desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano, ni aun el vizcaíno que escribe en la suya;

e) El poeta. Según es opinión verdadera , el poeta nace: quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural sale poeta, y con aquella inclinación que le dio el cielo, sin más estudio ni artificio, compone cosas, que hace verdadero al que dijo: “Est Deus in nobis”, etc. También digo que el natural poeta que se ayudare del arte será mucho mejor y se aventajará al poeta que sólo por saber el arte quisiere serlo (…) Riña vuesa merced a su hijo si hiciere sátiras que perjudiquen las honras ajenas, y castíguele, y rómpaselas ; pero si hiciere sermones al modo de Horacio, donde reprehenda los vicios en general, (…) alábele, porque lícito es al poeta escribir contra la envidia, y decir en sus versos mal de los envidiosos, y así de los otros vicios, con que no señale persona alguna. (…) La pluma es lengua del alma: cuales fueron los conceptos que en ella se engendraren , tales serán sus escritos”.

Don Diego quedó admirado de los razonamientos de don Quijote. Sancho, que se había apartado de ellos para pedirles un poco de leche a unos pastores, oyó de pronto la voz de don Quijote que lo llamaba.  Había visto un carro lleno de banderas reales y pensó que entraría en una nueva aventura.+

Comentario

El capítulo se puede leer desde distintos ángulos:

a)      Desde la vertiente que inicia Amárico Castro en el libro tantas veces presente, El pensamiento de Cervantes. Uno de los problemas que explica Castro es la forma de presentarse la realidad. Esta cambia en función del espectador : “Cada observador posee un especial ángulo de percepción, en función del cual varían las representaciones y los juicios” (Américo Castro).  Siguiendo esta línea de pensamiento, Predmore, en El mundo del “Quijote”, “ha señalado la frecuencia y el cuidado con que el libro distingue entre las cosas que son verdaderas, las que por inferencia deben serlo, y las que sólo parecen serlo. Varios personajes, y no solo don Quijote, luchan con el hecho de que las apariencias pueden engañar y que el mundo a menudo no se corresponde con afirmaciones o ideas preconcebidas acerca de él. El Caballero del Bosque y su escudero resultan ser Sansón Carrasco  y Tomé Cecial, para sorpresa de Sancho. El caballero del Verde Gabán, quiere creer que no hay caballeros andantes, encuentra a un hombre que dice serlo” ( D. Eisenberg. La interpretación cervantina del Quijote). Por lo tanto, desde este punto de vista, la realidad es cambiante y con ella surge el tema del “engaño a los ojos”.

El mismo Castro explica que, para Cervantes, algunas realidades no cambian. No valen distintas percepciones. Son realidades tanto físicas como morales. Tienen una existencia establecida dogmáticamente. Entre estas destaca el amor. En sus diversas facetas, la naturaleza ha hecho del amor un principio armonía entre los seres. En el discurso de don Quijote lo encontramos: a) En el que existe entre padres e hijos. Los primeros tienen la obligación de educarlos de acuerdo con las costumbres cristianas; b) Exaltación de la lengua vernácula: tema recurrente en el siglo XVI y que continúa en la actualidad; c) Sobre la naturaleza del poeta. Otro tema clásico que se inició ya en el diálogo platónico Ion; d) La libertad: principio fundamental de la naturaleza humana.

b)      El caballero del Verde Gabán. Este personaje ha tenido diversas interpretaciones. A.Castro nos dice lo siguiente: “Don Diego surge ahí como ejemplo del señor bien acomodado con la España de los cristianos viejos”.

Casalduero, en Sentido y forma del Quijote, lo analiza desde una vertiente social y dice lo siguiente: “Mientras la sociedad está desarrollando el tipo espléndido de gran señor, todo forma y apariencia, que distinto del hombre del Renacimiento, no equilibra armas y letras, sino que vive en el reducido recinto de la corte la aventura del mundo, Cervantes crea al caballero virtuoso, el Caballero del Verde Gabán. (…)

Don Diego Miranda ha presentado el nuevo tipo de vida, e inmediatamente Sancho la eleva a rango de santidad. No es una vida que describa el valor del medio como opuesto a los extremos, sino que la reclusión laica, la reserva, el fuero de la conciencia, la vida privada. Todo el alarde de las armas queda amortiguado en la caza con perdigón manso y la pesca; de las buenas obras se excluye todo el aparato externo. El ansia de saber se ha transformado en una posesión intelectual del mundo.  En la actividad del hidalgo, el hervor de las pasiones ha quedado sometido a la moral, y ésta todavía conserva su sentido religioso. La aristocracia brillará aún durante mucho tiempo, y su pompa será aún la flor de los siglos XVII y XVIII; pero con Don Diego Miranda la burguesía “más que medianamente rica” ha triunfado no sólo en dinero, sino en capacidad creadora: ciencias, artes y política. Y en ella residen los verdaderos valores espirituales.”


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