miércoles, 7 de diciembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXII. RESPUESTA AL ECLESIÁSTICO Y COLOQUIO CON LOS DUQUES








Don Quijote contestó al Eclesiástico argumentándole que el respeto que le merecía el lugar en el que se encontraban, así como la profesión que representaba, le ataban las manos, pero especialmente “por saber que saben todos que las armas de los togados son las mismas que las de la mujer, que son la lengua, entraré con la mía en igual batalla con vuestra merced, de quien se debería esperar antes buenos consejos que infames vituperios. Las reprehensiones santas y bienintencionadas…piden: a lo menos, el haberme reprendido en público y tan ásperamente ha pasado todos los límites de la buena reprehensión, pues las primeras mejor asientan sobre la blandura que sobre la aspereza, y no es bien que sin tener conocimiento del pecado que se reprehende llamar al pecador, sin más ni más, mentecato y tonto”; después de insistir en que no es bueno entrar en casas ajenas a imponer leyes de caballería, continúa diciéndole que “unos van por el ancho campo de la ambición soberbia, otros por el de la adulación servil y baja, otros por el de la hipocresía engañosa, y algunos por el de la verdadera religión; pero yo, inclinado de mis estrellas, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra…; sostiene que como caballero andante se ha enamorado, pero no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes. Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno”.

Sancho apoyó el discurso de don Quijote y se presentó al Eclesiástico como  “soy quien júntate a los buenos, y serás uno de ellos, y soy yo de aquellos “no con quien naces, sino con quien paces” (en la vida influyen más las compañías que el origen de cada uno), y de los quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”.  El duque le prometió que lo nombraría gobernador de una ínsula que tenía. Al oír esto el Eclesiástico exclamó: “¡Mirad si no han de ser ellos locos, pues los cuerdos canonizan (aprueban) sus locuras.” Y, lleno de cólera, abandonó la mesa.

El duque le manifestó su conformidad a don Quijote  y éste continuó diciendo que “Las mujeres, los niños y los Eclesiásticos, como no pueden defenderse, aunque sean ofendidos, no pueden ser afrentados. Porque entre el agravio y la afrenta hay esta diferencia…la afrenta viene de quien la puede hacer, y la hace, y la sustenta; el agravio puede venir de cualquier parte, sin que afrente. Intervino Sancho para comentar lo mal que le hubiera ido al Eclesiástico con Amadís.

Se reía la duquesa de las palabras de Sancho cuando, después de la comida, entraron cuatro doncellas con aguamaniles y toallas y, sin más, procedieron a lavarle y enjabonarle las barbas a don Quijote; la doncella barbera fingió que se le había acabado el agua y dejó al caballero lleno de espuma, en el más deplorable ridículo. Con el fin de que don Quijote no notase la burla, también pidió el duque que se las lavaran; Sancho le comentó a la duquesa que el espectáculo de lavar las barbas que había contemplado, no lo había visto en otro lugar, pero “por eso es bueno vivir mucho, por ver mucho, aunque también dicen que “el que larga viva vive mucho mal ha de pasar”; contagiado,  también pidió que se las lavasen; pero antes se marchó con el maestresala a comer.

La duquesa le pidió a don Quijote que le describiese la hermosura de Dulcinea, éste le contestó que sería necesario acudir a grandes artistas para explicarla. Pero ahora está encantada, transformada de princesa en labradora, de olorosa en pestilente villana, por los malos deseos de sus enemigos los encantadores; todo esto le hace sufrir, pues  “quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que mira y el sol con que se alumbra y el sustento con que se mantiene”. La duquesa le comentó que de la lectura que había hecho del libro de don Quijote no se podía deducir que existiera Dulcinea, sino que era fruto de su imaginación. Don Quijote respondió de una manera misteriosa: “Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo”. Para que los duques conocieran las cualidades de Sancho, realizó un breve bosquejo del mismo; como lo había tratado de algo simple, añadió que  dándole buenos consejos sería un buen gobernante, pues “por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saben leer, y gobiernan como unos gerifaltes; el toque está en que tengan buena intención y deseen acertar en todo, que nunca les faltará quien les aconseje y encamine en lo que han de hacer…Aconsejaríale yo que ni tome cohecho ni pierda derecho (que ni acepte sobornos, ni renuncie a los que le corresponda por derecho).

Después de lo anterior se oyó un gran ruido de voces que se aproximaban a donde ellos se encontraban. Se trataba de Sancho que venía huyendo de los marmitones de la cocina. Le querían lavar las barbas con agua de lejía. Sancho argumentaba que “estas cirimonias y jabonaduras más parecen burlas que gasajos de huéspedes”. La duquesa le dio la razón y criticó a los “ministros de la limpieza” por ser tan atrevidos y querer lavarle las barbas a Sancho sin utilizar los objetos adecuados. Los criados se retiraron y Sancho, poniéndose de rodillas ante la duquesa, le dio las gracias con mucha cortesía.

Todos se retiraron a reposar; Sancho renunció a las cuatro o cinco horas de siesta y se quedó a conversar con la duquesa porque ésta se lo había pedido.



Comentario


Se inicia este capítulo con la respuesta de don Quijote al Eclesiástico. Torrente Ballester cuando comenta la réplica de don Quijote dice que “es una de las mejores piezas oratorias de la novela; es tan eficaz y tan rápida, que desaloja al enemigo, lo echa fuera de la ficción, libra al lector y se libra de él”.

Don Quijote le contesta con gran cordura, reprochándole que le hubiera reprendido en público, para añadirle a continuación que la persona que se encarga de la educación en la casa de los duques, debe conocer la realidad social. Explica las diferencias entre afrenta y agravio, que vienen dadas por el valor que tienen las acciones, en función de quien las realiza. Termina su discurso,  en la línea del amor cortés (el amor es fuente de bondad y virtud) y, como sostiene Avalle Arce, “El enamorado don Quijote centra toda su vida en la práctica asidua de la virtud, y con esta declaración cierra su elocuente respuesta al eclesiástico de los duques: “Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno”. Una vez que el duque le ha dicho a Sancho que lo nombrará gobernador, el Eclesiástico se va con su célebre despedida: “!Mirad si no han de ser ellos locos, pues los cuerdos canonizan sus locuras!. El Eclesiástico busca la verdad; no está de acuerdo con el marco de burlas que les preparan y se marcha. Un análisis del Quijote desde el punto de vista de la filosofía realista valoraría bien el comportamiento del cura: no desea participar de la diversión de los duques.

Una vez que el Eclesiástico se retira, se inician los diálogos de don Quijote con los duques, cuyo elementos son la burla de las doncellas por la jabonadura que le dan a don Quijote; la que los pícaros le pretenden dar a Sancho, la existencia del ideal en la vida, reflejado en la existencia de Dulcinea y, por último, el anuncio de los consejos de don Quijote y la censura a los gobernantes.

Las jabonaduras, tanto la de don Quijote como la que le quieren dar a Sancho, se inscriben en las burlas que la sociedad realiza del Caballero andante y de su escudero: (Interpretación de D. Eisenberg). Importancia mayor tienen los diálogos que sobre la existencia de Dulcinea, realizan la duquesa y don Quijote. Entre las interpretaciones que se le dan a estos diálogos, destaco dos:

a)      La de Avalle Arce. Los sitúa dentro de la tradición caballeresca, en concreto en la que Amadís tiene de Oriana; los dos se humillan voluntariamente ante la señora de sus pensamientos; su ausencia causa un dolor mortal; tanto Oriana como Dulcinea son un cúmulo de perfecciones. Cuando la duquesa duda de la existencia de Dulcinea. Don Quijote contesta “que la contempla como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son: hermosura sin tacha, grave sin soberbia…”.

b)      La de Casalduero. “Los ideales no los crea el hombre: “Ni yo engendré ni parí a mi señora”. El ideal existe de por sí, con experiencia propia; el hombre al inventarlo no hace nada más que descubrirlo. Cuando lo inventa, lo descubre de la tierra; esto es, le da realidad. De aquí que afirme: “Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar a cabo”.

El diálogo termina hablando don Quijote de Sancho del que dice que “duda de todo y créelo todo”. Con esto entiendo que nos presenta la figura del buen gobernante como más adelante veremos; anuncia sus consejos y critica a los gobernadores. Perseguido Sancho por los marmitones de la cocina, queda emplazado para el diálogo que mantendrá con la duquesa.










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