jueves, 15 de diciembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXIV. LA CAZA DE MONTERÍA Y EL DESENCANTO DE DULCINEA





La duquesa tramó con el duque hacerles una burla famosa a don Quijote y a Sancho, tomando como referencia lo que éste le había contado de la Cueva de Montesinos. Se asombraba la duquesa de la ingenuidad de Sancho, pues había conseguido hacerle creer que Dulcinea estaba encantada, cuando fue él mismo quien mintió a don Quijote. Durante seis días prepararon a los criados para que los llevaran a una caza de montería con el mismo ornato que tuviera una caza real. Partieron don Quijote, armado sobre Rocinante, Sancho, vestido de pardo verde, y los duques. Se encaminaron hacia un bosque; la caza se inició con fuerte estruendo de ladridos y bocinas. La duquesa, el duque y don Quijote se apearon y se dispusieron a esperar el jabalí.  Sancho se quedó detrás subido en su rucio. Junto a él se dispuso una hilera de cazadores. Pronto se oyó un gran ruido y la llegada de un fiero jabalí perseguido por los perros.  Sancho, al verlo, sintió miedo y se subió a un árbol, con tan mala suerte que se quebró la rama y se quedó colgado en el aire, gritando desesperadamente.

Se acercó don Quijote y descolgó a Sancho. Lo primero que notó fue que el traje de montería que le habían dado se había roto. Fue a ver a la duquesa; le enseñó el traje y criticó la cacería.

A la crítica de Sancho contestó el duque, diciendo que “La caza es una imagen de la guerra: hay en ella estratagemas, astucias, insidias, para vencer a su salvo al enemigo; padécense en ella fríos grandísimos y calores intolerables; menoscábase el ocio y el sueño, corrobóranse las fuerzas, agilítanse los miembros del que la usa, y, en resolución, es ejercicio que se puede hacer sin perjuicio de nadie y con gusto de muchos”. A partir de las anteriores razones, le recomienda a Sancho que cuando sea gobernador se ocupe de la caza y “veréis como os vale un pan por ciento” (Obtendréis muchos beneficios).

Sancho, insistiendo en su idea de que el gobernante se debe dedicar al buen gobierno de sus estados,  le respondió que el buen gobernador, la pierna quebrada y en casa (Sancho adapta a sus circunstancias el refrán  “La mujer honrada, la pierna quebrada, y en casa” (Aconseja ser cauteloso, reservado y honesto). La caza y los pasatiempos más han de ser para los holgazanes que para los gobernadores. A lo anterior replicó el duque, diciendo que ojalá fuera así, pues del dicho al hecho hay un gran trecho (Es más fácil hacer promesas que cumplirlas). Volvió a tomar la palabra Sancho para ensartar una serie de refranes con el propósito de decir que con la ayuda de Dios, gobernará bien: A buen pagador no le duelen prendas (Quien tiene razón no le importa comprometerse); más vale a quien Dios ayuda que a quien mucho madruga (Más vale más la suerte que afanarse mucho en el trabajo; sin embargo); tripas llevan pies, que no pies a tripas (Es necesario alimentarse para tener buen ánimo); ¡No, sino póngame el dedo en la boca, y verán si aprieto o no! (No me pongan a prueba). Don Quijote le censuró a Sancho su forma de hablar por utilizar tantos refranes; la duquesa lo elogió.

Salieron de la tienda en la que estaban al bosque; de repente oyeron un gran estruendo de cornetas similar al de ejércitos que se enfrentan en una guerra; una fuerte luz, provocada por los fuegos, los cegaba. El duque y la duquesa se asustaron; don Quijote se sorprendió y Sancho cayó desmayado en las faldas de la duquesa. Pasó un diablo correo, a caballo, un tanto extraño, para ser diablo: Sancho se dio cuenta de que juraba “en Dios y en mi conciencia”;  le dijo al duque que venía buscando a don Quijote, de parte de Montesinos, para decirle que no se moviera de allí porque traía encantada a Dulcinea y le revelaría el modo de desencantarla. Don Quijote decidió esperarla.  

Pasaron tres carros tirados por bueyes, guiado cada uno por un extraño personaje que decía ser sabio y encantador, de los libros de caballerías. A continuación se oyó una suave música, que Sancho tomó como buena señal; por esto le dijo a la duquesa: Señora, donde hay música no puede haber cosa mala.



Comentario  

Si el capítulo anterior se ha contado desde la tranquilidad y reposo en el ambiente que envolvía a Sancho con la duquesa, en éste asistimos al alboroto producido por los muchos criados que acompañan a los duques en la caza de montería. Esto nos lleva a contextualizar caracteres del mundo social del XVI y XVII. La figura del criado es antigua en la Literatura Española: ya en el XV aparece en la Celestina; el Lazarillo es el criado de un ciego. Como dice Pierre Vilar, “El español, incluso no siendo muy rico se hace servir…Servir a un amo rinde tanto como ejercer un oficio y, ¡cuántos oficios no son más que puros servicios… En el siglo XVI se produce un desplazamiento importantísimo de población activa hacia el sector no productivo que anuncia el parasitismo social y la decadencia”. Estos planteamientos de Pierre Vilar se aprecian aquí: La caza de montería estaba organizada “con tanto aparato de monteros y cazadores como pudiera llevar un rey coronado”. Sancho se metió “entre la tropa de los monteros”. Cuando cazaron el jabalí lo llevaron, “como en señal de victoriosos despojos, a unas grandes tiendas de campaña que en la mitad del bosque estaban, donde hallaron las mesas en orden y la comida aderezada, tan suntuosa y grande, que se echaba bien de ver en ella la grandeza y magnificencia de quien la daba”. Lo anterior constata una vez más la tesis de Vilar: “se ha creado un clima económico en el que el rico podía fácilmente ser generoso, y en el que el pobre tenía más interés en vivir al azar que en percibir un salario poco estimulante frente a los precios”.

Se habla a continuación del ocio de los príncipes y los gobernadores. Sancho suelta una retahíla de refranes, acomodándolos a sus circunstancias con el propósito de mostrarle al duque que será un buen gobernador. Algunos están modificados, pues como dice Ángel Rosemblat en La lengua del Quijote, “Más que el refrán, lo característico de Sancho, y lo que da una imagen pintoresca y animada de su habla rústica, es la acumulación de refranes, la sarta o retahíla de refranes con que Cervantes logra notables efectos cómicos”.  En este caso Sancho conoce la gracia que su forma de hablar le produce a la duquesa; ella así lo manifiesta: “de mí sé decir que me dan más gusto que otros, aunque sean mejor traídos y con más sazón acomodados”. Si el capítulo lo interpretamos desde el realismo filosófico, Sancho sabía lo que se hacía: él quería ser gobernador y tenía que granjearse las simpatías de los duques.

A Sancho no lo engañan cuando le dicen que Montesinos en persona traerá a Dulcinea. El mismo narrador dice: “Renovose la admiración en todos …en Sancho, en ver que a despecho de la verdad querían que estuviese encantada Dulcinea”. Sancho les sigue la corriente para no separarse de su meta: conseguir la ínsula.

Torrente Ballester en El Quijote como juego y otros trabajos críticos,  también es de la opinión de que a Sancho no lo engañan: “Da la impresión de hallarse al cabo de la calle, de no creer una palabra de cuanto sucede y de tomar la broma a broma. ¿Hay, pues, que concluir que Sancho, como su amo, es un farsante excelente? ¿Que se ha dado cuenta del juego y que sigue jugando cuando gana, pero no cuando hay amenazas de pérdida?  












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