martes, 20 de diciembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXV. EL DESENCANTO DE DULCINEA. DIVERSAS INTERPRETACIONES








Al compás de la música de arpas, laúdes y chirimías, venía un carro triunfal, lujosamente ataviado, tirado por seis mulas cubiertas de blanco; a lomos de las mulas iban disciplinantes de luz, vestidos también de blanco. Sentada en el trono iba una ninfa, cubierta de plata y lentejuelas de oro, de entre diecisiete y veinte años. A su lado venía una figura vestida con largos vestidos y cubierta la cabeza con un velo negro. Al llegar a donde estaban los duques y don Quijote cesó la música, la figura se descubrió la cara y apareció la terrible imagen de la muerte. Todos se asustaron; se presentó como  el mago Merlín  y se dirigió a don Quijote, en verso,  llamándolo  “discreto don Quijote, de la Mancha esplendor, de España estrella”. Le comunicó que le ha dado pena de ver cómo se encuentra Dulcinea y venía a darle la solución para desencantarla: Sancho se había de dar tres mil trescientos azotes en cada una de sus posaderas, de tal manera que le “escuezan, le amarguen y le enfaden”.

Sancho, de inmediato se negó a ello; don Quijote le ordenó que aceptase, pues si no lo hacía se encargaría él de dárselos. Intervino nuevamente Merlín para decir que se los ha de dar Sancho de propia voluntad o debe permitir que otra persona le dé la mitad. A una y otra cosa se opuso Sancho.

Tomó la palabra Dulcinea y criticando duramente a Sancho, ofendiéndolo en su persona, le dijo que si lo que le pedía fuera algo repugnante de hacer, como comer sapos, lo entendería; pero que la petición era que se diese los azotes para liberarla del estado en que había caído. Si no lo hacía por ella, que lo hiciera por don Quijote.

Sancho volvió a insistir en lo mismo. Apoya su rechazo en las malas formas que ha utilizado Dulcinea cuando se lo ha pedido. Argumenta con refranes que apoyan el que se deben  pedir las cosas con agrado o bien ofrecer beneficios para el que las realiza, diciendo que “un asno cargado de oro sube ligero por una montaña; dádivas quebrantan peñas; a Dios rogando y con el mazo dando; más vale un toma que dos te daré; mi señor había de traerme la mano por el cerro (cerro, lomo del animal por el que se pasa la mano para amansarlo; el prov. quiere decir que su señor debería mimarlo).  Termina diciéndoles que sepan pedir las cosas y no las lleven al extremo de “bebe con guindas” (Siendo muy malo lo que le piden, no lo hagan con tan malas formas). El duque le amenazó con  que si no se daba los azotes, no sería gobernador, ya que se mostraba excesivamente duro a los requerimientos de las afligidas doncellas.

Sancho pidió dos días para pensárselo, pero Merlín le contestó que se decidiera ahora mismo, o Dulcinea volvería al estado de labradora. Intervino la duquesa para pedirle a Sancho que lo hiciera y que todo transcurriera bien, pues de acuerdo con el refrán “un buen corazón quebranta mala ventura” con buen ánimo, las cosas se pueden solucionar.

Se dirigió Sancho a Merlín para preguntarle por qué no había venido Montesinos como anunció el diablo correo. Le respondió que Montesinos estaba encantado en su cueva. Aceptó Sancho darse los azotes con la condición de que no le pusieran tiempo y se contaran todos, también los de “mosqueo”.

Aceptó las condiciones Merlín; don Quijote besó a Sancho en la frente y en las mejillas. Todos expresaron su contento. Sonó la música, pasó el carro con Dulcinea, amaneció y los duques se marcharon a su casa, pensando en qué nuevas burlas les harían a don Quijote y Sancho.



Comentario

Se inicia el capítulo con el ornato del encuentro entre Dulcinea y don Quijote. Todo este aparato de lujo que adorna a Dulcinea es todo lo contario a lo que don Quijote ha visto de ella. Las dos veces anteriores, una, cuando iba acompañada por otras dos labradores y otra, en la Cueva de Montesinos, destacaba por la pobreza del atuendo. Dulcinea se nos presentó como era en la realidad. Aquí, mediante el artificio y engaño de los duques, como el ideal que sueña don Quijote. A este hecho caben, entre otros, las siguientes interpretaciones:

a)      La de Casalduero. A don Quijote se le ha presentado la Dulcinea que él sueña; Sancho tiene que desencantarla mediante su sacrificio: tiene que darse los trescientos azotes que le pide Merlín. Si no se los da, Dulcinea volverá a su estado de vulgar labradora. Don Quijote tiene que contemplar que su destino es sufrimiento, puesto que conseguir el desencanto no depende de él, sino de su escudero; por lo tanto, el conseguir los ideales, no es cuestión nuestra; con frecuencia se depende de otras personas, como él depende de Sancho. "Sancho se aviene a desencantar a Dulcinea, no por ella misma, sino porque su aceptación de ser el instrumento del desencanto es un requisito previo para recibir el gobierno”

b)      Lo anterior raya en una interpretación próxima al realismo filosófico, mantenido por Alexander A. Parker.  Sancho acepta y pide un plazo para cumplir con el apremio al que lo someten los duques y don Quijote, porque le interesa, pues como nos dijo don Quijote en (I, XI),” la verdad se oscurece por el engaño, la malicia y los intereses de las personas”. Los duques engañan y se ríen. A Sancho no le importa: su interés es gobernar y conseguir algo de provecho para su familia.

Una tercera interpretación de este capítulo está en la línea del materialismo filosófico de Gustavo Bueno, en el final del libro España no es un mito.  Según el hispanista Ludwig Pfand, en Cultura y costumbres del pueblo español en los siglos XVI y XVII, “Dulcinea no es otra cosa que la encarnación de la monarquía, de la nacionalidad, de la fe. Por ella se esfuerza el manco, luchando contra los molinos de viento”. En esta línea, hay que destacar que España en esta época tiene un gran declive económico y anímico, como ya se ha demostrado en comentarios anteriores. Cervantes criticaba con fina ironía el dispendio que se solía hacer en España. Recordemos el soneto al túmulo de Felipe II, levantado en la Catedral de Sevilla: “Voto a Dios que me espanta esta grandeza/ y que diera un doblón en describilla!/ Porque  ¿a quién no sorprende y maravilla/esta máquina insigne, esta riqueza?/…Pues bien, ¿no era también máquina insigne la montada para recibir a Dulcinea en los bosques de los duques?. En esta línea de pensamiento cabría interpretar la crítica que subyace en la introducción del capítulo.

También en esta línea del materialismo filosófico cabe interpretar la descripción que hace Merlín de don Quijote, llamándolo “discreto don Quijote, de la Mancha esplendor, de España estrella”.

Si interpretamos a don Quijote como un símbolo alegórico de la España anterior al declive económico,  como hace Gustavo Bueno, en el libro antes señalado,  podemos que la España actual, (la del XVII, la del declive económico) estaría buscando su guía en la España anterior, la del esplendor del XV y principios del XVI. De todo ello se reiría Cervantes.  

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