martes, 13 de diciembre de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXIII. LOS COLOQUIOS DE SANCHO CON LA DUQUESA




Cuando Sancho llegó a donde estaba la duquesa, ésta le invitó a que se sentara a su lado; él manifestó cierta perplejidad; pero ella insistió en que se sentara como gobernador y hablara como criado.

Antes de que Sancho empezara a hablar le preguntó la duquesa que por qué le mintió a don Quijote cuando le dijo que le había entregado la carta a Dulcinea y que la había visto ahechando trigo, comentándole también que dichas  mentiras eran impropias de un fiel escudero. Sancho, después de comprobar que nadie los oía, le contestó que si le había dado a entender que Dulcinea estaba encantada era porque estaba loco de remate, aunque a veces hablaba con mucha discreción. Oído lo anterior, la duquesa, dialogando consigo misma, expresó su temor a darle el gobierno de una ínsula a un escudero que seguía a un amo loco y mentecato, porque “el que no sabe gobernarse a sí ¿cómo sabrá gobernar a otros?. Le replicó Sancho que tenía razón en pensar de ese modo, pero él quería serle fiel hasta el final y nunca se apartaría de su lado. A continuación ensartó una serie de refranes con el claro propósito de que lo nombraran gobernador:

 a) A veces, lo que parece un progreso puede ser muy perjudicial y por lo tanto no le importaría nada quedarse sin la ínsula:  Por su mal le nacieron alas a las hormigas”; “Tan buen pan hacen aquí como en Francia (Lo que se posee puede ser tan bueno como lo mejor que se pueda imaginar); “Y yo he oído decir que detrás de la cruz está el diablo”;

 b) Todos los hombres somos iguales: “al dejar este mundo y meternos la tierra adentro por tan estrecha senda va el príncipe como el jornalero, y no ocupa más pies de tierra el cuerpo del Papa que el del sacristán, aunque sea más alto el uno que el otro, que al entrar en el hoyo todos nos ajustamos y encogemos o nos hacen ajustar y encoger”;

c) No hay que fiarse de las apariencias: “No es oro todo lo que reluce”; “Entre los bueyes, arados y coyundas sacaron al labrador Bamba para ser rey de España”.

Apoyó los refranes de Sancho la dueña doña Rodríguez. La duquesa después de oírlo le confirmó que la palabra que le había dado el duque, se cumpliría y Sancho sería gobernador, encargándole que ejerciese bien su cargo. Le contestó que era una persona caritativa y compasiva, además de que no se dejaría fácilmente engañar, apoyándose en:  “A quien cuece y amasa no le hurtes la hogaza”; “soy perro viejo y entiendo todo tus, tus ( Es una variante del refrán “A perro viejo no hay tus, tus” (A quien conoce bien las cosas no se le engaña con buenas palabras). Le manifiesta que rápidamente aprendería a gobernar y la duquesa le contesta que llevaba razón pues “de los hombres se hacen los obispos, que no de las piedras”.

Convence la duquesa a Sancho de que el que vive engañado es él, pues ella sabe con certeza que aquella labradora que Sancho vio era Dulcinea, que había sido encantada. Sancho asume lo que la duquesa le dice y acepta la explicación de don Quijote cuando le dijo que había visto a Dulcinea en la Cueva de Montesinos. Le comunica que según el bachiller Sansón Carrasco, en el libro que ya anda por ahí, nadie quiere mal a Sancho, tiene buena fama y como ha oído decir a don Quijote “más vale el buen nombre que las muchas riquezas”. Insiste Sancho en que le den el gobierno, a lo que la duquesa contesta que lo que ha dicho son buenas sentencias y, como dice el refrán,  “debajo de mala capa suele haber buen bebedor” (una mala apariencia puede esconder algo de valor)

Sancho no captó el sentido irónico de la duquesa y le contestó que nunca se había emborrachado, pero que siempre había respondido al brindis de un amigo. Ella lo envió a descansar con la esperanza de conseguir el gobierno de la ínsula; Sancho le suplicó que se tuviera buena cuenta de su rucio, porque era “la lumbre de sus ojos”. Le respondió la duquesa  que lo cuidaría como si fuera suyo y lo pondría en “las niñas de sus ojos”; él le replicó que ni su él ni su asno merecían tal atención, pues, “en las cortesías antes se ha de perder por carta de más que de menos, en las jumentiles y asininas (en las cortesías relativas a jumentos y asnos) se ha de ir con el compás en la mano y con medio término.

Se volvió a reír la duquesa con las explicaciones de Sancho y se marchó a contarle a su esposo la conversación y a preparar las burlas que le harían a don Quijote.



Comentario   

El capítulo viene enmarcado por una crítica a la etiqueta y cortesía social. En su inicio, Sancho manifiesta cierta perplejidad a sentarse junto a la duquesa, recordándonos con esto el tema del cuento que contó en el capítulo XXXI. Termina con una crítica a los cumplidos sociales, advirtiendo Sancho que “en las cortesías jumentiles y asininas se ha de ir con el compás en la mano y con medio término”. Si interpretamos asininas como asnales o, como hace M. de Rique, como “nimias” o insignificantes, hemos de entender que se ridiculizan las costumbres sociales y al mismo tiempo nos enseña cómo debemos comportarnos en nuestras relaciones con los demás.

El núcleo del coloquio tiene como temas el engaño y la astucia en el gobierno. La duquesa le pide a Sancho que le explique por qué en la primera parte del Quijote, ya publicada, dice que encontró a Dulcinea encantada. Recordemos que en el capítulo anterior don Quijote nos dio a entender que Dulcinea es un ideal que le permite vivir. Reside en el mundo de los sentimientos y mueve su voluntad. Sancho le miente porque lo considera un loco y tiene que seguirle la corriente; pero también porque tiene esperanza de conseguir la ínsula. Tanto Sancho como don Quijote se mueven por ideales. La del primero, basados en el altruismo. La del segundo, en la ilusión por salir de la pobreza. Tanto Sancho como don Quijote dicen ¡No puedo más!, pero tienen que seguir.

Si la aspiración de Sancho es transformar su ideal en realidad, ahora tiene el momento de conseguir la ínsula y todos sus argumentos se apoyan en la retahíla de refranes con el propósito de convencer a la duquesa de que tiene astucia para no dejarse engañar. Sin embargo, volviendo al tema del encantamiento de Dulcinea, la duquesa le hace creer que Dulcinea está encantada, diciéndole que “el buen Sancho, pensando ser el engañador es el engañado”. Sancho no quiere contradecir a la duquesa y también le sigue la corriente, afirmando que era verdad lo que don Quijote vio en la cueva de Montesinos. Por lo tanto, al final, ¿quién engaña a quién?. Creo que cada uno se mueve por lo que le interesa. La duquesa quiere que se mantenga la burla; Sancho, la ínsula  

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