jueves, 28 de julio de 2011

CAPÍTULO III. POÉTICA NOVELÍSTICA DE SANSÓN CARRASCO Y RAZONAMIENTOS LITERARIOS DE DON QUIJOTE Y SANCHO



Sancho había ido a por Sansón Carrasco para que le contara personalmente a don Quijote lo que de él se decía en la historia del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. Mientras, don Quijote cavilaba sobre lo que el libro podría decir. Dado que el autor era moro, y los moros son encantadores y mentirosos, temía que no hubiera dicho la verdad.

El bachiller, aunque se llamaba Sansón, era más bien bajo, muy socarrón, aunque de buen entendimiento. Tendría sobre veinticuatro años.

La naturaleza burlesca del bachiller se percibió  de inmediato. Cuando llegó a donde estaba don Quijote, se arrodilló y pidiéndole la mano le dijo que era el caballero andante más importante que ha habido en el mundo. Enalteció las figuras del moro autor Cide Hamete  y del que las transcribió al castellano. Sorprendido don Quijote, siguió diciéndole el bachiller que pasaban de doce mil los libros impresos, pudiéndose afirmar que si sigue de esta manera, no habrá nación que no lo conozca. Don Quijote quedó muy orgulloso de lo que había oído y, para reafirmarlo dijo: “Una de las cosas que más debe dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de la gentes, impreso y en estampa.”

Desea don Quijote saber qué hazañas son las más comentadas en la obra, contestándole el bachiller que “hay diferentes opiniones como hay diferentes gustos”. Después de decirle las hazañas más comentadas, Sancho le preguntó que si se comentaba la aventura de los yangüeses, cuando a Rocinante se le antojó pedir "cotufas en el golfo” (pedir lo imposible), contestándole el bachiller que “no se le quedó nada al sabio en el tintero : todo lo dice y todo lo apunta”. Don Quijote se hace comprensivo y comenta: “no hay historia humana en el mundo que no tenga sus altibajos.

A propósito de lo anterior, le dice el bachiller que muchos se alegraron de los palos que recibió don Quijote; éste le contestó que el autor debería haber omitido estas historias, pues “las acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para qué escribirlas, si han de redundar en menosprecio del señor de la historia.”

El bachiller retomó la idea y le respondió que “uno es escribir como poeta, y otro como historiador: el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna”. Intervino en la conversación Sancho para decirle que también se hablaría en el libro de los muchos palos que él recibió, aunque eso se daba por supuesto, pues como decía don Quijote, “del dolor de la cabeza han de participar los miembros”.

Insiste Sancho en que quiere saber lo que se dice él. Le responde Sansón que son mucho los que piensan que es un crédulo ingenuo al pensar que podría ser verdad la ínsula ofrecida por don Quijote. Este, para no desanimar a Sancho contestó que “Aún hay sol en las bardas”. (aún queda tiempo). Sancho se siente tranquilo de lo que se dice de él, pues “a fe de buen escudero que si hubiera dicho de mí cosas que no fueran muy de cristiano viejo, como soy, que nos habían de oír los sordos”. Para reafirmar el punto de vista anterior dice Sancho que “cada uno mire cómo habla o cómo escribe de las personas, y no ponga a trochemoche lo primero que le viene al magín”.

Los defectos que le han encontrado al libro, según Sansón Carrasco son los siguientes: a) Se ha intercalado la novela El curioso impertinente, sin que tenga nada que ver con la historia; b) No se cuenta quién le hurtó el rucio a Sancho; c) Tampoco se dice lo que hizo Sancho con los cien escudos que encontró en la maleta de Sierra Morena.

Intervinieron Sancho y don Quijote. El primero para quejarse de que el autor había mezclado “berzas con capachos” (lo había mezclado todo); el segundo, para sostener que la historia se habría contado mal y la gente no la entendería. Sansón lo tranquilizó diciéndole que “es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los hombres la entienden y los viejos la celebran...no hay antecámara de señor donde no se halle un Don Quijote”.  

Si se hubiese escrito de otra manera, comenta don Quijote,  no se hubiera contado la verdad, “ y los historiadores que de mentiras se valen habían de ser quemados como los que hacen moneda falsa”. Respecto a las novelas intercaladas, supone, que lo hizo el autor para rellenar la obra, pues según el refrán “De paja y de heno”, ( De paja y de heno, mi vientre lleno: Lo que importa es satisfacerse aunque no sea lo que más le guste a uno).  Critica don Quijote que se hayan intercalado en la obra novelas y cuentos, pues sólo con sus pensamientos se hubiera hecho una gran obra filosófica, ya que “para componer historias y libros, de cualquier suerte que sean, es menester un gran juicio y un maduro entendimiento. Decir gracias y escribir donaires es de grandes ingenios: la más discreta figura de la comedia es la del bobo…La historia es cosa sagrada, porque ha de ser verdadera, y donde está la verdad está Dios, en cuanto a  verdad; pero, no obstante esto, hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fuesen buñuelos”. Pasa la conversación entre don Quijote y Sansón a criticar las obras impresas. Según el último, los escritores importantes “son envidiados por aquellos que se entretienen en juzgar los escritos ajenos sin haber dado algunos propios a la luz del mundo”. Sale don Quijote en defensa de los críticos literarios, contestándole Sansón Carrasco que ”los tales censuradores deberían de ser más misericordiosos y menos piadosos…es grandísimo el riesgo que se pone el que imprime un libro, siendo de toda imposibilidad imposible componerle tal que satisfaga y contente a todos los que le leyeren”.

Sobre los otros defectos apuntados, en los que se hace referencia a Sancho, éste no quiere entrar en la conversación porque tiene hambre y se marcha a su casa a comer. Don Quijote invita a su mesa a Sansón Carrasco.

Comentario

He recurrido varias veces al libro de Américo Castro, El pensamiento de Cervantes para explicar muchos capítulos de la primera parte. La tesis varias veces repetida en estos comentarios es que a Cervantes le preocupa cómo se percibe la realidad por parte de las personas. Para ello resalta las opiniones de todos: “las de los altos y la de los bajos…la de los cuerdos y la de los locos…Cervantes se lanzó a organizar una visión de su mundo fundada en pareceres, en circunstancias de vida, no de unívocas objetividades”.

En esta línea de pensamiento comenta el autor el capítulo que he resumido. Castro nos dice que durante la segunda mitad del XVI toma una importancia mayor la Poética de Aristóteles, especialmente en Italia. En ella se opone lo universal de la poesía frente a lo particular de la historia; recogiendo los frutos de la Contrarreforma, tanto una como otra, que hasta esa época iban disociadas, deben coincidir en resaltar lo virtuoso. Castro lo demuestra en el análisis que dejo a continuación:

 En el capítulo III de la segunda parte del Quijote dialogan el hidalgo, su escudero y el bachiller acerca de la primera parte del Quijote y de la forma en que han sido concebidos los personajes principales. Lo genial de Cervantes se revela en el arte con que ha introducido en lo más íntimo de la vida de sus héroes el problema teórico que inquietaba a los preceptistas; el autor ha colocado a don Quijote en la vertiente poética y a Sancho en la histórica; pero serán ellos y no el autor quienes pugnen por defender sus posiciones respectivas, y lo que es árida disquisición en los libros se torna conflicto vital, moderno, henchido de posibilidades. Don Quijote hablará en nombre de la verdad universal y verosímil; Sancho defenderá la verdad sensible y particular.26 La oposición, como es natural y cervantino, no se resuelve, sino que queda patente, como problema abierto. El ejemplo es magnífico para quienes tozudamente siguen hablando de la inconsciencia de Cervantes y de lo vulgar de sus conocimientos.

Dice don Quijote: «Una de las cosas que más debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije con buen nombre, porque siendo al contrario, ninguna muerte se le igualaría». El bachiller satisface cumplidamente la inquietud del caballero: «Si por buena fama y si por buen nombre va, sólo v. m. lleva la palma a todos los caballeros andantes; porque el moro en su lengua y el cristiano en la suya tuvieron cuidado de pintarnos muy al vivo la gallardía de v. m., el ánimo grande en acometer los peligros, la paciencia en las adversidades…, la honestidad y continencia en los amores tan platónicos de v. m. y de mi señora doña Dulcinea del Toboso».

El bachiller conoce bien los requisitos del personaje del poema heroico, tan bien como don Quijote, y hacia este norte van sus anhelos. Personaje perfecto, idealizado, ejemplar. Veamos, por ejemplo, el tratado Della vera Poetica (1558) de Giovanni Pietro Capriano: «Variando el poema y representando las acciones humanas en el modo que deban haber ocurrido y razonablemente sucedido y reduciéndolas a ideas universales de acciones y de costumbres (que ésta es una de las principales diferencias entre el historiador y el poeta), instruye y amaestra el ánimo y la vida nuestra… por la vía del verdadero bien y del vivir beato». Mas para lograr el personaje «ab omni parte absolutus», con que soñaban los preceptistas, había que desechar los paladines extravagantes y elegir lo épico, tomando «acciones ilustres e ilustrísimas». Razón por la cual Aristóteles debió comprender que el poema épico es siempre preferible a la tragedia, porque tras los bastidores obrará siempre la iniquidad.27

Don Quijote se cree «virtuoso y eminente» (ilustre e ilustrísimo), y sin dificultad le da la razón el bachiller. Pero allí está Sancho, ojo avizor y garras agudas, presto a saltar sobre tan encantadora y aristotélica suposición: «Nunca he oído llamar con don a mi señora Dulcinea, sino solamente la señora Dulcinea del Toboso, y ya en esto anda errada la historia». La historia, lo particular, el vero sensible no pueden ir parejos con la pura y universal noción del héroe; lo del don «no es objeción de importancia», dice Sansón Carrasco. ¿Pero qué hacemos con «los infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al señor don Quijote»? No hay héroe ilustrísimo que resista. Nuestro hidalgo acude a su manual poético, e intenta una última y dolorosa defensa: «También pudieran callarlo por equidad, pues las acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para qué escribirlas, si han de redundar en menosprecio del señor de la historia. A fee que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le describe Homero».

El bachiller entonces saca de dudas al hidalgo con una aclaración literalmente aristotélica (véase supra):«Así es; pero uno es escribir como poeta y otro como historiador; el poeta puede contar o cantar29 las cosas no como fueran, sino como debían ser, y el historiador las ha de escribir no como debían ser, sino como fueran, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna».

Mas don Quijote ha de defenderse de la interpretación histórica, particularista; él ha de vivir «relicta circunstantia»,30 y Cervantes ha colocado a sus flancos esa tremenda «circunstantia» de Sancho, con voraz apetencia de lo que él entiende por verdad, la cual por sí sola es incapaz de poesía.31

En el capítulo II de la segunda parte, don Quijote trata de anular la intervención histórica de Sancho, acallando sus habladurías y recabando para sí la parte mayor de dolores y sinsabores: «¿Querrás tú decir agora, Sancho, que no me dolía yo cuando a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas, ni lo pienses». Sobre todo, callar, no complicar la épica heroica con la historia cotidiana. De haber conocido el poema de Fernán González, don Quijote habría recordado aquellos versos:

Non cuentan d’Alexandre las noches nin los días,
cuentan sus buenos fechos e sus cavallerías.
32

Don Quijote, el pobre, aspira a la existencia mítica; mas Sancho, al tirarle de los pies, lo introduce violentamente en su realidad, gracias a la cual surgió el nuevo género de la novela. Esto era conocido;33 pero ahora podemos seguir con alguna mayor precisión la trayectoria de semejante proceso en la mente de Cervantes. Genialmente supo nuestro escritor dominar el estricto problema que le ofrecían los preceptistas de la Contrarreforma, tomando los preceptos aristotélicos como medio y no como meta,34 elevándose a más altas esferas.


No hay comentarios:

Publicar un comentario