jueves, 21 de julio de 2011

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO I EL CURA Y EL BARBERO CONVERSAN CON DON QUIJOTE SOBRE SU ENFERMEDAD



Sigue diciéndonos Benengeli en la segunda parte y tercera salida de don Quijote que el cura y el barbero llevaban sin verlo un mes, pero no por eso dejaban de interesarse por él, pues con frecuencia les preguntaban al ama y la sobrina. Dado que ellas les decían que les parecía que estaba curado, fueron a verlo, procurando no hablarle de nada que se refiera a la caballería andante.

Encontraron a don Quijote sentado en la cama, vestido con una almilla verde y un bonete colorado. Tan delgado que parecía amojamado.  Le preguntaron  por su salud y contestó con discreción. También la mantuvo cuando en la conversación sacaron el tema de la “razón de estado” o modos de gobierno.

En la conversación, el cura sacó el tema político, en concreto que el Rey se tenía que volver a enfrentarse con los turcos. Cuando esto lo oyó don Quijote aseguró que él podría sugerirle a su Majestad cómo resolver la situación. Tanto el cura como el barbero pensaron que don Quijote volvería a dar muestras de su locura. El barbero quiso saber los arbitrios o consejos que don Quijote le daría al Rey. Después de prometerle que lo que dijera no saldría de aquella habitación para que otros no se llevaran el mérito, dijo don Quijote que la solución estaba en reunir unos cuantos caballeros andantes. Ellos habían dado prueba de que uno solo era capaz de enfrentarse a un ejército de doscientos mil hombres.

El ama y la sobrina manifestaron ante ellos,  que don Quijote deseaba regresar a la caballería andante, a lo cual replicó él que “Caballero andante he de ser hasta morir…y digo que Dios me entiende”. A propósito de lo anterior contó el barbero el siguiente cuento:

En un manicomio de Sevilla, había un loco, licenciado en cánones por Osuna, que escribió reiteradas cartas al arzobispo, diciéndole que se encontraba curado. Si permanecía en el manicomio era porque tenían interés sus familiares de que permaneciera allí para poder heredar su hacienda. Con este mismo propósito le daban dinero al rector del manicomio. El arzobispo mandó un capellán para que se interesara por el caso. Cuando se lo dijo al rector, éste contestó que el tal graduado estaba loco. Quiso el cura comprobarlo; mantuvo una correcta conversación con él y mandó que lo pusiesen en libertad. Cuando se vistió y fue a despedirse de los otros locos, les habló con mucha cordura, diciéndoles que tuviesen confianza en Dios, que lo mismo que a él lo había curado los curaría a ellos; a uno de ellos  lo animó con las siguientes palabras: “Todas nuestras locuras proceden de tener los estómagos vacíos y los celebros llenos de aire. Esfuércese, esfuércese, que el descaecimiento en los infortunios apoca la salud y acarrea la muerte”. Cuando esto oyó uno de los que allí estaban contestó que si a ese lo sacaban, él, que era Júpiter, castigaría a la ciudad con tres años de sequía. A esto, el graduado, cogiendo al capellán de la mano le dijo que no se preocupara, que él, que era Neptuno, llovería tanto como quisiese. Oído lo anterior, y bastante avergonzado, el capellán contestó que en otra ocasión volvería a por él.

Don Quijote se dio por aludido y, enfadado por haber sido mal interpretado, se dirigió  al barbero como ¡Ah, señor rapista, señor rapista!  “ Y cuán ciego es aquel que no ve por tela de cedazo! ¿es posible que vuestra merced no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio a ingenio, de valor a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linaje son siempre odiosas y mal recibidas?. Después de decir que no se las daba de inteligente, consideraba que hoy en día no hay caballeros andantes como los de antes, continúa diciendo que “ahora ya triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio de la virtud, la arrogancia de la valentía y la teórica de la práctica de las armas”. Enumeró las virtudes de Amadís de Gaula, Palmerín de Inglaterra, Felixmarte de Hircania, Roldán y otros; añadiendo que si el Rey se sirviera de caballeros como estos, se ahorraría muchos gastos en las guerras.

Después de disculparse el barbero y aceptarlo don Quijote, dijo el cura que tenía cierto escrúpulo que le roía la conciencia, después de lo que había oído. A esto contestó don Quijote que “puede decir su escrúpulo, porque no es de gusto andar con la conciencia escrupulosa”.

El cura expuso su escrúpulo, diciendo que toda la caterva de caballeros andantes que don Quijote había citado, no eran personajes de carne y hueso. Replicó de inmediato don Quijote, diciendo que a muchos los conocía personalmente. Terminó haciendo unas observaciones literarias  sobre Angélica la Bella, su desdeño a Roldán, y su entrega al paje Medoro.

Comentario

En la segunda parte se mantiene el mismo artificio narrativo  que en la primera. Comienza el narrador aludiendo a Cide Hamete Benengeli, autor del manuscrito que Cervantes encontró en El Alcaná de Toledo, como nos dijo en el capítulo IX de la primera parte. Este manuscrito se lo tradujo del árabe al castellano un morisco aljamiado. Cervantes, utilizando un narrador omnisciente, se lo entrega al lector.

En este capítulo I encontramos dos aspectos importantes que conviene destacar para entenderlo mejor. El primero se refiere al tema de la conversación que el cura y el barbero le sacan a don Quijote. Es un tema de gobernanza: la razón de estado o gobierno, es decir, el conjunto de reglas y preceptos políticos para mantenerse en el poder.
 Generalmente, cuando se viven situaciones de crisis financieras, manifestadas en subidas de impuestos, guerras, aumento de precios…etc., el tema de los arbirios era frecuente que se sacara en las conversaciones . "Estos presuntos remedios más o menos fantásticos para los problemas económicos o políticos de la monarquía espeñola, florecieron sobre todo en el siglo XVII, y Cervantes se contó entre los primeros en satirizarlos literariamente. En el Coloquio de los perros, un arbitrista propone que todos ayunen"una vez al mes a pan y agua" y el el dinero "se dé a su majestad". Rico, op. cit.

España, según Pierre Villar, en El Tiempo del Quijote, vivió la gran crisis decisiva del poderío español y la primera gran crisis de duda de los españoles; no hay que olvidar que las dos partes del Quijote son de 1605 y 1615.

Felipe II heredó de su padre una deuda de más de 20 millones de ducados y, la que dejó a su sucesor, parece que fue superior a los 100 millones de ducados. Tanto es así que en 1557 España realizó la primera suspensión de pagos; otras, según Hamilton fueron en 1575, 1596, 1607 y 1647. Entró mucho dinero de las Indias, pero tal y como entraba se gastaba en guerras y mala administración. Se subieron mucho los impuestos.  Algunos de estos impuestos directos como las alcabalas suponían en torno a un 10% de todas las ventas que se realizaban. Según John Lynch, en Monarquía e Imperio, en 1584, las familias segovianas pagaban seis veces más que en 1561. La subida de precios fue espectacular: el trigo andaluz pasa de los 430 maravedís por fanega en 1595 a 1.401 en 1598. No es de extrañar que con hechos económicos de este tipo abundaran en las conversaciones los temas de gobierno. En esta misma línea de pensamiento económico hay que destacar, siguiendo a Lynch, que Felipe II recibía consejos de todas partes sobre cómo poner orden en la economía.  Don Quijote, según le dice al cura también quiere colaborar con sus arbitrios o consejos al Rey. Este se debería hacer con un grupo de caballeros andantes como Amadís, Palmerín y Rodán. “…de éstos…quisiera yo que fueran los de mi arbitrio, que, a serlo, su Majestad se hallara bien servido y ahorrara de mucho gasto”. Como vemos, después del reposo, don Quijote no se ha curado y sigue viviendo anclado en su alienación.

Esto nos lleva al problema de la locura. Hoy en día, la mente es cada vez más estudiada como una función del cerebro. Si la parte física no funciona bien, generalmente por motivos genéticos, la mente, con fármacos, se puede tratar en su patología, pero siempre hay que estar sobre ella.

Hemos visto que en este capítulo, el tema aparece de nuevo en los consejos de don Quijote y en los cuentos que narra el barbero. Como ya dije en varios comentarios anteriores, Cervantes tuvo como referencia el libro del médico de Baza, Huarte de San Juan, Examen de ingenios. Rafael Salillas, en el centenario de 1905,  citando a José Luis Peset, en Melancólicos e inocentes, señala el origen de don Quijote en Huarte: “ Las almas se tienen que acomodar a los temperamentos, ya no son libres, como explicará Descartes al insistir en su imperfección al asentarse en el cuerpo”. Lo anterior es lo que actualmente se entiende por determinismo de base genética, tal y como se suele explicar gran parte de las enfermedades mentales.  

Unamuno, cuando interpreta este capítulo, lo hace sobre la base de la respuesta del don Quijote al barbero: “!Ah, señor rapista, señor rapista, y cuán ciego es aquel que no ve por tela de cedazo”. Muchos son los ciegos en estos tiempos que corren.

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